RECOMENZAR
Era tarde, tal vez para mí que veía sin esperanza como se acercaba el viernes sin que se hubiera producido la magia que esperaba.
No quería caer en la tristeza; en la morriña por encontrarme sola, lejos de todos y de lo que hasta ese momento había significado algo en mi existencia.
¿Es el amor todo en la vida?, la pregunta aunque hecha en voz baja me hizo sentir pena de mi misma. Seguí caminando, bordeando la Laguna de Cajititlàn, sola a aquèlla hora de la tarde, deseando sentirme en sintonìa con los pescadores que a lo lejos tiraban sus redes sin muchas ilusiones quizás, pero disfrutando su duro trabajo en libertad.
¿No debía ser un poco más comprensiva, más cercana? Siempre habìa presumido diciendo que la tolerancia, como la comprensión y la empatìa, nos acercaban a los seres puros que llamamos irracionales, y ahora estaba contradiciéndome a mi misma al ser tan dura e intransigente con una persona que era tan importante en mi vida.
Al llegar a lo alto de la pequeña colina, desde donde divisaba el idílico paisaje en todo su esplendor, me invadió de pronto una inmensa alegrìa. El viernes era veinticuatro, el día de su cumpleaños. Que mejor momento para que nos sentáramos a conversar, a aclarar las cosas, a hablarnos sin dobleces, con la verdad en la mano.
Antes de retirarme, volví la mirada hacia la laguna, donde comenzaban a reflejarse los colores del atardecer… ¡esos mágicos atardeceres que me habían fascinado desde niña!
Al llegar a casa, me reencontré con el vestido blanco perfectamente colocado al borde de mi cama, como si no hubiera sido usado nunca...y a su lado, el ramo de azahar que olvidé tirar al final de aquèlla ceremonia, que me había hecho tanta ilusión…
Mario Capasso, Buenos Aires
DEL PENSAR Y EL ABRIR
La mujer piensa en el despertador que suena y abre los ojos. Piensa en el sol y abre la ventana. Piensa en la transpiración nocturna y abre la ducha. Piensa en el calor que hace y abre el frasco de perfume. Piensa en el café y abre el tarro. Piensa en un par de tostadas y abre la alacena. Piensa en el agua fresca y abre la heladera. Piensa en las noticias del día y abre el diario. Piensa en un cigarrillo y abre el atado. Piensa en el timbre que ha sonado y abre la puerta. Piensa en el hombre que ha entrado y abre las piernas.
La mujer piensa en el despertador que suena y abre los ojos. Piensa en el sol y abre la ventana. Piensa en la transpiración nocturna y abre la ducha. Piensa en el calor que hace y abre el frasco de perfume. Piensa en el café y abre el tarro. Piensa en un par de tostadas y abre la alacena. Piensa en el agua fresca y abre la heladera. Piensa en las noticias del día y abre el diario. Piensa en un cigarrillo y abre el atado. Piensa en el timbre que ha sonado y abre la puerta. Piensa en el hombre que ha entrado y abre las piernas.
SARA CORDOVA, Ecuador
¿Desde qué sitio escribes? ¿Desde qué sitio escribes? desde la sangre estallándote en las manos, desde qué arteria escribes, desde qué nervio pulsátil, desde qué hueso, desde qué desangre del cuerpo, desde qué hipovolemia, desde qué goteo, desde qué niñez incurable, desde qué estigma.
¿Lo haces desde la llaga de tu costado o desde el abismo de tus ojos?
Perdona la temeridad de la pregunta, pero no es curiosidad, es solamente volcarme en un credo; cómo es la tristeza desde allí, se llama tristeza o de tanto ha mudado el nombre y se ha vuelto innombrable, dolor extenso, dolor ahogado, dolor en todas y en ninguna parte.
¿Desde qué sitio escribes? desde el reptil de veneno del dolor, desde el hematoma negro que te circula durante el insomnio.
Perdona la temeridad de la pregunta, se me ocurre que la única manera de acercarse a ti, es de puntillas o mejor aún de rodillas, a pedirte perdón por ser tan humana, tan de verdad, tan necia, tan solamente viva.
¿Desde dónde escribes? de cara a la muerte, de cara a una visión fantasmal, a tu propia visión fantasmal, niño en cuerpo de hombre, hombre en miedo de niño.
¿Desde dónde escribes, desde qué habitación de trampas, desde qué anaquel de torturas, arrastrándote de sexo por sobre qué piedras?
Perdona por tratar de hallar una explicación para lo divino. Perdóname que camine, que hable, que te pretenda y que no sepa hacerlo en silencio, que a veces olvide que eres sagrado y que solo se te puede hablar desde la intimidad de la plegaria.
Desde dónde escribes, ¿desde qué espejo roto?
¿Lo haces desde la llaga de tu costado o desde el abismo de tus ojos?
Perdona la temeridad de la pregunta, pero no es curiosidad, es solamente volcarme en un credo; cómo es la tristeza desde allí, se llama tristeza o de tanto ha mudado el nombre y se ha vuelto innombrable, dolor extenso, dolor ahogado, dolor en todas y en ninguna parte.
¿Desde qué sitio escribes? desde el reptil de veneno del dolor, desde el hematoma negro que te circula durante el insomnio.
Perdona la temeridad de la pregunta, se me ocurre que la única manera de acercarse a ti, es de puntillas o mejor aún de rodillas, a pedirte perdón por ser tan humana, tan de verdad, tan necia, tan solamente viva.
¿Desde dónde escribes? de cara a la muerte, de cara a una visión fantasmal, a tu propia visión fantasmal, niño en cuerpo de hombre, hombre en miedo de niño.
¿Desde dónde escribes, desde qué habitación de trampas, desde qué anaquel de torturas, arrastrándote de sexo por sobre qué piedras?
Perdona por tratar de hallar una explicación para lo divino. Perdóname que camine, que hable, que te pretenda y que no sepa hacerlo en silencio, que a veces olvide que eres sagrado y que solo se te puede hablar desde la intimidad de la plegaria.
Desde dónde escribes, ¿desde qué espejo roto?
Joeblisouto - Perú
Ensueños
algo tenía que decir... estaba lleno de barro por todas partes y seguía lloviendo... traté de caminar cuando sentí la mirada de todo el pueblo. me sentí como un perro a punto de ser atropellado. bajé la mirada y seguí caminando cuando escuché pasos tras de mí... son ellos, pensaba y mis pasos eran mas y mas rápidos... ya estaba por salir del pueblo cuando escuché la voz de una mujer que en vez de hablar, gemía... detuve mis pasos y esperé, esperé un buen rato... ella me alcanzó y me dio un abrazo con todas sus fuerzas y luego me dijo algo que nunca olvidaré: ¡te estuve buscando toda mi vida!... sonreí. toda mi vida estuve solo y ahora se presentaba una mujer que ya me había cogido la mano y miraba hacia adelante, siempre adelante... volví a sonreír y me dejé llevar como su fuera una ola del mar... andamos solos y nos metimos de medio de toda la oscuridad de la noche. no había nadie siguiéndonos. me sentí afortunado. tenía por la primera vez, una mujer que ya empezaba a quitarse la ropa, abrazarme y besarme todo el cuerpo... me dejé ser y tuve una noche hermosa... sin saber como, había dormido toda la noche en un bosque. la mañana estaba a mis pies y los animalillos del bosque se apiñaban sobre una piedra muy grande. quise pararme, coger a la mujer, pero, nada, la mujer había desaparecido, como un sueño... estaba desnudo, con frío y lleno de amor y desconcierto. dónde estarás, pensaba. me vestí y empecé a caminar sin rumbo. llegué a un río y quise lavarme el cuerpo. me quité las ropas y cuando iba a bañarme vi sobre el reflejo del río, el rostro de la mujer... ¿adónde te han llevado?, le pregunté. ella sonrió y dijo que estaba dentro de mí... me toqué el pecho, nada... cerré los ojos y vi una pequeñaa lumbre que oscilaba... ¿es ella?, me preguntaba, pero no, no era ella, era la belleza hecha auna luminosidad... es ella, sentí... abrí los ojos y escuché por todas partes la risa de la mujer en medio del bosque y a la orilla de un río totalmente seco...
algo tenía que decir... estaba lleno de barro por todas partes y seguía lloviendo... traté de caminar cuando sentí la mirada de todo el pueblo. me sentí como un perro a punto de ser atropellado. bajé la mirada y seguí caminando cuando escuché pasos tras de mí... son ellos, pensaba y mis pasos eran mas y mas rápidos... ya estaba por salir del pueblo cuando escuché la voz de una mujer que en vez de hablar, gemía... detuve mis pasos y esperé, esperé un buen rato... ella me alcanzó y me dio un abrazo con todas sus fuerzas y luego me dijo algo que nunca olvidaré: ¡te estuve buscando toda mi vida!... sonreí. toda mi vida estuve solo y ahora se presentaba una mujer que ya me había cogido la mano y miraba hacia adelante, siempre adelante... volví a sonreír y me dejé llevar como su fuera una ola del mar... andamos solos y nos metimos de medio de toda la oscuridad de la noche. no había nadie siguiéndonos. me sentí afortunado. tenía por la primera vez, una mujer que ya empezaba a quitarse la ropa, abrazarme y besarme todo el cuerpo... me dejé ser y tuve una noche hermosa... sin saber como, había dormido toda la noche en un bosque. la mañana estaba a mis pies y los animalillos del bosque se apiñaban sobre una piedra muy grande. quise pararme, coger a la mujer, pero, nada, la mujer había desaparecido, como un sueño... estaba desnudo, con frío y lleno de amor y desconcierto. dónde estarás, pensaba. me vestí y empecé a caminar sin rumbo. llegué a un río y quise lavarme el cuerpo. me quité las ropas y cuando iba a bañarme vi sobre el reflejo del río, el rostro de la mujer... ¿adónde te han llevado?, le pregunté. ella sonrió y dijo que estaba dentro de mí... me toqué el pecho, nada... cerré los ojos y vi una pequeñaa lumbre que oscilaba... ¿es ella?, me preguntaba, pero no, no era ella, era la belleza hecha auna luminosidad... es ella, sentí... abrí los ojos y escuché por todas partes la risa de la mujer en medio del bosque y a la orilla de un río totalmente seco...
Jorge Luis Borges
EL PUÑAL
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre. En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres. A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre. En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres. A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
Ricardo Rubio, Buenos Aires
EQUÍVOCO
El ronco Juan se avergonzaba de ser pobre pero no de ser analfabeto. A través del vidrio le llegaban los fantasmas de la calle. “No son míos”, pensaba. Las cosas le pasaban a él pero el mundo era de los otros. Ansiaba las monedas que podrían brindarle la feliz antifaz que los demás tenían repartida en ropa, ruedas, jardines y mujeres con pestañas. Ignoraba la herencia, la cuna, la religión y el desfalco. Nada sabía de tramoyas ni de trueques ni de trampas. Sólo limpiaba el vidrio, átono y atónito, ante el tumulto que llenaba la calle, cuando dio al traste con los trastos y cayó sobre la alfombra costosa. Al escándalo acudió una sonrisa soberbia que lo miró con el desprecio absurdo de la distancia. Él lo vio verlo de ese modo, desde tan lejos, desde tan arriba. El trapo trenzado trepó a la garganta del jefe que, a pesar de sus gravosos gestos, respiraba como todos, gemía como todos y era capaz de expirar como cualquiera. Hundido a la altura de sus deseos echó mano a la ropa del caído, a las llaves de su coche, al reloj de su apariencia y a la tentación brillante de sus monedas. Subió al Audi sintiéndose otro y partió hacia las calles llevado por el disparate de su trastorno. Hundido en la butaca, colgado de la cuerda del nuevo reloj, bebió la copa del consuelo con un estupor heroico parecido al plante de un palomo en celo. Se detuvo en un burdel, faroleó ante la matrona y pagó por la mejor. La madama notó su impronta falaz, el burdo histrionismo inútil, la vana transformación de una máscara por otra más cara, la absurda ocupación de lo inalcanzable; pero las monedas pagaron la fingida simpatía ante el que fingía ser otro. Al rato, Juan salió escurrido, satisfecho, ancho, y regresó al edificio. Trepó la escalera y terminó con el vidrio. Todo se hizo azul al llegar los agentes, ansiosos por ordenar el desorden. Los hombres de ley lo miraron con hambre de justicia, con sed de sangre, con ambiciones de ascenso. Bajó la escalera, soltó el trapo y miró al jefe que aún se restregaba la garganta. Empotrado en la gatera de su destino, al ronco Juan lo único que lo avergonzaba era la pobreza.
El ronco Juan se avergonzaba de ser pobre pero no de ser analfabeto. A través del vidrio le llegaban los fantasmas de la calle. “No son míos”, pensaba. Las cosas le pasaban a él pero el mundo era de los otros. Ansiaba las monedas que podrían brindarle la feliz antifaz que los demás tenían repartida en ropa, ruedas, jardines y mujeres con pestañas. Ignoraba la herencia, la cuna, la religión y el desfalco. Nada sabía de tramoyas ni de trueques ni de trampas. Sólo limpiaba el vidrio, átono y atónito, ante el tumulto que llenaba la calle, cuando dio al traste con los trastos y cayó sobre la alfombra costosa. Al escándalo acudió una sonrisa soberbia que lo miró con el desprecio absurdo de la distancia. Él lo vio verlo de ese modo, desde tan lejos, desde tan arriba. El trapo trenzado trepó a la garganta del jefe que, a pesar de sus gravosos gestos, respiraba como todos, gemía como todos y era capaz de expirar como cualquiera. Hundido a la altura de sus deseos echó mano a la ropa del caído, a las llaves de su coche, al reloj de su apariencia y a la tentación brillante de sus monedas. Subió al Audi sintiéndose otro y partió hacia las calles llevado por el disparate de su trastorno. Hundido en la butaca, colgado de la cuerda del nuevo reloj, bebió la copa del consuelo con un estupor heroico parecido al plante de un palomo en celo. Se detuvo en un burdel, faroleó ante la matrona y pagó por la mejor. La madama notó su impronta falaz, el burdo histrionismo inútil, la vana transformación de una máscara por otra más cara, la absurda ocupación de lo inalcanzable; pero las monedas pagaron la fingida simpatía ante el que fingía ser otro. Al rato, Juan salió escurrido, satisfecho, ancho, y regresó al edificio. Trepó la escalera y terminó con el vidrio. Todo se hizo azul al llegar los agentes, ansiosos por ordenar el desorden. Los hombres de ley lo miraron con hambre de justicia, con sed de sangre, con ambiciones de ascenso. Bajó la escalera, soltó el trapo y miró al jefe que aún se restregaba la garganta. Empotrado en la gatera de su destino, al ronco Juan lo único que lo avergonzaba era la pobreza.
Eugenio Mandrini, Buenos Aires
TANGO DEL LOBO
....
Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.
....
Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.
Jeroh Juan Montilla - Venezuela
EL GORDO
Desde este techo puedo espiar hacia todas partes, sobre todo el batir de las palomas en el campanario, sentir el fuelle de sus pechos. Las hay albas, grises, rojo ceniciento, negras. Nada las espanta, en esa iglesia parece no haber un rincón para el demonio. La vida es un solo relamer, dejar aquí y allá rastros de baba, siempre distanciado de mis alados anhelos gástricos. Maldición. No hay opción, el único modo es cruzar el ancho portón y alcanzar la escalera de la nave central, pero allí esta ese ángel impidiendo que ponga un pie, siempre flamígero, con esa cosa en alto como un palo de escoba. Esta mañana llegó una visita a la casa, al igual que otras veces traen un alboroto por delante, de inmediato me escape y vine al frescor de las tejas; por eso me creen arisco, loco, malagradecido, si supieran que me fastidian sus manoseos, preguntas, bendiciones y recompensas, me dan asco las golosinas. Gordo anda a buscarme esto, lleva a pasear a la beba. Gordo suelta ese libro y barre el corral de las gallinas. ¿Para que lees tanto? Y más necedades. A lo mejor bajo por la noche, después que se marchen con sus mimos a otra parte. Tengo hambre, habrá un poco de sobras, a veces me provoca comerme el rabo, sorprenderlo de una dentellada. A veces cuando me duermo el ángel permite que algún pichón gordo, entero y tibio se desprenda, y allí al pie del Cristo en la Columna, o del lado de afuera, a la pata de los rosales de la Casa Parroquial, el aleteo y el pataleo de la inocencia tiñe mis barbas y colmillos, justifica este instinto alborozado ante cualquier movimiento. Las ganas de saltar en medio del sueño, y de un zarpazo atrapar otra felicidad, lunar, felina y sanguinolenta. Otra vez me dormí y la condenada pesadilla con sus boberías. Dios, ya empezaron a llamarme, no dejan que concluya este párrafo. Cuanto odio el tarrito de leche y ese viejo pisándome la cola o la beba halándome las orejas, seguro que es lo de siempre, el agua de los pericos. Tendré que cerrar el libro y que esta bandada de palomas sigan impúdicas, a salvo.
Desde este techo puedo espiar hacia todas partes, sobre todo el batir de las palomas en el campanario, sentir el fuelle de sus pechos. Las hay albas, grises, rojo ceniciento, negras. Nada las espanta, en esa iglesia parece no haber un rincón para el demonio. La vida es un solo relamer, dejar aquí y allá rastros de baba, siempre distanciado de mis alados anhelos gástricos. Maldición. No hay opción, el único modo es cruzar el ancho portón y alcanzar la escalera de la nave central, pero allí esta ese ángel impidiendo que ponga un pie, siempre flamígero, con esa cosa en alto como un palo de escoba. Esta mañana llegó una visita a la casa, al igual que otras veces traen un alboroto por delante, de inmediato me escape y vine al frescor de las tejas; por eso me creen arisco, loco, malagradecido, si supieran que me fastidian sus manoseos, preguntas, bendiciones y recompensas, me dan asco las golosinas. Gordo anda a buscarme esto, lleva a pasear a la beba. Gordo suelta ese libro y barre el corral de las gallinas. ¿Para que lees tanto? Y más necedades. A lo mejor bajo por la noche, después que se marchen con sus mimos a otra parte. Tengo hambre, habrá un poco de sobras, a veces me provoca comerme el rabo, sorprenderlo de una dentellada. A veces cuando me duermo el ángel permite que algún pichón gordo, entero y tibio se desprenda, y allí al pie del Cristo en la Columna, o del lado de afuera, a la pata de los rosales de la Casa Parroquial, el aleteo y el pataleo de la inocencia tiñe mis barbas y colmillos, justifica este instinto alborozado ante cualquier movimiento. Las ganas de saltar en medio del sueño, y de un zarpazo atrapar otra felicidad, lunar, felina y sanguinolenta. Otra vez me dormí y la condenada pesadilla con sus boberías. Dios, ya empezaron a llamarme, no dejan que concluya este párrafo. Cuanto odio el tarrito de leche y ese viejo pisándome la cola o la beba halándome las orejas, seguro que es lo de siempre, el agua de los pericos. Tendré que cerrar el libro y que esta bandada de palomas sigan impúdicas, a salvo.
Ronny Ransenberg - Argentina
PRIMERA VEZ
LA PRIMERA VEZ QUE ME ALEJE DE MI CASA, ME SENTI, COMO UNA DE ESAS
PAGINAS QUE LEIA O VEIA EN LAS PELICULAS DE PIRATAS.
UNA MEZCLA DE DE SANDOKAN O CAPITAN BLOOD, EN UN BUQUE CORSARIO.
LA BOLSA DE LOS MANDADOS, SE HABIA TRANSFORMADO EN UNA BANDERA
NEGRA CON SU CALAVERA, ATRAVESANDO LOS MARES, Y SUS CAÑONES
PARA AFUERA;;HASTA QUE LLEGUE...A LA PANADERIA DE LA ESQUINA DE LA
ESQUINA...FIN DE MI PRIMERA AVENTURA
LA PRIMERA VEZ QUE ME ALEJE DE MI CASA, ME SENTI, COMO UNA DE ESAS
PAGINAS QUE LEIA O VEIA EN LAS PELICULAS DE PIRATAS.
UNA MEZCLA DE DE SANDOKAN O CAPITAN BLOOD, EN UN BUQUE CORSARIO.
