Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia
Acaso vamos de la noche al día, cual péndulo que columpia nuestras vidas o, como el cazador que al voleo tira la honda para atrapar la pieza.
Acaso, extenuados buscando el cruce de caminos que el destino trazó con una línea invisible para que la viéramos solo hasta ahora.
Acaso arrebatando trozos al tiempo en medio del huracán enceguecido sobre nuestros cuerpos abatidos esperando al mensajero.
Acaso la "Vida" que llegó para suplicar piedad a Cronos para que la deje manipular el reloj y lograr que los días y las noches sean eterno claro oscuro sensual que cubra con un velo todos los parapetos encontrados al paso.
Acaso entrecerrar los ojos y mirar en un atardecer la cópula mágica del Sol sobre la mar, allá en la línea del horizonte.
Acaso viviendo estos delirios en extremo desvarío, tal vez encuentre las sendas que me acerquen a ese faro…
Acaso jamás o, ¿Acaso por siempre?
¡Me rebelo!
Todo mi ser gime.
Mis sentidos desbocados no pueden estar en sumisión eterna. Mi mente razona con ardor que ha llegado la hora de la asonada. Todos mis deseos en posición de avanzada armados hasta los dientes pujan por dar la pelea y romper las barricadas.
¡Basta ya!
Siempre negándome todos los gustos, siempre guardando mi puesto de jefe de ruta. El Capitán no debe abandonar la nave sino de último, cuando haya protegido a todos. Pero "esos" están a salvo, ahora la que importa soy yo, ser desnudo, temblando, exigiendo, hambriento, plañendo con todas las ansiedades. Desgarrando mi piel…
Hembra completa, sensual, definitivamente a la intemperie…
¡Llegó la hora!
Es la vida eterna o la muerte simplemente…
..................
Y oí que una multitud reía a carcajadas. El viento me acariciaba. Me lamía excitado meciendo a su paso en un delicioso zarandeo las hojas de las palmeras.
Sentía que mi cuerpo se excitaba… Tendida sobre la arena me había quedado dormida. Desperté cuando ya era casi oscuro. Unas pequeñas gotas de agua cayeron sobre mi cuerpo, abrí un poco los ojos y me vi desnuda. Sí, estaba completamente desnuda. Solo me cubría un poco los senos mi larga cabellera enmarañada, como si la pelea con el tiempo hubiese sido cierta. No podía dilucidar qué era real y qué era sueño.
Sentí por todo mi cuerpo y en mis labios las huellas de un fogoso encuentro. De pronto volteé la cabeza y, allí,a mi lado, reclinado sobre un brazo estaba él, ese que se había deslizado en sueños haciéndome gemir versos. Lo reconocí al instante. Me sonreía, me acarició el rostro. Alisaba mis cabellos, se inclinó lentamente, tomó mis labios…. Y…. definitivamente desperté… mi cama tenía el olor de la sal de mar y las huellas de un visitante.
Ojalá la próxima vez pueda embrujarlo para poder atarlo por siempre a mi cuerpo, a mi vida.
¡Hacerlo mío totalmente!
Mercedes Sáenz / Tigre, Buenos Aires, Argentina
He dormido bajo tu mismo brazo, quebrado alguna vez y torcido. Las manos de llagas secas y en tus ojos huellas milenarias.
Te han dicho de todo, lo aprendido en facultades, en organizaciones en tu defensa. Te han escrito bellos y verdaderos poemas. Te han puesto orgullo, el que surge de defender tu memoria, intentando ponerte de pie, queriendo no olvidar tu valentía.´
Autores de importancia te estudiaron, planifican aún cómo devolverte la dignidad en este mundo.
Aún quiero decirte que dormí bajo tu brazo, con el telar de tus manos bajo el cielo negro y antes de cerrarse tus ojos estaban llenos de estrellas que les soplaste a los míos.
Aún quiero decirte hombre anciano, que esa fue la primera comunión que tomé en la vida. Silenciosamente, sin que nuestros cuerpos se tocaran.
Aprendí mientras dormía algunos cantos de tu tierra sin saber siquiera que significan, mientras la tierra madre nos acunaba cómo hace millones de años, pero sin guerras.
Me iré cuándo amanezca, hombre indio, cómo una hija de los vientos del sur, con la mitad del alma y ese silencio todo.
Mercedes Sáenz / Tigre / Buenos Aires, Argentina
Aturde muda su fuerza de arrancar toda el alma. Es una línea quebrada, un silencio de músicos, tosco cómo un ebrio de agua. Una cuerda que estrangula hasta el desconcierto dónde no se puede definir el dolor. Perdura en una pregunta larga del deseo muerto.
Y dónde el niño de la panza hambre. Y dónde la madre sin su niño y qué del desaparecido y del de dos ruedas por pies. Y qué del que no puede, y qué del frío que es más, y qué de no cantar en abecedario. Y qué del verde que se quema. Y del agua que no es lluvia. Y qué de mi cuándo encuentro el desamparo cubriendo el mundo un domingo con mal tiempo.
No se dice el desamparo. El de uno es nada, ni ay se dice.
Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina
Se levantaba sin pensar. Besaba a su marido al despedirlo, como siempre. Iba a la oficina sin cuestionarse porqué. Sonreía por compromiso, al volver pasaba por el mercado, todos los días. Cenaba sola mirando el mismo programa de entretenimientos.
El llegaba cuando ella ya estaba dormida.
Los sábados salían con los matrimonios de siempre, al lugar de siempre, regresaban en silencio, como siempre.
Los domingos pasaban informes, silenciosos. Hasta el gato se aburría.
Pasaron viente años idénticos.
Una mañana la atropelló una moto al salir del mercado.
La sepultaron en el cementerio de su ciudad.
En poco tiempo comenzaron a olvidarla.
Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina
Deambulé zombie entre espirales de humo en el centro de la calzada. Era noche y apenas llovía, como dice el tango. Levité con liviandad casi sin pisar el suelo mojado. Me mirabas pasivo desde la vereda norte, con un vaso de Old Smuggler en la mano. Miré hacia el sur y seguí girando.
Por la mañana todo había pasado: la calle era aplastada por mil vehículos rumbo al trabajo, el cielo blanco por las nubes y el semáforo de la esquina gritaba un verde esmeralda.
Ya no te extraño.
ANA CALLEGARIS, SANTA FE, ARGENTINA
Compraba un bolso azul cuando pasaste. Charlabas y fumabas a la par de un amigo hacia el norte. Me abstraje con tu mirar, perdido en el horizonte con ese dejo de nostalgia tuyo.
