SUEÑO
Oigo una voz: “Sígueme, te mostraré lo que está preparado para ti, para que puedas pasar de las tinieblas a la luz”. Aparece un reloj. Las manecillas giran rápidas. Detrás del reloj se dibujan unas figuras semejantes a monjes budistas tibetanos frente a una computadora y al costado unos gruesos códices manuscritos, un libro de Arthur Clark y otro de Baudrillard. Las caras de los monjes se descubren atónitas. Toda esta escena rodeada de un cielo nocturno, donde las estrellas se van apagando lentamente.
El sueño rápidamente se esfumó y el estado de vigilia me devolvió a esa dura cama en que cada noche encomendaba mi cuerpo. Traté por todos los medios de mantener las imágenes del sueño en mi mente despierta, ya que su espejismo me había dejado bastante consternado, vislumbrando en esas imágenes un profundo simbolismo, más rayano a una visión, que a un simple sueño. Era evidente que la lectura de Baudrillard, el día anterior, me había dejado bastante pensativo. Los nueve mil millones de nombres de Dios, tarea que los monjes budistas, durante siglo habían asumido escribir en los códices, se adherían a un anuncio que profetizaba, de que al completarlos, el fin del universo estaría sellado. El tiempo real en que se consumaría la tarea se extendería indefinidamente, por la lentitud del procedimiento y con ello también la duración del universo. Pero el cuento de Arthur Clark le destinó una computadora, con técnicos de IBM bastantes incrédulos de las opiniones de los monjes budistas. Los nombres de Dios surgieron vertiginosamente en la pantalla del ordenador y en un corto lapso de tiempo, la nómina se completó. Y los consternados monjes y técnicos empezaron a observar como las estrellas se iban apagando una a una. Toda esta historia se había adueñado de mis pensamientos que surgieron a borbotones desde mi inconsciente, dispuestos en imágenes que fui recomponiendo en una ardua tarea, tratando de ordenarlos en un todo coherente. Pero me surgía una pregunta ¿qué fondo oscuro ocultaba el sueño? ¿Qué otra cosa querría decirme? ¿Tendría que recurrir a un analista para qué lo interpretara? Como sigo siendo abstemio al psicologismo, traté de darme yo mismo una explicación. Varias ideas se encontraban ocultas y me empeciné en descifrar esas imágenes-signos. La idea primordial fue la de tiempo. El tiempo era un rasgo invisible en que se movió silenciosamente la construcción del sueño, aunque sabemos que la experiencia del tiempo no se hace manifiesto en los sueños. Es algo que rescato desde mi conciencia del sueño. La otra idea que atisbo es el pasaje de las tinieblas a la luz. Y por último rescato, la idea de término y de fin, apareada a la idea de caducidad de los cuerpos y por qué no a la extinción de mi propio cuerpo, se compendiaban en esa concepción apocalíptica, en la cual descubriendo el último nombre del Ser absoluto, como lo abarcador y ordenador del universo, los entes individuales se desvanecerían sumergidos en esa totalidad. Esas nociones explicativas fueron bastante tranquilizadoras para mí. Eran los devaneos del pensamiento filosófico abstracto transpuesto en imágenes y ficciones literarias arrancadas de la mística.
Me propuse darle forma de cuento o narración escrita, que llevaría por título
LOS SUEÑOS QUE OTROS CREAN, DESOCULTAN MIS PROPIOS SUEÑOS.
También me pedirían que escriba una sucinta biografía:
El autor nació en un apartado pueblo de la Provincia de Bs. As. , fue llevado desde muy pequeño a vivir en un barrio del Gran Buenos Aires, donde pasó toda su juventud y que a pesar de los grandes esfuerzos que realizó, nunca alcanzó plenamente la madurez. Trató de estudiar filosofía en forma sistemática en las sedes oficiales destinados a tal efecto, pero nunca llegó a concretar un título que lo habilitara como filósofo pensante. Las causas se ignoran, pero según algunos se debieron a su mente poco práctica, mientras que otros se lo adjudican por haber seguido el camino de malgastar el precioso tiempo de estudio, en construir fantasías utópicas en sombríos bares del suburbio bonaerense. Lo que sí, queda establecido, que se refugió en Miramar y en la actualidad emplea sus ocios, alternando sus quimeras con prolongados períodos contemplando el mar, teniendo la sospecha, que el nombre del Espíritu absoluto permanecerá oculto y que el afán de los humanos por revelarlo será infructuoso, y que tendrán que conformarse con perseguirse a sí mismos, a través de sus propios sueños.
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HÉCTOR COBAS
LUGAR MISTERIOSO
Toda historia tiene un inicio, que muchas veces no sabemos muy bien donde se origina. Son las circunstancias las que nos llevan a crearlas y también las motivaciones con las cuales nos inspiramos para que un acontecimiento no pase desapercibido y sirva de base para que acapare nuestra atención. Eso sucedió con una imagen que ocasionalmente apareció en mi máquina fotográfica digital. Había recorrido la zona rural que bordea mi ciudad, cuyo nombre no tiene importancia, porque puede ser cualquier ciudad de cualquier provincia. El hecho es que salió como de la nada y sin proponérmelo floreció ante mi vista, una construcción de material con una abertura sin puerta en cuyo interior se podía visualizar un televisor con la pantalla iluminada, tal vez mostrando alguna imagen indefinida pero que no se podía precisar qué representaba. Lo extraño del caso era que no se observaba ningún espectador y todo el entorno mostraba una tristeza solitaria, sin que se notara la presencia de algún ser viviente. Como la fotografía despertó mi curiosidad, traté de recorrer mentalmente los sitios que había visitado y regresar al lugar donde presuntamente se sacó ese retrato.
Así que subí a mi auto y empecé a recorrer las zonas donde me pareció, que lograría ubicar esa edificación que tanto había despertado mi interés. Luego de andar por distintos caminos, de improviso surgió ante mí una casona como la mostrada en mi cámara de fotos. Así que descendí del auto y comencé a recorrerla observando que todo se conservaba en la misma disposición de la estampa. Era una construcción redondeada, con una abertura sin puerta y se podía ver su interior, que no era muy espacioso, una mesa en la cual se encontraba un televisor encendido, y nadie veía la pantalla. Recorrí los lugares lindantes al inmueble pero sin resultado alguno. No pude encontrar a ninguna persona o ser viviente que pudieran ser una pista de que ese lugar estaba habitado. Me quedé un largo tiempo esperando ver aparecer a alguien, pero sin ningún resultado positivo. Lo extraño del caso resultó que posteriormente me enteré por comentarios de otras personas, que ocasionalmente llegaron a mis oídos, que un extraño personaje había vivido allí, por un corto tiempo, y que un buen día desapareció sin dejar ninguna huella, dejando abandonado el televisor encendido, que fue la única prenda que había quedado de su paso por ese lugar. Y a partir de este momento los relatos sobre la motivación que llevó al morador el haber tomado esa decisión, se tornan contradictorios, y entran en el terreno de la interpretación antojadiza del narrador de turno. Algunos comentaban que mientras estuvo en ese sitio, vieron sólo a un ocupante, y cuya única actividad conocida era mirar televisión, sentado en un sillón que ahora también había desaparecido. Luego las historias toman diversos cursos explicativos; alguna muy fantasiosa, como la que relató un creyente en los platillos volantes, contando que había observado que cierta noche descendió un extraño aparato no identificado y que lo abdujo hacia la nave, y que posiblemente fue llevado a otro mundo. Otro relato más realista, manifestaba que se había volatilizado porque tenía cuantiosas deudas y que cercado por los acreedores, prefirió huir del lugar. Otros le atribuían causas psicológicas y que el individuo había abandonado el trabajo, y sumido en una profunda depresión, se instaló a mirar televisión hasta que las circunstancias lo impulsaron a alejarse sin dejar ningún rastro de cuál sería su nuevo destino. Lo cierto que el lugar quedo abandonado, con el televisor expuesto a la vista de quien pasara por allí; y nadie tuvo la valentía de llevárselo, pues se había corrido la voz, que estaba maldito y que podía sumir en tremendas desgracias a quien resolviera adueñarse del aparato. Pero lo significativo, quedando como residuo de reflexión, que cualquier acontecimiento por insignificante que sea, motiva para construir una historia que tal vez pertenezca simplemente a los espejismos mentales de la curiosidad humana.