LA BOLSA DE LOS MANDADOS, SE HABIA TRANSFORMADO EN UNA BANDERA
NEGRA CON SU CALAVERA, ATRAVESANDO LOS MARES, Y SUS CAÑONES
PARA AFUERA;;HASTA QUE LLEGUE...A LA PANADERIA DE LA ESQUINA DE LA
ESQUINA...FIN DE MI PRIMERA AVENTURA
Héctor Cobas, Miramar
MELODÍA DE SENSACIONES.
Las sensaciones me hunden en la tierra y desbordan en melodías de plenitud de vida!
Vista, tacto, gusto, olfato, oído, se juntan en una armoniosa danza
y me impulsan a relacionarme con el mundo que conforma mi contorno.
La mirada se posa en una rosa y rodea las formas inefables de sus pétalos,
la tomo entre mis palpitantes manos y la acaricio suavemente,
estallando en un cadencioso éxtasis cuando percibo el aroma afable de su perfume,
Y de lo más profundo del misterio del ser escucho el casi imperceptible aullido de un ulular cósmico
Que me dicta signos de un mundo que se ocultaba detrás de una rutina
Dominada de olvidos y de distracciones insensatas.
Las sensaciones me hunden en la tierra y desbordan en melodías de plenitud de vida!
Vista, tacto, gusto, olfato, oído, se juntan en una armoniosa danza
y me impulsan a relacionarme con el mundo que conforma mi contorno.
La mirada se posa en una rosa y rodea las formas inefables de sus pétalos,
la tomo entre mis palpitantes manos y la acaricio suavemente,
estallando en un cadencioso éxtasis cuando percibo el aroma afable de su perfume,
Y de lo más profundo del misterio del ser escucho el casi imperceptible aullido de un ulular cósmico
Que me dicta signos de un mundo que se ocultaba detrás de una rutina
Dominada de olvidos y de distracciones insensatas.
PORFIRIO MAMANI / PERÚ/ FRANCIA
De: El huerto y el Olvido
Yo no soy otro que yo mismo. No sé si este amanecer me pertenece. Sin cuidado abro la ventana para ver el tiempo que hace afuera. Apenas me siento vivir y continúo, paso a paso hacia donde debe ser posiblemente mi fin o mi destino. Hay un pensamiento que me viene, me posee y me devuelve a la real circunstancia de mis ojos. Palpo mi existencia. La amargura de los días no me cuenta cómo he de saltar, evitar los obstáculos que me esperan. ¿Qué piedra o árbol distinguiré como única señal para encontrarte? Esta sed de tiempo me devora. Estiro mis brazos para alcanzar la rama que me salve y nada. Un día me ausentaré para siempre. Correré hacia los prados, hacia las dunas, hacia los mares. Buscaré el silencio y no lo encontraré. Mirando el alba me perderé en el crepúsculo del tiempo. Me olvidarán las hojas y no me olvidarán las raíces de las hojas. Yo no espero nada, yo no espero a nadie.
Mónica Susawa
LAS MIL Y UNA NOCHES
Regreso al rato, o si no te llamo, o te mando un mail, dices mientras buscas tu ropa y me miras con nerviosismo. Lo que no sabes, amado tonto e inolvidable, es que a partir de ahora tu recuerdo y yo tendremos mil y una noches de lujuria desenfrenada.
Regreso al rato, o si no te llamo, o te mando un mail, dices mientras buscas tu ropa y me miras con nerviosismo. Lo que no sabes, amado tonto e inolvidable, es que a partir de ahora tu recuerdo y yo tendremos mil y una noches de lujuria desenfrenada.
Paola Cescón, Argentina
Escoba vieja /
Levanta de manera automática una punta de la alfombra y oculta debajo toda la basura que acumuló. Nota un montículo bastante prominente que podría revelar la mala costumbre. Cuando decide ir a buscar la pala pasa frente a un espejo y descubre otro montículo, también prominente, en su espalda. Olvida la pala. Es demasiado tarde para ciertas limpiezas.
Levanta de manera automática una punta de la alfombra y oculta debajo toda la basura que acumuló. Nota un montículo bastante prominente que podría revelar la mala costumbre. Cuando decide ir a buscar la pala pasa frente a un espejo y descubre otro montículo, también prominente, en su espalda. Olvida la pala. Es demasiado tarde para ciertas limpiezas.
Helios Buira
EL TRASPLANTE *
Había sufrido una miocarditis fulminante.
Lo internaron. En estado grave.
Su única salvación, era un trasplante. Pero el donante, o los donantes, no aparecían.
Los medios masivos de información emprendieron la difusión de la noticia, a la vez que solicitaban la aparición de un donante para salvarle la vida al paciente, que en gravísimo estado, esperaba en un sanatorio el órgano que le permitiera continuar su vida.
Una vida de profesional destacado, que trabajaba todos los días en bien de la comunidad. Claro es, que se advertía que no debería tomarse como motivo discriminatorio para quienes también, como él, esperaban que un donador les permitiese la continuidad de la vida. Él, estaba primero en la lista de altísimo riesgo. Según informan los periodistas a través de los noticieros, son muchas las personas que se encuentran en situación de peligro por su vida y por ello, se realizan campañas para que los ciudadanos tomen conciencia de que donar órganos, salva vidas.
Mientras, él, empeoraba hora tras hora, hasta se llegó a decir que era cuestión de días la posibilidad de salvación, si no aparecía el ansiado donante.
Su esposa, había organizado con un sacerdote amigo de la familia una cadena de oración, pidiéndole a todos los santos que intercedieran ante el Señor para que ese órgano llegase pronto, lo más pronto posible, porque el desenlace final estaba ahí, muy cercano.
Los medios informativos se hicieron eco de la cruzada solidaria, imponiéndole a la noticia cierto dictado conmovedor y los oyentes y televidentes a su vez, comentaban en las calles, en los negocios, en los transportes públicos, que si no aparecía un donante ya, él moriría inexorablemente. Adherían, muchos, a la cadena de invocación. En las iglesias, como también en los templos de distintas religiones, se imploraba por él, para que el donante apareciese pronto. Lo más pronto posible.
Y fue una noche. Desde una provincia lejana, se informó que un órgano partía en un avión privado –un acto solidario de un miembro perteneciente a un Club de Pilotos- con dos médicos que habían participado con el grupo que realizó la ablación para que se pudiese efectuar el ansiado trasplante que ya tenía a casi todo el país en cadena oratoria.
Durante la madrugada él recibió el órgano que, de continuar todo de la manera que se deseaba, le permitiría seguir vivo en el planeta.
Los reporteros esperaban en la puerta del sanatorio para recibir información de cómo se encontraba, de cómo había salido la operación. El Médico Jefe, en una breve e improvisada conferencia de prensa, les comentó que todo había salido bien, sólo que se deberían esperar las horas necesarias para poder hacer un diagnóstico referente a la evolución del paciente, si no había rechazo, cuestiones que la medicina lleva en sí.
Por la mañana, cuando vieron salir a la esposa, luego de una noche de vigilia, los periodistas se abalanzaron micrófono en punta, para hacerle una y mil preguntas acerca de su esposo, de cómo se sentía ella, si estaba feliz, si tenía esperanza y un montón de interrogaciones que suelen hacer los movileros cuando de informar se trata.
Ella agradeció a Dios, a la vez que a la familia del donante. Lágrimas en sus ojos, seguramente de felicidad y también como descarga después de tanto sufrimiento hasta la llegada del órgano bienhechor.
A los pocos días, todo volvió a ser como siempre es en una ciudad cosmopolita, podría decirse, a la normalidad. La vida continúa, las cosas pasan.
Pero una vez que el profesional trasplantado se repuso, comenzó poco a poco a realizar rutinas de rehabilitación, a mejorar día a día, recordando cómo, antes, empeoraba de manera inversamente proporcional.
Al poco tiempo, accedió a que un medio informativo le hiciese un reportaje, queriendo él, contar acerca de su salud, sobre su mejoría y la felicidad que lo embargaba por estar vivo y agregó emocionado: -nuevamente.
Habló de sus días, de sus proyectos, de las ganas que eran una compañía importante sabiendo que había tiempo por venir.
El periodista le preguntó por sus hijos y él dijo que estaban felices, que los veía disfrutar, correr, saltar, jugar sin detenimiento y comentó que para dos niños de 12 y 9 años, era algo muy doloroso y traumático ver al padre en la situación que él había estado.
Y volvió a agradecer a Dios y a la familia del donante.
La noche en que llegó el órgano que salvaría la vida del destacado profesional, en un pueblito pequeño de una provincia argentina, dos niños, en llanto irreparable, le preguntaban a su madre el por qué de la muerte de su padre. La madre, no pudo responderles. Lo hizo una vecina, tratando de mitigar tanto dolor: -Piensen, que el corazón de papá, ahora late en otra persona, como si él estuviese vivo.
Sin consuelo, el mayor de los niños, dijo: -¿Y tenía que morir papá, para que otro viva?
* Tomado de un hecho real.
Había sufrido una miocarditis fulminante.
Lo internaron. En estado grave.
Su única salvación, era un trasplante. Pero el donante, o los donantes, no aparecían.
Los medios masivos de información emprendieron la difusión de la noticia, a la vez que solicitaban la aparición de un donante para salvarle la vida al paciente, que en gravísimo estado, esperaba en un sanatorio el órgano que le permitiera continuar su vida.
Una vida de profesional destacado, que trabajaba todos los días en bien de la comunidad. Claro es, que se advertía que no debería tomarse como motivo discriminatorio para quienes también, como él, esperaban que un donador les permitiese la continuidad de la vida. Él, estaba primero en la lista de altísimo riesgo. Según informan los periodistas a través de los noticieros, son muchas las personas que se encuentran en situación de peligro por su vida y por ello, se realizan campañas para que los ciudadanos tomen conciencia de que donar órganos, salva vidas.
Mientras, él, empeoraba hora tras hora, hasta se llegó a decir que era cuestión de días la posibilidad de salvación, si no aparecía el ansiado donante.
Su esposa, había organizado con un sacerdote amigo de la familia una cadena de oración, pidiéndole a todos los santos que intercedieran ante el Señor para que ese órgano llegase pronto, lo más pronto posible, porque el desenlace final estaba ahí, muy cercano.
Los medios informativos se hicieron eco de la cruzada solidaria, imponiéndole a la noticia cierto dictado conmovedor y los oyentes y televidentes a su vez, comentaban en las calles, en los negocios, en los transportes públicos, que si no aparecía un donante ya, él moriría inexorablemente. Adherían, muchos, a la cadena de invocación. En las iglesias, como también en los templos de distintas religiones, se imploraba por él, para que el donante apareciese pronto. Lo más pronto posible.
Y fue una noche. Desde una provincia lejana, se informó que un órgano partía en un avión privado –un acto solidario de un miembro perteneciente a un Club de Pilotos- con dos médicos que habían participado con el grupo que realizó la ablación para que se pudiese efectuar el ansiado trasplante que ya tenía a casi todo el país en cadena oratoria.
Durante la madrugada él recibió el órgano que, de continuar todo de la manera que se deseaba, le permitiría seguir vivo en el planeta.
Los reporteros esperaban en la puerta del sanatorio para recibir información de cómo se encontraba, de cómo había salido la operación. El Médico Jefe, en una breve e improvisada conferencia de prensa, les comentó que todo había salido bien, sólo que se deberían esperar las horas necesarias para poder hacer un diagnóstico referente a la evolución del paciente, si no había rechazo, cuestiones que la medicina lleva en sí.
Por la mañana, cuando vieron salir a la esposa, luego de una noche de vigilia, los periodistas se abalanzaron micrófono en punta, para hacerle una y mil preguntas acerca de su esposo, de cómo se sentía ella, si estaba feliz, si tenía esperanza y un montón de interrogaciones que suelen hacer los movileros cuando de informar se trata.
Ella agradeció a Dios, a la vez que a la familia del donante. Lágrimas en sus ojos, seguramente de felicidad y también como descarga después de tanto sufrimiento hasta la llegada del órgano bienhechor.
A los pocos días, todo volvió a ser como siempre es en una ciudad cosmopolita, podría decirse, a la normalidad. La vida continúa, las cosas pasan.
Pero una vez que el profesional trasplantado se repuso, comenzó poco a poco a realizar rutinas de rehabilitación, a mejorar día a día, recordando cómo, antes, empeoraba de manera inversamente proporcional.
Al poco tiempo, accedió a que un medio informativo le hiciese un reportaje, queriendo él, contar acerca de su salud, sobre su mejoría y la felicidad que lo embargaba por estar vivo y agregó emocionado: -nuevamente.
Habló de sus días, de sus proyectos, de las ganas que eran una compañía importante sabiendo que había tiempo por venir.
El periodista le preguntó por sus hijos y él dijo que estaban felices, que los veía disfrutar, correr, saltar, jugar sin detenimiento y comentó que para dos niños de 12 y 9 años, era algo muy doloroso y traumático ver al padre en la situación que él había estado.
Y volvió a agradecer a Dios y a la familia del donante.
La noche en que llegó el órgano que salvaría la vida del destacado profesional, en un pueblito pequeño de una provincia argentina, dos niños, en llanto irreparable, le preguntaban a su madre el por qué de la muerte de su padre. La madre, no pudo responderles. Lo hizo una vecina, tratando de mitigar tanto dolor: -Piensen, que el corazón de papá, ahora late en otra persona, como si él estuviese vivo.
Sin consuelo, el mayor de los niños, dijo: -¿Y tenía que morir papá, para que otro viva?
* Tomado de un hecho real.
MONICA LOPEZ BORDÓN, España
EL TRIANGULO DE LA AVENTURA
Vuelvo a sentarme en mi mesa de escribir. En este refugio de madera, con la espalda erguida, con algo de pesadumbre y tristeza en los hombros callados que siempre usé como escudo, como defensa en la distancia y en la cercanía.
Mis manos se escurren por el lomo de un lápiz de colores en los costados y por esta hoja.; por esas pequeñas cosas que en algún momento duelen hasta la entraña.
En esta pléyade de pensamientos asimétricos aparece el diamante en forma de historia: una piedra preciosa, en bruto.
Me desahogo equivocando el orden de las letras: primero la hache y después la “a”. Estornudo. Abrocho la cremallera de la chaqueta y me deslizo. Uno tres aristas invertidas en el orden. Me invento un trapecio. Me olvido de qué dirán cuando lean mis versos. En la aventura se atisba el fulgor de una luz en el cielo, varias estrellas entrelazadas y nuestros cuerpos gozando en paraíso de nadie.
EL ÚLTIMO BAILE
Dijo que se iba. Que esta vez se marchaba a conquistar sus sueños.
Hicieron de aquellos días algo tan inolvidable que el tiempo, les permitía todo: un abrazo lunar y unas manos contorsionadas en el delirio de verse, de estar junto a la orilla del mar viendo, cómo sus pies, de pronto, eran blancos.
Pensaron en pretérito imperfecto una despedida dulce, bella como sus mejillas sonrosadas. Se echaron sobre los hombros el tul de la despedida abierta como flores de primavera. Lloraban mientras el amarillo amanecer se escurría ante sus ojos. Lloraban su último baile al compás deshojado de unas risas. En el margen derecho de la hoja pintaron un corazón. Quisieron escribir de su amor un sol y el cielo azul. Arrancaron un beso, una estrella y bailaron, entre luces, hasta el crepúsculo del adiós.
MI CASA ESTÁ EN EL SUR
Bésame el alma partida, te digo, mientras intento descifrar un pasado aislado y devorado en la herida del vacío. Bordes abiertos sin nombre en las orillas desorbitadas del deseo. Lo inolvidable me hace esperarte cuando te alejas y tu silueta se va desdibujando en el espacio. Balbuceando busco la palabra aguda en un sueño de multitudes. Pienso que quizás mi casa está en el sur como podría estar en el norte o en océano de cualquier punto cardinal del mapa. Deletreo sílabas al viento y los mitos me llevan a Grecia. Busco mi casa en el vértice discontinuo del trapecio, veo a Homero y a Ulises inventando alguna morada.
Vuelvo a sentarme en mi mesa de escribir. En este refugio de madera, con la espalda erguida, con algo de pesadumbre y tristeza en los hombros callados que siempre usé como escudo, como defensa en la distancia y en la cercanía.
Mis manos se escurren por el lomo de un lápiz de colores en los costados y por esta hoja.; por esas pequeñas cosas que en algún momento duelen hasta la entraña.
En esta pléyade de pensamientos asimétricos aparece el diamante en forma de historia: una piedra preciosa, en bruto.
Me desahogo equivocando el orden de las letras: primero la hache y después la “a”. Estornudo. Abrocho la cremallera de la chaqueta y me deslizo. Uno tres aristas invertidas en el orden. Me invento un trapecio. Me olvido de qué dirán cuando lean mis versos. En la aventura se atisba el fulgor de una luz en el cielo, varias estrellas entrelazadas y nuestros cuerpos gozando en paraíso de nadie.
EL ÚLTIMO BAILE
Dijo que se iba. Que esta vez se marchaba a conquistar sus sueños.
Hicieron de aquellos días algo tan inolvidable que el tiempo, les permitía todo: un abrazo lunar y unas manos contorsionadas en el delirio de verse, de estar junto a la orilla del mar viendo, cómo sus pies, de pronto, eran blancos.
Pensaron en pretérito imperfecto una despedida dulce, bella como sus mejillas sonrosadas. Se echaron sobre los hombros el tul de la despedida abierta como flores de primavera. Lloraban mientras el amarillo amanecer se escurría ante sus ojos. Lloraban su último baile al compás deshojado de unas risas. En el margen derecho de la hoja pintaron un corazón. Quisieron escribir de su amor un sol y el cielo azul. Arrancaron un beso, una estrella y bailaron, entre luces, hasta el crepúsculo del adiós.
MI CASA ESTÁ EN EL SUR
Bésame el alma partida, te digo, mientras intento descifrar un pasado aislado y devorado en la herida del vacío. Bordes abiertos sin nombre en las orillas desorbitadas del deseo. Lo inolvidable me hace esperarte cuando te alejas y tu silueta se va desdibujando en el espacio. Balbuceando busco la palabra aguda en un sueño de multitudes. Pienso que quizás mi casa está en el sur como podría estar en el norte o en océano de cualquier punto cardinal del mapa. Deletreo sílabas al viento y los mitos me llevan a Grecia. Busco mi casa en el vértice discontinuo del trapecio, veo a Homero y a Ulises inventando alguna morada.
Dardo Sebastián Dorronzoro
Declaración Jurada
No es solamente la luna ni el rocío ni la luz celeste de los pájaros, puede también ser una alpargata vieja, toda agujereada., toda casi muerta después de andar fábricas, andamios o duros y calientes caminos de noviembre. No, no necesariamente todo lo poético debe ser bello.
Yo he visto horribles chicos grises como la tierra y comiendo tierra. Yo los he visto ahí, con sus andrajos y su mugre, reptando, y los he tocado, acariciado su piel y convertido en ángeles, en mariposas, en viento de septiembre. Porque todo antes de ser poesía debe pasar por mi corazón, darlo vuelta con el grito para arriba, colocarlo para el alba, cara al cielo. Todo debe pasar por mi sangre, por mis huesos, por mi respiración, por el corazón de mi sangre.
Pues yo soy un poeta que ama a los que no tienen amor ni pan, a los que se van sin haber llegado, a los que a veces sonríen, a los que a veces sueñan, a los que a veces les crece un fusil en las manos y salen a morir por la vida.
En suma: yo he sido, soy y seré un poeta revolucionario.
Sobre mi tumba verán florecer un puño.
No es solamente la luna ni el rocío ni la luz celeste de los pájaros, puede también ser una alpargata vieja, toda agujereada., toda casi muerta después de andar fábricas, andamios o duros y calientes caminos de noviembre. No, no necesariamente todo lo poético debe ser bello.
Yo he visto horribles chicos grises como la tierra y comiendo tierra. Yo los he visto ahí, con sus andrajos y su mugre, reptando, y los he tocado, acariciado su piel y convertido en ángeles, en mariposas, en viento de septiembre. Porque todo antes de ser poesía debe pasar por mi corazón, darlo vuelta con el grito para arriba, colocarlo para el alba, cara al cielo. Todo debe pasar por mi sangre, por mis huesos, por mi respiración, por el corazón de mi sangre.
Pues yo soy un poeta que ama a los que no tienen amor ni pan, a los que se van sin haber llegado, a los que a veces sonríen, a los que a veces sueñan, a los que a veces les crece un fusil en las manos y salen a morir por la vida.