La peatonal estaba vasta de gente pero aparentabas flotar sobre ellos, como levitando en esa brisa fresca de septiembre, con tus ojos color mar urgando el infinito y mi mirada clavada en ti.
No existo en tu mundo, no existo en tu vida. No existo en ti.
Sin embargo, todavía te deseo.
TODO FRUTO TIENE SU SECRETO, Norma Padra, Buenos Aires, Argentina
Hasta puedo escuchar su lamento al separarlo con mis labios.
Y me lleva el recuerdo al jardín de mi abuelo, a sus higueras, a mi infancia, a esas tardes en que él, tomaba con sus manos esos frutos, y los dejaba en mis manos.
Mi abuelo tenía la misma dulzura que esas tardes en el jardín, rodeados de aromas de flores, placeres y sabiduría.
Siempre contaba historias que había aprendido en su tierra natal. Lleno de nostalgia, él y yo comíamos esos higos en pétalos, maduros, compartiendo secretos, sólo los dos en el jardín de la infancia.
Pepón Lapidario
Cuando caí en la cuenta de que nadie podía verme ni oírme el corazón me dio un vuelco. Intenté en vano tocar a los viandantes, descubriendo que atravesaba gente, muros, todo. Aterrado, pensé que había muerto de un infarto repentino, y que me había visto condenado a vagar por el mundo como un espectro errante... Pronto me di cuenta de que la verdad era mucho menos terrible: no era yo el muerto sino todos vosotros, pobres fantasmas insustanciales.
Tres mini mini mini
El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.
Ángel García Galiano
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Del tiempo a tres voces
Antes de morir, papá me regaló su reloj. Pasaron los años, y ahora mi hijo ve la hora de su abuelo.
Nelson Gomez León
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En contra de toda expectativa
Y en contra de todo pronóstico, contradiciendo todas las expectativas, el hombre que acababa de perder una pierna se puso a saltar en una pata, de pura alegría.
Dagoberto Espinoza
Álex E. Peñaloza Campos
El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.
Amor al primer mordisco - Norbert Fernández Lauretta, San Luis, Argentina
Cocinar es magia, y, además, arte. Desconocerlo es fracasar en el intento. Debe emprenderse con abandono o no emprenderse en absoluto. Es como hacer el amor.
Véanlo así: Una buena comida requiere cómo mínimo una hora de cocción. De ahí en más, depende de los recursos y del apetito que se tenga. De lo contrario no sirve, no se digiere bien, uno se enferma y siente acidez. Se acabó el amor…
… el amor de gozar inteligentemente –como enseñara Epicuro- del placer sensual, exquisito, de la buena mesa; que es una manera de cultivar el espíritu, de practicar la virtud.
A veces es recomendable cierto ayuno previo, o un par de días a dieta.
Para mí lo mejor es cocinar sin recetas. Ser creativo y generoso con los condimentos.
Mostrarse calmo, sereno, tierno; intenso a veces, por momentos irracional, algo salvaje, primitivo. Siempre amable.
Cocinar a fuego lento y progresivo, hasta la ebullición y el climax.
¡Buen apetito! Y recordar el proverbio alemán que dice “después de comer bien todo parece distinto”. ¡Siempre es aconsejable una buena sobremesa!
Su comensal, agradecida.
Prejuicio final - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA
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DESCARTABLE - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA
…y entonces entra a su cuarto y encuentra una mujer en su cama. Ella lo saluda y él se pregunta qué hace una mujer ahí, acostada. Se plantea cuán poca importancia le ha de estar dando a sus relaciones, que olvidó por completo a la persona con quién seguramente acaba de pasar algo. Éste es su cuarto y esa es su cama, y en su cama reposa una mujer desnuda… o tal vez desnuda, ya que la cubre su frazada de pelusa azul; y él la mira como sugiriéndole que baje la frazada para comprobar que realmente no tiene ropa porque entonces debe haber pasado algo entre ellos: es imposible pensar que estuvo con una mujer desnuda, en su cama y sin haber tenido sexo (y del bueno)… aunque en realidad no puede determinar si ya estuvo con ella o si iría a estar con ella.Pero lo verdaderamente intolerable es que no lo recuerde, que ni siquiera recuerde quién es esa mujer, ni cuándo entró con ella a esta casa que ahora descubre que no es la suya y que éste no es su cuarto y que él, ni siquiera es él…
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Ricardo Ríos Cichero - Fray Bentos, Uruguay
Tarde era ya cuando se fueron todos. El último fue Esteban, el peón de los Jiménez. Montó el tordillo que tenía atado en el matorral de ligustros al lado del rancho. Levantó la mano mientras el animal resoplaba y sacudía la cabeza con ruido a freno y bozal, hizo girar a la bestia retumbando el patio y, al tranco, se fue haciendo negro en lo negro del campo.
Juan quedó parado en el patio.
Quieto quedó.
Mirando hacia lo oscuro pero sin querer ver nada.
Tenía la sensación de que no había pasado aquello y que su mujer estaba durmiendo allí adentro con la panza grande, llena del hijo que esperaban. Casi estaba convencido de que el doctor no había venido, ni la partera con su pelo blanco y las manos como pasas. Ya no recordaba ni los gritos de su mujer, ni las órdenes del doctor... “deme eso, alcánceme aquello... ¡tenga de acá!"... ¡Vamos, vamos!” Casi seguro estaba de que a la mañana se iba a levantar, prepararía el mate y, sentado en la cama, en un “mano a mano” adormilado, ella le iba a hablar hasta por los codos del hijo que venía. Casi adivinaba ahora lo que sería ese rancho con un gurí gateando por todos lados; con gurí riendo, llorando, comiendo o simplemente durmiendo, despatarrado en el catre grande. Casi se veía caminando entre el monte, con el gurí prendido de su mano o corriendo adelante, queriendo agarrar un pájaro con las manitos gordas. Casi lo veía del otro lado del corral... “¡dale viejo, abrí la cimbra que yo te aguanto estos novillos!...” Casi, casi lo veía ahora sujetando su mano... “tranquilo papá, yo estoy a su lado; descanse, nomás...”
Allí estaba parado, con la imaginación confundiéndosele con los deseos.
Allí estaba, quieto en cuerpo y alma como esperando un despertar nuevo, distinto y bueno.
Allí estaba, con el olor a flores en la ropa, el frío de la muerta en las manos y el negror de la noche en la mente.
Y allí estaba, con el vacío que deja un suspiro. Ese vacío manso, ni malo ni bueno, en esa marcha sin detenerse, sin mirar atrás y sin ver hacia delante.
Rato estuvo así. Hasta que se le erizó la piel con el aire húmedo de rocío.
