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Pascual Marrazzo

La Ventana



Las ventanas de mi barrio no sólo se adornaban con glicinas y malvones. Algunas, eran verdaderos marcos del arte cotidiano. Otras, famosas por las bellezas de las muchachas, aumentaban el tránsito por sus veredas y la barra de las esquinas.
Yo solía frecuentar una de balconcito bajo y barandas de bronce, donde brillaban las caritas traviesas de las hijas de Casimiro.
Era tan joven que no puedo precisar ahora, si a mi paso lo obligaba el amor o la vanidad de mi cabecita engominada.
Lo que sí recuerdo bien, es que a pesar de los rumores de la época, podía recibir esas muecas cómplices que duraban por días dentro de mi corazón.
Un día el viejo Casimiro aprisionó la ventana con una pesada reja y no contento con ello, la enlutó con unas cortinas negras. Había inutilizado la ventana y por ende, despoblado de muchachos la vereda y la esquina.
Tal vez, si se hubieran medido las consecuencias, nadie hubiese osado robar. Lo cierto es, que la macana estaba hecha y a una de las hijas de Casimiro, le faltaba un beso.

Pascual Marrazzo

Quebranto

Desde el Infierno puedo percibir el golpe de los pétalos, como si éstos al caer dejaran de ser besos, para transformarse en chapitas de cerveza. Tomo la música y, en mis manos, recibo el azote salvaje de sus cuerdas, .el mar me calma las heridas aquí en el horizonte, donde toca el cielo. Mis quebrantados sentidos, escuchan la luz por primera vez, oigo la voz azul del amarillo atardecer, hasta que sangra el crepúsculo. No sé si es tristeza, melancolía o tal vez el límite de la resistencia ¡Me duelen las rodillas del alma! ya no puedo caminar. Esto no sería tan grave, pues el cielo comienza bajo mis pies ¡Me duelen los hombros! y no puedo volar...

Pascual Marrazzo

No permitas que nos alcance

El mañana llega y se suicida a las doce de la noche. Como un tren que se tropieza con el tiempo, arrasa las horas que escapan de los rieles desnudos. Una boca que traga la luz y la oscuridad, el ruido y el silencio. No esperes a que nos devore, regálame unas horas sin minutos, que se puedan expandir en la fantasía. Donde el mañana siga siendo hoy, porque es hoy que tu perfume me entra por los poros y lo oigo pasar. Es ahora que tu aliento encadena nuestros labios y escucho caer una de tus sandalias y la otra... El momento exacto en que tus piernas me abrigan hasta el final de las vías, sin más estaciones donde parar.

Pascual Marrazzo

Me desarmo



Mi cuerpo que no piensa, ante el tuyo se desarma, se le pierden las piezas más vitales. Ruedan mis ojos sobre tu piel. Desde la punta de tus pies buscan las sendas de tus rodillas, se enmarañan en tu pubis, se acunan en tu ombligo, descansan. Mi lengua que viene galopando detrás, los expulsa, vuelven a rodar, ahora hacia las cimas oxidadas de tus pechos. Pero ella no les da tregua, los persigue, ruedan en tu boca, ya los tiene. Dos labios apasionados se cruzan en su auxilio y se funden en tus ojos. He perdido las manos, los dedos sueltos, desparramados, se hunden en tus nalgas. Se escapa mi cabeza tras la quemadura de un collar de besos ardientes y siento, como un corazón caliente me roba el sexo

Pascual Marrazzo

Flor y truco


Hagamos una manito y desbarajemos el juego de nuestro amor para entrar en el truco de los enamorados. Donde las cartas bravas no tengan valor y las que se jueguen, sean solamente caricias. Barajemos la noche con gajos de mandarina, usemos las cáscaras como ceniceros, las semillas para tantear y el zumo para pintar tus labios de agridulce. Mezclemos bien cada una de las partes de tu cuerpo y el mío, para enredarnos en el mazo nuevo de las sábanas verdes. Demos de abajo, despacito, hagamos relumbrar el siete de oro de entrada para que salte el As de espada; nada de hacernos la sota y orejeando, orejeando, hasta que asome, no dejemos de palpitar una flor.