En suma: yo he sido, soy y seré un poeta revolucionario.
Sobre mi tumba verán florecer un puño.
Francisco Garzón Céspedes
EL FRANCOTIRADOR Y SUS DOS AMORES
El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores. Allá, tan lejos, tan cerca, su madre y la mujer que el francotirador amaba. Les esperaba la muerte. Los torturadores ya habían realizado los ritos previos a la ceremonia de indagación. Su madre y la mujer que él amaba irían muriendo pedazo menos, pedazo menos. A trozos. Y, aún peor, morirían en la vergüenza de suplicar. De humillarse. O de haber traicionado. El francotirador podía liberar a una de las dos mujeres. Matándola. Por toda posesión le quedaba una bala. No contaré yo cuál de los dos cuerpos de mujer estalló en pedazos. Yo lo seguiré contando hasta que alguien sea capaz de contar el final de esta historia. El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores…
El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores. Allá, tan lejos, tan cerca, su madre y la mujer que el francotirador amaba. Les esperaba la muerte. Los torturadores ya habían realizado los ritos previos a la ceremonia de indagación. Su madre y la mujer que él amaba irían muriendo pedazo menos, pedazo menos. A trozos. Y, aún peor, morirían en la vergüenza de suplicar. De humillarse. O de haber traicionado. El francotirador podía liberar a una de las dos mujeres. Matándola. Por toda posesión le quedaba una bala. No contaré yo cuál de los dos cuerpos de mujer estalló en pedazos. Yo lo seguiré contando hasta que alguien sea capaz de contar el final de esta historia. El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores…
Boris Sánchez Elchiver, Chile
TIMIDEZ
Es la tercera vez que voy a la misma librería. Ahí está como siempre ese maldito libro, desafiándome al final de la segunda estantería. Provocándome. Sería cuestión de estirar la mano, tomarlo, caminar con seguridad con él hasta la caja, cancelarlo, colocarlo en una bolsa y ya está. Pero ese título tan revelador e indiscreto: “Como vencer la timidez en diez días”. ¡Qué va pensar la cajera!...y además tan atractiva. Mejor me llevaré un libro sobre los orígenes de las araucarias, mañana.....quizás..tal vez... lo intentaré de nuevo.
ILUSIÓN OPTICA
Después de obtener el primer lugar en una carrera de motocicletas, ser el mejor samurai, haber conquistado la cima del Everest y ganado todas las batallas, Juan, aún no entiende, que tiene que apagar el computador y terminar de hacer el aseo en la oficina donde trabaja como Junior.
Es la tercera vez que voy a la misma librería. Ahí está como siempre ese maldito libro, desafiándome al final de la segunda estantería. Provocándome. Sería cuestión de estirar la mano, tomarlo, caminar con seguridad con él hasta la caja, cancelarlo, colocarlo en una bolsa y ya está. Pero ese título tan revelador e indiscreto: “Como vencer la timidez en diez días”. ¡Qué va pensar la cajera!...y además tan atractiva. Mejor me llevaré un libro sobre los orígenes de las araucarias, mañana.....quizás..tal vez... lo intentaré de nuevo.
ILUSIÓN OPTICA
Después de obtener el primer lugar en una carrera de motocicletas, ser el mejor samurai, haber conquistado la cima del Everest y ganado todas las batallas, Juan, aún no entiende, que tiene que apagar el computador y terminar de hacer el aseo en la oficina donde trabaja como Junior.
NORMA PADRA
EL ALMOHADÓN (cuento para niños)
El sultán vivía en un hermoso palacio, algunos lo llamaban “harén”, -nombre que designa al mismo tiempo al conjunto de mujeres hermosas que rodeaban a un personaje importante, así como el lugar en el que éstas residían-.
El lujo y la buena vida distinguían su dormitorio, lleno de alfombras persas, jarras de oro, perlas, perfumes, flores y sahumerios.
Allí, en medio del fastuoso colorido se situaba un importante almohadón de seda bordado con hilos de oro y plata. Él siempre lo miraba con cariño, pues lo había heredado de su abuelo.
El sultán pasaba días sin salir del dormitorio; muchas cosas mágicas sucedían.
Sabía que posando su cabeza en ese hermoso almohadón, soñaría con su princesa Justine.
Sus pensamientos volaban como entre sueños. Así acurrucado, obsesionado con aquella bella joven que iluminaba su alma.
Justine, era su sueño y su desvelo.
El sultán tuvo que partir para realizar un largo viaje.
Al llegar fatigado por el trajín del su paseo, ingresó a su dormitorio para poder descansar.
Abrió la puerta y su sorpresa fue tan grande, que cayó desmayado sobre las alfombras.
Vio el almohadón roído y deshilachado por el tiempo; había sido destruido.
El pobre casi enloqueció, nadie sabía el motivo. Todo allí se vistió de tristeza, y silencio.
Nadie sabía que aquel regalo que había recibido de su abuelo: ese almohadón bordado con finos cabellos de oro y plata, anidaba el espíritu de la bella princesa... y el sultán nunca más pudo no volver a soñar con ella.
Tuvo otros almohadones, tuvo otros sueños, pero ya nada fue igual para él.
Enfermó de tristeza y al poco tiempo encontró la muerte.
Aquel almohadón bordado lo estaba esperando posado en una pequeña y blanca nube que en el cielo flotaba.
Y allí lejos de toda riqueza mundana. el sueño se hizo realidad.
Justine y él serían felices en ese espacio de llamado “el país de los sueños eternos”.
El sultán vivía en un hermoso palacio, algunos lo llamaban “harén”, -nombre que designa al mismo tiempo al conjunto de mujeres hermosas que rodeaban a un personaje importante, así como el lugar en el que éstas residían-.
El lujo y la buena vida distinguían su dormitorio, lleno de alfombras persas, jarras de oro, perlas, perfumes, flores y sahumerios.
Allí, en medio del fastuoso colorido se situaba un importante almohadón de seda bordado con hilos de oro y plata. Él siempre lo miraba con cariño, pues lo había heredado de su abuelo.
El sultán pasaba días sin salir del dormitorio; muchas cosas mágicas sucedían.
Sabía que posando su cabeza en ese hermoso almohadón, soñaría con su princesa Justine.
Sus pensamientos volaban como entre sueños. Así acurrucado, obsesionado con aquella bella joven que iluminaba su alma.
Justine, era su sueño y su desvelo.
El sultán tuvo que partir para realizar un largo viaje.
Al llegar fatigado por el trajín del su paseo, ingresó a su dormitorio para poder descansar.
Abrió la puerta y su sorpresa fue tan grande, que cayó desmayado sobre las alfombras.
Vio el almohadón roído y deshilachado por el tiempo; había sido destruido.
El pobre casi enloqueció, nadie sabía el motivo. Todo allí se vistió de tristeza, y silencio.
Nadie sabía que aquel regalo que había recibido de su abuelo: ese almohadón bordado con finos cabellos de oro y plata, anidaba el espíritu de la bella princesa... y el sultán nunca más pudo no volver a soñar con ella.
Tuvo otros almohadones, tuvo otros sueños, pero ya nada fue igual para él.
Enfermó de tristeza y al poco tiempo encontró la muerte.
Aquel almohadón bordado lo estaba esperando posado en una pequeña y blanca nube que en el cielo flotaba.
Y allí lejos de toda riqueza mundana. el sueño se hizo realidad.
Justine y él serían felices en ese espacio de llamado “el país de los sueños eternos”.
Anónimo
LA CASA ENCANTADA
Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor, y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
--Espéreme un momento --suplicó y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante a la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
--Dígame --dijo ella--, ¿se vende esta casa?
--Sí --respondió el hombre--, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
--Un fantasma --repitió la muchacha--. Santo Dios, ¿y quién es?
--Usted --dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor, y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
--Espéreme un momento --suplicó y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante a la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
--Dígame --dijo ella--, ¿se vende esta casa?
--Sí --respondió el hombre--, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
--Un fantasma --repitió la muchacha--. Santo Dios, ¿y quién es?
--Usted --dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
I.A. Ireland.
FINAL PARA UN CUENTO FANTÁSTICO
--¡Que extraño! --dijo la muchacha avanzando cautelosamente--. ¡Qué puerta más pesada! La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
--¡Dios mío! --dijo el hombre--. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
--A los dos no. A uno solo --dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
--¡Que extraño! --dijo la muchacha avanzando cautelosamente--. ¡Qué puerta más pesada! La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
--¡Dios mío! --dijo el hombre--. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
--A los dos no. A uno solo --dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
MARIA ISABEL CANÉ
RAICES
Siempre decía: Tengo que cortar esas raíces, me afean todo. Hacía mucho tiempo que las había plantado, pero nunca dieron nada, a tal punto que ya no se acordaba de qué eran y eso que no estaban secas, simplemente no crecían. Distraída siempre en otras cosas al final nunca lo hizo, y así pasaron los días, los meses, los años… Cuando murió la enterraron en su propio jardín, muy cerca de las raíces, pero, qué enorme y deliciosa fue su sorpresa cuando despertando en esa vida que deviene después de la muerte se encontró rodeada de incontables rosas.
Siempre decía: Tengo que cortar esas raíces, me afean todo. Hacía mucho tiempo que las había plantado, pero nunca dieron nada, a tal punto que ya no se acordaba de qué eran y eso que no estaban secas, simplemente no crecían. Distraída siempre en otras cosas al final nunca lo hizo, y así pasaron los días, los meses, los años… Cuando murió la enterraron en su propio jardín, muy cerca de las raíces, pero, qué enorme y deliciosa fue su sorpresa cuando despertando en esa vida que deviene después de la muerte se encontró rodeada de incontables rosas.
Martin Villanueva Watanabe, Perú
Mi amor a los trece
Los amigos van cambiando en relación a los años que el tiempo le va a uno cincelando en la mirada y en la paquidérmica forma de andar. Cuando era niño, mi mejor amigo se llamó Diego, morocho y rollizo, de cara atortugada y de piernas cortas, el que nunca me negó el mejor dulce ni, mucho menos, ir a su casa a jugar con su nueva consola. Cuando tuve trece, la amistad cambió de género y esta fue la empleada de mi amigo, Sonia. De senos prominentes, cabello asfaltado y siempre recién ondulado, de un aliento a sábana y con una mirada certera y profunda que en vez de acobardar a mis infantes deseos e instintos los despertaba. Fue ella quien me hizo descubrir que el amor se detiene a esa edad, a los trece, buscando pretextos perfectos, excusas extrañas volviéndome mentiroso de profesión por amor y ahorrador compulsivo para comprar mi primer ramo de rosas.
Me hice adulto por ella, ni caminando ni saltando por la autopista sino por la acera, como lo hacía mi abuelo quien sospechaba mi telúrico cambio; no saltaba ya por encima ni ladeando a la gente, más bien cediendo el paso almidonando con senil respeto la mirada; por ella me volví veinte años mayor, dibujándome el bigote que aún no ramificaba, guturando la carcajada y fumando el cigarro que nunca prendía.
Nunca sabré si se dio cuenta de que la mimaba con el tono de mi voz, de que la deseaba no con besos debajo de la cintura sino con esos besos sabuesos trepando hasta su enroscado cabello; que mis hombros buscaban chocarse con su cuerpo anhelando, palpitándome el corazón, sus manos duras y olorosas a pino acariciándome las mejillas. Solo recuerdo la vez que me hizo tocar su duro seno, de color de la vainilla y olorosa a lavanda, el pezón marrón y tenso circundado por su aureola; mis dos manos no alcanzaron a cubrirlos, palpándolas, las miré sin saber qué hacer, solo dejándome hervir por esa nueva sensación. Cuando quise besarlos empujado por un instinto inadvertido se tendió sobre si misma se cerró la nívea blusa y me llevó a la cocina, me sirvió una Sprite y siguió con su rutina.
Volví a la casa de mi amigo, pues ella era su sirvienta, después de una semana pues me di unos días para asimilar e interpretar qué pasó y por qué rayos no le arranqué el sostén, me abalancé sobre ella y le arranqué los besos que tanto deseaba. Bueno, volví no para hacer lo que debí de haber hecho, sino para tomarla de la mano y darle el ramo de flores que no sabría como explicar a mi amigo su porqué. Cuando golpié la manija con el acero de la puerta, me atendió, no Sonia, sino la mamá de Miguel Ángel, mi amigo, me dio un beso casi en la boca que ya no era de ella, y pregunté por la verdadera dueña de esa casa.
No quería jugar con su hijo, no quería pasar ni sentarme a conversar con ella y su esposo como siempre y mucho menos regresar más tarde a ver una película... no quería saber nada pues cuando pregunté por mi Sonia, ella ya no existía.
Se fue sin despedirse, aunque supe, unos años después, cuando regresé al barrio del Sendero, que preguntó por mi en el lapso de esa semana que desaparecí de su vida; supe que estuvo delante del intercomunicador del edificio donde vivía, pero nunca supieron, quienes la vieron, por qué nunca toco el número "2" de la familia Watanabe.
El amor se detuvo a los trece.
Los amigos van cambiando en relación a los años que el tiempo le va a uno cincelando en la mirada y en la paquidérmica forma de andar. Cuando era niño, mi mejor amigo se llamó Diego, morocho y rollizo, de cara atortugada y de piernas cortas, el que nunca me negó el mejor dulce ni, mucho menos, ir a su casa a jugar con su nueva consola. Cuando tuve trece, la amistad cambió de género y esta fue la empleada de mi amigo, Sonia. De senos prominentes, cabello asfaltado y siempre recién ondulado, de un aliento a sábana y con una mirada certera y profunda que en vez de acobardar a mis infantes deseos e instintos los despertaba. Fue ella quien me hizo descubrir que el amor se detiene a esa edad, a los trece, buscando pretextos perfectos, excusas extrañas volviéndome mentiroso de profesión por amor y ahorrador compulsivo para comprar mi primer ramo de rosas.
Me hice adulto por ella, ni caminando ni saltando por la autopista sino por la acera, como lo hacía mi abuelo quien sospechaba mi telúrico cambio; no saltaba ya por encima ni ladeando a la gente, más bien cediendo el paso almidonando con senil respeto la mirada; por ella me volví veinte años mayor, dibujándome el bigote que aún no ramificaba, guturando la carcajada y fumando el cigarro que nunca prendía.
Nunca sabré si se dio cuenta de que la mimaba con el tono de mi voz, de que la deseaba no con besos debajo de la cintura sino con esos besos sabuesos trepando hasta su enroscado cabello; que mis hombros buscaban chocarse con su cuerpo anhelando, palpitándome el corazón, sus manos duras y olorosas a pino acariciándome las mejillas. Solo recuerdo la vez que me hizo tocar su duro seno, de color de la vainilla y olorosa a lavanda, el pezón marrón y tenso circundado por su aureola; mis dos manos no alcanzaron a cubrirlos, palpándolas, las miré sin saber qué hacer, solo dejándome hervir por esa nueva sensación. Cuando quise besarlos empujado por un instinto inadvertido se tendió sobre si misma se cerró la nívea blusa y me llevó a la cocina, me sirvió una Sprite y siguió con su rutina.
Volví a la casa de mi amigo, pues ella era su sirvienta, después de una semana pues me di unos días para asimilar e interpretar qué pasó y por qué rayos no le arranqué el sostén, me abalancé sobre ella y le arranqué los besos que tanto deseaba. Bueno, volví no para hacer lo que debí de haber hecho, sino para tomarla de la mano y darle el ramo de flores que no sabría como explicar a mi amigo su porqué. Cuando golpié la manija con el acero de la puerta, me atendió, no Sonia, sino la mamá de Miguel Ángel, mi amigo, me dio un beso casi en la boca que ya no era de ella, y pregunté por la verdadera dueña de esa casa.
No quería jugar con su hijo, no quería pasar ni sentarme a conversar con ella y su esposo como siempre y mucho menos regresar más tarde a ver una película... no quería saber nada pues cuando pregunté por mi Sonia, ella ya no existía.
Se fue sin despedirse, aunque supe, unos años después, cuando regresé al barrio del Sendero, que preguntó por mi en el lapso de esa semana que desaparecí de su vida; supe que estuvo delante del intercomunicador del edificio donde vivía, pero nunca supieron, quienes la vieron, por qué nunca toco el número "2" de la familia Watanabe.
El amor se detuvo a los trece.
Hèctor “El Perro Vagabundo” Cediel
EL PODER DE LOS MILAGRO AMOROSOS
Te rescate de una jauría de pastores caníbales. Ya no son blancos los signos de los pétalos de tu rosa, ni es dulce el vino de la sangre que finge ser como el vino del rocío, que brota de tu cuerpo. Cantan tus caderas como las guadañas de las iglesias, donde las hostias saben y gritan como la grupa de la carne. Bebo el púrpura del licor celeste de las estrellas; el rocío de los lunares que nos fustigan como gaviotas apegadas al dolor; me ducho con el aire melancólico de los faroles, mientras el espíritu de las amantes se estremece, cuando sienten las desesperadas llamadas del falo o los golpes de los testículos, sobre las compuertas de los sustos, mientras se sofoca su ardor, con las desesperadas vibraciones del mástil de sus sueños jugosos. Dios es como el fulgor de un tormentoso mar ebrio, raptado por las miradas de algunas sirenas. Los ojos de mis sueños son azules, como la poesía que martilla mi desolación, como un violín ensangrentado por la tristeza de la pasión que lo toca. Canta desesperado un gallo, intentando despertar a la somnolienta aurora… huye mi melancolía impura como el dolor de la desesperanza, que intenta huir por el balcón o saltando por una ventana. Me seduce el viento sombrío de la muerte; el dorado alegre del órgano que quema mis entrañas, con el recuerdo de mi amada religiosa. Susurro ladridos dolientes y graves, como el delirio gregoriano de los que ascienden como el humo o el sonido flautín de las chicharras o mezzosoprano de los sapos… me demencia el barullo del aura que flota como una cascada, que baña con su luz espesa, la cueva de la fragante caverna. Brotan de los ojos que contemplo, un brezal de trompetas que se roban los tesoros de los airados lamentos. Me entristece el blanquecino viento de las notas escarlatas de los cuerpos, que leen en voz alta los signos dulces de nuestras manos. Te mojo y te baño, con la primavera serena de las aguas de la vida. Dejo en tus manos una paloma enferma, para que contemples el poder de los milagros amorosos y no pierdas la fe en los besos ni en las caricias.
Te rescate de una jauría de pastores caníbales. Ya no son blancos los signos de los pétalos de tu rosa, ni es dulce el vino de la sangre que finge ser como el vino del rocío, que brota de tu cuerpo. Cantan tus caderas como las guadañas de las iglesias, donde las hostias saben y gritan como la grupa de la carne. Bebo el púrpura del licor celeste de las estrellas; el rocío de los lunares que nos fustigan como gaviotas apegadas al dolor; me ducho con el aire melancólico de los faroles, mientras el espíritu de las amantes se estremece, cuando sienten las desesperadas llamadas del falo o los golpes de los testículos, sobre las compuertas de los sustos, mientras se sofoca su ardor, con las desesperadas vibraciones del mástil de sus sueños jugosos. Dios es como el fulgor de un tormentoso mar ebrio, raptado por las miradas de algunas sirenas. Los ojos de mis sueños son azules, como la poesía que martilla mi desolación, como un violín ensangrentado por la tristeza de la pasión que lo toca. Canta desesperado un gallo, intentando despertar a la somnolienta aurora… huye mi melancolía impura como el dolor de la desesperanza, que intenta huir por el balcón o saltando por una ventana. Me seduce el viento sombrío de la muerte; el dorado alegre del órgano que quema mis entrañas, con el recuerdo de mi amada religiosa. Susurro ladridos dolientes y graves, como el delirio gregoriano de los que ascienden como el humo o el sonido flautín de las chicharras o mezzosoprano de los sapos… me demencia el barullo del aura que flota como una cascada, que baña con su luz espesa, la cueva de la fragante caverna. Brotan de los ojos que contemplo, un brezal de trompetas que se roban los tesoros de los airados lamentos. Me entristece el blanquecino viento de las notas escarlatas de los cuerpos, que leen en voz alta los signos dulces de nuestras manos. Te mojo y te baño, con la primavera serena de las aguas de la vida. Dejo en tus manos una paloma enferma, para que contemples el poder de los milagros amorosos y no pierdas la fe en los besos ni en las caricias.