Y, lentamente, comprendió que todo había realmente pasado. Los gritos, el doctor, la partera, el olor a flores y el peón de los Jiménez; todo había pasado y todo estaba terminando allí, en la quietud que ahora estaba él.
Entonces volvió al rancho.
Se paró en la puerta.
La salita estaba igual que siempre; las vecinas habían dejado todo arreglado y barrido. Sólo un detalle desentonaba.
Se agachó, levantó el clavel, sin gajo y pisoteado, lo anidó en la mano grande y lo miró largo rato. Después fue hasta la cocina, buscó el tarro de la basura y dejó caer la flor entre papeles, tierra y puchos de cigarros.
Después fue despacio hasta el dormitorio.
Se sentó en la cama.
Se dejó caer hacia atrás.
Y se quedó, como dormido.
El capricho de Lucía - Vicente Vasquez
Lucía, termina de ducharse. Se encamina al tocador y en el espejo observa su cuerpo desnudo. Lo ve despacio. Su mirada lo recorre de arriba para abajo y de abajo para arriba; se detiene en los puntos más relevantes, los que pudieran ser de interés colectivo y los observa con detenimiento.
Se da por satisfecha.
No tiene un cuerpo como para aparecer en la Playboy, pero es aceptable. Se aplica desodorante en las partes que cree convenientes y se perfuma.
Siempre se ha preguntado, qué pasaría si saliera a la calle desnuda. Primero, tendría que tener el valor para hacerlo. Pero, suponiendo que lo tuviera, causaría un escándalo. Y se pone a soñar despierta: Cuellos tiesos y miradas forzadas, de maridos que son arrastrados por esposas celosas; rostros risueños de hombres solos; rechinar de llantas al aplicar los frenos... y algún ruido estridente provocado por el choque de dos o más vehículos; gritos femeninos, niños de mirada curiosa remolcados por madres escandalizadas; insultos, silbidos; un grupo de fisgones siguiéndola.
En resumen, un alboroto.
Por último el sonido de una sirena y la presencia de la policía. Luego, la comisaría, la prensa y quién sabe que cosas más.
Pero eso sí, sería emocionante. La idea la divierte. Pero no ha tenido la osadía de vivir tal experiencia.
Está frente al espejo y vuelve a admirar su cuerpo. No tiene celulitis ni cicatrices que esconder. Los senos mantienen su firmeza.
Hoy no pasará por el problema de todos los días: decidir que ropa va a usar. Saldrá desnuda. Una sonrisa se dibuja en su rostro, goza el hecho por anticipado.
En el exterior se escuchan los ruidos característicos de la gente.
Toma valor, respira hondo, abre la puerta y sale.
No pasó nada.
En el campo nudista su presencia, pasó inadvertida.««
Triste escena, Julia del Prado - Perú
Madera - Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina
Rocío - Silvana Alvarez Martínez, Colonia, Uruguay
Casi llegando a la esquina de casa, una pequeña de unos seis años, lloraba y se acercaba saltando en un pie. Apuramos el paso. Pregunté qué le pasaba: -me clavé algo- contestó entre sollozos sosteniendo su pie descalzo. La senté en el cordón de la vereda, le pedí que sujetara la correa de Melina. La espina estaba en el dedito gordo de su pie, lo tomé con firmeza mientras ella no dejaba de llorar y enjugarse las lágrimas con su manito. Preguntó: -¿es un clavo?- -No-, le contesté. -Es una espina grande, aguantá un poquito más ¡ya la tengo!- Pude extraer la causante de tanto llanto. ¡Ya está, mirala! Y como vieja que estoy… no pude dejar de decirle: esto te pasa por andar descalza! Me dio las gracias, pregunté su nombre: Rocío. A la mañana siguiente, camino a la playa, escuché un “¡hola!” una niñita sacudía la mano saludando. Su cabello bien peinado en una cola de caballo, de túnica blanca y una gran moña azul, me recordaron mis tiempos de escolar: era Rocío, esta vez con una amplia y bella sonrisa.
Incursión - María Pía Poretti - Mendoza, Argentina
Ella no escucha el grito de miedo originado en alguna parte. Indiferente, se detiene y observa la extensión bajo sus pies, brillante y cerrada, que conserva un determinado volumen de agua. ¡El lago tan ansiado! . . . Eso le dijeron. Ella lo consigue ahora.
Puede ser muy ágil con sus pies. Escalar para ella no es difícil. Con un solo movimiento puede atravesar un buen trecho de ese camino, sobre el cual no resbala y anda con comodidad. El borde –comprueba- es angosto.
Gira hacia el otro extremo y hay un abismo, logra ver el terreno, allá, bien al fondo. Desde arriba, donde está ella, lo ve de un color distinto. Más acá se ve la pared por donde ha subido recién. Vuelve la espalda, y reconocedora, pone su atención sobre el agua estancada, silenciosa y quieta. No le interesa el ruido, voces y el moverse de rápidos cuerpos que buscan algo. Ella está absorta, mirando el espejo transparente. Quisiera acercarse y se mueve prudentemente. Hoy es un día de sorpresas. Hay que cuidarse. No es cuestión de entretenerse por nada.
Así, tan calculadora, no ve venir el objeto flexible sobre su cuerpo.
Hecha un ovillo, con sus piernas encogidas, sobre el pavimento blando y lustroso, no se mueve.
La echamos sobre el agua, donde durante escasos segundos flota lentamente. Luego un sonido y una violenta cascada que mueve el agua estrepitosa, que desaparece en un agujero escondido en el fondo del lago.
Todo vuelve a la normalidad.
Más calmada, Marta, escoba en mano, limpia el escenario de los hechos.
Al fin nos libramos de la araña del inodoro.
SOY INCONFUNDIBLE, Ana Lucía Montoya Rendón, Colombia.
Nada la puede abatir, ni el más recio vendaval, ni las más oscuras dudas, ni los crudos y descarnados comentarios.
Ella, construida sobre bases firmes no necesita más que el pensamiento, ese es su punto de apoyo básico, la viga maestra donde se apuntala el edificio.
No reconoce el ayer, ni el mañana, para ella solo existe el eterno ahora. No calla por más que los labios le sean arrancados, siempre tendrá una forma especial de decir:
“Aquí estoy, mírame, soy yo, tu me reconoces aún en medio de la oscuridad, sin siquiera hablar, presientes la línea que deja mi huella, la hueles y también la hoyas, soy sinceramente tuya, yo soy quien entiende tus desvaríos y también tus euforias.