HÉCTOR COBAS
LA VIDA SENCILLA
¿Convocar al pensamiento para introducirnos en la poesía de Octavio Paz? Camino sinuoso pero transitable buscando un lenguaje para penetrar en la esencia de lo indeterminado. El hombre definido como Ser-ahí, arrojado al mundo, buscando echar anclas en fundamentos ahora perdidos e imposibles de rescatar; embarcados en vanos retornos con un pensar lógico y abstracto de un intelecto que ha perdido contacto con la vida y que sólo se refugia simplemente en un fundar la ciencia. Al rescate del sentido de la existencia, sólo acude la inspiración poética, que facilita los retornos a un lenguaje que descubra el misterio del ser o bien lo mantenga oculto en un decir sin fundamentos. Octavio Paz nos pone en contacto directo con el esencia del ser manifestado en un ente especial que es el hombre, solidificado en cuerpo-espíritu que se repone del trabajo de un quehacer esforzado en un mundo que construye sudoroso con sus manos , devolviendo el pleno significado a la palabra de “llamar al pan” pan y que éste “aparezca sobre el mantel” como siendo la culminación de un proceso de trigo triturado en la molienda, que se convierte en hogaza para alimentar al cuerpo y que le permite transformar la vida en canto y, “beber en la embriaguez y asir la vida” sumergiéndose en un baile rítmico en un mundo donde reine la armonía de una natural alegría y de poder “tocar la mano de un desconocido” sin que se interponga el puño crispado para golpear, sino que se perciba la mano extendida para sujetar al ser atormentado por un amargo simulacro de vida, hundida las más de las veces en una nada sin un futuro esperanzador. Octavio Paz, sólo nos pone ante un decir poético que nos señala un camino para recobrar un modo de ser sencillo y que en lo simple, descubramos el fundamento de una vida plena en una proximidad del ser, que se realiza en forma permanente en las cosas más cercanas, traducidos en significados de un lenguaje que nos devuelva lo auténtico del verdadero sentido del vivir, haciendo realidad aquello que alguien dijo como una verdad que viene de lo oculto del ser “lo que dura lo fundan los poetas”
¿Convocar al pensamiento para introducirnos en la poesía de Octavio Paz? Camino sinuoso pero transitable buscando un lenguaje para penetrar en la esencia de lo indeterminado. El hombre definido como Ser-ahí, arrojado al mundo, buscando echar anclas en fundamentos ahora perdidos e imposibles de rescatar; embarcados en vanos retornos con un pensar lógico y abstracto de un intelecto que ha perdido contacto con la vida y que sólo se refugia simplemente en un fundar la ciencia. Al rescate del sentido de la existencia, sólo acude la inspiración poética, que facilita los retornos a un lenguaje que descubra el misterio del ser o bien lo mantenga oculto en un decir sin fundamentos. Octavio Paz nos pone en contacto directo con el esencia del ser manifestado en un ente especial que es el hombre, solidificado en cuerpo-espíritu que se repone del trabajo de un quehacer esforzado en un mundo que construye sudoroso con sus manos , devolviendo el pleno significado a la palabra de “llamar al pan” pan y que éste “aparezca sobre el mantel” como siendo la culminación de un proceso de trigo triturado en la molienda, que se convierte en hogaza para alimentar al cuerpo y que le permite transformar la vida en canto y, “beber en la embriaguez y asir la vida” sumergiéndose en un baile rítmico en un mundo donde reine la armonía de una natural alegría y de poder “tocar la mano de un desconocido” sin que se interponga el puño crispado para golpear, sino que se perciba la mano extendida para sujetar al ser atormentado por un amargo simulacro de vida, hundida las más de las veces en una nada sin un futuro esperanzador. Octavio Paz, sólo nos pone ante un decir poético que nos señala un camino para recobrar un modo de ser sencillo y que en lo simple, descubramos el fundamento de una vida plena en una proximidad del ser, que se realiza en forma permanente en las cosas más cercanas, traducidos en significados de un lenguaje que nos devuelva lo auténtico del verdadero sentido del vivir, haciendo realidad aquello que alguien dijo como una verdad que viene de lo oculto del ser “lo que dura lo fundan los poetas”
HÉCTOR COBAS, MIRAMAR
RESONANCIAS MUSICALES
La vista se me nubló. El impacto del golpe fue terrible. Caí sumergido en una espesa niebla y envuelto en una sensación de caída en un interminable pozo sin fondo, mientras continuaba en mí cerebro un silbante aullido de voces entrecortadas y el ulular incesante de la música que invadía sin interrupción ese tenue espacio de conciencia que me quedaba. ¡Sí, ahora recordaba! Eran los acordes de la banda de sonido del film “La Misión”! Alex la hizo escuchar y la propuso como tema para la próxima reunión del taller literario. La proposición era sugerente y había quedado grabada en mi mente esperando el momento en que me decidiera expresarla en palabras, pero sabiendo que de ninguna manera reflejarían la magnitud sonora de la música que acompañaron al verde intenso de la selva tropical y la evocación de la expulsión de esos monjes que sólo habían querido salvar de la esclavitud a los nativos sojuzgados por una conquista cruel hecha con la espada y con una cruz, símbolo de un dios aliado a la opresión como impulso de un avasallante dominio de poder y de fuerza. La música lo invadía todo, fluctuaba de suaves acordes, a lentas cadencias y mortecinos silencios rodeados en gritos envolventes y discontinuos por una emoción que no terminaba de definirse y complementaban a las imágenes que iban acercándose al horizonte del inconsciente y borrándose lentamente. Pero la música seguía escuchándose y recordaba sutilmente lo que había escrito no hacía mucho tiempo “los demonios que nos controlan no rezan, son dominados por la música que es la esencia de todo el cosmos. A través de ella se conserva el ritmo y el enlace de todas las cosas y nos llevan a la unidad y a la verdad del ser”. Luego todo se fue fundiendo en una nada espesa y angustiosa y el sueño sin imágenes ganó la escena con un largo letargo.