Héctor Cobas, Miramar, Argentina
BORGES Y EL INFINITO
En estos tiempos actuales, solo lo fantástico tiene
Probabilidades de ser cierto
Pierre Teilhard de Chardin
Siento inquietud y zozobra. Tomo un libro de Borges y me interno en la lectura del Aleph. En esos momentos no quiero ser crítico literario, ni analizar las estructuras de ningún lenguaje. Me sumerjo en el cuento. Junto con Borges, me instalo en el decimonoveno escalón de la escalera del oscuro sótano de la casa de la calle Garay, que gracias al sano recuerdo de la imaginación aún no fue demolida. Se me asegura que allí hay un Aleph. Desconcertado le pregunto a Borges qué significa un Aleph. Sonriente y parsimonioso me contesta que “el Aleph es un punto en el espacio que contiene todos los puntos”. Venga, me dice, vamos a recorrerlo juntos. Sin muchos protocolos me comenta que ese punto representa el infinito de otros infinitos que guarda consigo en un instante. Describir con palabras esa experiencia implica expresar en el lenguaje corriente la representación de una sucesión indefinida que se despliega en un tiempo finito. Pero lo que se ve realmente en ese punto es la totalidad de todas las cosas y de acontecimientos que sucedieron, suceden y que sucederán reflejados como en un espejo en un solo instante que podríamos denominarlo místico. Temeroso traté de acomodar mi ojo en la dirección que Borges me indicaba. Pero enceguecido por la desbordante luz que venía de ese pequeño círculo que había en la escalera y que mi ojo dolorido trataba de rechazar, no podía percibir las formas que Borges me había descrito. Todo era luz resplandeciente no atenuada por la necesaria oscuridad que permite ver a las cosas en su verdadera dimensión sensible. Me esforcé pero reconozco que fracasé en la experiencia. Entonces Borges sonriente me dijo, que para percibir las formas es necesario atemperar la luz con el ensamble del decir poético y el pensamiento especular. Y recalcó que ningún mundo se nos da gratuitamente, el Aleph se construye con esfuerzo y dedicación ¡Lo demás deséchelo! Busque su Aleph a través de los laberintos que nos propone la existencia y allí encontrará el infinito y tal vez la eternidad. De repente suena un timbre y sobresaltado me despierto. La figura de Borges se esfuma tras el despertar del sueño. Y su evocación se dirige a un punto que tal vez algún día se me permita llamarlo mi Aleph.
Eduardo Mancilla, Rosario, Santa Fé, Argentina
Decolorado.
Se supone que hubo una vez, un señor cuyo nombre ya nadie recuerda, se disponía a emprender una acción que, repentinamente, había quedado en el olvido. Estaba inmóvil, sin saber si ir, regresar o permanecer. Eso si, se lo vio sonriente. Entonces, alguien que desconozco, cerró el libro de incertidumbres y la fotografía quedó sepia por siempre, y él, en total anonimato.
Se supone que hubo una vez, un señor cuyo nombre ya nadie recuerda, se disponía a emprender una acción que, repentinamente, había quedado en el olvido. Estaba inmóvil, sin saber si ir, regresar o permanecer. Eso si, se lo vio sonriente. Entonces, alguien que desconozco, cerró el libro de incertidumbres y la fotografía quedó sepia por siempre, y él, en total anonimato.
Rolando Revagliatti, Argentina
Cuento corto
En sus cuentos -me refiero a mi hija-, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le dije: ¿Por qué no hacés que siga vivo? Ella me explicó: No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato. Le sugerí: Seguí escribiéndolo mañana. Dijo: No; porque es un cuento corto.
En sus cuentos -me refiero a mi hija-, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le dije: ¿Por qué no hacés que siga vivo? Ella me explicó: No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato. Le sugerí: Seguí escribiéndolo mañana. Dijo: No; porque es un cuento corto.
Rolando Revagliatti, Argentina
Retazo
Nació por vía de cesárea Cristina, único descendiente que tuvieron sus padres. El nombre lo improvisaron de apuro, por así decir; lo extrajeron de una criteriosa galera, tras evaluar la armonía fonética junto al apellido. Aguardaban a Juan Ramón Ernesto e irrumpió Cristina. El desencanto se fue desplegando corrosivo en sus ánimos.
La niña, alumna aplicada, fantasiosa y fácilmente ridiculizable, encorvaba la espalda, fruncía los labios cuando se concentraba, bizqueaba a veces y, adolescente ya, padecía ataques de picazón, o lloraba.
En procura de reducir fatigosa gimnasia (contar paradas de colectivos, o perros, o automóviles con tales o cuales características), ritos incoercibles (sentarse durante unos instantes en determinado sillón, antes de tomar la merienda), sueños repetitivos (su madre obstinándose en ofrecerle muestras de comprensión y cariño), concurrió a un curso de control mental que promocionaban por radio. En esas estaba, cuando ella y el licenciado que dictaba el curso se enamoraron. Sin tropiezos accedieron al altar; y ahora, él la embarazó y la tiene ilusionada con que por fin nacerá Juan Ramón Ernesto, una generación después. Retazo de vida.
Nació por vía de cesárea Cristina, único descendiente que tuvieron sus padres. El nombre lo improvisaron de apuro, por así decir; lo extrajeron de una criteriosa galera, tras evaluar la armonía fonética junto al apellido. Aguardaban a Juan Ramón Ernesto e irrumpió Cristina. El desencanto se fue desplegando corrosivo en sus ánimos.
La niña, alumna aplicada, fantasiosa y fácilmente ridiculizable, encorvaba la espalda, fruncía los labios cuando se concentraba, bizqueaba a veces y, adolescente ya, padecía ataques de picazón, o lloraba.
En procura de reducir fatigosa gimnasia (contar paradas de colectivos, o perros, o automóviles con tales o cuales características), ritos incoercibles (sentarse durante unos instantes en determinado sillón, antes de tomar la merienda), sueños repetitivos (su madre obstinándose en ofrecerle muestras de comprensión y cariño), concurrió a un curso de control mental que promocionaban por radio. En esas estaba, cuando ella y el licenciado que dictaba el curso se enamoraron. Sin tropiezos accedieron al altar; y ahora, él la embarazó y la tiene ilusionada con que por fin nacerá Juan Ramón Ernesto, una generación después. Retazo de vida.
Migdalia Mansilla Rojas - Venezuela
El espejo
La habitación a media luz, un perchero clavado en la pared, un reloj cucú que cantaba a deshora, las horas, algunos libreros, un secreter.
En un marco de caoba guindaba un espejo. Pasaban los días y alguna cosa extraña estaba aconteciendo. Alguien se asomaba desde el espejo. A veces sólo se atisbaba a ver, un perfil; otras veces, medio cuerpo. En alguna ocasión los ojos escudriñaban el cuarto, como tratando de encontrar lo que no se ha perdido. En otras, la imagen corría de un lado a otro jugando a no encontrarse.
Un día después de eternos días, el espejo se estremeció, una mano salía de él lentamente, desperezándose, luego los brazos, las piernas tambaleantes. El cuerpo cayó al piso, era una mujer, se sacudió la falda, alisó los cabellos y comenzó a buscar un estuche de madera forrado en fieltro rojo. Movió los libros, abrió las gavetas. Nada. De pronto el cuerpo comenzó a desfallecer, el tiempo se acababa. La hora marcada estaba llegando.
Volvió su mirada ya lánguida al secreter y recordó, detrás de las cartas, al final, sí, al final estaba el estuche, cómo era posible que lo hubiera olvidado. Como pudo con las fuerzas perdidas logró abrirlo. Allí estaba, reluciente, palpitante, lo tomó con cuidado, abrió su blusa de encaje blanco, metió su mano en el pecho y se colocó el corazón.
Se abre la puerta de la habitación y un haz de luz intensa la ilumina.
_Querida mía, al fin te encuentro. Te esperábamos para cenar. Qué joven y hermosa te ves. Pareces otra.
Ella, sonriendo lo toma del brazo y le sigue hasta el comedor.
La habitación vuelve a las penumbras, el cucú anuncia la media noche.
Desde el espejo un rostro cansado y viejo se asoma, tratando de encontrar la máscara que se le perdió.
Migdalia B. Mansilla R.
Fecha: ¿la fecha? depende, del cristal con que se mire.
Fecha: Enero 29 de 2006
La habitación a media luz, un perchero clavado en la pared, un reloj cucú que cantaba a deshora, las horas, algunos libreros, un secreter.
En un marco de caoba guindaba un espejo. Pasaban los días y alguna cosa extraña estaba aconteciendo. Alguien se asomaba desde el espejo. A veces sólo se atisbaba a ver, un perfil; otras veces, medio cuerpo. En alguna ocasión los ojos escudriñaban el cuarto, como tratando de encontrar lo que no se ha perdido. En otras, la imagen corría de un lado a otro jugando a no encontrarse.
Un día después de eternos días, el espejo se estremeció, una mano salía de él lentamente, desperezándose, luego los brazos, las piernas tambaleantes. El cuerpo cayó al piso, era una mujer, se sacudió la falda, alisó los cabellos y comenzó a buscar un estuche de madera forrado en fieltro rojo. Movió los libros, abrió las gavetas. Nada. De pronto el cuerpo comenzó a desfallecer, el tiempo se acababa. La hora marcada estaba llegando.
Volvió su mirada ya lánguida al secreter y recordó, detrás de las cartas, al final, sí, al final estaba el estuche, cómo era posible que lo hubiera olvidado. Como pudo con las fuerzas perdidas logró abrirlo. Allí estaba, reluciente, palpitante, lo tomó con cuidado, abrió su blusa de encaje blanco, metió su mano en el pecho y se colocó el corazón.
Se abre la puerta de la habitación y un haz de luz intensa la ilumina.
_Querida mía, al fin te encuentro. Te esperábamos para cenar. Qué joven y hermosa te ves. Pareces otra.
Ella, sonriendo lo toma del brazo y le sigue hasta el comedor.
La habitación vuelve a las penumbras, el cucú anuncia la media noche.
Desde el espejo un rostro cansado y viejo se asoma, tratando de encontrar la máscara que se le perdió.
Migdalia B. Mansilla R.
Fecha: ¿la fecha? depende, del cristal con que se mire.
Fecha: Enero 29 de 2006
Norma Padra - Buenos Aires, Argentina
LA LOCA DEL MAR
Nadina, era muy curiosa... no sabía la que le esperaba... Nadina, Nadina Miramar era su nombre completo.
Como todos los años, Nadina salió de vacaciones para su casa en las playas de Miramar. Allí pasaba tres meses junto al mar que la había visto nacer, crecer, hasta irse, un día, con la intención de entrar al ruedo de la Gran Ciudad. Ya en ella, además de trabajar con ahínco para poder mantenerse, amante de la lectura como era, se esforzó en sus estudios logrando recibirse de profesora en Biología Marina.
El mar era su punto de partida y, también, el poderoso interrogante por los misterios allí escondidos.
Curiosa empedernida, siempre que podía buceaba con sus compañeros, o ¿por qué no?, sola.
Ganó becas para conocer los misterios de los mares del mundo, investigar, escribir sus hallazgos, para después darlos a conocer. Pero no todos, siempre guardaba para sí... algunas cosas...
Con el correr del tiempo fue escribiendo un libro que solo sería para ella, donde volcaba esas curiosidades que veía y recogía. No sabía que eso le costaría muy caro....
Con los años ese libro fue haciéndose cada vez mayor; eran muchas las cosas que encerraban sus páginas... sólo para ella, para poder atesorar sus momentos...
Y, sí, llegaron sus vacaciones, allí estaba ella, sola en la paya que la atraía como un imán. Sentada cómoda es su silla a la orilla del mar leía su libro, escribía más notas.
Sin darse cuenta de que una tormenta se acercaba repentinamente y, una ola inmensa la atrapó.
Gracias a su pericia como nadadora salvó su vida, pero el libro, se lo llevó el mar... No lo pudo asegurar contra su cuerpo...
Ese era el lugar donde debía estar el libro.
El mar había recuperado parte de sus secretos.
Dicen los que la conocieron, que con el correr de los años, un día vieron pasar a una anciana, con su mente ausente... caminando por la orilla del mar, con la vista perdida en el horizonte.
Todos la llamaban “La loca del Mar”.
Nadina, era muy curiosa... no sabía la que le esperaba... Nadina, Nadina Miramar era su nombre completo.
Como todos los años, Nadina salió de vacaciones para su casa en las playas de Miramar. Allí pasaba tres meses junto al mar que la había visto nacer, crecer, hasta irse, un día, con la intención de entrar al ruedo de la Gran Ciudad. Ya en ella, además de trabajar con ahínco para poder mantenerse, amante de la lectura como era, se esforzó en sus estudios logrando recibirse de profesora en Biología Marina.
El mar era su punto de partida y, también, el poderoso interrogante por los misterios allí escondidos.
Curiosa empedernida, siempre que podía buceaba con sus compañeros, o ¿por qué no?, sola.
Ganó becas para conocer los misterios de los mares del mundo, investigar, escribir sus hallazgos, para después darlos a conocer. Pero no todos, siempre guardaba para sí... algunas cosas...
Con el correr del tiempo fue escribiendo un libro que solo sería para ella, donde volcaba esas curiosidades que veía y recogía. No sabía que eso le costaría muy caro....
Con los años ese libro fue haciéndose cada vez mayor; eran muchas las cosas que encerraban sus páginas... sólo para ella, para poder atesorar sus momentos...
Y, sí, llegaron sus vacaciones, allí estaba ella, sola en la paya que la atraía como un imán. Sentada cómoda es su silla a la orilla del mar leía su libro, escribía más notas.
Sin darse cuenta de que una tormenta se acercaba repentinamente y, una ola inmensa la atrapó.
Gracias a su pericia como nadadora salvó su vida, pero el libro, se lo llevó el mar... No lo pudo asegurar contra su cuerpo...
Ese era el lugar donde debía estar el libro.
El mar había recuperado parte de sus secretos.
Dicen los que la conocieron, que con el correr de los años, un día vieron pasar a una anciana, con su mente ausente... caminando por la orilla del mar, con la vista perdida en el horizonte.
Todos la llamaban “La loca del Mar”.
SENEN RODRÍGUEZ PERINI / URUGUAY, ESPAÑA
Paleolítico
El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.
Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.
Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.
El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.
Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.
Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.
El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.
Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.
Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.
La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.
El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.
Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.
Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.
El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.
Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.
Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.
El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.
Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.
Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.
La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.
HERNAN BONGIORNO, BUENOS AIRES, ARGENTINA
CIRCULO PERFECTO
No se si fue que lo leí o es que alguien me lo dijo pero, de pronto, tuve en mi memoria la idea de que los orientales practicaban horas y horas el pintar un círculo perfecto sin ayuda alguna de instrumentos tales como compases, reglas o escuadras. Lo hacían tan solo armados de un pincel, tinta y lienzos. Para mí un círculo no tenia nada de particular, sin embargo, una vez enterado de este hobby japonés, mi idea de los círculos geométricamente perfectos cambio radicalmente.
Comencé con un lápiz. Uno común, de esos comprados en cualquier librería de barrio. Los primeros ensayos los hice en un cuaderno que tenía abandonado en un cajón. En ese cuaderno encontré anotaciones mías, párrafos sueltos, intentos de poesía, pero nada lo suficientemente bueno como para no intervenir, por lo tanto, todos esos escritos debieron empezar una convivencia forzada con mis círculos.
Los primeros, ahora que lo veo en perspectiva, tenían forma más bien de rombo. Me era imposible unir los dos extremos de tal forma que desde el punto céntrico, la distancia fuese la misma hacia cualquier dirección, pero a pesar de los mamarrachos que trazaba, poco a poco, algo en el acto de practicar, me fue otorgando una cierta serenidad que hasta el momento desconocía
Cada día laboral era un suplicio. Solo quería llegar a mi casa y continuar con la práctica. Por aquella etapa ya tenia otros cuadernos y fue cuando compre el décimo que me di cuenta que lo que realmente necesitaba era hacerlo tal cual lo hacían los japoneses. Tinta negra y un lienzo. Claro que así, el arte japonés era aun más difícil de dominar. A fuerza de limpiar el living de mi casa y de manchar una y otra vez accidentalmente a mi familia, fui aprendiendo a manejar la tinta color negro y mojar el pincel en su justa medida a la vez que relajando el brazo, obtenía un pulso cada vez mas exacto.
Cuando finalmente mi mujer y mi hijo de ocho años se fueron de mi casa junto con todas sus ropas, juguetes y demás cosas, pude comenzar a concentrarme mejor y cuanto más me concentraba, mas serenidad sentía. Todo empezaba por mi frente abierta, llena de una electricidad extraña que iba descendiendo hasta mi vientre y ahí me quedaba percibiendo algo indescriptible y mas se hacia carne en mi esta sensación, mas redondos salían los círculos y a mayor perfección, mayor serenidad.
Era ya imposible dejar de hacer lienzo tras lienzo y cuando los ahorros de la indemnización por mi despido laboral se agotaron, fueron las paredes blancas las que me sirvieron para continuar.
Sabía que pronto no habría más espacios en blanco y fue sobre la puerta del baño que finalmente alcance el círculo perfecto. No lo medí, ni lo contemple demasiado. Solo supe que fue perfectamente concéntrico, por la plenitud alcanzada.
Salí así como estaba (descalzo y en calzoncillos) al balcón y el viento que soplo, también soplo dentro mío. El azul de cielo era aun más azul. Podía sentir las nubes en mi panza moverse. Podía verlo todo unido. Podía estar lleno de todo y vacío a la vez.
Me senté contra la pared en esa postura de meditación que tanto había visto en revistas y cerré los ojos. El infinito se hizo presente. Pude verme a mi mismo sentado mientras comenzaba a subir y verme cada vez mas pequeño, al igual que las casas y edificios hasta que todo solo fueron puntos de colores, pero yo, lejos de estar perdido, sabia exactamente donde ir y hacia allí fui.
No se si fue que lo leí o es que alguien me lo dijo pero, de pronto, tuve en mi memoria la idea de que los orientales practicaban horas y horas el pintar un círculo perfecto sin ayuda alguna de instrumentos tales como compases, reglas o escuadras. Lo hacían tan solo armados de un pincel, tinta y lienzos. Para mí un círculo no tenia nada de particular, sin embargo, una vez enterado de este hobby japonés, mi idea de los círculos geométricamente perfectos cambio radicalmente.
Comencé con un lápiz. Uno común, de esos comprados en cualquier librería de barrio. Los primeros ensayos los hice en un cuaderno que tenía abandonado en un cajón. En ese cuaderno encontré anotaciones mías, párrafos sueltos, intentos de poesía, pero nada lo suficientemente bueno como para no intervenir, por lo tanto, todos esos escritos debieron empezar una convivencia forzada con mis círculos.
Los primeros, ahora que lo veo en perspectiva, tenían forma más bien de rombo. Me era imposible unir los dos extremos de tal forma que desde el punto céntrico, la distancia fuese la misma hacia cualquier dirección, pero a pesar de los mamarrachos que trazaba, poco a poco, algo en el acto de practicar, me fue otorgando una cierta serenidad que hasta el momento desconocía
Cada día laboral era un suplicio. Solo quería llegar a mi casa y continuar con la práctica. Por aquella etapa ya tenia otros cuadernos y fue cuando compre el décimo que me di cuenta que lo que realmente necesitaba era hacerlo tal cual lo hacían los japoneses. Tinta negra y un lienzo. Claro que así, el arte japonés era aun más difícil de dominar. A fuerza de limpiar el living de mi casa y de manchar una y otra vez accidentalmente a mi familia, fui aprendiendo a manejar la tinta color negro y mojar el pincel en su justa medida a la vez que relajando el brazo, obtenía un pulso cada vez mas exacto.
Cuando finalmente mi mujer y mi hijo de ocho años se fueron de mi casa junto con todas sus ropas, juguetes y demás cosas, pude comenzar a concentrarme mejor y cuanto más me concentraba, mas serenidad sentía. Todo empezaba por mi frente abierta, llena de una electricidad extraña que iba descendiendo hasta mi vientre y ahí me quedaba percibiendo algo indescriptible y mas se hacia carne en mi esta sensación, mas redondos salían los círculos y a mayor perfección, mayor serenidad.
Era ya imposible dejar de hacer lienzo tras lienzo y cuando los ahorros de la indemnización por mi despido laboral se agotaron, fueron las paredes blancas las que me sirvieron para continuar.