“Soy la Lunita llena que se cuela por tu ventana para soplarte ensueños. Mírame fijamente, reconóceme, porque puedo ser esa lluvia de estrellas fugaces o la cola de un cometa que hace siglos pasó y que aún te recuerda”.
“Soy el Sol, que a las primeras horas del día, cuando se despide de sus amigas, Alba, Alborada y Aurora, quien te busca y te acaricia con lengua fogosa para que despiertes feliz”.
“Eso y mucho más soy y puedo llegar a ser porque yo soy la mejor de todas las hembras que has conocido, que conoces y que conocerás.
“Soy yo. ¡La Amistad!”.
Boceto - Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia
Estoy temblando. Es fascinante. Me enfrento a uno de los bocetos más bellos que haya hecho.
Recorro tu frente suavemente, con mi diestro y tembloroso dedo índice, hago trazos tenues antes que se esfume la visión. Por ósmosis empieza la transmisión de una nueva energía. Me complazco largo tiempo en ella. Quiero hurgar en tus pensamientos, en tus ideas, en tus sueños. No los resisto. Son un arsenal de fuego. Me caldean. Se afincan en mí como dagas al rojo vivo.
Respiro. Suspiro. Exhalo aire ardiente.
Mis dedos inquietos por beberte, hacen trazos sobre tus cejas, ojos y el contorno de tu rostro. Bella, cerrada y bien cuidada barba. Hombre... Ese hombre, este hombre... mi sensualidad de nuevo. Siguen estos dedos hurgando cada espacio. Van hacia el nacimiento de tu nariz. Encuentro una terca depresión entre las pobladísimas cejas. Me quedo buen rato tratando de encontrar el tercer ojo. Mi dedo alisa amorosamente una y otra vez, buscando la fuente de luz que ilumina tu mente. Placida me voy sumergiendo en dulce letargo. Sueño que soy la emperatriz moradora de esos reinos, que sentada en el centro, domina y es querida, que puedo meterme y vivir como si fuera uno contigo.
Despierto del ensueño.
Sigo dibujando. ¡Ah! Tu boca... Tu bigote acaricia mi mano. Una vez y muchas más. El dorso de mi mano sobre él. Plenitud del goce. Pero la sensación que tu boca me produce no se compara con nada que antes hubiese sentido. Fue ahí donde encontré lo que buscaba. Dedos locos. Sintieron mucho ardor. Siguieron cuidadosos hacia las comisuras. Suave, suave… Mi boca no aguantó la espera. Tomó delicadamente tus carnosos labios. Fusión. Remolinos. Niebla. Viaje. Tu hermosa cabeza entre mis manos. Tus ojos cerrados. Respiración lenta. Solaz. Arrobamiento. Silencios...
¡No más! ¡No aguanto más!
Arduo y tentador trabajo, o ¿Tentador modelo? Qué delicia dibujar seres de luz o Quijotes.
Quijotes buscando Dulcineas. Dulcineas queriendo ser las damas de los sueños de augustos y afiebrados caballeros de mágicas figuras.
Boceto terminado.
Dibujo al carbón sobre lienzo. Figura de ángel de luz. Otro de mis sueños. Firmado en la mañana del 23 de abril, conmemoración del Día del Idioma.
Rutina de Viaje, Fernán S. Banda, Santiago, Chile
He desarrollado una rutina ganadora. Todos los días me subo en la misma estación, a la misma hora, en el mismo vagón y por la misma puerta. Así he maximizado la probabilidad de encontrar a la mujer de mis sueños. En mis sueños ella no sigue estúpidas rutinas.
Luis Felipe Belloso, España
Muchos han sido los que de ella se han enamorado, yo creo que todos, cuando menos una vez en la vida. Yo me confieso enamorado de ella, de su brillo, de su misterio, y que cuando más cerca esta de su amor, más atraído por ella me siento.
Me han dicho, que cada cierto tiempo, ambos se esconden, nos privan de su luz, y desatan toda la pasión de su amor..., luego se vuelven a separar, pero la fuerza de esa maldición, se rompe una y otra vez, saben que jamás podrán estar juntos para siempre, Y sufren... pero no por eso, dejan que esa pasión y ese amor desaparezca...
Y siguen persiguiéndose como dos locos enamorados, y ella se deja querer, y muestra sus sonrisas... y en su cara oculta, aquella que nadie ve, lleva tatuado, el amor que le robaron al nacer.
Y el, con el fuego de la ira, castiga a quien de ella se enamora, y la sigue iluminando, y cada vez mas hermosa, la sigue buscando, cada año, cada mes, cada día.... cada hora.
El tunche - Julia del Prado, Perú
Julia del Prado (Perú)
El Tunche es un personaje que nunca se ha visto pero que existe. No tiene representació n visual, pero se le imagina como un pájaro nocturno. Su silbido es dulce y melancólico; si silba corto es un alma en pena que te acompaña; si largo, es un espíritu maligno que te acecha y presagia desgracias y muerte. Parte del folclore de la selva peruana, el Tunche es una presencia temida y respetada
GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA, Juanca Vecchi, Olavarría, Buenos Aires, Argentina
Se sufría el sol del mediodía y el verano tenía olor a pollo olvidado en el horno.
La sombra tambaleante se desprendió del hombre y siguió caminando hacia adelante, indiferente al asombro de los transeúntes; a medida que se alejaba del ancho y transpirado cuerpo, perdía su humana oscuridad.
—¡Dale, che! ¡Apurate que tengo mucha sed! —gritó el hombre, pero la sombra mantuvo su paso lento y zigzagueante— ¡Y decile a José que la anote, eh!
El hombre la siguió con la mirada hasta que ella traspasó la acostumbrada puerta de la cantina; entonces ancló su pesado cuerpo al oportuno banco de la plaza.
Desparramado se quedó el hombre, experimentado catador de la piedad humana; esperando el regreso de la sombra y otra copa de vino.
Desde la acera de enfrente - Migdalia Mansilla, Venezuela
Y al pasar el tiempo corto de la eternidad de la tierra, una sombra se lograba ver cada anochecer en la acera de enfrente, desplazándose de un lado a otro… otro fantasma vaga ahora, después de su muerte, sin encontrarse.
Vuelo nocturno - Maria Pia Poretti, Mendoza, Argentina
Sin sospecharlo siquiera, absorbiendo todo eso, agradable y lumínico, no trazó bien sus cartas de navegación espacial. Sin desearlo, entró en un pozo cilíndrico, invisible, silencioso y quieto, y sólo se percató de ello cuando toda su masa aerodinámica sintió una pared dura, transparente y muy fría, sobre la cual, aterrado y repetitivo, chocó varias veces. Su obstáculo era perseverante; no se apartaría del camino de ese intruso volador. Permaneció allí, callado e inmóvil.