La vista se me nubló. El impacto del golpe fue terrible. Caí sumergido en una espesa niebla y envuelto en una sensación de caída en un interminable pozo sin fondo, mientras continuaba en mí cerebro un silbante aullido de voces entrecortadas y el ulular incesante de la música que invadía sin interrupción ese tenue espacio de conciencia que me quedaba. ¡Sí, ahora recordaba! Eran los acordes de la banda de sonido del film “La Misión”! Alex la hizo escuchar y la propuso como tema para la próxima reunión del taller literario. La proposición era sugerente y había quedado grabada en mi mente esperando el momento en que me decidiera expresarla en palabras, pero sabiendo que de ninguna manera reflejarían la magnitud sonora de la música que acompañaron al verde intenso de la selva tropical y la evocación de la expulsión de esos monjes que sólo habían querido salvar de la esclavitud a los nativos sojuzgados por una conquista cruel hecha con la espada y con una cruz, símbolo de un dios aliado a la opresión como impulso de un avasallante dominio de poder y de fuerza. La música lo invadía todo, fluctuaba de suaves acordes, a lentas cadencias y mortecinos silencios rodeados en gritos envolventes y discontinuos por una emoción que no terminaba de definirse y complementaban a las imágenes que iban acercándose al horizonte del inconsciente y borrándose lentamente. Pero la música seguía escuchándose y recordaba sutilmente lo que había escrito no hacía mucho tiempo “los demonios que nos controlan no rezan, son dominados por la música que es la esencia de todo el cosmos. A través de ella se conserva el ritmo y el enlace de todas las cosas y nos llevan a la unidad y a la verdad del ser”. Luego todo se fue fundiendo en una nada espesa y angustiosa y el sueño sin imágenes ganó la escena con un largo letargo.
Héctor Cobas, Miramar
EL ASCENSO
El término “ascenso” indica un estado de subida, de alcanzar una meta más alta o elevada. Es muy usada en el lenguaje cotidiano, pero también en otras disciplinas como es la sociología que nos habla por ejemplo del ascenso social de ciertos sectores de la población que acceden a otros planos de mayores beneficios. Del mismo modo es utilizado por la ética cuando nos habla de alcanzar niveles superiores de modelos que realcen al ser humano y lo dignifiquen. También es usado en teología cuando se nos habla del ascenso de Cristo a los cielos. De manera similar es usado en metafísica, principalmente en la actitud del pensador que debe elevarse en el plano del conocimiento y lograr asir los paradigmas que en la filosofía platónica se encuentran en la dimensión superior del topo uranos y permiten acceder al pensador a la potestad de la verdad. Pero lo importante es encontrar en este vocablo la interpretación que está ligada con la noción de escalar, trepar y también de crecimiento para alcanzar alturas que sólo se disponen y se experimentan en los planos psicológicos y/o anímicos. Asimismo, y para una mayor comprensión tendríamos que contraponerlo con su antagónico que es descender y que implica el estar en un plano y encontrarse en otro inferior. Pero lo importante que tanto el ascender como descender siempre implica un grado de conflicto y ligado inevitablemente con el estado de ánimo y es enunciado en el decir simbólico de la palabra originaria que guarda relación esencial con el modo de ser existente, que somos nosotros mismos y que un pensador como Heidegger lo define como el Dasein, traducido al español como Ser ahí. Ese Ser que tiene como condición la de “ser o estar en el mundo” y que experimenta en su ser ese estado que lo dispone como pasajero efímero en un tiempo que se le da y que se hace manifiesto como proyecto. Así definido el ser humano es interpretado desde la ontología que sirve de base o fundamento para ir constituyendo las distintas disciplinas que son las manifestaciones de la cultura que compendian las expresiones religiosas, científicas , el arte y la filosofía en general ; haciéndose extensibles para interpretar la cotidianidad con la consabida vulnerabilidad que sufrimos en cuanto seres con proyectos , insertos en acontecimientos que se nos revelan en nuestro ser como enigmas a desentrañar, y que experimentamos como circunstancias meramente personales, pero que son en verdad, expresiones del ser concebidos como eventos moldeados desde el ámbito de nuestra libertad. Sobre estos errantes caminos, los pensadores y poetas pretenden mantener vigentes, a través de la palabra, las más de las veces vagamente comprendidas, ese último residuo del misterio del ser; sostenidos desde lo oculto en una cultura aparentemente desmitificadora como la que se nos revela en la actualidad.
El término “ascenso” indica un estado de subida, de alcanzar una meta más alta o elevada. Es muy usada en el lenguaje cotidiano, pero también en otras disciplinas como es la sociología que nos habla por ejemplo del ascenso social de ciertos sectores de la población que acceden a otros planos de mayores beneficios. Del mismo modo es utilizado por la ética cuando nos habla de alcanzar niveles superiores de modelos que realcen al ser humano y lo dignifiquen. También es usado en teología cuando se nos habla del ascenso de Cristo a los cielos. De manera similar es usado en metafísica, principalmente en la actitud del pensador que debe elevarse en el plano del conocimiento y lograr asir los paradigmas que en la filosofía platónica se encuentran en la dimensión superior del topo uranos y permiten acceder al pensador a la potestad de la verdad. Pero lo importante es encontrar en este vocablo la interpretación que está ligada con la noción de escalar, trepar y también de crecimiento para alcanzar alturas que sólo se disponen y se experimentan en los planos psicológicos y/o anímicos. Asimismo, y para una mayor comprensión tendríamos que contraponerlo con su antagónico que es descender y que implica el estar en un plano y encontrarse en otro inferior. Pero lo importante que tanto el ascender como descender siempre implica un grado de conflicto y ligado inevitablemente con el estado de ánimo y es enunciado en el decir simbólico de la palabra originaria que guarda relación esencial con el modo de ser existente, que somos nosotros mismos y que un pensador como Heidegger lo define como el Dasein, traducido al español como Ser ahí. Ese Ser que tiene como condición la de “ser o estar en el mundo” y que experimenta en su ser ese estado que lo dispone como pasajero efímero en un tiempo que se le da y que se hace manifiesto como proyecto. Así definido el ser humano es interpretado desde la ontología que sirve de base o fundamento para ir constituyendo las distintas disciplinas que son las manifestaciones de la cultura que compendian las expresiones religiosas, científicas , el arte y la filosofía en general ; haciéndose extensibles para interpretar la cotidianidad con la consabida vulnerabilidad que sufrimos en cuanto seres con proyectos , insertos en acontecimientos que se nos revelan en nuestro ser como enigmas a desentrañar, y que experimentamos como circunstancias meramente personales, pero que son en verdad, expresiones del ser concebidos como eventos moldeados desde el ámbito de nuestra libertad. Sobre estos errantes caminos, los pensadores y poetas pretenden mantener vigentes, a través de la palabra, las más de las veces vagamente comprendidas, ese último residuo del misterio del ser; sostenidos desde lo oculto en una cultura aparentemente desmitificadora como la que se nos revela en la actualidad.
HÉCTOR COBAS, MIRAMAR
LA SOLEDAD
Fue un despertar tal vez no buscado. Caminaba solitario por la playa y de pronto surgió en mí un anhelo de empezar a participar del mundo errante de mis pensamientos. ¡Qué raro era percibirse en ese estado de autoconciencia! Es como si el mundo interior se trastocara y ese barullo de ideas, recuerdos, imágenes, que hasta esos momentos conformaban una parte constitutiva con la propia conciencia, pasaba en un instante a ser el objeto mismo de la contemplación. Era mi mundo y yo en ese mundo. Ese espacio íntimo abierto se constituía a no dudarlo, en un profundo misterio del cual no sólo me permitía vincularme con el mundo circundante, sino también abismarme en mi propia experiencia y ser un punto de mira, donde lo otro era mi propia existencia vivida, reflejada como en una pantalla que llevaba adherida conmigo y que podía hacerla presente en el momento que me lo propusiera. Ese acto consciente me estimuló para ulteriores incursiones en esos estados de conciencia que llevaban a imaginarme la conciencia, como un infinito océano y que en sus profundas aguas navegaban como veleros, pensamientos, algunos concretados en conceptos abstractos, otros involucrados con imágenes y símbolos de cosas y hechos vividos en otros momentos y que se resolvían como recuerdos evocados en este presente con algo de cinematográfico, integrando a la par mi entorno rodeado de un renovado mar ahora real y no imaginado, que se perdía en el horizonte mientras una fina arena se resbalaba como una tenue caricia entre mis manos. En esos instantes de éxtasis me sentí transportado a un mundo del cual era partícipe y al mismo tiempo fantaseado por un yo duplicado en una ilusión pero que no dejaba de tener mi propio sello personal. Luego todo se escurrió repentinamente en un loco frenesí de ruidos que llegaron de un aparato electrónico que trastornó el ambiente. Era lo desigual de ese otro orden no buscado por mí, y que me despojaba de mi cosmos solitario en el cual estaba sumergido y habitando silenciosamente en lo más profundo de mí ser. Y en un instante llegué a comprender que en la soledad las experiencias psíquicas se funden en una totalidad armoniosa y placentera, pero pasan a ser partículas de cenizas que se incineran con el contacto de otros mundos situados en diferentes centros de conciencia disímiles del mío. Seguí caminando pero el punto de vista fue otro.