Sabía que pronto no habría más espacios en blanco y fue sobre la puerta del baño que finalmente alcance el círculo perfecto. No lo medí, ni lo contemple demasiado. Solo supe que fue perfectamente concéntrico, por la plenitud alcanzada.
Salí así como estaba (descalzo y en calzoncillos) al balcón y el viento que soplo, también soplo dentro mío. El azul de cielo era aun más azul. Podía sentir las nubes en mi panza moverse. Podía verlo todo unido. Podía estar lleno de todo y vacío a la vez.
Me senté contra la pared en esa postura de meditación que tanto había visto en revistas y cerré los ojos. El infinito se hizo presente. Pude verme a mi mismo sentado mientras comenzaba a subir y verme cada vez mas pequeño, al igual que las casas y edificios hasta que todo solo fueron puntos de colores, pero yo, lejos de estar perdido, sabia exactamente donde ir y hacia allí fui.
HERNAN BONGIORNO, BUENOS AIRES, ARGENTINA
SENTIR QUE TE VAS
Te siento nadando en la cama con las sabanas revueltas como olas de mar, aferrada a la almohada como si fuese tu única ancla.
Y te puedo sentir vacía y filosa, atravesada por ese abismo que ni las constelaciones pueden llenar porque tu infinito es más caprichoso que el universo mismo y nada parece satisfacerte, nada parece alcanzarte.
Sentirte rígida esta noche es saber que te vas a quebrar, aunque te levantes a fumar, camines por el living y murmures tus mantras, no creo que nada te haga parar.
Te siento la euforia, como si en tu plexo se anidara el ojo de un huracán, haciendo pausas y silencios para vestirte creyendo que no me despertas.
Te siento irte lenta, rascando tu memoria para saber donde encontrar lo que imaginaste un momento atrás que podías ir a buscar.
Cerras la puerta, te vas.
Te siento nadando en la cama con las sabanas revueltas como olas de mar, aferrada a la almohada como si fuese tu única ancla.
Y te puedo sentir vacía y filosa, atravesada por ese abismo que ni las constelaciones pueden llenar porque tu infinito es más caprichoso que el universo mismo y nada parece satisfacerte, nada parece alcanzarte.
Sentirte rígida esta noche es saber que te vas a quebrar, aunque te levantes a fumar, camines por el living y murmures tus mantras, no creo que nada te haga parar.
Te siento la euforia, como si en tu plexo se anidara el ojo de un huracán, haciendo pausas y silencios para vestirte creyendo que no me despertas.
Te siento irte lenta, rascando tu memoria para saber donde encontrar lo que imaginaste un momento atrás que podías ir a buscar.
Cerras la puerta, te vas.
HUGO ALBERTO PATUTO, Pergamino, Argentina
JAURÍA
Desde la ventana pudo reconstruir la maquinaria de la lluvia. Las primeras gotas habían teñido el patio con el anuncio que, minutos después, volvería convertido en truenos y ráfagas. Miró detenidamente sus manos: poca luz, el balanceo de las hojas, el estigma de saber que estaba sola.Si la lluvia se poblaba de animales era porque la imaginación sostenía en vilo esa carga de miedo, a tal punto que las voces familiares parecían extrañas y las campanadas del reloj de pared traían un escozor profundo. Entre las apariciones había elefantes, tigres y caballos. Conseguiría por medio de un sórdido ritual domesticarse para ellos.En la penumbra olvidó el rouge y el extracto. Los vértices de las paredes y el techo adquirieron una comba que la hizo carraspear. No dormiría hasta las dos de la mañana. Caminó a oscuras. Llenó el vaso de agua y de golpe sintió, frente al espejo, que su edad había concentrado la ira y el desprecio de las tías. Pero el entorno de las facciones cedía como por efecto de una lava interior.Las huellas en el barro tenían el valor de reproducir el andar de viejos amantes; hasta que su enamorado iba tocando cada ventana, dispuesto a terminar con las dependencias de la casa. Para no enloquecer, ella musitaba conjuros.Dicen que abandonó el pueblo seguida por una jauría.
Juan José Mestre, Argentina
LA IRA
No se aguantó más. Decidió vomitarle todo lo que tenía acumulado en las entrañas durante todos estos años. Sintió cómo el odio, la sed de venganza, el deseo primario de matar la lujuriosa fantasía de torturar hasta el final, de despellejar cada centímetro de su piel, de arrancarle las uñas lenta, muy lentamente, de aguardar sus sollozos después a cada aullido con la parsimoniosa flema que sólo se permite un dios griego. Estuvo así durante horas; al acecho, sintiéndose cada vez más pequeño; un globo que se desinfla con el paso del tiempo –pringoso, pueril, ignoto, casi una alimaña que en cualquier momento aplastaría un zapato anónimo, sin saberlo siquiera.
Cuando finalmente vio que entraba a la casa, la única frase que pudo pronunciar fue un simple y repetido latiguillo: ¨ Querida, ¿te fue bien en el club?¨
No se aguantó más. Decidió vomitarle todo lo que tenía acumulado en las entrañas durante todos estos años. Sintió cómo el odio, la sed de venganza, el deseo primario de matar la lujuriosa fantasía de torturar hasta el final, de despellejar cada centímetro de su piel, de arrancarle las uñas lenta, muy lentamente, de aguardar sus sollozos después a cada aullido con la parsimoniosa flema que sólo se permite un dios griego. Estuvo así durante horas; al acecho, sintiéndose cada vez más pequeño; un globo que se desinfla con el paso del tiempo –pringoso, pueril, ignoto, casi una alimaña que en cualquier momento aplastaría un zapato anónimo, sin saberlo siquiera.
Cuando finalmente vio que entraba a la casa, la única frase que pudo pronunciar fue un simple y repetido latiguillo: ¨ Querida, ¿te fue bien en el club?¨
GABRIELA AGILDA, ARGENTINA
PROHIBIDA
Oculta, fragmentada a mi antojo, con los puños repletos de caprichos rotos. Agazapada, disfrazada de humo, me retuerzo en tu mirada ausente y deseada. Me invento suspiro a suspiro, y te espero. Vuelvo al punto de partida. Camuflada. Una vez más, herida. Nadie me ve porque soy nadie. Agotada, arrastro mi grillete de oro mudo. Harta...Harta de envenenar momentos para que no nazcan de ellos sueños muertos. Oculta, sin pasado ni credo. Anónima. Habito en ti, y sólo tu amor fecunda mi letargo En mi celda te pienso, confinada en mi infierno. En él atesoro mi nada y tu todo. Allí, mi desnudez ciega implora tu presencia, pero no llegas. Sólo tú sabes quién soy. Un destello de tu voz me lo dijo aquella vez, cuando me susurraste en tu desesperado y único beso imaginario el nombre de los tres arcángeles. Descifrando enigmas, acuno desde entonces mi verano, pero sueño en él el hielo de tu invierno. Pronuncia mi nombre sólo una vez para que el hechizo de tiempos viejos se vuelva polvo en mi aliento.
Oculta, condenada a callar, sentenciada a maquillar secretos detrás de velos rasgados y mugrientos. Atravieso por las noches el desierto para aturdir con mi silencio la monotonía de seguir creyendo. A lo lejos, dolores verdaderos te arrancan de mi vientre sediento. Mientras el recuerdo de tu sonrisa me mantiene despierta, mi universo diminuto palpita y acaricio mi desgarro de barrotes idénticos. Pero cuando me duermo… rasguño el ahogo traicionero en mi garganta de seda y huelo en mi piel el llanto de tu promesa. Sé que sangro tu verdad, pero no me conozco. Dime esta noche quién soy: la muerte vendrá por mí, y no puedo decirle que mi nombre simplemente es...ella.
Oculta, fragmentada a mi antojo, con los puños repletos de caprichos rotos. Agazapada, disfrazada de humo, me retuerzo en tu mirada ausente y deseada. Me invento suspiro a suspiro, y te espero. Vuelvo al punto de partida. Camuflada. Una vez más, herida. Nadie me ve porque soy nadie. Agotada, arrastro mi grillete de oro mudo. Harta...Harta de envenenar momentos para que no nazcan de ellos sueños muertos. Oculta, sin pasado ni credo. Anónima. Habito en ti, y sólo tu amor fecunda mi letargo En mi celda te pienso, confinada en mi infierno. En él atesoro mi nada y tu todo. Allí, mi desnudez ciega implora tu presencia, pero no llegas. Sólo tú sabes quién soy. Un destello de tu voz me lo dijo aquella vez, cuando me susurraste en tu desesperado y único beso imaginario el nombre de los tres arcángeles. Descifrando enigmas, acuno desde entonces mi verano, pero sueño en él el hielo de tu invierno. Pronuncia mi nombre sólo una vez para que el hechizo de tiempos viejos se vuelva polvo en mi aliento.
Oculta, condenada a callar, sentenciada a maquillar secretos detrás de velos rasgados y mugrientos. Atravieso por las noches el desierto para aturdir con mi silencio la monotonía de seguir creyendo. A lo lejos, dolores verdaderos te arrancan de mi vientre sediento. Mientras el recuerdo de tu sonrisa me mantiene despierta, mi universo diminuto palpita y acaricio mi desgarro de barrotes idénticos. Pero cuando me duermo… rasguño el ahogo traicionero en mi garganta de seda y huelo en mi piel el llanto de tu promesa. Sé que sangro tu verdad, pero no me conozco. Dime esta noche quién soy: la muerte vendrá por mí, y no puedo decirle que mi nombre simplemente es...ella.
Manuel Cubero, España
LA IMAGEN DE DIOS
Cuando oyó a su profesor decir que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, aquel joven estudiante entró en una profunda crisis de identidad antes de comenzar a perder la fe.
Manolo Cubero, España
Cuando oyó a su profesor decir que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, aquel joven estudiante entró en una profunda crisis de identidad antes de comenzar a perder la fe.
Manolo Cubero, España
Magdalena Márquez
FELIZ CUMPLEAÑOS
Feliz cumpleaños, le dijo su marido mientras le daba el beso de costumbre al irse a trabajar. Feliz cumpleaños, le repitieron sus hijos alegremente entre galleta y galleta a la vez que cogían la mochila para salir corriendo al colegio. Feliz cumpleaños, feliz cumpleaños, oyó la misma frase una y otra vez en la boca sonriente de sus compañeros, en las voces alegres a través del teléfono que no paraba de sonar.
La frase retumbaba en sus oídos, en su cabeza. A media mañana abandonó la oficina, no contestó la última llamada y apagó el móvil. ¿Por qué iba a ser éste un cumpleaños feliz? ¿De qué iban a servir tantos deseos de dicha? De hecho le sonaban vanos, sin significado. Eran esas palabras que se dicen sin pensar, que hay que repetir en estos casos. ¿Qué sabía ninguno de ellos de su felicidad? ¿Conocían acaso lo vacía que se encontraba? La típica crisis de los cuarenta hubiese pensado alguno de ellos si se lo hubiese contado, o se habrían preguntado qué quiere esta mujer triunfadora en su trabajo, con una vida como la de todos ellos, un marido ni mejor ni peor que el del resto de las mujeres y con unos hijos que no daban más problemas que la mayoría.
Caminaba en la fría mañana con la única compañía de sus oscuros pensamientos. La ilusión había dejado de ser su fiel compañera, sus pensamientos otrora optimistas no la ayudaban a salir del túnel en el que había entrado sin darse cuenta. Sabía que ese no era el camino, era plenamente consciente de ir en contra de sus principios, pero la apatía, el cansancio le caía como una losa. El aire le cortaba la cara, agradecía la temperatura glaciar que la mantenía despierta. Se miró en el escaparate de una inmobiliaria, no le gustó lo que vio, su cara sin maquillar, su pelo descuidado, el rictus de tristeza que le enmarcaba los labios. Se sentó en un banco del solitario paseo, encendió un cigarrillo, lo fumó despacio, sintiendo como el humo, amante cruel y placentero se deslizaba por su garganta. No sabe cuanto tiempo estuvo así, sin pensar en nada y sintiendo pena de sí misma, tal vez hasta que el final del cigarro le quemó los dedos y la hizo dar un respingo.
Volvió a la realidad, al paseo, a las mujeres que caminaban veloces a la compra o a esos otros viandantes que entraban en las cajas de ahorros para hacer alguna gestión. Miró a su alrededor, como despertando de un sueño. Respiró hondo, conectó el móvil y marcó un número, tras una breve conversación también ella se dirigió con paso rápido hacia un establecimiento próximo, peluquería y masaje era su próxima estación, su propio regalo de cumpleaños. No, no se trataba de ponerse más guapa, tenía que ver con el principio del camino para disfrutar de un feliz cumpleaños venidero.
Roberto Silva - Uruguay / Argentina
El horno
La nueva situación me sorprendió. Inseguro mire a mis contrincantes. Pequeñas gotas de agua brotaban en mi calva, que por suerte, estaba cubierta por un esponjoso sombrero de fieltro. A mi derecha un negro con grandes y carnosos labios que intentaban cubrirle la nariz. Enfrente, alguien con aspecto de cornalito, si, de cornalito, pequeño, brillante por la grasa que salía por todos sus poros y con sus ojos tapados por lentes de vidrios increíblemente gruesos. A mi izquierda el hombre del habano. Solo eso podía decir, su rostro no tenia detalles, parecía una rodilla con boca y en ella el habano largando humo en forma constante. En el centro de la mesa verde, una pila de billetes, en mi mano, solamente un par de cuatros iluminados por la única luz de la habitación. Ya no tenia dinero en mis bolsillos y por eso, sin mirarlo, le dije al cornalito: -Hacéme un vale por 1000 y con eso voy jugado - . Sonrió mientras sacaba del bolsillo de su saco blanco el talonario, llenó un pagaré y me lo dió a firmar. Lo puse en el centro de la mesa. El negro tiro sus cartas, el cornalito tomo un sorbo de su vaso de tequila y también se descartó. El del habano dijo: - Quiero ver – mientras arrimaba diez billetes a la pila. Y por eso, San Pedro, estoy acá, ¿puedo pasar? Mirá, dijo el santo, me caes simpático, salvo la timba y algún golpe a tu mujer no tenés culpas mayores, pero, es orden de arriba te aclaro, los pelotudos, directo al horno. ¡Que pase el que sigue!
La nueva situación me sorprendió. Inseguro mire a mis contrincantes. Pequeñas gotas de agua brotaban en mi calva, que por suerte, estaba cubierta por un esponjoso sombrero de fieltro. A mi derecha un negro con grandes y carnosos labios que intentaban cubrirle la nariz. Enfrente, alguien con aspecto de cornalito, si, de cornalito, pequeño, brillante por la grasa que salía por todos sus poros y con sus ojos tapados por lentes de vidrios increíblemente gruesos. A mi izquierda el hombre del habano. Solo eso podía decir, su rostro no tenia detalles, parecía una rodilla con boca y en ella el habano largando humo en forma constante. En el centro de la mesa verde, una pila de billetes, en mi mano, solamente un par de cuatros iluminados por la única luz de la habitación. Ya no tenia dinero en mis bolsillos y por eso, sin mirarlo, le dije al cornalito: -Hacéme un vale por 1000 y con eso voy jugado - . Sonrió mientras sacaba del bolsillo de su saco blanco el talonario, llenó un pagaré y me lo dió a firmar. Lo puse en el centro de la mesa. El negro tiro sus cartas, el cornalito tomo un sorbo de su vaso de tequila y también se descartó. El del habano dijo: - Quiero ver – mientras arrimaba diez billetes a la pila. Y por eso, San Pedro, estoy acá, ¿puedo pasar? Mirá, dijo el santo, me caes simpático, salvo la timba y algún golpe a tu mujer no tenés culpas mayores, pero, es orden de arriba te aclaro, los pelotudos, directo al horno. ¡Que pase el que sigue!
Luciano S. Doti, Argentina
La conversión
Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.
www.letrasdehorror.blogspot.com
Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.
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PEDRO JESÚS DOMÍNGUEZ, CHIHUAHUA, MEXICO
“De médicos poetas y locos...”
Que golpee y golpee
hasta que nadie
pueda ya hacerse el sordo
que golpe y golpe
hasta que el poeta
sepa
o por lo menos crea
que es a él
a quien llaman.
hasta que nadie
pueda ya hacerse el sordo
que golpe y golpe
hasta que el poeta
sepa
o por lo menos crea
que es a él
a quien llaman.
“Arte Poético”
De Mario Benedetti.
De Mario Benedetti.
Un buen día acogiéndonos al dicho popular que a todos nos señala, de médicos, locos y poetas, pues según el dicho, algo de esto todos tenemos, aun sea un poco, se encontraron dos hombres, uno de ellos padecía ese día un alto grado de medico y el otro se encontraba en su estadía de sentirse loco, este ultimo fingió tan bien su demencia que el otro verdaderamente se sintió medico y este dio tal tratamiento al hombre que sentía ser loco que falleció de sentimiento, y el que sintiéndose doctor al recobrar su personalidad, murió de tristeza, luego llego el poeta, digo otro hombre que disfrutaba ese momento el sentirse poeta, vio los dos cuerpos, les compuso y dedico un poema a cada uno de ellos, con ese espíritu que solo los poetas poseen y que son capaces con su poesía de realizar el milagro de la resurrección espiritual, pues terminando sus versos hechos poesía, los dos cuerpos cobraron vida, lo abrazaron y desde ese momento, prefirieron sentirse cada día mas poetas que cualquier otra cosa.
cuentos de petuz, diciembre 1989.
Álex E. Peñaloza Campos, Uruguay - Venezuela
Mina
El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.
Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia
¿Acaso fue un sueño?
Acaso vamos de la noche al día, cual péndulo que columpia nuestras vidas o, como el cazador que al voleo tira la honda para atrapar la pieza.
Acaso, extenuados buscando el cruce de caminos que el destino trazó con una línea invisible para que la viéramos solo hasta ahora.
Acaso arrebatando trozos al tiempo en medio del huracán enceguecido sobre nuestros cuerpos abatidos esperando al mensajero.
Acaso la "Vida" que llegó para suplicar piedad a Cronos para que la deje manipular el reloj y lograr que los días y las noches sean eterno claro oscuro sensual que cubra con un velo todos los parapetos encontrados al paso.
Acaso entrecerrar los ojos y mirar en un atardecer la cópula mágica del Sol sobre la mar, allá en la línea del horizonte.
Acaso viviendo estos delirios en extremo desvarío, tal vez encuentre las sendas que me acerquen a ese faro…
Acaso jamás o, ¿Acaso por siempre?
¡Me rebelo!
Todo mi ser gime.
Mis sentidos desbocados no pueden estar en sumisión eterna. Mi mente razona con ardor que ha llegado la hora de la asonada. Todos mis deseos en posición de avanzada armados hasta los dientes pujan por dar la pelea y romper las barricadas.
¡Basta ya!
Siempre negándome todos los gustos, siempre guardando mi puesto de jefe de ruta. El Capitán no debe abandonar la nave sino de último, cuando haya protegido a todos. Pero "esos" están a salvo, ahora la que importa soy yo, ser desnudo, temblando, exigiendo, hambriento, plañendo con todas las ansiedades. Desgarrando mi piel…
Hembra completa, sensual, definitivamente a la intemperie…
¡Llegó la hora!
Es la vida eterna o la muerte simplemente…
..................
Y oí que una multitud reía a carcajadas. El viento me acariciaba. Me lamía excitado meciendo a su paso en un delicioso zarandeo las hojas de las palmeras.
Sentía que mi cuerpo se excitaba… Tendida sobre la arena me había quedado dormida. Desperté cuando ya era casi oscuro. Unas pequeñas gotas de agua cayeron sobre mi cuerpo, abrí un poco los ojos y me vi desnuda. Sí, estaba completamente desnuda. Solo me cubría un poco los senos mi larga cabellera enmarañada, como si la pelea con el tiempo hubiese sido cierta. No podía dilucidar qué era real y qué era sueño.
Sentí por todo mi cuerpo y en mis labios las huellas de un fogoso encuentro. De pronto volteé la cabeza y, allí,a mi lado, reclinado sobre un brazo estaba él, ese que se había deslizado en sueños haciéndome gemir versos. Lo reconocí al instante. Me sonreía, me acarició el rostro. Alisaba mis cabellos, se inclinó lentamente, tomó mis labios…. Y…. definitivamente desperté… mi cama tenía el olor de la sal de mar y las huellas de un visitante.