Él, en su afán por escapar, no pensó en la salida: subir hacia la oscuridad del cielo, ese escenario nocturno, que se posaba sobre él como esperándolo.
Estaba demasiado enceguecido como para esquivar situaciones peligrosas. Intentó la suerte descendiendo por el tubo, y algo menos duro lo frenó. Algo líquido y casi pegajoso para él y más frío aún. Tuvo la ventaja de ser liviano, poco denso y flotó. Estaba muy aturdido. Logró moverse sin sentido determinado. Probó el líquido que le pareció algo dulce, pero no podía comprender qué era. Agua no, la conocía bien, sin embargo ella estaba incluida, le era familiar el gusto.
Trató en vano de zafarse de esa extraña red. El líquido untuoso prácticamente lo inmovilizó. Se sentía asqueado por ese sabor dulce que le quemaba las entrañas. ¡Pobre volador!, ya nada lo sacaría de esa situación. Rápidamente comenzó a pensar en sus compañeros, en su familia y en todos los vuelos que había realizado esquivando, en su corta vida cualquier problema aéreo.
"Pero esto". . . – pensó- "esto es muy extraño". . .
Y a medida que pasaba el tiempo se fue debilitando más y más. "Todavía soy joven –se dijo a sí mismo- ¿por qué esto, ahora cuando más esperan de mí?"
Al rato, una mano fría y lisa, como una especie de pala, se acercó suave, pero firmemente hacia el pobre intruso. Lo tomó decidida y la víctima se dejó llevar sin vida. Lo dejó tranquila sobre un plato.
Y alguien, dejando la cucharita dijo:
- ¡Ah!, por fin saqué el bicho, ahora me tomo el jugo de frutas.
Mera sugestiónMera sugestión - Fernando Sorrentino, Buenos Aires, Argentina
Esa mañana yo estaba leyendo una novela de terror, y, aunque era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal, aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo que, pese a que yo estaba sentado frente a la puerta de la cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que yo lo hubiera visto y a que, excepto aquella puerta, la cocina carecía de otro acceso; pese a todos estos hechos, yo, sin embargo, estaba enteramente convencido de que el asesino acechaba tras la puerta cerrada.
De manera que yo me hallaba sugestionado y no me atrevía a entrar en la cocina. Esto me preocupaba, pues se acercaba la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo entrase en la cocina.
Entonces sonó el timbre.
--¡Entre! --grité sin levantarme--. Está sin llave.
Entró el portero del edificio, con dos o tres cartas.
--Se me durmió la pierna --dije--. ¿No podría ir a la cocina y traerme un vaso de agua?
El portero dijo "Cómo no", abrió la puerta de la cocina y entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que, al caer, arrastraba tras sí platos o botellas. Entonces salté de mi silla y corrí a la cocina. El portero, con medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en la espalda, yacía muerto. Ahora, ya tranquilizado, pude comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún asesino. Se trataba, como es lógico, de un caso de mera sugestión.
SIN PENA NI GLORIA - Juan Carlos Vecchi - Olavarria, Buenos Aires, Argentina
Volvió el sábado sin novedades por los cuatro cardinales de la vida.
Cuando se hizo domingo, lo velaron sin pena ni gloria; salvo Gloria Pérez, el último de sus amores, quien dejó en la sala cuatro o cinco lágrimas y un ramo de flores insatisfechas.
El lunes lo enterraron unos pocos, los mismos pocos que el martes lo pasaron a olvido.
¡A la miercole! ¿No eran siete los años de desgracia cuando uno rompe un espejo?
Cuando la lluvia Magdalena Márquez - España
Estoy sola, aún es muy temprano, el sueño aprisiona mis ojos, invade mi cuerpo. No quiero dormir, me asusta que la lluvia se detenga, no volver a oír su repiqueteo en los cristales, no verla deslizarse perezosamente, con la misma desgana que me estiro debajo de las sábanas antes de incorporarme para iniciar el rito acostumbrado. Primero a la cocina, a preparar el café bien cargado que me permita empezar a funcionar, mientras se calienta, al baño a lavarme los dientes, a mojarme la cara frente a ese espejo que se empeña en regalarme cada día una nueva arruga. Hoy no estoy para hacerle caso.
Llueve, es una lluvia suave, melancólica, que me trae recuerdos… no, que me regala sueños. Sueños de otros días lluviosos no vividos; de paseos compartidos mojándome, mojándonos; de chapoteos en los charcos y de risas, y de caras extrañadas de la gente que pasa a nuestro lado, y más risas. Esta pertinaz lluvia quiere traer nostálgicos recuerdos, quiere asentar en mí la melancolía de los tiempos pasados sin darse cuenta que el pasado no existe. Cojo el tazón humeante de café y voy de nuevo hacia el baño, pasando por delante del despacho. Sin quererlo miro el escritorio, el libro que quedó anoche abierto, el cuadernillo con las anotaciones, los bolígrafos de colores con los que garabateo según leo, el portatil… el portatil. Y otra vez viene a mi cabeza la conversación de anoche, y la despedida de esas que no me gustan y que por eso nunca haces pero que fue tan triste como si estuviese escrita, y tu canción, aquella que nunca te dejo terminar “All my bags are packed, I'm ready to go I'm standing here outside your door I hate to wake you up to say goodbye. So kiss me and smile for me, tell me that you'll wait for me, hold me like you'll never let me go. I'm leavin' on a jet plane, I don't know when I'll be back again. Oh, babe, I hate to go.” Y para qué voy a encender el ordenador, seguiré estando sola, y le doy al botón sin pensar, y sigo tocando las teclas mecánicamente porque aún no me he tomado el café que se está enfriando en una esquina de la mesa. Y los mensajes saltan a la pantalla, breves, noctámbulos, casi desde la escalerilla de ese avión que te aleja de mí.
Llueve, y las gotas resbalan plácidamente por el cristal como si fueran lágrimas de alegría en un rostro amado, y no las seco, las sigo con los dedos. Y apuro el café que se ha quedado frío. Y me dirijo al baño a encararme al espejo que me regala una nueva arruga. Y le acepto el regalo agradecida porque es un nuevo signo de vida. Y dibujo esas marcas con los dedos como si fueran surcos dejados por esa lluvia que no me trae recuerdos del pasado. Porque el ayer no existe simplemente porque no estabas tú.
Regreso al pasado - Agustina Aleman - Buenos Aires, Argentina
Sabe que la ingesta de una sola pastilla le permitirá regresar al pasado.