Pascual Marrazzo

El amor en la ferretería



Hay una tenaza que sujeta mi corazón y no lo puedo liberar con una pinza; tampoco me sirve una llave francesa o un destornillador, porque está libre de bulones y tornillos. La herramienta la maneja una mujer de hábiles manos que lima sus uñas. Es la misma que con un martillo clavó los clavos del amor en mis pies. La que le da a mis latidos el ruido de un viejo compresor. La que serrucho con mi aliento y mis desalientos. La que ilumina mis sueños con su lámpara de acetileno. Cuando taladro mis pensamientos encuentro los alambres que me atan a la piedra esmeril buscando afilar la mecha de mis pesares. Tropiezo con las nuevas soldaduras de mis huesos envueltas con cinta aisladora y me conecto la manguera del oxígeno para poder respirar. Mis pesados ojos viajan en carretilla. Las miradas indiscretas pesan, se cargan con la pala y una cuchara en un balde de plástico. Quisiera subir por una escalera y desde arriba gritar como un macho enamorado, decir cuánto la quiero, para que un pájaro con pico de loro desatenace mi corazón y me vuelva la calma.

Pascual Marrazzo

escalera

En la estación de Cipolletti hay una escalera abandonada. Escalera del Ferrocarril Sud. Si pudiera levantarla, si tuviese la fuerza necesaria, la elegiría porque es muy larga y descansa en el desierto. La subiría mil kilómetros arriba de las nubes.
Si cada durmiente despertase. Si cada uno recordase su vida, allá en los quebrachales del norte. Si se arrepintiesen de la sumisión y se rebelasen de dormir entre las piedras. Entonces, con la fuerza de ellos y las mías, lo intentaría.
Si cada riel, espejado en el llano pellejo de su lomo dejara de mirarse en el cielo y buscase alcanzarlo. Entonces; entre la fuerza del acero, del quebracho y de mi sangre, llegaría.
Lo haría, sí, trepando. No podría ser más lento que ahora, me llevaría: los pasos a niveles y las barreras; los timbres y las luces para dejar pasar a los pájaros y no dejaría cruzar a los satélites espías.
Cobraría peaje a los santos que nunca supieron lo que es vivir en Cipolletti y a los cuervos que nunca tuvieron que pagar el IVA.
Y, cuando llegase a la última garita, me pondría de banderillero, con la banderita roja de peligro, avisando que llegó el final.

Pascual Marrazzo

El Vagón de cola


A veces cuando hago un recuento del tren de mis travesuras me vienen a la memoria mis anteriores viajes. Claro que de ese tren imaginario, sólo conocí algunos vagones. El primero estaba medio desvencijado y le entraba frío por todos lados, tenía los asientos de madera y se alumbraba con un farol a kerosén. De ése, pude zafar, me escapé y entré en el famoso coche pullman. Tenía los asientos tapizados en cuero azul, mullidos y reclinables, apoya pies y brazos. Luz para leer y comedor de lujo, pero era triste, lleno de gente quejosa y disfrazada de lo que no eran. Me miraban mal porque me reía, me miraban mal porque me apenaba y no pude resistir la ambigüedad. Entonces, para no tentarme, mejor dicho para que no me permitiesen volver, eructé en el salón comedor y volví a escapar, pero esta vez, al vagón de cola.
El vagón de cola es algo así como un departamentito con balcón y tiene una vista panorámica de 300º, no le da el humo de la locomotora y se mece mejor que ningún otro. Por ello lo llené de ilusiones, mucha fantasía, le colgué la hamaca paraguaya y aquí estoy, terminando de escribir este cuentito para vos.

