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Metamorfosis - Luciano Ribero, Córdoba, Argentina

Siendo algo totalmente inevitable, vino a ser testigo de una tragedia que parecía flagelarle los ojos; y es que creyó cruel e injusta esa transformación de su silla en un almohadón roto, sus platos de vidrio en hojas de diario y la cama en una pila de cartones sobre el suelo, y en éste, los mosaicos que se vieron sustituidos por tierra.

Al frío no lo había notado, pero sucedida la secuencia de la metamorfosis supo que siempre estuvo allí, y que de haberse podido cubrir con algo nada hubiera cambiado. El frío fruto de la preocupación, el frío al escuchar el eterno llanto de la beba, el frío que le venía con el miedo. No, no era cuestión de abrigo.

Así, se dio prisa a poner en práctica su mejor solución. Volvió a cerrar los ojos, de nuevo el plato de vidrio, los mosaicos con florecitas y la silla de madera y la cama de dos plazas. Estaría cálida, hasta que se repita el rugido del estómago y todo se transforme otra vez.

Fotografía/ Luciano Ribero-Córdoba. Argentina


Quiso tomar la foto de la mesita de luz, esa donde estaban él y su esposa, en el parque, sonrientes. Cerró los ojos con fuerza, intentó alzar la mano. Movéte, carajo, movéte. Contorsionó los dedos como lombrices rabiosas y la hizo temblar levemente. ¡Ana, vení, me cago en Dio’! ¡Vieja inútil, ponéme de costado, ponéme de costado te digo! Ahora tenía la imagen enfrente.


El parque, las hojas de primavera. Niños corriendo en el fondo como para ambientar el paisaje. Un Edén, barriletes. Sol radiante y vivo, el pasto verde. Movéme más para este lado, Ana. Pegó la nariz contra la foto. Casi podía oler el perfume francés que le regaló alguna vez a su mujer, escuchar el sonido del agua bailando en la fuente mientras reposaba sobre el mantel a cuadros. Las palomas picoteaban migajas de pan en el suelo. El pelo le flameó casi tanto como la bandera que sostenía San Martín. El viento le acariciaba el rostro.



Y miró delante, con su mujer entre los brazos. Una señora sacudía inútilmente a un viejo postrado en la cama, mientras observaba asustada su sonrisa congelada de oreja a oreja.