La causa sigue su curso inexorablemente, el gran robo a la caja de caudales debe ser esclarecido.
Confiado bebe, cree que de aquella época no hay sobrevivientes .
No dejó pistas.
El inspector mira los expedientes, desea cerrar el caso.
Un cabello de mujer permite realizar la prueba genética, aún conserva el perfume, le resulta conocido, vuelve a ensobrarlo.
Afuera un hombre avejentado, sonríe.
Busca entre sus ropas una dirección, camina libremente.
La casa se conserva idéntica, pareciera que los años no han pasado.
Detiene su marcha, detrás de la enredadera, ella despide a una joven muchacha, ambas tienen el cabello ensortijado, las ama de lejos, añorando el pasado en familia. .
Una patrulla pide que exhiba los documentos, en la última hoja un mechón de dorados cabellos aprisionados como los recuerdos.
El ADN indica compatibilidad en las hebras de pelo.
Medios nacionales dan la noticia, regresó al pasado, pederá la libertad para siempre.
Solo en su celda llora por el amor perdido, los años no pasan en vano, siempre se vuelve al lugar del delito.
Otro caso resuelto, risas y llantos, acompañan el momento.
LA PERDIDA, SAMUEL "LITO" LIJOVITZKY - Israel
Abrió el sobre con mucha ansiedad. Leyó lo escrito. Se le nublaron los ojos por las lágrimas.
La gente pasaba apurada a su lado, sin tener en cuenta su estado emocional.
Tenía dos palabras grabadas en su retina: LO SIENTO.
No podía creer que se haya ido de su vida. Sin el su vida ya no era la misma.
Sentía pena y angustia. Una y otra vez se lo repetía a si misma: "no es cierto, no puede ser, el va estar allí esperándome cuando regrese a casa"
Preparó la maleta, reservó un pasaje para el próximo vuelo, se dirigió hacia el aeropuerto.
Horas después abría la puerta de su casa, todo estaba sumido en un profundo silencio.
Sin pasos, sin ruidos, sin nada.
Recorrió todas las habitaciones buscándolo en vano.
Al no encontrarlo, cayó abatida sobre el sofá.
Sobre la mesa pequeña había un retrato, allí estaba su foto. Las lágrimas le brotaron al instante, apretó muy fuerte contra su pecho el marco.
Pobre Bobby, pensó, dieciséis años juntos.
Su más fiel compañero.
Lo había recibido de regalo del que fuera su esposo, en el día de su cumpleaños.
Lo crió. Lo cuidó con mucho esmero. Hoy ya no está junto a ella. A él también lo perdió.
El veterinario no le había dado ninguna esperanza de poder salvarlo de la enfermedad que lo acuciaba.
En ese momento, escuchó el timbre de la puerta de calle.
Al abrir vio a dos niños que llevaban en sus manos dos cachorros de color café
- Señora, nos quiere comprar usted uno?
Rondando la quebrada, Stella Maris Taboro
Justo cuando la luna y el sol estaban en conjunción, recorrió como un sagaz tigre que recorre la selva al pucará , que devoró parte de la ladera para brotar en vergeles y alimentos determinados por la altura en sus infinitos modos.
La pacha mama resurgía en el viento de las quenas que asombraban a las escasas aves besando el cielo. Quizás bajaban a los escalones de la fortaleza, la magia embrujada de la chicha ensangrentada por el conquistador.
Tal vez desde el Río Grande llegaban las llamas y se echaban, adorando al sol esquivo de la Puna , junto a los parapetos donde un coya prestaba al paisaje el colorido de su poncho . No recordaba la primera vez que estuvo allí , ni siquiera titilaban dentro de ella los recuerdos placenteros del pasado, con aquel sol cobrizo y el viento marcando con fuerza a los nativos que nacían para adorar al inti y morir en el vientre de la pacha mama dentro de un hueco vientre de alfarería .
Los hilos de agua que bajaban cansados y débiles ,cantaban leyendas milenarias y supersticiones con letras de rituales ancestrales Casi un sincretismo perfecto ,casi sobrenatural , ribeteados por los antiguos andenes de cultivo en esas alturas, que sólo mascando coca soportaban .
Justo alli cuando la luna y el sol en conjunción estaba, se retiró muy lejos el alma de aquella vajilla rota que vio romper el sueño de una cultura milenaria ,esa cultura que quiso recorrerla una vez más en el viento de la puna que descendía por el pucará de Tilcara .
MARÍA LUZ… LUZ MARINA, Norma Padra, Buenos Aires, Argentina
En la castigada ciudad de Puerto Príncipe, María Luz y uno de los tantos guardacostas, formaban una linda y feliz pareja hasta que un día él partió, hacia el país de las almas perdidas.
La tristeza invadió el corazón de ella, que fue encerrándose en un cono de pena al que nadie podía ingresar.
La veían solitaria y agobiada deambulando por la orilla del mar a la hora en que sol entrega su energía, y también por las noches cuando la oscuridad la obligaba a iluminar su paso con un humilde farol cuya luz concluyó por atraer a las mariposas que se convirtieron en su única compañía.
Una mañana la vieron bordando esas maravillas aladas con la espuma que el mar dejaba en la orilla. Terminada la obra, se vistió con su níveo tejido y así fue cobrando vida su nuevo y mágico aspecto.
Aquella tarde todos asistieron al misterio de cómo era llevada por los aires al compás del aleteo de sus compañeras y, desde ese momento, el viento suave jugaba con ella mientras la rodeaban miles de mariposas blancas. Hasta que hubo una tormenta muy fuerte y María Luz fue arrastrada por ráfagas huracanadas que la llevaron lejos.
En lo alto del cielo se la vio flotar.
Hoy descansa su cuerpo en un campo cerca del mar donde crecen flores multicolores y nacen mariposas todos los días.
Cuenta la leyenda que los pescadores, en las noches de luna llena, la ven volar con su vestido de mariposas y luciérnagas.
Su imagen se multiplica por miles al reflejarse en las ondas marinas y se diría que, mientras ellos pescan, ella los acompaña, iluminándolos.
Distancia, Gabriela Agilda, Buenos Aires, Argentina
Dime por qué canto canciones mudas. Porque eran tu arrullo mientras me amabas. ¿Será tu tradición oral la que quiso divulgarme? Para volver a amarme, para recuperarme en otro tiempo, para acunarme en brazos eternos que ya no me dejarán ir. Dime cómo mi nombre desnudo suspira el tuyo y se pierde. Dime cómo mis manos dibujan tu rostro sin haberlo visto, como mi vientre rememora espasmódicamente tu arte rupestre sin haberlo gozado. Dime cómo. Dime. Todo está escrito. Nárrame entera. Tu cronología estalla en mi pecho. Quiero revivir. Tu archivo secreto atesora mis crónicas. Necesito recrearme. Como desde entonces. Como cada vez.