Ojalá la próxima vez pueda embrujarlo para poder atarlo por siempre a mi cuerpo, a mi vida.
¡Hacerlo mío totalmente!
Acaso vamos de la noche al día, cual péndulo que columpia nuestras vidas o, como el cazador que al voleo tira la honda para atrapar la pieza.
Acaso, extenuados buscando el cruce de caminos que el destino trazó con una línea invisible para que la viéramos solo hasta ahora.
Acaso arrebatando trozos al tiempo en medio del huracán enceguecido sobre nuestros cuerpos abatidos esperando al mensajero.
Acaso la "Vida" que llegó para suplicar piedad a Cronos para que la deje manipular el reloj y lograr que los días y las noches sean eterno claro oscuro sensual que cubra con un velo todos los parapetos encontrados al paso.
Acaso entrecerrar los ojos y mirar en un atardecer la cópula mágica del Sol sobre la mar, allá en la línea del horizonte.
Acaso viviendo estos delirios en extremo desvarío, tal vez encuentre las sendas que me acerquen a ese faro…
Acaso jamás o, ¿Acaso por siempre?
¡Me rebelo!
Todo mi ser gime.
Mis sentidos desbocados no pueden estar en sumisión eterna. Mi mente razona con ardor que ha llegado la hora de la asonada. Todos mis deseos en posición de avanzada armados hasta los dientes pujan por dar la pelea y romper las barricadas.
¡Basta ya!
Siempre negándome todos los gustos, siempre guardando mi puesto de jefe de ruta. El Capitán no debe abandonar la nave sino de último, cuando haya protegido a todos. Pero "esos" están a salvo, ahora la que importa soy yo, ser desnudo, temblando, exigiendo, hambriento, plañendo con todas las ansiedades. Desgarrando mi piel…
Hembra completa, sensual, definitivamente a la intemperie…
¡Llegó la hora!
Es la vida eterna o la muerte simplemente…
..................
Y oí que una multitud reía a carcajadas. El viento me acariciaba. Me lamía excitado meciendo a su paso en un delicioso zarandeo las hojas de las palmeras.
Sentía que mi cuerpo se excitaba… Tendida sobre la arena me había quedado dormida. Desperté cuando ya era casi oscuro. Unas pequeñas gotas de agua cayeron sobre mi cuerpo, abrí un poco los ojos y me vi desnuda. Sí, estaba completamente desnuda. Solo me cubría un poco los senos mi larga cabellera enmarañada, como si la pelea con el tiempo hubiese sido cierta. No podía dilucidar qué era real y qué era sueño.
Sentí por todo mi cuerpo y en mis labios las huellas de un fogoso encuentro. De pronto volteé la cabeza y, allí,a mi lado, reclinado sobre un brazo estaba él, ese que se había deslizado en sueños haciéndome gemir versos. Lo reconocí al instante. Me sonreía, me acarició el rostro. Alisaba mis cabellos, se inclinó lentamente, tomó mis labios…. Y…. definitivamente desperté… mi cama tenía el olor de la sal de mar y las huellas de un visitante.
Ojalá la próxima vez pueda embrujarlo para poder atarlo por siempre a mi cuerpo, a mi vida.
¡Hacerlo mío totalmente!
Mercedes Sáenz / Tigre, Buenos Aires, Argentina
ES QUE AÚN QUIERO DECIRTE, INDIO
He dormido bajo tu mismo brazo, quebrado alguna vez y torcido. Las manos de llagas secas y en tus ojos huellas milenarias.
Te han dicho de todo, lo aprendido en facultades, en organizaciones en tu defensa. Te han escrito bellos y verdaderos poemas. Te han puesto orgullo, el que surge de defender tu memoria, intentando ponerte de pie, queriendo no olvidar tu valentía.´
Autores de importancia te estudiaron, planifican aún cómo devolverte la dignidad en este mundo.
Aún quiero decirte que dormí bajo tu brazo, con el telar de tus manos bajo el cielo negro y antes de cerrarse tus ojos estaban llenos de estrellas que les soplaste a los míos.
Aún quiero decirte hombre anciano, que esa fue la primera comunión que tomé en la vida. Silenciosamente, sin que nuestros cuerpos se tocaran.
Aprendí mientras dormía algunos cantos de tu tierra sin saber siquiera que significan, mientras la tierra madre nos acunaba cómo hace millones de años, pero sin guerras.
Me iré cuándo amanezca, hombre indio, cómo una hija de los vientos del sur, con la mitad del alma y ese silencio todo.
He dormido bajo tu mismo brazo, quebrado alguna vez y torcido. Las manos de llagas secas y en tus ojos huellas milenarias.
Te han dicho de todo, lo aprendido en facultades, en organizaciones en tu defensa. Te han escrito bellos y verdaderos poemas. Te han puesto orgullo, el que surge de defender tu memoria, intentando ponerte de pie, queriendo no olvidar tu valentía.´
Autores de importancia te estudiaron, planifican aún cómo devolverte la dignidad en este mundo.
Aún quiero decirte que dormí bajo tu brazo, con el telar de tus manos bajo el cielo negro y antes de cerrarse tus ojos estaban llenos de estrellas que les soplaste a los míos.
Aún quiero decirte hombre anciano, que esa fue la primera comunión que tomé en la vida. Silenciosamente, sin que nuestros cuerpos se tocaran.
Aprendí mientras dormía algunos cantos de tu tierra sin saber siquiera que significan, mientras la tierra madre nos acunaba cómo hace millones de años, pero sin guerras.
Me iré cuándo amanezca, hombre indio, cómo una hija de los vientos del sur, con la mitad del alma y ese silencio todo.
Mercedes Sáenz / Tigre / Buenos Aires, Argentina
EL DESAMPARO
Aturde muda su fuerza de arrancar toda el alma. Es una línea quebrada, un silencio de músicos, tosco cómo un ebrio de agua. Una cuerda que estrangula hasta el desconcierto dónde no se puede definir el dolor. Perdura en una pregunta larga del deseo muerto.
Y dónde el niño de la panza hambre. Y dónde la madre sin su niño y qué del desaparecido y del de dos ruedas por pies. Y qué del que no puede, y qué del frío que es más, y qué de no cantar en abecedario. Y qué del verde que se quema. Y del agua que no es lluvia. Y qué de mi cuándo encuentro el desamparo cubriendo el mundo un domingo con mal tiempo.
No se dice el desamparo. El de uno es nada, ni ay se dice.
Aturde muda su fuerza de arrancar toda el alma. Es una línea quebrada, un silencio de músicos, tosco cómo un ebrio de agua. Una cuerda que estrangula hasta el desconcierto dónde no se puede definir el dolor. Perdura en una pregunta larga del deseo muerto.
Y dónde el niño de la panza hambre. Y dónde la madre sin su niño y qué del desaparecido y del de dos ruedas por pies. Y qué del que no puede, y qué del frío que es más, y qué de no cantar en abecedario. Y qué del verde que se quema. Y del agua que no es lluvia. Y qué de mi cuándo encuentro el desamparo cubriendo el mundo un domingo con mal tiempo.
No se dice el desamparo. El de uno es nada, ni ay se dice.
Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina
CONFORMISMO
Se levantaba sin pensar. Besaba a su marido al despedirlo, como siempre. Iba a la oficina sin cuestionarse porqué. Sonreía por compromiso, al volver pasaba por el mercado, todos los días. Cenaba sola mirando el mismo programa de entretenimientos.
El llegaba cuando ella ya estaba dormida.
Los sábados salían con los matrimonios de siempre, al lugar de siempre, regresaban en silencio, como siempre.
Los domingos pasaban informes, silenciosos. Hasta el gato se aburría.
Pasaron viente años idénticos.
Una mañana la atropelló una moto al salir del mercado.
La sepultaron en el cementerio de su ciudad.
En poco tiempo comenzaron a olvidarla.
Se levantaba sin pensar. Besaba a su marido al despedirlo, como siempre. Iba a la oficina sin cuestionarse porqué. Sonreía por compromiso, al volver pasaba por el mercado, todos los días. Cenaba sola mirando el mismo programa de entretenimientos.
El llegaba cuando ella ya estaba dormida.
Los sábados salían con los matrimonios de siempre, al lugar de siempre, regresaban en silencio, como siempre.
Los domingos pasaban informes, silenciosos. Hasta el gato se aburría.
Pasaron viente años idénticos.
Una mañana la atropelló una moto al salir del mercado.
La sepultaron en el cementerio de su ciudad.
En poco tiempo comenzaron a olvidarla.
Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina
OLOR A TANGO
Deambulé zombie entre espirales de humo en el centro de la calzada. Era noche y apenas llovía, como dice el tango. Levité con liviandad casi sin pisar el suelo mojado. Me mirabas pasivo desde la vereda norte, con un vaso de Old Smuggler en la mano. Miré hacia el sur y seguí girando.
Por la mañana todo había pasado: la calle era aplastada por mil vehículos rumbo al trabajo, el cielo blanco por las nubes y el semáforo de la esquina gritaba un verde esmeralda.
Ya no te extraño.
Deambulé zombie entre espirales de humo en el centro de la calzada. Era noche y apenas llovía, como dice el tango. Levité con liviandad casi sin pisar el suelo mojado. Me mirabas pasivo desde la vereda norte, con un vaso de Old Smuggler en la mano. Miré hacia el sur y seguí girando.
Por la mañana todo había pasado: la calle era aplastada por mil vehículos rumbo al trabajo, el cielo blanco por las nubes y el semáforo de la esquina gritaba un verde esmeralda.
Ya no te extraño.
ANA CALLEGARIS, SANTA FE, ARGENTINA
Ojos claros
Compraba un bolso azul cuando pasaste. Charlabas y fumabas a la par de un amigo hacia el norte. Me abstraje con tu mirar, perdido en el horizonte con ese dejo de nostalgia tuyo.
La peatonal estaba vasta de gente pero aparentabas flotar sobre ellos, como levitando en esa brisa fresca de septiembre, con tus ojos color mar urgando el infinito y mi mirada clavada en ti.
No existo en tu mundo, no existo en tu vida. No existo en ti.
Sin embargo, todavía te deseo.
Compraba un bolso azul cuando pasaste. Charlabas y fumabas a la par de un amigo hacia el norte. Me abstraje con tu mirar, perdido en el horizonte con ese dejo de nostalgia tuyo.
La peatonal estaba vasta de gente pero aparentabas flotar sobre ellos, como levitando en esa brisa fresca de septiembre, con tus ojos color mar urgando el infinito y mi mirada clavada en ti.
No existo en tu mundo, no existo en tu vida. No existo en ti.
Sin embargo, todavía te deseo.
TODO FRUTO TIENE SU SECRETO, Norma Padra, Buenos Aires, Argentina
Transito por los caminos misteriosos de la frugalidad y la sensualidad mientras estoy frente a un fruto, un simple higo, simiente, comienzo de vida, placer de néctar pálido, dulce, brilloso, carnoso, juego con todos los sentidos, con los ojos, el olfato; lo degusto, toco su aspereza externa, y la vellosidad interna y rosada.
Hasta puedo escuchar su lamento al separarlo con mis labios.
Y me lleva el recuerdo al jardín de mi abuelo, a sus higueras, a mi infancia, a esas tardes en que él, tomaba con sus manos esos frutos, y los dejaba en mis manos.
Mi abuelo tenía la misma dulzura que esas tardes en el jardín, rodeados de aromas de flores, placeres y sabiduría.
Siempre contaba historias que había aprendido en su tierra natal. Lleno de nostalgia, él y yo comíamos esos higos en pétalos, maduros, compartiendo secretos, sólo los dos en el jardín de la infancia.
Hasta puedo escuchar su lamento al separarlo con mis labios.
Y me lleva el recuerdo al jardín de mi abuelo, a sus higueras, a mi infancia, a esas tardes en que él, tomaba con sus manos esos frutos, y los dejaba en mis manos.
Mi abuelo tenía la misma dulzura que esas tardes en el jardín, rodeados de aromas de flores, placeres y sabiduría.
Siempre contaba historias que había aprendido en su tierra natal. Lleno de nostalgia, él y yo comíamos esos higos en pétalos, maduros, compartiendo secretos, sólo los dos en el jardín de la infancia.
Pepón Lapidario
Punto de vista
Cuando caí en la cuenta de que nadie podía verme ni oírme el corazón me dio un vuelco. Intenté en vano tocar a los viandantes, descubriendo que atravesaba gente, muros, todo. Aterrado, pensé que había muerto de un infarto repentino, y que me había visto condenado a vagar por el mundo como un espectro errante... Pronto me di cuenta de que la verdad era mucho menos terrible: no era yo el muerto sino todos vosotros, pobres fantasmas insustanciales.
Cuando caí en la cuenta de que nadie podía verme ni oírme el corazón me dio un vuelco. Intenté en vano tocar a los viandantes, descubriendo que atravesaba gente, muros, todo. Aterrado, pensé que había muerto de un infarto repentino, y que me había visto condenado a vagar por el mundo como un espectro errante... Pronto me di cuenta de que la verdad era mucho menos terrible: no era yo el muerto sino todos vosotros, pobres fantasmas insustanciales.
Tres mini mini mini
LA ÚLTIMA CENA
El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.
Ángel García Galiano
*************
Del tiempo a tres voces
Antes de morir, papá me regaló su reloj. Pasaron los años, y ahora mi hijo ve la hora de su abuelo.
Nelson Gomez León
*************
En contra de toda expectativa
Y en contra de todo pronóstico, contradiciendo todas las expectativas, el hombre que acababa de perder una pierna se puso a saltar en una pata, de pura alegría.
Dagoberto Espinoza
El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.
Ángel García Galiano
*************
Del tiempo a tres voces
Antes de morir, papá me regaló su reloj. Pasaron los años, y ahora mi hijo ve la hora de su abuelo.
Nelson Gomez León
*************
En contra de toda expectativa
Y en contra de todo pronóstico, contradiciendo todas las expectativas, el hombre que acababa de perder una pierna se puso a saltar en una pata, de pura alegría.
Dagoberto Espinoza
Álex E. Peñaloza Campos
Mina
El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.
El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.
Amor al primer mordisco - Norbert Fernández Lauretta, San Luis, Argentina
Dice Elsa Schiaparelli que “un buen cocinero es como una hechicera que sirve felicidad”.
Cocinar es magia, y, además, arte. Desconocerlo es fracasar en el intento. Debe emprenderse con abandono o no emprenderse en absoluto. Es como hacer el amor.
Véanlo así: Una buena comida requiere cómo mínimo una hora de cocción. De ahí en más, depende de los recursos y del apetito que se tenga. De lo contrario no sirve, no se digiere bien, uno se enferma y siente acidez. Se acabó el amor…
… el amor de gozar inteligentemente –como enseñara Epicuro- del placer sensual, exquisito, de la buena mesa; que es una manera de cultivar el espíritu, de practicar la virtud.
A veces es recomendable cierto ayuno previo, o un par de días a dieta.
Para mí lo mejor es cocinar sin recetas. Ser creativo y generoso con los condimentos.
Mostrarse calmo, sereno, tierno; intenso a veces, por momentos irracional, algo salvaje, primitivo. Siempre amable.
Cocinar a fuego lento y progresivo, hasta la ebullición y el climax.
¡Buen apetito! Y recordar el proverbio alemán que dice “después de comer bien todo parece distinto”. ¡Siempre es aconsejable una buena sobremesa!
Su comensal, agradecida.
Cocinar es magia, y, además, arte. Desconocerlo es fracasar en el intento. Debe emprenderse con abandono o no emprenderse en absoluto. Es como hacer el amor.
Véanlo así: Una buena comida requiere cómo mínimo una hora de cocción. De ahí en más, depende de los recursos y del apetito que se tenga. De lo contrario no sirve, no se digiere bien, uno se enferma y siente acidez. Se acabó el amor…
… el amor de gozar inteligentemente –como enseñara Epicuro- del placer sensual, exquisito, de la buena mesa; que es una manera de cultivar el espíritu, de practicar la virtud.
A veces es recomendable cierto ayuno previo, o un par de días a dieta.
Para mí lo mejor es cocinar sin recetas. Ser creativo y generoso con los condimentos.
Mostrarse calmo, sereno, tierno; intenso a veces, por momentos irracional, algo salvaje, primitivo. Siempre amable.
Cocinar a fuego lento y progresivo, hasta la ebullición y el climax.
¡Buen apetito! Y recordar el proverbio alemán que dice “después de comer bien todo parece distinto”. ¡Siempre es aconsejable una buena sobremesa!
Su comensal, agradecida.
Prejuicio final - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA
Nada de lo que puede lastimarte, se te enfrenta a simple vista. Un veneno, una araña, las más ínfima de las cepas bacterianas, o el tercer aviso de ejecución de la hipoteca de tu departamento. Nada de esto puede tocarse; ni los banqueros, ni los gobiernos, ni los infiernos. No podés saber de antemano si la crema está agria o la carne rancia. Te despedirá un telegrama. Te quemará el cortocircuito de una lámpara. Nunca sabrás de dónde salió la bala o quién empuñó el cuchillo que se clavará en tu espalda.Por eso, quedate tranquilo: podés jugar sin miedo, podés comer sin asco, entrá y salí de donde quieras, cuando quieras y cómo quieras; porque no es posible que la fatalidad se te acerque, ni un milímetro de más, ni una fracción de segundo antes, del instante sagrado de tu muerte.
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DESCARTABLE - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA
…y entonces entra a su cuarto y encuentra una mujer en su cama. Ella lo saluda y él se pregunta qué hace una mujer ahí, acostada. Se plantea cuán poca importancia le ha de estar dando a sus relaciones, que olvidó por completo a la persona con quién seguramente acaba de pasar algo. Éste es su cuarto y esa es su cama, y en su cama reposa una mujer desnuda… o tal vez desnuda, ya que la cubre su frazada de pelusa azul; y él la mira como sugiriéndole que baje la frazada para comprobar que realmente no tiene ropa porque entonces debe haber pasado algo entre ellos: es imposible pensar que estuvo con una mujer desnuda, en su cama y sin haber tenido sexo (y del bueno)… aunque en realidad no puede determinar si ya estuvo con ella o si iría a estar con ella.Pero lo verdaderamente intolerable es que no lo recuerde, que ni siquiera recuerde quién es esa mujer, ni cuándo entró con ella a esta casa que ahora descubre que no es la suya y que éste no es su cuarto y que él, ni siquiera es él…
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Ricardo Ríos Cichero - Fray Bentos, Uruguay
Tarde era ya cuando se fueron todos. El último fue Esteban, el peón de los Jiménez. Montó el tordillo que tenía atado en el matorral de ligustros al lado del rancho. Levantó la mano mientras el animal resoplaba y sacudía la cabeza con ruido a freno y bozal, hizo girar a la bestia retumbando el patio y, al tranco, se fue haciendo negro en lo negro del campo.
Juan quedó parado en el patio.
Quieto quedó.
Mirando hacia lo oscuro pero sin querer ver nada.
Tenía la sensación de que no había pasado aquello y que su mujer estaba durmiendo allí adentro con la panza grande, llena del hijo que esperaban. Casi estaba convencido de que el doctor no había venido, ni la partera con su pelo blanco y las manos como pasas. Ya no recordaba ni los gritos de su mujer, ni las órdenes del doctor... “deme eso, alcánceme aquello... ¡tenga de acá!"... ¡Vamos, vamos!” Casi seguro estaba de que a la mañana se iba a levantar, prepararía el mate y, sentado en la cama, en un “mano a mano” adormilado, ella le iba a hablar hasta por los codos del hijo que venía. Casi adivinaba ahora lo que sería ese rancho con un gurí gateando por todos lados; con gurí riendo, llorando, comiendo o simplemente durmiendo, despatarrado en el catre grande. Casi se veía caminando entre el monte, con el gurí prendido de su mano o corriendo adelante, queriendo agarrar un pájaro con las manitos gordas. Casi lo veía del otro lado del corral... “¡dale viejo, abrí la cimbra que yo te aguanto estos novillos!...” Casi, casi lo veía ahora sujetando su mano... “tranquilo papá, yo estoy a su lado; descanse, nomás...”
Allí estaba parado, con la imaginación confundiéndosele con los deseos.
Allí estaba, quieto en cuerpo y alma como esperando un despertar nuevo, distinto y bueno.
Allí estaba, con el olor a flores en la ropa, el frío de la muerta en las manos y el negror de la noche en la mente.