Fue un despertar tal vez no buscado. Caminaba solitario por la playa y de pronto surgió en mí un anhelo de empezar a participar del mundo errante de mis pensamientos. ¡Qué raro era percibirse en ese estado de autoconciencia! Es como si el mundo interior se trastocara y ese barullo de ideas, recuerdos, imágenes, que hasta esos momentos conformaban una parte constitutiva con la propia conciencia, pasaba en un instante a ser el objeto mismo de la contemplación. Era mi mundo y yo en ese mundo. Ese espacio íntimo abierto se constituía a no dudarlo, en un profundo misterio del cual no sólo me permitía vincularme con el mundo circundante, sino también abismarme en mi propia experiencia y ser un punto de mira, donde lo otro era mi propia existencia vivida, reflejada como en una pantalla que llevaba adherida conmigo y que podía hacerla presente en el momento que me lo propusiera. Ese acto consciente me estimuló para ulteriores incursiones en esos estados de conciencia que llevaban a imaginarme la conciencia, como un infinito océano y que en sus profundas aguas navegaban como veleros, pensamientos, algunos concretados en conceptos abstractos, otros involucrados con imágenes y símbolos de cosas y hechos vividos en otros momentos y que se resolvían como recuerdos evocados en este presente con algo de cinematográfico, integrando a la par mi entorno rodeado de un renovado mar ahora real y no imaginado, que se perdía en el horizonte mientras una fina arena se resbalaba como una tenue caricia entre mis manos. En esos instantes de éxtasis me sentí transportado a un mundo del cual era partícipe y al mismo tiempo fantaseado por un yo duplicado en una ilusión pero que no dejaba de tener mi propio sello personal. Luego todo se escurrió repentinamente en un loco frenesí de ruidos que llegaron de un aparato electrónico que trastornó el ambiente. Era lo desigual de ese otro orden no buscado por mí, y que me despojaba de mi cosmos solitario en el cual estaba sumergido y habitando silenciosamente en lo más profundo de mí ser. Y en un instante llegué a comprender que en la soledad las experiencias psíquicas se funden en una totalidad armoniosa y placentera, pero pasan a ser partículas de cenizas que se incineran con el contacto de otros mundos situados en diferentes centros de conciencia disímiles del mío. Seguí caminando pero el punto de vista fue otro.
HÉCTOR COBAS
EL MUNDO DE LOS SUEÑOS.
Creo que los sueños son la sustancia de la psiquis, es decir ya han dejado de ser las manifestaciones de un más allá que los dicta y que están relacionados a mi destino personal, para pasar a ser interpretados desde otros ámbitos, como los intereses del inconsciente cuando el estado de vigilia se repliega y ya no estoy atento en disimular la vida de los instintos y del mundo condicionante de lo normativo. Por eso tal vez, para una mejor comprensión, sea más ventajoso el poder instalarme en esa zona que Bergman ha llamado la hora del lobo, donde lo consciente se funde con lo inconsciente en las horas crepusculares de la noche, y emergen de esa oscuridad un laberinto indefinido de surcos, donde las imágenes se funden unas con otras dejando las más de las veces inconcluso el relato que yace en esa incoherencia que desplaza toda lógica. Es un espacio abierto en que puedo sumergirme y tratar de navegar por un inmenso río sin límites definidos, en donde surgen las cabezas de monstruos subterráneos que interceptan mi andar para querer devorarme, mientras un sentimiento de terror me arranca de los soportes de un cuerpo enteramente rígido que quiere huir y no puede hacerlo porque lo impide una parálisis de músculos encogidos que no responden a los mandatos de la mente.¡Ah que liberación, cuando la situación onírica cambia y todo se resuelve en otra atmósfera ahora densa poblada con otros rastros de imágenes que señalan otras historias! Un inmenso reloj hace su aparición sin las manecillas que marquen las horas que se hunden en la arena de un inmenso desierto en el que vagabundeo sin tener un rumbo fijo que seguir y donde ya no se manifiesta ninguna cosa porque han sido alzados por un impetuoso viento que se ha transformado en un vigoroso tornado y que amenaza con llevarme también en su atropellada agitación. Y así sin orden, no estando sujeto al espacio y al tiempo las imágenes se suceden unas a otras, dispersándose en una asociación libre sin intervención de la atención, ni de la voluntad en ese cosmos fantasmagórico que queda sujeto las más de las veces al olvido o bien cuando al despertar me reintegro súbitamente a ese estado de conciencia que llamo real y desde esa óptica trato de interpretarlo con ese instrumento que se llama “razón”, tropezando con las resistencias oscuras de los fundamentos, que dicen revelarse en la reflexión científica, pero que descubro sigue siendo ese mundo oculto, sólo entrevisto como un enigma por el pensar poético.
Creo que los sueños son la sustancia de la psiquis, es decir ya han dejado de ser las manifestaciones de un más allá que los dicta y que están relacionados a mi destino personal, para pasar a ser interpretados desde otros ámbitos, como los intereses del inconsciente cuando el estado de vigilia se repliega y ya no estoy atento en disimular la vida de los instintos y del mundo condicionante de lo normativo. Por eso tal vez, para una mejor comprensión, sea más ventajoso el poder instalarme en esa zona que Bergman ha llamado la hora del lobo, donde lo consciente se funde con lo inconsciente en las horas crepusculares de la noche, y emergen de esa oscuridad un laberinto indefinido de surcos, donde las imágenes se funden unas con otras dejando las más de las veces inconcluso el relato que yace en esa incoherencia que desplaza toda lógica. Es un espacio abierto en que puedo sumergirme y tratar de navegar por un inmenso río sin límites definidos, en donde surgen las cabezas de monstruos subterráneos que interceptan mi andar para querer devorarme, mientras un sentimiento de terror me arranca de los soportes de un cuerpo enteramente rígido que quiere huir y no puede hacerlo porque lo impide una parálisis de músculos encogidos que no responden a los mandatos de la mente.¡Ah que liberación, cuando la situación onírica cambia y todo se resuelve en otra atmósfera ahora densa poblada con otros rastros de imágenes que señalan otras historias! Un inmenso reloj hace su aparición sin las manecillas que marquen las horas que se hunden en la arena de un inmenso desierto en el que vagabundeo sin tener un rumbo fijo que seguir y donde ya no se manifiesta ninguna cosa porque han sido alzados por un impetuoso viento que se ha transformado en un vigoroso tornado y que amenaza con llevarme también en su atropellada agitación. Y así sin orden, no estando sujeto al espacio y al tiempo las imágenes se suceden unas a otras, dispersándose en una asociación libre sin intervención de la atención, ni de la voluntad en ese cosmos fantasmagórico que queda sujeto las más de las veces al olvido o bien cuando al despertar me reintegro súbitamente a ese estado de conciencia que llamo real y desde esa óptica trato de interpretarlo con ese instrumento que se llama “razón”, tropezando con las resistencias oscuras de los fundamentos, que dicen revelarse en la reflexión científica, pero que descubro sigue siendo ese mundo oculto, sólo entrevisto como un enigma por el pensar poético.
