Guerra
La guerra nos ha golpeado, y no por previsible es más fácil de enfrentar. No importan la fecha ni la hora; para mantener la cordura, me aferro a mi nombre. El sol parece irreal a través del humo, y el olor a muerte es penetrante.
A pocos pasos, entre cadáveres, yace un soldado herido. Lleva el uniforme del enemigo, y distingo su cara perfectamente.
“Maldita guerra” ––pienso–– “Es casi un niño”
Me acerco, y arranco tiras de mi camisa para taponar la fea herida de su costado. Le tomo la mano y, aunque nunca fui devoto, rezo para pedir que termine esta locura.
Se escuchan sirenas. Aún no sabemos quien fue el vencedor, ni quién el vencido. Pero... ¡a quien le importa! Si solamente somos dos puntos insignificantes, a la orilla de un pueblo destruido.
Sin embargo, a un lado del camino, y como símbolo insolente de la esperanza, unas flores amarillas se mecen intactas.
Mostrando entradas con la etiqueta Nedda González Núñez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nedda González Núñez. Mostrar todas las entradas
Nedda González Núñez
Siesta.
Me mimetizo y entrevero con las hojas de revés áspero. El entramado que las sostiene sombrea un contrapiso absurdo, rodeado por la nada. Mi piel se transmuta en savia y palo. No temo a la araña gigantesca que intenta acercarse a mí, tozuda y rápida.
Mis ojos se vuelven amarillos al ver que, del otro lado de la enramada, hay un domador de frac y bigotes retorcidos que hace restallar su látigo. Puedo sentir que de un zarpazo y un mordisco, lo dejaría reducido a un amasijo de carne lacerada y huesos rotos.
Entonces ondulo como la mismísima serpiente del paraíso. Taimada y cruel, atraigo a mis enemigos, y los acerco para dejar que se aniquilen mutuamente.
Después, ya vencidos mis demonios y temores, me lanzo al vacío. La manta extendida bajo el sol y tus brazos, me reciben ilesa.
Me mimetizo y entrevero con las hojas de revés áspero. El entramado que las sostiene sombrea un contrapiso absurdo, rodeado por la nada. Mi piel se transmuta en savia y palo. No temo a la araña gigantesca que intenta acercarse a mí, tozuda y rápida.
Mis ojos se vuelven amarillos al ver que, del otro lado de la enramada, hay un domador de frac y bigotes retorcidos que hace restallar su látigo. Puedo sentir que de un zarpazo y un mordisco, lo dejaría reducido a un amasijo de carne lacerada y huesos rotos.
Entonces ondulo como la mismísima serpiente del paraíso. Taimada y cruel, atraigo a mis enemigos, y los acerco para dejar que se aniquilen mutuamente.
Después, ya vencidos mis demonios y temores, me lanzo al vacío. La manta extendida bajo el sol y tus brazos, me reciben ilesa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)