Y allí estaba, con el vacío que deja un suspiro. Ese vacío manso, ni malo ni bueno, en esa marcha sin detenerse, sin mirar atrás y sin ver hacia delante.
Rato estuvo así. Hasta que se le erizó la piel con el aire húmedo de rocío.
Y, lentamente, comprendió que todo había realmente pasado. Los gritos, el doctor, la partera, el olor a flores y el peón de los Jiménez; todo había pasado y todo estaba terminando allí, en la quietud que ahora estaba él.
Entonces volvió al rancho.
Se paró en la puerta.
La salita estaba igual que siempre; las vecinas habían dejado todo arreglado y barrido. Sólo un detalle desentonaba.
Se agachó, levantó el clavel, sin gajo y pisoteado, lo anidó en la mano grande y lo miró largo rato. Después fue hasta la cocina, buscó el tarro de la basura y dejó caer la flor entre papeles, tierra y puchos de cigarros.
Después fue despacio hasta el dormitorio.
Se sentó en la cama.
Se dejó caer hacia atrás.
Y se quedó, como dormido.
El capricho de Lucía - Vicente Vasquez
EL CAPRICHO DE LUCÍA
Lucía, termina de ducharse. Se encamina al tocador y en el espejo observa su cuerpo desnudo. Lo ve despacio. Su mirada lo recorre de arriba para abajo y de abajo para arriba; se detiene en los puntos más relevantes, los que pudieran ser de interés colectivo y los observa con detenimiento.
Se da por satisfecha.
No tiene un cuerpo como para aparecer en la Playboy, pero es aceptable. Se aplica desodorante en las partes que cree convenientes y se perfuma.
Siempre se ha preguntado, qué pasaría si saliera a la calle desnuda. Primero, tendría que tener el valor para hacerlo. Pero, suponiendo que lo tuviera, causaría un escándalo. Y se pone a soñar despierta: Cuellos tiesos y miradas forzadas, de maridos que son arrastrados por esposas celosas; rostros risueños de hombres solos; rechinar de llantas al aplicar los frenos... y algún ruido estridente provocado por el choque de dos o más vehículos; gritos femeninos, niños de mirada curiosa remolcados por madres escandalizadas; insultos, silbidos; un grupo de fisgones siguiéndola.
En resumen, un alboroto.
Por último el sonido de una sirena y la presencia de la policía. Luego, la comisaría, la prensa y quién sabe que cosas más.
Pero eso sí, sería emocionante. La idea la divierte. Pero no ha tenido la osadía de vivir tal experiencia.
Está frente al espejo y vuelve a admirar su cuerpo. No tiene celulitis ni cicatrices que esconder. Los senos mantienen su firmeza.
Hoy no pasará por el problema de todos los días: decidir que ropa va a usar. Saldrá desnuda. Una sonrisa se dibuja en su rostro, goza el hecho por anticipado.
En el exterior se escuchan los ruidos característicos de la gente.
Toma valor, respira hondo, abre la puerta y sale.
No pasó nada.
En el campo nudista su presencia, pasó inadvertida.««
Lucía, termina de ducharse. Se encamina al tocador y en el espejo observa su cuerpo desnudo. Lo ve despacio. Su mirada lo recorre de arriba para abajo y de abajo para arriba; se detiene en los puntos más relevantes, los que pudieran ser de interés colectivo y los observa con detenimiento.
Se da por satisfecha.
No tiene un cuerpo como para aparecer en la Playboy, pero es aceptable. Se aplica desodorante en las partes que cree convenientes y se perfuma.
Siempre se ha preguntado, qué pasaría si saliera a la calle desnuda. Primero, tendría que tener el valor para hacerlo. Pero, suponiendo que lo tuviera, causaría un escándalo. Y se pone a soñar despierta: Cuellos tiesos y miradas forzadas, de maridos que son arrastrados por esposas celosas; rostros risueños de hombres solos; rechinar de llantas al aplicar los frenos... y algún ruido estridente provocado por el choque de dos o más vehículos; gritos femeninos, niños de mirada curiosa remolcados por madres escandalizadas; insultos, silbidos; un grupo de fisgones siguiéndola.
En resumen, un alboroto.
Por último el sonido de una sirena y la presencia de la policía. Luego, la comisaría, la prensa y quién sabe que cosas más.
Pero eso sí, sería emocionante. La idea la divierte. Pero no ha tenido la osadía de vivir tal experiencia.
Está frente al espejo y vuelve a admirar su cuerpo. No tiene celulitis ni cicatrices que esconder. Los senos mantienen su firmeza.
Hoy no pasará por el problema de todos los días: decidir que ropa va a usar. Saldrá desnuda. Una sonrisa se dibuja en su rostro, goza el hecho por anticipado.
En el exterior se escuchan los ruidos característicos de la gente.
Toma valor, respira hondo, abre la puerta y sale.
No pasó nada.
En el campo nudista su presencia, pasó inadvertida.««
Triste escena, Julia del Prado - Perú
Poco más de 30 años en este matrimonio y Blas persigue a su mujer por toda la casa, ella corre y se mete al dormitorio que fue de los hijos. Blas furioso atraviesa paredes y la provoca, diciéndole: -Mujerzuela. Teresa contesta:- Mujerzuela será la la mujer de la esquina, esa de la avenida Arequipa. No jodas. El sigue bajándole la moral, con insultos. No es la primera vez que ocurre una escena así, en las últimas semanas de este año se ha repetido.Teresa llora, se desespera. El se va a su dormitorio, al dormitorio matrimonial. Ella lo sigue alterada, siguen las agresiones e Inés coloca una de las almohadas sobre el rostro de Blas. El permanece impávido. No dice nada. Retira la almohada Teresa. Se siente resquebrajada. Vuelve al dormitorio de los hijos, deja la puerta entreabierta y guarda dos cuchillos en el cajón de ropa vieja.
Madera - Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina
Madera Pobre de él. Que maldad pudo haber hecho para terminar ahí? En esa esquina del centro, abajo de un edificio gris que estaba rodeado de miles de edificios grises. ¿Qué esperaba él de su vida cuando recién germinaba? Si ya veía a su alrededor el cemento mientras crecía. Tal vez no es su culpa. Tal vez fue el viento o algún pájaro, o algún hombre. No lo sé. Yo sé que piensa, sus hermanos están libres en el bosque, en la selva. Aunque él creció seguro de que nada le iba a pasar. Si el encargado del edificio le acercaba un vaso de agua de vez en cuando y hasta sacaba a patadas y escobazos a los perros que lo molestaban. Trató de crecer un poco para ver el sol, pero nadie lo dejaba. Ni bien se estiraba un poquito, alguien lo cortaba. Y así fue su vida. Vio morir al encargado, a los perros y a la gente que vivió en aquel edifico gris. Y sigue ahí parado, esperando que algún día muera también aquel edificio gris, ese que no lo deja ver el sol.
Rocío - Silvana Alvarez Martínez, Colonia, Uruguay
Era un domingo como tantos, retornábamos con Melina –mi perra- de nuestra caminata por la playa, ambas con el andar cansado y pausado. Felices, pues el caminar a la orilla del río es como una inyección de energía, mientras éste acaricia tus pies y más bello aún es ver como Mel disfruta corriendo, mordiendo, ladrándole a las olas.
Casi llegando a la esquina de casa, una pequeña de unos seis años, lloraba y se acercaba saltando en un pie. Apuramos el paso. Pregunté qué le pasaba: -me clavé algo- contestó entre sollozos sosteniendo su pie descalzo. La senté en el cordón de la vereda, le pedí que sujetara la correa de Melina. La espina estaba en el dedito gordo de su pie, lo tomé con firmeza mientras ella no dejaba de llorar y enjugarse las lágrimas con su manito. Preguntó: -¿es un clavo?- -No-, le contesté. -Es una espina grande, aguantá un poquito más ¡ya la tengo!- Pude extraer la causante de tanto llanto. ¡Ya está, mirala! Y como vieja que estoy… no pude dejar de decirle: esto te pasa por andar descalza! Me dio las gracias, pregunté su nombre: Rocío. A la mañana siguiente, camino a la playa, escuché un “¡hola!” una niñita sacudía la mano saludando. Su cabello bien peinado en una cola de caballo, de túnica blanca y una gran moña azul, me recordaron mis tiempos de escolar: era Rocío, esta vez con una amplia y bella sonrisa.
Casi llegando a la esquina de casa, una pequeña de unos seis años, lloraba y se acercaba saltando en un pie. Apuramos el paso. Pregunté qué le pasaba: -me clavé algo- contestó entre sollozos sosteniendo su pie descalzo. La senté en el cordón de la vereda, le pedí que sujetara la correa de Melina. La espina estaba en el dedito gordo de su pie, lo tomé con firmeza mientras ella no dejaba de llorar y enjugarse las lágrimas con su manito. Preguntó: -¿es un clavo?- -No-, le contesté. -Es una espina grande, aguantá un poquito más ¡ya la tengo!- Pude extraer la causante de tanto llanto. ¡Ya está, mirala! Y como vieja que estoy… no pude dejar de decirle: esto te pasa por andar descalza! Me dio las gracias, pregunté su nombre: Rocío. A la mañana siguiente, camino a la playa, escuché un “¡hola!” una niñita sacudía la mano saludando. Su cabello bien peinado en una cola de caballo, de túnica blanca y una gran moña azul, me recordaron mis tiempos de escolar: era Rocío, esta vez con una amplia y bella sonrisa.
Incursión - María Pía Poretti - Mendoza, Argentina
Caminando muy despacio, se acerca cautelosa y analítica sobre el costado de la superficie lisa y blanca. Al fin llega.
Ella no escucha el grito de miedo originado en alguna parte. Indiferente, se detiene y observa la extensión bajo sus pies, brillante y cerrada, que conserva un determinado volumen de agua. ¡El lago tan ansiado! . . . Eso le dijeron. Ella lo consigue ahora.
Puede ser muy ágil con sus pies. Escalar para ella no es difícil. Con un solo movimiento puede atravesar un buen trecho de ese camino, sobre el cual no resbala y anda con comodidad. El borde –comprueba- es angosto.
Gira hacia el otro extremo y hay un abismo, logra ver el terreno, allá, bien al fondo. Desde arriba, donde está ella, lo ve de un color distinto. Más acá se ve la pared por donde ha subido recién. Vuelve la espalda, y reconocedora, pone su atención sobre el agua estancada, silenciosa y quieta. No le interesa el ruido, voces y el moverse de rápidos cuerpos que buscan algo. Ella está absorta, mirando el espejo transparente. Quisiera acercarse y se mueve prudentemente. Hoy es un día de sorpresas. Hay que cuidarse. No es cuestión de entretenerse por nada.
Así, tan calculadora, no ve venir el objeto flexible sobre su cuerpo.
Hecha un ovillo, con sus piernas encogidas, sobre el pavimento blando y lustroso, no se mueve.
La echamos sobre el agua, donde durante escasos segundos flota lentamente. Luego un sonido y una violenta cascada que mueve el agua estrepitosa, que desaparece en un agujero escondido en el fondo del lago.
Todo vuelve a la normalidad.
Más calmada, Marta, escoba en mano, limpia el escenario de los hechos.
Al fin nos libramos de la araña del inodoro.
Ella no escucha el grito de miedo originado en alguna parte. Indiferente, se detiene y observa la extensión bajo sus pies, brillante y cerrada, que conserva un determinado volumen de agua. ¡El lago tan ansiado! . . . Eso le dijeron. Ella lo consigue ahora.
Puede ser muy ágil con sus pies. Escalar para ella no es difícil. Con un solo movimiento puede atravesar un buen trecho de ese camino, sobre el cual no resbala y anda con comodidad. El borde –comprueba- es angosto.
Gira hacia el otro extremo y hay un abismo, logra ver el terreno, allá, bien al fondo. Desde arriba, donde está ella, lo ve de un color distinto. Más acá se ve la pared por donde ha subido recién. Vuelve la espalda, y reconocedora, pone su atención sobre el agua estancada, silenciosa y quieta. No le interesa el ruido, voces y el moverse de rápidos cuerpos que buscan algo. Ella está absorta, mirando el espejo transparente. Quisiera acercarse y se mueve prudentemente. Hoy es un día de sorpresas. Hay que cuidarse. No es cuestión de entretenerse por nada.
Así, tan calculadora, no ve venir el objeto flexible sobre su cuerpo.
Hecha un ovillo, con sus piernas encogidas, sobre el pavimento blando y lustroso, no se mueve.
La echamos sobre el agua, donde durante escasos segundos flota lentamente. Luego un sonido y una violenta cascada que mueve el agua estrepitosa, que desaparece en un agujero escondido en el fondo del lago.
Todo vuelve a la normalidad.
Más calmada, Marta, escoba en mano, limpia el escenario de los hechos.
Al fin nos libramos de la araña del inodoro.
SOY INCONFUNDIBLE, Ana Lucía Montoya Rendón, Colombia.
Nada la puede abatir, ni el más recio vendaval, ni las más oscuras dudas, ni los crudos y descarnados comentarios.
Ella, construida sobre bases firmes no necesita más que el pensamiento, ese es su punto de apoyo básico, la viga maestra donde se apuntala el edificio.
No reconoce el ayer, ni el mañana, para ella solo existe el eterno ahora. No calla por más que los labios le sean arrancados, siempre tendrá una forma especial de decir:
“Aquí estoy, mírame, soy yo, tu me reconoces aún en medio de la oscuridad, sin siquiera hablar, presientes la línea que deja mi huella, la hueles y también la hoyas, soy sinceramente tuya, yo soy quien entiende tus desvaríos y también tus euforias.
“Soy la Lunita llena que se cuela por tu ventana para soplarte ensueños. Mírame fijamente, reconóceme, porque puedo ser esa lluvia de estrellas fugaces o la cola de un cometa que hace siglos pasó y que aún te recuerda”.
“Soy el Sol, que a las primeras horas del día, cuando se despide de sus amigas, Alba, Alborada y Aurora, quien te busca y te acaricia con lengua fogosa para que despiertes feliz”.
“Eso y mucho más soy y puedo llegar a ser porque yo soy la mejor de todas las hembras que has conocido, que conoces y que conocerás.
“Soy yo. ¡La Amistad!”.
Boceto - Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia
Dibujo con mis dedos tu silueta para grabar en mi memoria cada trazo…
Estoy temblando. Es fascinante. Me enfrento a uno de los bocetos más bellos que haya hecho.
Recorro tu frente suavemente, con mi diestro y tembloroso dedo índice, hago trazos tenues antes que se esfume la visión. Por ósmosis empieza la transmisión de una nueva energía. Me complazco largo tiempo en ella. Quiero hurgar en tus pensamientos, en tus ideas, en tus sueños. No los resisto. Son un arsenal de fuego. Me caldean. Se afincan en mí como dagas al rojo vivo.
Respiro. Suspiro. Exhalo aire ardiente.
Mis dedos inquietos por beberte, hacen trazos sobre tus cejas, ojos y el contorno de tu rostro. Bella, cerrada y bien cuidada barba. Hombre... Ese hombre, este hombre... mi sensualidad de nuevo. Siguen estos dedos hurgando cada espacio. Van hacia el nacimiento de tu nariz. Encuentro una terca depresión entre las pobladísimas cejas. Me quedo buen rato tratando de encontrar el tercer ojo. Mi dedo alisa amorosamente una y otra vez, buscando la fuente de luz que ilumina tu mente. Placida me voy sumergiendo en dulce letargo. Sueño que soy la emperatriz moradora de esos reinos, que sentada en el centro, domina y es querida, que puedo meterme y vivir como si fuera uno contigo.
Despierto del ensueño.
Sigo dibujando. ¡Ah! Tu boca... Tu bigote acaricia mi mano. Una vez y muchas más. El dorso de mi mano sobre él. Plenitud del goce. Pero la sensación que tu boca me produce no se compara con nada que antes hubiese sentido. Fue ahí donde encontré lo que buscaba. Dedos locos. Sintieron mucho ardor. Siguieron cuidadosos hacia las comisuras. Suave, suave… Mi boca no aguantó la espera. Tomó delicadamente tus carnosos labios. Fusión. Remolinos. Niebla. Viaje. Tu hermosa cabeza entre mis manos. Tus ojos cerrados. Respiración lenta. Solaz. Arrobamiento. Silencios...
¡No más! ¡No aguanto más!
Arduo y tentador trabajo, o ¿Tentador modelo? Qué delicia dibujar seres de luz o Quijotes.
Quijotes buscando Dulcineas. Dulcineas queriendo ser las damas de los sueños de augustos y afiebrados caballeros de mágicas figuras.
Boceto terminado.
Dibujo al carbón sobre lienzo. Figura de ángel de luz. Otro de mis sueños. Firmado en la mañana del 23 de abril, conmemoración del Día del Idioma.
Estoy temblando. Es fascinante. Me enfrento a uno de los bocetos más bellos que haya hecho.
Recorro tu frente suavemente, con mi diestro y tembloroso dedo índice, hago trazos tenues antes que se esfume la visión. Por ósmosis empieza la transmisión de una nueva energía. Me complazco largo tiempo en ella. Quiero hurgar en tus pensamientos, en tus ideas, en tus sueños. No los resisto. Son un arsenal de fuego. Me caldean. Se afincan en mí como dagas al rojo vivo.
Respiro. Suspiro. Exhalo aire ardiente.
Mis dedos inquietos por beberte, hacen trazos sobre tus cejas, ojos y el contorno de tu rostro. Bella, cerrada y bien cuidada barba. Hombre... Ese hombre, este hombre... mi sensualidad de nuevo. Siguen estos dedos hurgando cada espacio. Van hacia el nacimiento de tu nariz. Encuentro una terca depresión entre las pobladísimas cejas. Me quedo buen rato tratando de encontrar el tercer ojo. Mi dedo alisa amorosamente una y otra vez, buscando la fuente de luz que ilumina tu mente. Placida me voy sumergiendo en dulce letargo. Sueño que soy la emperatriz moradora de esos reinos, que sentada en el centro, domina y es querida, que puedo meterme y vivir como si fuera uno contigo.
Despierto del ensueño.
Sigo dibujando. ¡Ah! Tu boca... Tu bigote acaricia mi mano. Una vez y muchas más. El dorso de mi mano sobre él. Plenitud del goce. Pero la sensación que tu boca me produce no se compara con nada que antes hubiese sentido. Fue ahí donde encontré lo que buscaba. Dedos locos. Sintieron mucho ardor. Siguieron cuidadosos hacia las comisuras. Suave, suave… Mi boca no aguantó la espera. Tomó delicadamente tus carnosos labios. Fusión. Remolinos. Niebla. Viaje. Tu hermosa cabeza entre mis manos. Tus ojos cerrados. Respiración lenta. Solaz. Arrobamiento. Silencios...
¡No más! ¡No aguanto más!
Arduo y tentador trabajo, o ¿Tentador modelo? Qué delicia dibujar seres de luz o Quijotes.
Quijotes buscando Dulcineas. Dulcineas queriendo ser las damas de los sueños de augustos y afiebrados caballeros de mágicas figuras.
Boceto terminado.
Dibujo al carbón sobre lienzo. Figura de ángel de luz. Otro de mis sueños. Firmado en la mañana del 23 de abril, conmemoración del Día del Idioma.
Rutina de Viaje, Fernán S. Banda, Santiago, Chile
RUTINA DE VIAJE
He desarrollado una rutina ganadora. Todos los días me subo en la misma estación, a la misma hora, en el mismo vagón y por la misma puerta. Así he maximizado la probabilidad de encontrar a la mujer de mis sueños. En mis sueños ella no sigue estúpidas rutinas.
He desarrollado una rutina ganadora. Todos los días me subo en la misma estación, a la misma hora, en el mismo vagón y por la misma puerta. Así he maximizado la probabilidad de encontrar a la mujer de mis sueños. En mis sueños ella no sigue estúpidas rutinas.
Luis Felipe Belloso, España
Nacieron enamorados, pero una jugada del destino los separó, y los condeno a vivir siempre separados. Pero era tal el amor que se tenían, que el siempre la perseguía, la iluminaba, e influía en sus estados de animo... Cuando se veían, aunque fuera de muy lejos, ella desprendía una luz.. hipnotizante, casi cegadora.
Muchos han sido los que de ella se han enamorado, yo creo que todos, cuando menos una vez en la vida. Yo me confieso enamorado de ella, de su brillo, de su misterio, y que cuando más cerca esta de su amor, más atraído por ella me siento.