Héctor Cobas, Miramar, Argentina
EL CÍRCULO MISTERIOSO
“Todo ser tiene su tiempo” es una máxima para pensarla en profundidad. Viendo una foto, que ocasionalmente había llegado a mí poder, me quedé absorto examinándola, pues me motivaba para seguir profundizando en aquella estampa que se ofrecía impensadamente a mi mirada. Lo primero que vislumbré fue un círculo de material, que me imaginaba era parte de la construcción de una vivienda que eventualmente había quedado abandonada. Tenía una abertura sin puerta de acceso y en su interior se observaba un televisor con su pantalla iluminada. ¿Qué historia de vidas se habrán tejido en su interior? Tal vez perduren en los recuerdos de los personajes que la habitaron o quizás ya murieron, quedando sólo huellas en mentes que ya transitan por otros derroteros. “Todo ser tiene su tiempo” ese dicho del Eclesiastés me da vueltas y más vueltas en mi cerebro. Pero no sólo los humanos contamos con esa dimensión que llamamos “tiempo”. También podemos percibirlo en las cosas que nos rodean y del mismo modo pude distinguirlo en la foto de esa construcción que tenía delante de mis ojos, como una imagen cristalizada en un eterno presente que se hace manifiesto sólo al observador que intente prestarle atención. “Todo ser tiene su tiempo”, “hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar”. No tengo la menor duda que los personajes que allí vivieron rieron, lloraron y también habrán imaginados futuros venturosos o espantosos, y tal vez hoy, habitaran otros lugares alejados de esa misteriosa finca, y plasmaran otros sueños, edificados con despojos de otras representaciones igualmente imaginarias. Pero súbitamente me detuve y observé el curso de mi propio pensamiento. Todas estas posibles historias no habían sido nada más que ejercicios fantasiosos de mi mente. Y germinó de improviso esa idea de infinito que es una partición imprecisa del tiempo que descubro en los recuerdos o en las proyecciones que van al futuro, desde un presente también errante, y que no puedo detener en ningún instante de su acontecer, y que permanentemente se me escapan como volutas de humo sin posibilidad de concretarlo, aunque experimento el ponerlo por escrito para que subsista como un sello indeleble y trascienda las evanescentes fronteras temporales. Y nació ante mí el recuerdo de un texto de Salvador Elizondo: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía”. Y así me percibí a mi mismo, escribiendo sobre el infinito y el tiempo, inspirado en una foto que fortuitamente había aparecido ante mí, y que sirvió como un itinerario imaginario para que la vieja casona y sus posibles habitantes fantasmales no murieran definitivamente, sino que se recrearan en el pensamiento de otras infinitas mentes, que como espejos reflejen infinitamente sus historias reales o inventadas. Pero eso pertenece a otro ámbito, que ya no interesan al lenguaje poético-literario.
“Todo ser tiene su tiempo” es una máxima para pensarla en profundidad. Viendo una foto, que ocasionalmente había llegado a mí poder, me quedé absorto examinándola, pues me motivaba para seguir profundizando en aquella estampa que se ofrecía impensadamente a mi mirada. Lo primero que vislumbré fue un círculo de material, que me imaginaba era parte de la construcción de una vivienda que eventualmente había quedado abandonada. Tenía una abertura sin puerta de acceso y en su interior se observaba un televisor con su pantalla iluminada. ¿Qué historia de vidas se habrán tejido en su interior? Tal vez perduren en los recuerdos de los personajes que la habitaron o quizás ya murieron, quedando sólo huellas en mentes que ya transitan por otros derroteros. “Todo ser tiene su tiempo” ese dicho del Eclesiastés me da vueltas y más vueltas en mi cerebro. Pero no sólo los humanos contamos con esa dimensión que llamamos “tiempo”. También podemos percibirlo en las cosas que nos rodean y del mismo modo pude distinguirlo en la foto de esa construcción que tenía delante de mis ojos, como una imagen cristalizada en un eterno presente que se hace manifiesto sólo al observador que intente prestarle atención. “Todo ser tiene su tiempo”, “hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar”. No tengo la menor duda que los personajes que allí vivieron rieron, lloraron y también habrán imaginados futuros venturosos o espantosos, y tal vez hoy, habitaran otros lugares alejados de esa misteriosa finca, y plasmaran otros sueños, edificados con despojos de otras representaciones igualmente imaginarias. Pero súbitamente me detuve y observé el curso de mi propio pensamiento. Todas estas posibles historias no habían sido nada más que ejercicios fantasiosos de mi mente. Y germinó de improviso esa idea de infinito que es una partición imprecisa del tiempo que descubro en los recuerdos o en las proyecciones que van al futuro, desde un presente también errante, y que no puedo detener en ningún instante de su acontecer, y que permanentemente se me escapan como volutas de humo sin posibilidad de concretarlo, aunque experimento el ponerlo por escrito para que subsista como un sello indeleble y trascienda las evanescentes fronteras temporales. Y nació ante mí el recuerdo de un texto de Salvador Elizondo: “Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía”. Y así me percibí a mi mismo, escribiendo sobre el infinito y el tiempo, inspirado en una foto que fortuitamente había aparecido ante mí, y que sirvió como un itinerario imaginario para que la vieja casona y sus posibles habitantes fantasmales no murieran definitivamente, sino que se recrearan en el pensamiento de otras infinitas mentes, que como espejos reflejen infinitamente sus historias reales o inventadas. Pero eso pertenece a otro ámbito, que ya no interesan al lenguaje poético-literario.
HÉCTOR COBAS
CONFESION NOSTÁLGICA
Creo que todo ser humano pensante alguna vez se planteó el suicidio como una posibilidad de salir de ciertos estados que lindan con la melancolía y la pérdida del sentido de la vida. Haciendo referencia a autores que escribieron al respecto son de los que conozco dos: Antonin Artaud y Albert Camús. Ambos lo plantearon desde el punto de vista existencial como una hipótesis, que en última instancia no era otra cosa que eliminar el absurdo de la existencia. En lo personal atravesé por esa etapa. Era una revuelta contra un mundo que se concebía como artificial y banal del burgués, instalado cómodamente en las poltronas del mero "bienestar económico" y encerrado en el pequeño mundo de un yo egoísta y superficial. En esa época los que presumíamos de intelectuales, nos regodeábamos con la "Nausea" de Jean Paúl Sartre o con el Mito de Sísifo o El hombre rebelde de Camús y porque no con el Lobo Estepario de Hermann Hessen. Rebeldía y nausea que embestían contra esos mundos prefabricados. Por un lado algunos de mi generación habíamos dejado de lado el proyecto de cambiar el mundo. Ese supuesto cambio que en su momento fue la reclusión en la utopía se fue desmoronando, atravesada con la violencia, con el agregado de un sufrimiento estéril y de la muerte sin sentido. Muerte, desolación, sufrimiento injusto y devastador nos mostraban el absurdo de vivir en un mundo carente de amor y de solidaridad. Es difícil cambiar cuando hay odio y arrebato de ira. Ese odio genera más odio y más violencia interna y externa. En fin como se puede vislumbrar la impronta de ese momento desesperado para algunos: suicidarse o huir a la espera de encontrar otros ámbitos del pensar más sosegados y libres de tanto horror fue el camino individual de muchos. En esos momentos el mar, un lugar bastante solitario, un bosque que flanqueaba cerca de mi casa, fueron un refugio de un exilio donde encontré nuevamente el ansia de vivir. Era una forma, tal vez poco heroica de huir de tanto nihilismo.