¿Cómo modelo mi pasado en tu presente? Dime cómo. Quiero caminar tus añoranzas. Quiero aturdirme con tu canto contemporáneo; quiero inventar mi reflejo en tus ojos incrédulos. Sin tiempo, sin espacio, sin apuro. Necesito posarme en tu aliento, para corporizarme, para que me recorras y me resucites encendida en tu deseo, entre las sábanas de nuestro encuentro interrumpido por la línea del tiempo. Necesito ser. Ahora. Dime cómo. Si tú estás allí y yo aquí. Necesito renacer. Fecúndame con tu ilusión. Puedes lograrlo. Escribe mi historia futura. Sabes cómo hacerlo. Hazlo. Hazme.
EL PREDADOR - Fernán S. R. Banda, Santiago, Chile
Era bien entrada la noche. Escondido entre los densos arbustos se recostó extenuado. La luz de la luna atravesaba apenas el entramado de aquella espesura. Durmió inquieto, como adivinando una presencia perturbadora. Despertó con el leve crujido de una rama al quebrarse. En la penumbra se escuchaban ruidos feroces pero lejanos. Permaneció quieto aguzando el oído, escuchó con claridad el susurro de algo escurriéndose entre el follaje. Con los ojos entrecerrados vio acercarse como una sombra brutal la sanguinaria fiera, era negra, imponente, sigilosa. Por instinto supo que no debía moverse, ni siquiera respirar, hacerle creer que estaba muerto. La fétida cercanía tenia olor a sudor, a baba caliente, a sangre seca. Intuyó en esa sensación un residuo del terror de la ultima víctima. La inmovilidad era una tortura, le dolían los músculos agarrotados por la tensión. Con ansiedad contenida sintió la húmeda nariz recorriendo su piel, olfateando su cabeza, buscando con lentitud el cuello. En ese momento casi pudo respirar el vaho de aquel aliento feroz. Vio como replegaba los labios disponiéndose a morder, en la penumbra los colmillos resplandecieron con destellos filosos. Entonces, con un movimiento rápido, preciso, giró la cabeza abriendo sus fauces, y la atrapó.
Silencios - Gabriela Agilda, Argentina
A poco de confirmar el embarazo, su mujer había enmudecido de un momento para otro. En un principio Diego lo había atribuido a la emoción que la gran noticia le producía, pero ella nunca recuperó el habla. Ninguna de las especialidades médicas que consultaron había podido dar un diagnóstico. Hasta la alegría que el dolor del parto le produjo había sido silenciosa. Ella lloraba lágrimas mudas. Por momentos, a pesar de la presencia del bebé, el silencio en la casa era ensordecedor. Diego había llegado a sentir que él tampoco tenía necesidad de hablar.
La ceremonia finalizó. Su mejor amigo estaba orgulloso de ser el padrino del niño y ambos se emocionaron en un abrazo fraterno. Los invitados se sumaron a los saludos. “¡Qué caprichosa es la naturaleza!”, comentó uno de ellos. “Este bebé se parece más a su padrino que a su padre…” Las risas de los presentes ahogaron las miradas de los dos hombres. A partir de ese momento, Diego y su amigo también se quedaron mudos para siempre.
La loca - Carlos Adalberto Fernández, Buenos Aires, Argentina
La lujuria consumista, Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina
Sensación de miseria eufórica plasmada en un papel, legado de quien nunca morirá, ya que su obra trascenderá los pasos del tiempo. El recuerdo vivo de quien quiso sacar la sangre fuera de las venas.
Cada sueño es sinónimo de obra, cuando se expresa. Guiones relatados por la imaginación del artista.
La tendencia social consiste en encerrar a las personas en bloques de hielo para congelarlas y así anularlas. La maquina esta en funcionamiento. Cada engranaje esta maldito, ruedan aceitados por sangre, necesita consumir mas y más y más.
La humanidad esta en su pico máximo de subdesarrollo mental, la estética y la apariencia ganaron la batalla de la integridad. La mortadela fue sustituida de las góndolas por la rucula y los bares por gimnasios, donde orgías de maricones miran sus carnes frente a un espejo, mientras huesudas anoréxicas y señoras entradas en carnes, preparándose para la temporada primavera/verano, saltan al ritmo de sonidos de resortes. Pum-pum, pum-pum, un, do´, pum-pum, la cola parada, pum-pum tre´,cua´, pum-pum, eeeessso chicas pum-pum, chingui-chingui, mantengoooo...
Es terrible y preocupante. Terrible por la catástrofe de supervivencia a futuro de la especie, preocupante porque el monstruo crece, ha roto las barreras de contención. El consumo sobre la creación, los rebaños sobre la riqueza propia de cada individuo.
Mientras el artista sigue marginado, el arte no vale. Lo que vale es el nombre del autor que la maquinaria quiere vender. Y se vende por dinero!!! Sujetos a modas y tendencias
Sin embargo sigue creando, ignorado, para si mismo. A nadie le interesa, aunque tal vez cuando este muerto se lo recuerde mediante su obra con nostalgia.
Ni imagen ni semejanza - Rubén Valle - Mendoza, Argentina
Negativo de mí, Rubén Valle, Mendoza, Argentina
La espera - Senén Rodríguez Perini, Barcelona, España
El vigilante dormido - Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina
No se como llegué hasta aquí, viajé durante días, tal vez minutos...no lo se. Recuerdo haber estado en un camino, cuando sin pensarlo seguí avanzando hacia el horizonte infinito. Me dejé guiar por un pájaro que parecía una señal, el batir constante de sus alas, no parecía cansarse.
¿qué buscaba? no lo recuerdo.
Algunas veces exploramos nuestra conciencia y nos perdemos en ella, sin saber que es nuestra, sin saber que somos los únicos habitantes de nuestras mentes. Si existe un lugar privado, solitario y desconocido es la propia conciencia. Esta ahí, sólo hay que saber descifrarla. Limitarse está en cada uno, perderse también.
Por eso me dejé morir ahogado en mi propia ignorancia.
El Derrumbe-Elisabet Cincotta/Argentina

Me siento en la vereda de enfrente, lo observo con mi copa de vino entre las manos. Brindo por él, por su victoria... ¿yo me habré salvado?
La víctima-Loreto Silva/Chile

Ya completé la compra, pero todavía vociferas, así que, silenciosamente agrego chocolates y dulces. Por fin callas y lívido sacas la tarjeta de crédito y pagas la cuenta.