Me han dicho, que cada cierto tiempo, ambos se esconden, nos privan de su luz, y desatan toda la pasión de su amor..., luego se vuelven a separar, pero la fuerza de esa maldición, se rompe una y otra vez, saben que jamás podrán estar juntos para siempre, Y sufren... pero no por eso, dejan que esa pasión y ese amor desaparezca...
Y siguen persiguiéndose como dos locos enamorados, y ella se deja querer, y muestra sus sonrisas... y en su cara oculta, aquella que nadie ve, lleva tatuado, el amor que le robaron al nacer.
Y el, con el fuego de la ira, castiga a quien de ella se enamora, y la sigue iluminando, y cada vez mas hermosa, la sigue buscando, cada año, cada mes, cada día.... cada hora.
Muchos han sido los que de ella se han enamorado, yo creo que todos, cuando menos una vez en la vida. Yo me confieso enamorado de ella, de su brillo, de su misterio, y que cuando más cerca esta de su amor, más atraído por ella me siento.
Me han dicho, que cada cierto tiempo, ambos se esconden, nos privan de su luz, y desatan toda la pasión de su amor..., luego se vuelven a separar, pero la fuerza de esa maldición, se rompe una y otra vez, saben que jamás podrán estar juntos para siempre, Y sufren... pero no por eso, dejan que esa pasión y ese amor desaparezca...
Y siguen persiguiéndose como dos locos enamorados, y ella se deja querer, y muestra sus sonrisas... y en su cara oculta, aquella que nadie ve, lleva tatuado, el amor que le robaron al nacer.
Y el, con el fuego de la ira, castiga a quien de ella se enamora, y la sigue iluminando, y cada vez mas hermosa, la sigue buscando, cada año, cada mes, cada día.... cada hora.
El tunche - Julia del Prado, Perú
El tunche visitó la casa de Serena, abrió la cerradura con una tarjeta de esas que se usan para llamar por teléfono. Entró a su dormitorio, ella no estaba, así que sólo pasó, trató de no dejar huellas. Y en esa su fugacidad al salir, silbó: Fi fi fi fi finnnnn, finnnnn.
Julia del Prado (Perú)
El Tunche es un personaje que nunca se ha visto pero que existe. No tiene representació n visual, pero se le imagina como un pájaro nocturno. Su silbido es dulce y melancólico; si silba corto es un alma en pena que te acompaña; si largo, es un espíritu maligno que te acecha y presagia desgracias y muerte. Parte del folclore de la selva peruana, el Tunche es una presencia temida y respetada
Julia del Prado (Perú)
El Tunche es un personaje que nunca se ha visto pero que existe. No tiene representació n visual, pero se le imagina como un pájaro nocturno. Su silbido es dulce y melancólico; si silba corto es un alma en pena que te acompaña; si largo, es un espíritu maligno que te acecha y presagia desgracias y muerte. Parte del folclore de la selva peruana, el Tunche es una presencia temida y respetada
GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA, Juanca Vecchi, Olavarría, Buenos Aires, Argentina
Se sufría el sol del mediodía y el verano tenía olor a pollo olvidado en el horno.
La sombra tambaleante se desprendió del hombre y siguió caminando hacia adelante, indiferente al asombro de los transeúntes; a medida que se alejaba del ancho y transpirado cuerpo, perdía su humana oscuridad.
—¡Dale, che! ¡Apurate que tengo mucha sed! —gritó el hombre, pero la sombra mantuvo su paso lento y zigzagueante— ¡Y decile a José que la anote, eh!
El hombre la siguió con la mirada hasta que ella traspasó la acostumbrada puerta de la cantina; entonces ancló su pesado cuerpo al oportuno banco de la plaza.
Desparramado se quedó el hombre, experimentado catador de la piedad humana; esperando el regreso de la sombra y otra copa de vino.
Desde la acera de enfrente - Migdalia Mansilla, Venezuela
Cada tarde al llegar el ocaso, se sentaba a la puerta de su casa, en el porche. Cogía el atajo de cigarrillos, lo miraba largamente, como haciendo un exorcismo , como jurándose era el último que se fumaba antes de dejarlo definitivamente.Cada día, en esa hora nona impredecible de colores que llenaba el espacio de sombras primeras, se acurrucaba en el umbral del tiempo de los sueños.Miles de imágenes se atropellaban en su mente, el olvido se le llenaba de memorias que pujaban por reventar el cuenco de las vivencias.Los hijos crecieron , tomaron sus caminos.El marido, se encandiló con una muchacha y la dejó con las marcas de los años grabadas en su piel.El silencio se hacía cada tarde, cada ocaso, y, cada crepúsculo de colores nuevos le llenaba las pupilas de recuerdos viejos.La soledad se convirtió en su compañera, confidente y verdugo de su vida.Desde la acera de enfrente, un hombre se paseaba cada día al terminar la tarde, oteaba horizontes, arañaba el tiempo y perseguía mariposas que se le escapaban de las manos abiertas.Cada anochecer el hombre miraba hacia la acera de enfrente encontrando una sombra que se alargaba sentada en la mecedora que se balanceaba entre los pilares del corredor que hacía de entrada a la casa que siempre estaba en silencio.Cada día paseaba , se detenía , la observaba y se decía "cuántas soledades en dos aceras paralelas que nunca se encuentran"Y así pasaron los días, los años y un día ya no hubo mujer en la mecedora, ésta, sola se mecía como empujada por un fantasma que cada tarde allí se sentaba.
Y al pasar el tiempo corto de la eternidad de la tierra, una sombra se lograba ver cada anochecer en la acera de enfrente, desplazándose de un lado a otro… otro fantasma vaga ahora, después de su muerte, sin encontrarse.
Y al pasar el tiempo corto de la eternidad de la tierra, una sombra se lograba ver cada anochecer en la acera de enfrente, desplazándose de un lado a otro… otro fantasma vaga ahora, después de su muerte, sin encontrarse.
Vuelo nocturno - Maria Pia Poretti, Mendoza, Argentina
Mientras volaba sentía sobre su cuerpo cómo corría el viento cálido nocturno. Todo a su alrededor era oscuro, negro y sólo lo guiaba una luz brillante. Ella lo atraía para sí, lo atrapaba. A él le gustaba esa sensación que lo enceguecía. Se veía, a su vez, urgido por irse, quería escapar y dar la espalda a los rayos luminosos que lo requerían. Era una situación apremiante. Y él no deseaba apartarse de ella. Era un enamorado de esa encandilante fluidez, que en medio del telón negro, parecía un faro para un argonauta. Tratando de decirse así mismo "no", revoloteaba con suma rapidez proyectando espirales, círculos y tirabuzones aéreos. ¡Era toda una maravilla!
Sin sospecharlo siquiera, absorbiendo todo eso, agradable y lumínico, no trazó bien sus cartas de navegación espacial. Sin desearlo, entró en un pozo cilíndrico, invisible, silencioso y quieto, y sólo se percató de ello cuando toda su masa aerodinámica sintió una pared dura, transparente y muy fría, sobre la cual, aterrado y repetitivo, chocó varias veces. Su obstáculo era perseverante; no se apartaría del camino de ese intruso volador. Permaneció allí, callado e inmóvil.
Él, en su afán por escapar, no pensó en la salida: subir hacia la oscuridad del cielo, ese escenario nocturno, que se posaba sobre él como esperándolo.
Estaba demasiado enceguecido como para esquivar situaciones peligrosas. Intentó la suerte descendiendo por el tubo, y algo menos duro lo frenó. Algo líquido y casi pegajoso para él y más frío aún. Tuvo la ventaja de ser liviano, poco denso y flotó. Estaba muy aturdido. Logró moverse sin sentido determinado. Probó el líquido que le pareció algo dulce, pero no podía comprender qué era. Agua no, la conocía bien, sin embargo ella estaba incluida, le era familiar el gusto.
Trató en vano de zafarse de esa extraña red. El líquido untuoso prácticamente lo inmovilizó. Se sentía asqueado por ese sabor dulce que le quemaba las entrañas. ¡Pobre volador!, ya nada lo sacaría de esa situación. Rápidamente comenzó a pensar en sus compañeros, en su familia y en todos los vuelos que había realizado esquivando, en su corta vida cualquier problema aéreo.
"Pero esto". . . – pensó- "esto es muy extraño". . .
Y a medida que pasaba el tiempo se fue debilitando más y más. "Todavía soy joven –se dijo a sí mismo- ¿por qué esto, ahora cuando más esperan de mí?"
Al rato, una mano fría y lisa, como una especie de pala, se acercó suave, pero firmemente hacia el pobre intruso. Lo tomó decidida y la víctima se dejó llevar sin vida. Lo dejó tranquila sobre un plato.
Y alguien, dejando la cucharita dijo:
- ¡Ah!, por fin saqué el bicho, ahora me tomo el jugo de frutas.
Sin sospecharlo siquiera, absorbiendo todo eso, agradable y lumínico, no trazó bien sus cartas de navegación espacial. Sin desearlo, entró en un pozo cilíndrico, invisible, silencioso y quieto, y sólo se percató de ello cuando toda su masa aerodinámica sintió una pared dura, transparente y muy fría, sobre la cual, aterrado y repetitivo, chocó varias veces. Su obstáculo era perseverante; no se apartaría del camino de ese intruso volador. Permaneció allí, callado e inmóvil.
Él, en su afán por escapar, no pensó en la salida: subir hacia la oscuridad del cielo, ese escenario nocturno, que se posaba sobre él como esperándolo.
Estaba demasiado enceguecido como para esquivar situaciones peligrosas. Intentó la suerte descendiendo por el tubo, y algo menos duro lo frenó. Algo líquido y casi pegajoso para él y más frío aún. Tuvo la ventaja de ser liviano, poco denso y flotó. Estaba muy aturdido. Logró moverse sin sentido determinado. Probó el líquido que le pareció algo dulce, pero no podía comprender qué era. Agua no, la conocía bien, sin embargo ella estaba incluida, le era familiar el gusto.
Trató en vano de zafarse de esa extraña red. El líquido untuoso prácticamente lo inmovilizó. Se sentía asqueado por ese sabor dulce que le quemaba las entrañas. ¡Pobre volador!, ya nada lo sacaría de esa situación. Rápidamente comenzó a pensar en sus compañeros, en su familia y en todos los vuelos que había realizado esquivando, en su corta vida cualquier problema aéreo.
"Pero esto". . . – pensó- "esto es muy extraño". . .
Y a medida que pasaba el tiempo se fue debilitando más y más. "Todavía soy joven –se dijo a sí mismo- ¿por qué esto, ahora cuando más esperan de mí?"
Al rato, una mano fría y lisa, como una especie de pala, se acercó suave, pero firmemente hacia el pobre intruso. Lo tomó decidida y la víctima se dejó llevar sin vida. Lo dejó tranquila sobre un plato.
Y alguien, dejando la cucharita dijo:
- ¡Ah!, por fin saqué el bicho, ahora me tomo el jugo de frutas.
Mera sugestiónMera sugestión - Fernando Sorrentino, Buenos Aires, Argentina
Mis amigos dicen que yo soy muy sugestionable. Creo que tienen razón. Como argumento, aducen un pequeño episodio que me ocurrió el jueves pasado.
Esa mañana yo estaba leyendo una novela de terror, y, aunque era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal, aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo que, pese a que yo estaba sentado frente a la puerta de la cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que yo lo hubiera visto y a que, excepto aquella puerta, la cocina carecía de otro acceso; pese a todos estos hechos, yo, sin embargo, estaba enteramente convencido de que el asesino acechaba tras la puerta cerrada.
De manera que yo me hallaba sugestionado y no me atrevía a entrar en la cocina. Esto me preocupaba, pues se acercaba la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo entrase en la cocina.
Entonces sonó el timbre.
--¡Entre! --grité sin levantarme--. Está sin llave.
Entró el portero del edificio, con dos o tres cartas.
--Se me durmió la pierna --dije--. ¿No podría ir a la cocina y traerme un vaso de agua?
El portero dijo "Cómo no", abrió la puerta de la cocina y entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que, al caer, arrastraba tras sí platos o botellas. Entonces salté de mi silla y corrí a la cocina. El portero, con medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en la espalda, yacía muerto. Ahora, ya tranquilizado, pude comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún asesino. Se trataba, como es lógico, de un caso de mera sugestión.
Esa mañana yo estaba leyendo una novela de terror, y, aunque era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal, aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo que, pese a que yo estaba sentado frente a la puerta de la cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que yo lo hubiera visto y a que, excepto aquella puerta, la cocina carecía de otro acceso; pese a todos estos hechos, yo, sin embargo, estaba enteramente convencido de que el asesino acechaba tras la puerta cerrada.
De manera que yo me hallaba sugestionado y no me atrevía a entrar en la cocina. Esto me preocupaba, pues se acercaba la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo entrase en la cocina.
Entonces sonó el timbre.
--¡Entre! --grité sin levantarme--. Está sin llave.
Entró el portero del edificio, con dos o tres cartas.
--Se me durmió la pierna --dije--. ¿No podría ir a la cocina y traerme un vaso de agua?
El portero dijo "Cómo no", abrió la puerta de la cocina y entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que, al caer, arrastraba tras sí platos o botellas. Entonces salté de mi silla y corrí a la cocina. El portero, con medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en la espalda, yacía muerto. Ahora, ya tranquilizado, pude comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún asesino. Se trataba, como es lógico, de un caso de mera sugestión.
De El regreso. Y otros cuentos inquietantes (2005).
Buenos Aires, Editorial Estrada, 2005, 80 págs.
SIN PENA NI GLORIA - Juan Carlos Vecchi - Olavarria, Buenos Aires, Argentina
Rompió el espejo el viernes a la noche, medianochando un desgraciado pronóstico popular.
Volvió el sábado sin novedades por los cuatro cardinales de la vida.
Cuando se hizo domingo, lo velaron sin pena ni gloria; salvo Gloria Pérez, el último de sus amores, quien dejó en la sala cuatro o cinco lágrimas y un ramo de flores insatisfechas.
El lunes lo enterraron unos pocos, los mismos pocos que el martes lo pasaron a olvido.
¡A la miercole! ¿No eran siete los años de desgracia cuando uno rompe un espejo?
Volvió el sábado sin novedades por los cuatro cardinales de la vida.
Cuando se hizo domingo, lo velaron sin pena ni gloria; salvo Gloria Pérez, el último de sus amores, quien dejó en la sala cuatro o cinco lágrimas y un ramo de flores insatisfechas.
El lunes lo enterraron unos pocos, los mismos pocos que el martes lo pasaron a olvido.
¡A la miercole! ¿No eran siete los años de desgracia cuando uno rompe un espejo?
Cuando la lluvia Magdalena Márquez - España
Hoy me he despertado temprano y llovía. Me gusta ver llover tras los cristales y seguir las gotas con los dedos como sigues las lágrimas en un rostro querido. Pero esta mañana no me he acercado a la ventana, he dado media vuelta en la cama y he cerrado los ojos para oír a la lluvia caer.
Estoy sola, aún es muy temprano, el sueño aprisiona mis ojos, invade mi cuerpo. No quiero dormir, me asusta que la lluvia se detenga, no volver a oír su repiqueteo en los cristales, no verla deslizarse perezosamente, con la misma desgana que me estiro debajo de las sábanas antes de incorporarme para iniciar el rito acostumbrado. Primero a la cocina, a preparar el café bien cargado que me permita empezar a funcionar, mientras se calienta, al baño a lavarme los dientes, a mojarme la cara frente a ese espejo que se empeña en regalarme cada día una nueva arruga. Hoy no estoy para hacerle caso.
Llueve, es una lluvia suave, melancólica, que me trae recuerdos… no, que me regala sueños. Sueños de otros días lluviosos no vividos; de paseos compartidos mojándome, mojándonos; de chapoteos en los charcos y de risas, y de caras extrañadas de la gente que pasa a nuestro lado, y más risas. Esta pertinaz lluvia quiere traer nostálgicos recuerdos, quiere asentar en mí la melancolía de los tiempos pasados sin darse cuenta que el pasado no existe. Cojo el tazón humeante de café y voy de nuevo hacia el baño, pasando por delante del despacho. Sin quererlo miro el escritorio, el libro que quedó anoche abierto, el cuadernillo con las anotaciones, los bolígrafos de colores con los que garabateo según leo, el portatil… el portatil. Y otra vez viene a mi cabeza la conversación de anoche, y la despedida de esas que no me gustan y que por eso nunca haces pero que fue tan triste como si estuviese escrita, y tu canción, aquella que nunca te dejo terminar “All my bags are packed, I'm ready to go I'm standing here outside your door I hate to wake you up to say goodbye. So kiss me and smile for me, tell me that you'll wait for me, hold me like you'll never let me go. I'm leavin' on a jet plane, I don't know when I'll be back again. Oh, babe, I hate to go.” Y para qué voy a encender el ordenador, seguiré estando sola, y le doy al botón sin pensar, y sigo tocando las teclas mecánicamente porque aún no me he tomado el café que se está enfriando en una esquina de la mesa. Y los mensajes saltan a la pantalla, breves, noctámbulos, casi desde la escalerilla de ese avión que te aleja de mí.
Llueve, y las gotas resbalan plácidamente por el cristal como si fueran lágrimas de alegría en un rostro amado, y no las seco, las sigo con los dedos. Y apuro el café que se ha quedado frío. Y me dirijo al baño a encararme al espejo que me regala una nueva arruga. Y le acepto el regalo agradecida porque es un nuevo signo de vida. Y dibujo esas marcas con los dedos como si fueran surcos dejados por esa lluvia que no me trae recuerdos del pasado. Porque el ayer no existe simplemente porque no estabas tú.
Estoy sola, aún es muy temprano, el sueño aprisiona mis ojos, invade mi cuerpo. No quiero dormir, me asusta que la lluvia se detenga, no volver a oír su repiqueteo en los cristales, no verla deslizarse perezosamente, con la misma desgana que me estiro debajo de las sábanas antes de incorporarme para iniciar el rito acostumbrado. Primero a la cocina, a preparar el café bien cargado que me permita empezar a funcionar, mientras se calienta, al baño a lavarme los dientes, a mojarme la cara frente a ese espejo que se empeña en regalarme cada día una nueva arruga. Hoy no estoy para hacerle caso.
Llueve, es una lluvia suave, melancólica, que me trae recuerdos… no, que me regala sueños. Sueños de otros días lluviosos no vividos; de paseos compartidos mojándome, mojándonos; de chapoteos en los charcos y de risas, y de caras extrañadas de la gente que pasa a nuestro lado, y más risas. Esta pertinaz lluvia quiere traer nostálgicos recuerdos, quiere asentar en mí la melancolía de los tiempos pasados sin darse cuenta que el pasado no existe. Cojo el tazón humeante de café y voy de nuevo hacia el baño, pasando por delante del despacho. Sin quererlo miro el escritorio, el libro que quedó anoche abierto, el cuadernillo con las anotaciones, los bolígrafos de colores con los que garabateo según leo, el portatil… el portatil. Y otra vez viene a mi cabeza la conversación de anoche, y la despedida de esas que no me gustan y que por eso nunca haces pero que fue tan triste como si estuviese escrita, y tu canción, aquella que nunca te dejo terminar “All my bags are packed, I'm ready to go I'm standing here outside your door I hate to wake you up to say goodbye. So kiss me and smile for me, tell me that you'll wait for me, hold me like you'll never let me go. I'm leavin' on a jet plane, I don't know when I'll be back again. Oh, babe, I hate to go.” Y para qué voy a encender el ordenador, seguiré estando sola, y le doy al botón sin pensar, y sigo tocando las teclas mecánicamente porque aún no me he tomado el café que se está enfriando en una esquina de la mesa. Y los mensajes saltan a la pantalla, breves, noctámbulos, casi desde la escalerilla de ese avión que te aleja de mí.
Llueve, y las gotas resbalan plácidamente por el cristal como si fueran lágrimas de alegría en un rostro amado, y no las seco, las sigo con los dedos. Y apuro el café que se ha quedado frío. Y me dirijo al baño a encararme al espejo que me regala una nueva arruga. Y le acepto el regalo agradecida porque es un nuevo signo de vida. Y dibujo esas marcas con los dedos como si fueran surcos dejados por esa lluvia que no me trae recuerdos del pasado. Porque el ayer no existe simplemente porque no estabas tú.
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