Pascual Marrazzo

El cuerpo desnudo

Me encuentro con una mujer desnuda y mis ojos le hacen un telón a la poesía. Se regocijan en sus pechos redondos, en su cabellera rubia y en las dos cañas altas de muslos impresionables.
Me detengo y quiero descorrer el telón, pero mi vista vuelve al paseo sublime de un pubis semi escondido, henchido debajo del ombligo.
Bajo la vista avergonzado y descubro el dedo amartillado de su pie. Me molesta entrar en detalles y me atrapan sus manos, sus dedos delicados y extremadamente largos. Reparo en el pezón arremangado de su seno derecho y del otro, que apenas se asoma. La marca de la vacuna en el antebrazo, casi en su hombro, como una moneda de oro...
Cuánto tiempo necesitaré para poder correr esa pesada cortina, en cuántos detalles más tendré que detenerme. No es de esta forma que pueda llegar mi inspiración, si estuviese vestida, yo la desnudaría con mis versos.
Una última mirada al sensual pliegue de su axila y me atrevo, por primera vez, a mirar sus ojos. Ahora sí, con su misma luz se descorre el telón y se desatan mis poesías.

Pascual Marrazzo

Barrio plateado por la luna 2009


Los jóvenes mareados atornillaban la curda bajo un farol sin luz, mientras, a sólo unos metros el chofer de un taxi libre imploraba por su vida.
–“No me maten muchachos”.
Desde los zaguanes, como si fueran parlantes se escuchaba una música estridente, demoledora. La basura se alcantarillaba en cada esquina y las veredas ondulantes despegaban las baldosas luciendo los soretes de los perros. Después de revolcarse y dar vueltas carnero, las cajas de cartón se alisaban en el empedrado con la ayuda de las ruedas de los autos. Tres pibes encapuchados salían corriendo del kiosco.
– “Lo mataste boludo” – alcancé a escuchar.
Un hombre mayor, un abuelo, salió a la vereda y se crucificó con una mancha roja en el pecho. No alcanzó a decir nada, sólo abrió los brazos para caer como Cristo.
Un joven transeúnte marcó unos números en el celular y se lo llevó al oído. Se encogía de hombros y gesticulaba con sus manos. Después de unos minutos le pregunté: ¿Llamó a la policía o a la ambulancia? No – me contestó, llamé a mi novia para contarle de todo este quilombo.
Corrí al medio de la calle y paré un taxi: ¡Señor, señor, avise a la policía y que manden una ambulancia, por favor, ha ocurrido (……………!) – Y para eso me paras, ¡Boludo, no ves que estoy trabajando! …
Aceleró y me dejo mal parado en el medio de la calle, desde la vereda de enfrente una gruesa mujer que salía ofuscada de una tienda, me gritó:
-- ¡Usted, señor! ¿No se dio cuenta que esos pendejos de mierda me robaron y me manosearon o está de campana ahí, con esa cara de nada?
De pronto una sirena ululaba mis oídos como una perforadora, tuve que levantar las manos sin apartarme para que se detenga.
– “Es aquí, por favor vengan” – imploré.
-- “No podemos, respondemos al llamado de un socio que paga, hágase a un lado porque si el paciente muere lo haremos responsable.
Nuevamente me encontré en la vereda, la gorda me seguía gritando.
--¡Te pensabas escapar en la ambulancia, atorrante mal nacido!
Sabía que hubiese sido imposible un diálogo con esa mujer y como no le contestaba más furiosa se ponía.
-- ¡Me robaron, me manosearon, me manosearon!
No se cansaba de repetir. Seguramente, hasta pensaría que el tumulto era a consecuencia de ella y ni siquiera había visto el cadáver del pobre viejo, ni al tachero buscando el dedo que le cortaron. Algunas personas comenzaron a mirarme con recelo, me dieron ganas de correr, pero tuve miedo de que me culparan. Había quedado enjaulado entre tanta solidaridad y ya no pude hacer más nada.