Sin embargo, la experiencia en su momento de sentirme un desertor y de renunciar a cierto protagonismo me acompañó durante mucho tiempo. Pero honestamente seguí en la lucha de otro modo y comprendiendo la vida de otro ángulo sin las fantasías del éxito y de la vana realización en mundos no queridos conscientemente. En última instancia la "experiencia del ser como una nada" es muy fuerte, es un disolverse en un vacío donde lo único que sale a la luz es solamente el ente. Si le quitamos a la vida el movimiento y el transcurrir creo que la vaciamos de su máxima expresión. Por eso quizá la poesía, la sana literatura y el retorno a pensarla como algo sacro (como misterio y no como algo divino exclusivamente) es lo único válido. Lo demás es sólo circunstancia y la alternancia de poder vivir más en un mundo posible que el mundo devaluado de aquello que nos han dicho que es el mundo "real". ¿Real con respecto a qué? En algún momento les diré como pienso esa "posibilidad". Creo que en esa clave del pensar ahuyentamos el sinsentido, el nihilismo devastador y la idea del suicidio queda debilitada por la vida.
(hectorco@infovia.com.ar)
Creo que todo ser humano pensante alguna vez se planteó el suicidio como una posibilidad de salir de ciertos estados que lindan con la melancolía y la pérdida del sentido de la vida. Haciendo referencia a autores que escribieron al respecto son de los que conozco dos: Antonin Artaud y Albert Camús. Ambos lo plantearon desde el punto de vista existencial como una hipótesis, que en última instancia no era otra cosa que eliminar el absurdo de la existencia. En lo personal atravesé por esa etapa. Era una revuelta contra un mundo que se concebía como artificial y banal del burgués, instalado cómodamente en las poltronas del mero "bienestar económico" y encerrado en el pequeño mundo de un yo egoísta y superficial. En esa época los que presumíamos de intelectuales, nos regodeábamos con la "Nausea" de Jean Paúl Sartre o con el Mito de Sísifo o El hombre rebelde de Camús y porque no con el Lobo Estepario de Hermann Hessen. Rebeldía y nausea que embestían contra esos mundos prefabricados. Por un lado algunos de mi generación habíamos dejado de lado el proyecto de cambiar el mundo. Ese supuesto cambio que en su momento fue la reclusión en la utopía se fue desmoronando, atravesada con la violencia, con el agregado de un sufrimiento estéril y de la muerte sin sentido. Muerte, desolación, sufrimiento injusto y devastador nos mostraban el absurdo de vivir en un mundo carente de amor y de solidaridad. Es difícil cambiar cuando hay odio y arrebato de ira. Ese odio genera más odio y más violencia interna y externa. En fin como se puede vislumbrar la impronta de ese momento desesperado para algunos: suicidarse o huir a la espera de encontrar otros ámbitos del pensar más sosegados y libres de tanto horror fue el camino individual de muchos. En esos momentos el mar, un lugar bastante solitario, un bosque que flanqueaba cerca de mi casa, fueron un refugio de un exilio donde encontré nuevamente el ansia de vivir. Era una forma, tal vez poco heroica de huir de tanto nihilismo.
Sin embargo, la experiencia en su momento de sentirme un desertor y de renunciar a cierto protagonismo me acompañó durante mucho tiempo. Pero honestamente seguí en la lucha de otro modo y comprendiendo la vida de otro ángulo sin las fantasías del éxito y de la vana realización en mundos no queridos conscientemente. En última instancia la "experiencia del ser como una nada" es muy fuerte, es un disolverse en un vacío donde lo único que sale a la luz es solamente el ente. Si le quitamos a la vida el movimiento y el transcurrir creo que la vaciamos de su máxima expresión. Por eso quizá la poesía, la sana literatura y el retorno a pensarla como algo sacro (como misterio y no como algo divino exclusivamente) es lo único válido. Lo demás es sólo circunstancia y la alternancia de poder vivir más en un mundo posible que el mundo devaluado de aquello que nos han dicho que es el mundo "real". ¿Real con respecto a qué? En algún momento les diré como pienso esa "posibilidad". Creo que en esa clave del pensar ahuyentamos el sinsentido, el nihilismo devastador y la idea del suicidio queda debilitada por la vida.
(hectorco@infovia.com.ar)
HÉCTOR COBAS, Miramar, Argentina
LOS SENDEROS CIRCULARES
LOS SENDEROS CIRCULARES Y LABERÍNTICOS
AHORA ESTARÉ COMO MI HIJO: EL HIJO QUE HE ENGENDRADO ME ESPERA Y NO EXISTIRA SI NO VOY.
"Las ruinas circulares" J.L.Borges.
Cuando alguien se decide a leer a Borges se encuentra en un mundo donde lo a priori es un encuentro profundo con lo esencial de la existencia. Entonces Borges pasa a ser uno de los escritores preferidos. En particular permanentemente leo y releo sus cuentos que me impulsan a saltar en el pensamiento. Con un decir sutil nos invita a transitar los caminos de un pensar que nos lleva por círculos y laberintos. Borges rompe con la concepción de concebir una linealidad del tiempo y compone espacios lindantes como los que concebimos en los sueños.
Una pregunta se hace indispensable y que a veces se torna incontestable ¿Qué es lo real? ¿Dónde encontramos su esencia? ¿Cuál es su verdad? ¿Es acaso lo que percibimos por los sentidos o es aquello que tiene un ser sustancial y que reposa fuera de nuestro pensamiento? ¿Es la imagen que mediatiza a la cosa convirtiéndola en objeto para un sujeto? ¿Qué papel juega la imaginación en todo esto? ¿Acaso no es todo aquello que concebimos como algo que se patentiza en el sentido de definirlo como realización o concretización en un tiempo presente? ¿Acaso no será un obrar de nuestra mente y un albergar las proyecciones o pensamientos de otros que han tomado posesión de nosotros? Y ya con todas estas preguntas nos metimos en el meollo de la metafísica. Por eso, tal vez amigo lector no seas otra cosa que una invención mía y yo no sea otra cosa que una invención tuya. ¿Que es toda esta magia de encuentros fantasmales a través de una computadora o del escrito de una revista o periódico que está concretada en una abstracción de ondas que se han desplegado a través del cosmos por cientos de Km. de distancia? ¿Acaso no estaremos creando seres fantasmales que nunca se independizaran de nosotros? Yo siempre tuve esa obsesión. Tal vez me faltó eso que se llama estar convencido o tener la certeza de que es lo verdadero. ¿Acaso los productos de lo que pienso no serán elucubraciones sobre el ente más bien conectados con lo deforme y falto de coherencia lógica? ¿Y pensar como equivalente al término LOGOS no es acaso por definición "juntar, relacionar, unir lo que está disperso" en este caso en nuestras mentes como los retazos de nuestros pensamientos que aún no tienen una forma determinada? ¿No es ese el laberinto borgeano que se produce en el sueño y que nos impulsa a seguir durmiendo para seguir soñando y no dejar pendiente algo inconcluso que no será otra cosa que nuestros hijos fantasmales y no como individuos ahora independientes y que a su vez pueden en algún otro momentos soñarnos como los seres irrealizados de sus propias mentes?
Por eso creo que es el momento de liberar condicionamientos y habitar decididamente en los laberintos y en el pensamiento circular. La linealidad y el delimitar las cosas por el principio de las causas y efectos no son otra cosa que el pensar en una dirección determinada que yo llamo "el pensamiento calculante" o que todo lo resuelve en el cálculo y en su estimulación para el dominio y la consecución del poder. (Fundamentalmente el pensamiento pragmatista). Creo que hay que intentar otra vía alternativa para completar aquél con el cual nos piensan desde el ámbito del poder y de cómo nosotros a su vez pensamos aquello que llamamos lo real como lo otro. Es una tarea a la cual tenemos que esforzarnos para ir consiguiendo espacios de libertad interior para recuperar el ser auténtico que por múltiples barreras nos impiden abordarlo.
(hectorco@infovia.com.ar)
LOS SENDEROS CIRCULARES Y LABERÍNTICOS
AHORA ESTARÉ COMO MI HIJO: EL HIJO QUE HE ENGENDRADO ME ESPERA Y NO EXISTIRA SI NO VOY.
"Las ruinas circulares" J.L.Borges.
Cuando alguien se decide a leer a Borges se encuentra en un mundo donde lo a priori es un encuentro profundo con lo esencial de la existencia. Entonces Borges pasa a ser uno de los escritores preferidos. En particular permanentemente leo y releo sus cuentos que me impulsan a saltar en el pensamiento. Con un decir sutil nos invita a transitar los caminos de un pensar que nos lleva por círculos y laberintos. Borges rompe con la concepción de concebir una linealidad del tiempo y compone espacios lindantes como los que concebimos en los sueños.
Una pregunta se hace indispensable y que a veces se torna incontestable ¿Qué es lo real? ¿Dónde encontramos su esencia? ¿Cuál es su verdad? ¿Es acaso lo que percibimos por los sentidos o es aquello que tiene un ser sustancial y que reposa fuera de nuestro pensamiento? ¿Es la imagen que mediatiza a la cosa convirtiéndola en objeto para un sujeto? ¿Qué papel juega la imaginación en todo esto? ¿Acaso no es todo aquello que concebimos como algo que se patentiza en el sentido de definirlo como realización o concretización en un tiempo presente? ¿Acaso no será un obrar de nuestra mente y un albergar las proyecciones o pensamientos de otros que han tomado posesión de nosotros? Y ya con todas estas preguntas nos metimos en el meollo de la metafísica. Por eso, tal vez amigo lector no seas otra cosa que una invención mía y yo no sea otra cosa que una invención tuya. ¿Que es toda esta magia de encuentros fantasmales a través de una computadora o del escrito de una revista o periódico que está concretada en una abstracción de ondas que se han desplegado a través del cosmos por cientos de Km. de distancia? ¿Acaso no estaremos creando seres fantasmales que nunca se independizaran de nosotros? Yo siempre tuve esa obsesión. Tal vez me faltó eso que se llama estar convencido o tener la certeza de que es lo verdadero. ¿Acaso los productos de lo que pienso no serán elucubraciones sobre el ente más bien conectados con lo deforme y falto de coherencia lógica? ¿Y pensar como equivalente al término LOGOS no es acaso por definición "juntar, relacionar, unir lo que está disperso" en este caso en nuestras mentes como los retazos de nuestros pensamientos que aún no tienen una forma determinada? ¿No es ese el laberinto borgeano que se produce en el sueño y que nos impulsa a seguir durmiendo para seguir soñando y no dejar pendiente algo inconcluso que no será otra cosa que nuestros hijos fantasmales y no como individuos ahora independientes y que a su vez pueden en algún otro momentos soñarnos como los seres irrealizados de sus propias mentes?
Por eso creo que es el momento de liberar condicionamientos y habitar decididamente en los laberintos y en el pensamiento circular. La linealidad y el delimitar las cosas por el principio de las causas y efectos no son otra cosa que el pensar en una dirección determinada que yo llamo "el pensamiento calculante" o que todo lo resuelve en el cálculo y en su estimulación para el dominio y la consecución del poder. (Fundamentalmente el pensamiento pragmatista). Creo que hay que intentar otra vía alternativa para completar aquél con el cual nos piensan desde el ámbito del poder y de cómo nosotros a su vez pensamos aquello que llamamos lo real como lo otro. Es una tarea a la cual tenemos que esforzarnos para ir consiguiendo espacios de libertad interior para recuperar el ser auténtico que por múltiples barreras nos impiden abordarlo.
(hectorco@infovia.com.ar)
HÉCTOR COBAS, Miramar, Argentina
DESPERTAR EN LA PLAYA
Despertó en la playa. Ladeó la cabeza de un lado al otro y se encontró solo. El murmullo de las olas llegó a sus oídos y sus ojos miraron la lejanía, contemplando el vacío del horizonte. En un instante tuvo el acertado sentimiento de que había sido abandonado y la experiencia súbita de la soledad absoluta, ante la pérdida de su entorno tan familiar hasta ese momento. El amo de siempre que había jugueteado con él innumerables veces y que tantos mimos le había ofrecido, ya no estaba a su lado; se había ido quien sabe adónde, para no regresar a buscarlo. Esa sensación de desconcierto duró algunos minutos y aunque no estaba en su esencia el contabilizar el tiempo y que tal vez, la naturaleza solamente los había dotado para merodear por el espacio, lo llevó de improviso a la experiencia, de que el sitio en que estaba, de un lugar apacible y placentero, el paisaje se le había tornado arisco, lejos de ser hospitalario y poco favorable en donde arraigarse. Se levantó, miró hacia todos lados y comenzó la ardua tarea de caminar lentamente por una de las calles centrales de la ciudad, que para él era solamente un sendero más y que no tenía un nombre, ni número, y que esa caminata tampoco significaba ahora un paseo como cuando salía a correr con su amo y recordaba el sonido con que lo llamaba y que aparentemente en el lenguaje humano significaba algo, pero que para él no era nada más que el eco de una vaga letanía, al cual respondía con gestos de obediencia y alegría con espectaculares saltos que realizaba, alrededor de piernas conocidas y de aquella mano que sujetaba una correa que terminaba en algo así como una cadena arrollada a su pescuezo. Siguió caminando, observando cada cosa que se interponía en su camino. De pronto se dio cuenta que tenía hambre y sed. ¡Qué fácil resultaba antes el tener esas sensaciones y lo rápido con qué le suministraban esos elementos cuando los necesitaba! ¿Cómo haría ahora? Miró a su alrededor y vio un charco con agua. Al principio dudó pero la sed era muy grande, así que se precipitó rápidamente en el charco, que a él le pareció un oasis y sorbió esa estancada agua con ganas, una y otra vez, hasta saciar la sequedad áspera de su garganta. También y un poco más adelante vio un bulto tirado en la calle, lo rompió y con sorpresa comprobó que contenía comida que alguien había escondido en esa bolsa. Engulló con rapidez esos restos hasta terminarlos. Los humanos dicen, que sólo ellos son capaces de rumiar cosas en su cerebro pero él evidentemente rompía con esa regla. Y se le ocurrió cavilar que aquello que le ocurría ¿no sería acaso el precio que había que pagar por no contar con un dueño que le proporcionara el alimento y cierta protección, a cambio de soportar sus cambios de humor y las quejas que a veces tenía que sufrir y por qué no algún castigo corporal, cuando algo que hacía no estaba dentro de sus planes? Se sintió anímicamente un poco mejor y se alegró de poder ir libremente por donde deseara, sin que lo condicionaran con la cadena y le indicaran con golpes de soga el camino a seguir. También sospechó que surgirían inconvenientes y nuevos peligros y que el mundo que ahora se abría ante sus ojos no sería un lecho de rosas, pero experimentar lo que era ser libre y sin ataduras, era eso lo que en estos momentos importaba. Y ese súbito despertar lo embargó de una inmensa alegría y husmeando ávidamente el sendero, se alejó calle abajo hacia otro destino para él desconocido.