Pascual Marrazzo

El Último Colectivo

No soporto ver pasar la vida, cuando arrastro una bolsa cargada de ganas. Verla correr como un colectivo que te invita a subir, una oportunidad que viene y se va. Sé correr tras él, transpirar, gritar, pedir ayuda, con tal de no perderlo.
Subir significa: vivir, arriesgar. Usar todos los sentidos, disfrutar los buenos y soportar los malos. Alguien te puede apretar, manosear, robar. Pero también te pueden ayudar, sonreír, enamorar.
Hay quienes se quedan en la parada eternamente, esperando el otro, el que vendrá después y nunca se deciden a disfrutar de un viajecito. Una y otras razones los detienen: o que va muy lleno, o que está medio destartalado, o que tiene el número trece en el guardabarros.
Lo cierto es que dejan que pase y pase, hasta que ya no pueden más sostenerse en la parada y ven cómo se aleja, el último colectivo.



El Vagón de cola


A veces cuando hago un recuento del tren de mis travesuras me vienen a la memoria mis anteriores viajes. Claro que de ese tren imaginario, sólo conocí algunos vagones. El primero estaba medio desvencijado y le entraba frío por todos lados, tenía los asientos de madera y se alumbraba con un farol a kerosén. De ése, pude zafar, me escapé y entré en el famoso coche pullman. Tenía los asientos tapizados en cuero azul, mullidos y reclinables, apoya pies y brazos. Luz para leer y comedor de lujo, pero era triste, lleno de gente quejosa y disfrazada de lo que no eran. Me miraban mal porque me reía, me miraban mal porque me apenaba y no pude resistir la ambigüedad. Entonces, para no tentarme, mejor dicho para que no me permitiesen volver, eructé en el salón comedor y volví a escapar, pero esta vez, al vagón de cola.
El vagón de cola es algo así como un departamentito con balcón y tiene una vista panorámica de 300º, no le da el humo de la locomotora y se mece mejor que ningún otro. Por ello lo llené de ilusiones, mucha fantasía, le colgué la hamaca paraguaya y aquí estoy, terminando de escribir este cuentito para vos.



La escalera


En la estación de Cipolletti hay una escalera abandonada. Escalera del Ferrocarril Sud. Si pudiera levantarla, si tuviese la fuerza necesaria, la elegiría porque es muy larga y descansa en el desierto. La subiría mil kilómetros arriba de las nubes.
Si cada durmiente despertase. Si cada uno recordase su vida, allá en los quebrachales del norte. Si se arrepintiesen de la sumisión y se rebelasen de dormir entre las piedras. Entonces, con la fuerza de ellos y las mías, lo intentaría.
Si cada riel, espejado en el llano pellejo de su lomo dejara de mirarse en el cielo y buscase alcanzarlo. Entonces; entre la fuerza del acero, del quebracho y de mi sangre, llegaría.
Lo haría, sí, trepando. No podría ser más lento que ahora, me llevaría los pasos a niveles y las barreras; los timbres y las luces para dejar pasar a los pájaros y no dejaría cruzar a los satélites espías.
Cobraría peaje a los santos que nunca supieron lo que es vivir en Cipolletti y a los cuervos que nunca tuvieron que pagar el IVA.
Y, cuando llegase a la última garita, me pondría de banderillero, con la banderita roja de peligro, avisando que llegó el final.