HÉCTOR COBAS, Argentina
EXPERIENCIAS SENSORIALES
El libro La Ciencia de la Lógica de Hegel, se deslizó suavemente sobre el muelle sofá que estaba a su lado. Tenía la vista cansada y sus párpados se cerraron por breves momentos para descansar un poco, luego de haber leído durante varias horas. Se paró y se asomó a una de las ventanas que daban frente a una playa con amarillas arenas cercada por grandes arbustos y que hacía un tiempo constituían su refugio del mundo. Respiró profundamente y trató de relajar su cuerpo todavía tenso de las largas horas que había insumido en la lectura de Hegel. Casi sin proponérselo una mirada sin límites trató de atrapar el mar, que tenía ante sí y que penetraba en su retina en forma de una imagen teñida de intenso azul y espumas aún amarillentas, que capturaban el mortecino sol del atardecer. Ello llamó poderosamente su atención, y su actitud varió, cuando comprobó la modificación que esa experiencia sensorial había provocado en su interior. Y ese fue el comienzo de su despertar, ahora compuesto de imágenes sonoras, de caricias imaginadas en su piel que envolvían las turbulentas aguas de las olas y esa enorme alegría de comprobar que ese instante descubierto en su conciencia estaba poblado de vida, donde danzaban un sinnúmero de sensaciones que como duendes iban devorando los conceptos abstractos de una lógica que trataba de descifrar al mundo, pero que se había olvidado de aquello más inmediato que nos regala la intuición sensible. Y advirtió en un momento la importancia de la luz que permitía ver los contornos sensibles de las cosas y que se adherían a las imágenes para poblar la interioridad de un cuerpo que las atrapaba y resplandecía de goce a sus suaves contactos. A partir de ese instante las observaciones del mundo fueron otras.
El libro La Ciencia de la Lógica de Hegel, se deslizó suavemente sobre el muelle sofá que estaba a su lado. Tenía la vista cansada y sus párpados se cerraron por breves momentos para descansar un poco, luego de haber leído durante varias horas. Se paró y se asomó a una de las ventanas que daban frente a una playa con amarillas arenas cercada por grandes arbustos y que hacía un tiempo constituían su refugio del mundo. Respiró profundamente y trató de relajar su cuerpo todavía tenso de las largas horas que había insumido en la lectura de Hegel. Casi sin proponérselo una mirada sin límites trató de atrapar el mar, que tenía ante sí y que penetraba en su retina en forma de una imagen teñida de intenso azul y espumas aún amarillentas, que capturaban el mortecino sol del atardecer. Ello llamó poderosamente su atención, y su actitud varió, cuando comprobó la modificación que esa experiencia sensorial había provocado en su interior. Y ese fue el comienzo de su despertar, ahora compuesto de imágenes sonoras, de caricias imaginadas en su piel que envolvían las turbulentas aguas de las olas y esa enorme alegría de comprobar que ese instante descubierto en su conciencia estaba poblado de vida, donde danzaban un sinnúmero de sensaciones que como duendes iban devorando los conceptos abstractos de una lógica que trataba de descifrar al mundo, pero que se había olvidado de aquello más inmediato que nos regala la intuición sensible. Y advirtió en un momento la importancia de la luz que permitía ver los contornos sensibles de las cosas y que se adherían a las imágenes para poblar la interioridad de un cuerpo que las atrapaba y resplandecía de goce a sus suaves contactos. A partir de ese instante las observaciones del mundo fueron otras.
Héctor Cobas, Miramar
MELODÍA DE SENSACIONES.
Las sensaciones me hunden en la tierra y desbordan en melodías de plenitud de vida!
Vista, tacto, gusto, olfato, oído, se juntan en una armoniosa danza
y me impulsan a relacionarme con el mundo que conforma mi contorno.
La mirada se posa en una rosa y rodea las formas inefables de sus pétalos,
la tomo entre mis palpitantes manos y la acaricio suavemente,
estallando en un cadencioso éxtasis cuando percibo el aroma afable de su perfume,
Y de lo más profundo del misterio del ser escucho el casi imperceptible aullido de un ulular cósmico
Que me dicta signos de un mundo que se ocultaba detrás de una rutina
Dominada de olvidos y de distracciones insensatas.
Las sensaciones me hunden en la tierra y desbordan en melodías de plenitud de vida!
Vista, tacto, gusto, olfato, oído, se juntan en una armoniosa danza
y me impulsan a relacionarme con el mundo que conforma mi contorno.
La mirada se posa en una rosa y rodea las formas inefables de sus pétalos,
la tomo entre mis palpitantes manos y la acaricio suavemente,
estallando en un cadencioso éxtasis cuando percibo el aroma afable de su perfume,
Y de lo más profundo del misterio del ser escucho el casi imperceptible aullido de un ulular cósmico
Que me dicta signos de un mundo que se ocultaba detrás de una rutina
Dominada de olvidos y de distracciones insensatas.
Héctor Cobas, Miramar, Argentina
BORGES Y EL INFINITO
En estos tiempos actuales, solo lo fantástico tiene
Probabilidades de ser cierto
Pierre Teilhard de Chardin
Siento inquietud y zozobra. Tomo un libro de Borges y me interno en la lectura del Aleph. En esos momentos no quiero ser crítico literario, ni analizar las estructuras de ningún lenguaje. Me sumerjo en el cuento. Junto con Borges, me instalo en el decimonoveno escalón de la escalera del oscuro sótano de la casa de la calle Garay, que gracias al sano recuerdo de la imaginación aún no fue demolida. Se me asegura que allí hay un Aleph. Desconcertado le pregunto a Borges qué significa un Aleph. Sonriente y parsimonioso me contesta que “el Aleph es un punto en el espacio que contiene todos los puntos”. Venga, me dice, vamos a recorrerlo juntos. Sin muchos protocolos me comenta que ese punto representa el infinito de otros infinitos que guarda consigo en un instante. Describir con palabras esa experiencia implica expresar en el lenguaje corriente la representación de una sucesión indefinida que se despliega en un tiempo finito. Pero lo que se ve realmente en ese punto es la totalidad de todas las cosas y de acontecimientos que sucedieron, suceden y que sucederán reflejados como en un espejo en un solo instante que podríamos denominarlo místico. Temeroso traté de acomodar mi ojo en la dirección que Borges me indicaba. Pero enceguecido por la desbordante luz que venía de ese pequeño círculo que había en la escalera y que mi ojo dolorido trataba de rechazar, no podía percibir las formas que Borges me había descrito. Todo era luz resplandeciente no atenuada por la necesaria oscuridad que permite ver a las cosas en su verdadera dimensión sensible. Me esforcé pero reconozco que fracasé en la experiencia. Entonces Borges sonriente me dijo, que para percibir las formas es necesario atemperar la luz con el ensamble del decir poético y el pensamiento especular. Y recalcó que ningún mundo se nos da gratuitamente, el Aleph se construye con esfuerzo y dedicación ¡Lo demás deséchelo! Busque su Aleph a través de los laberintos que nos propone la existencia y allí encontrará el infinito y tal vez la eternidad. De repente suena un timbre y sobresaltado me despierto. La figura de Borges se esfuma tras el despertar del sueño. Y su evocación se dirige a un punto que tal vez algún día se me permita llamarlo mi Aleph.
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