Pascual Marrazzo, Río Negro, Argentina

La mancha


Querido hijo:

Yo sé que alguna vez vas a poder leer esta carta sin el enojo y los llantos de hoy. Créeme que estoy avergonzado y te confieso que yo también he llorado, de bronca, como lo hacemos los hombres.
Ahora lo entiendo, tu maestra de jardín me lo explicó: Ella te enseñó que del lápiz azul sale la letra a, que del rojo la e, y del amarillo la i. Me mostró tus trabajos, pude ver una “a“ preciosa que ocupaba toda una página y dentro de ella las tacitas con las manijitas, como ella las comparó (“Recuerden, la letra a es como una taza”) y cómo vos solito te acordaste y pusiste los dibujitos adentro.
Tal vez, lo que pasó hoy no quede grabado en tu cabecita, pero quiero pedirte perdón igual, al menos para que no te suceda lo que a mí.
Quiero disculparme por no estar más tiempo contigo, que no se refiere al tiempo que paso a tu lado.
Yo debería haber sabido de tus logros, de tus éxitos, de que eras el mejor.
La señorita Mabel me lo tuvo que decir: “Siéntase orgulloso: su hijo es mi mejor alumno”. Te juro, que me sentí tan imbécil.
Haberme enojado con vos, como un tonto, justo cuando me lo querías demostrar escribiendo en las paredes.
Quiero pedirte perdón por pensar que sólo eran manchas...
Son hermosas, sabés, y no las voy a limpiar hasta que seas bien grande, para que puedas entenderlas. Así, como yo las entiendo ahora...

Pascual Marrazzo

En la arena

Escribí en la arena para que se lean, en tus pechos para que se graben y en tus pies para que caminen, todos los te amo que tenía en mis labios.
En la arena blanda que guarda mi mente modelé tu imagen para retenerla y cuando la marea subió amenazante espumé mis manos, las convertí en puntillas para acariciarte.
Los pilares de tu indiferencia fueron escapando detrás de tu puerta, dejando el vacío con ese perfume que atrapó mi cuerpo… Sin poder besarnos.
Muchos días enteros sin poder tocarnos, pude conformarme con unas miradas, mas quiero que sepas, debo confesar, muchos días crueles… Sin poder amarte.

Pascual Marrazzo, Río Negro, Argentina

La fuerza de su sonrisa
En la tarde silenciosa de ayer, ella me volvió a mirar y se sonrió. Mi corazón salió de la turbulencia para refugiarse en una dulce emoción. Como una vena que deja de sangrar henchida de cansancio, se me aflojó el goteo del sufrimiento. Un racimo de recuerdos acudió como una brisa sanadora y cicatrizaron las grietas de mis heridas.
Hoy todo parece comenzar de nuevo. Es como si el abismo en el que viajaba me ofreciera un piso donde pararme. El desamparo empalidecido, dejó de estar al acecho y se refugió en la soledad que fue quedando atrás.
Ella me volvió a mirar y se sonrió, provocando el nacimiento de emociones ocultas. Nuevos descubrimientos que no provienen de la razón perforaron la esencia celeste del amor. Entraron con vehemencia íntima, con sabor agridulce bajo un idilio de sabanas e irónicamente me creó un rincón de pensamientos nuevos. No encontré la decepción, sólo nostalgias heridas y pinceladas de sombras.
Nuevamente me miró y se sonrió esgrimiendo dos pulseras de acero sin llaves. Como un fantasma extraviado tratando de no convertirme en un esclavo me descorché la cabeza, quise huir, pero mi cuerpo acalorado se dejó tomar.
Inesperadamente ella me volvió a sonreír. Ahora con sus labios húmedos pegados a mi boca intentamos renacer de una manera más sencilla, con el gusto añejo del roble, sin espuma.

Pascual Marrazzo, Río Negro, Argentina

La Invitación

Él llegó y se sacó los zapatos para caminar libremente por el brillo del piso y las alfombras.
Ella lo invitó a cenar. Y él, mientras esperaba, armó un pájaro con una servilleta de papel.
El pájaro aleteó durante todo el tiempo pero no pudo volar. Apenado, lo guardó en el bolsillo.
Cuando se despidieron, ella le dio el primer beso y los zapatos recibieron unos pies ligeros y borrachos que corrieron al medio de la calle.
El hombre sacó el pájaro del bolsillo y acariciándole las alas lo echó a volar.