Siento como nos miran, ya sin disimulo, se lo que piensan: “Pobre tipa, ojerosa, avejentada, gorda, desaliñada, humillada y sometida por este abusador, ¡desgraciado! yo jamás soportaría que me tratasen así”.
Pero ellos no saben que tú, bien vestido, de mal genio, con tus gritos y desaires vives sometido a mí. Que soy, en definitiva, la que toma las decisiones en esta relación, que si no miré a la cajera fue para que no viese mi risa burlona. ¡Porque me río de ti!
Alicia Abatilli-Río de Escamas/Córdoba-Argentina

Nada los conmueve. Los otros tendrían que saber muy bien dónde pegar para lograrlo, pero ellos se encargan que nadie lo descubra.
Cada vez que evidencian que alguien "duele", cierran esas escamas- coraza a voluntad, como para no contagiarse, para no ser vulnerables quizás.
Llegará algún día que de tanto amontonar dolor, las defensas colapsarán y ahí sí veremos cómo se van desgranando en lágrimas, hasta convertirse en un río de escamas.

DEL CUERPO Y LA MEMORIA - Eva Durán, Alemania
http://laciudaddelaspalabras.blogspot.com/
Las palabras - Anaís, Las Palmas de Gran Canaria, España

En el piso, brotado salpicado - Andrés Villela Elizondo, México
Ancianos - Gaviota Romero - España / Suecia
10-05-1999
Hoy día, en un mundo carente de amor y de respeto al prójimo.
Se ven a las personas ancianas como un estorbo, una carga difícil de llevar.
A estos ancianos los abandonan en gasolinera, cuando llega el tiempo de las vacaciones u hospitales, alegando enfermedades que en la mayoría de las veces sólo es consecuencia de la propia vejez, y carencia de amor.
En lo mejor de los casos los dejan en residencia para la tercera edad; suena mucho mejor para algunas conciencias.
Todos debemos pensar, que si no morimos de joven, tarde o temprano nos hacemos viejos.
Mi madre me contó cuando niña un relato, que me hizo impacto en aquel momento, y siempre sigue emocionándome cuando se lo cuento a mis hijos.
Andaban por el camino polvoriento, padre e hijo, hacia un calor sofocante.
El padre arrastraba los pies, le costaba trabajo andar.
De vez en cuando miraba a su hijo con ojos tristes pero, el joven no se percataba de la tristeza que embargaba a su padre.
El anciano miraba sus manos ya no eran fuertes y firmes ahora estaban deformadas, y apenas tenía fuerzas en ellas.
¡Cuántas veces había levantado del suelo a su hijo! Cortando durante semanas los troncos que los calentarían en el largo y frío invierno.
Todas las mañanas madrugaba, para llevar las hortalizas al mercado del pueblo; sus manos entonces fuertes guiaban diestramente las riendas de los caballos.
Respirando profundamente, dijo con voz queda, ¿cómo podía una persona cambiar tanto con el paso de los años? Nunca obtuvo respuesta a su pregunta.
Sentía sus piernas pesadas pero, no obstante, siguió caminando hasta que sus piernas empezaron a temblarles.
Le pide a su hijo, que por favor hagan un alto en el camino, pues se siente agotado, así, que se sienta en una piedra, que hay en un lado del camino; saca un pañuelo, se limpia el sudor que baña su arrugada frente; y mirando al suelo comienza a llorar amargamente.
Su hijo, sorprendido le pregunta: -¿padre por qué lloras?
El padre con la voz entrecortada por los sollozos, responde:
-Hijo mío, hace muchos años atrás mi padre se sentó en esta misma piedra, cuando yo lo llevaba al asilo donde tú, hoy me llevas.
Él hijo con la voz temblorosa le dice abrazándolo... - ¡vamos padre, levántese! Regresemos a casa. El padre sorprendido pregunta, -¿no vamos al... asilo?
No padre, no quiero que el día de mañana mi hijo, llegara hacerme algo tan terrible, como yo pensaba hacer.
Cuando te haces viejo.
El tiempo, como el agua, que río abajo va
¡Nunca volverá a su origen materno!
El ayer recuerdo, siempre joven y bello.
¿Por qué no duró?
¡Sólo fue un momento!
¿Por qué nos parece el pasado mejor,
el presente aburrido, y futuro tan incierto?
Todo quedó atrás, se lo llevó el viento.
¿Qué pasa en mi piel?
¿Qué siente mis huesos?
¡Qué largo es el tiempo,
cuando te haces viejo!
La caja china - Juan Yanes, España
Colecciona literatura fractal, siempre ha sido un poco excéntrico. Pesca lagartijas por el rabo para que se muerdan la cola. Le gustan los textos que contienen referencias al propio texto, que se miran el ombligo. Textos autorreferenciales, espejos que multiplican las imágenes. Le gusta la narración tautológica, la escritura de la propia escritura, el escritor que escribe viéndose a sí mismo escribir sobre lo que escribe. El escriba Salvador Elizondo. La rosa es la rosa es la rosa es Gertrude Stein. Le gustan los ciclos, las repeticiones, esa recurrencia exasperante. Le gusta Escher. Pero un día, recibe un juego de cajas chinas. Abre el paquete y ve una caja de madera natural muy oscura, ébano seguramente. La toma en las manos, la mira. Está adornada con taraceas de marfil que hacen una especie de dibujo geométrico concéntrico. Cuando la abre no encuentra dentro otra caja que tenga otra y luego otra y otra, como esas historias que tienen dentro otras historias. Sólo encuentra un sobre cerrado con lacre. Una lágrima de lacre rojo. La rompe. Abre el sobre, pensando que será una felicitación o el agradecimiento por algo que no consigue recordar, pero no. Dentro del sobre hay una tarjeta. La lee en voz alta: «Esto no es un juego de palabras, dice. Está usted dentro de una caja china. La que tiene en las manos es la última».
Mulata de tal - Julia del Prado, Perú
Y me dejó ... Carlos Adalberto Fernández - Buenos Aires, Argentina
Me lo dijo el jueves. Lo recuerdo clarito porque el día anterior había sido miércoles.
"Prometo leerte mañana a la noche", me dijo.
Mojé la pluma en mis venas sangrantes, volqué palabras quemantes, hice de la vida un cuento.
Y entramos en mi tumba a esperarla, mi cuento y yo.
"Buscándose", se llamaba.
Buscando qué, si ni me muevo desde ese jueves
El sicomoro ya está crecido, sus raíces penetran el polvo que fue carne mía, comen mis huesos nutren mi memoria.
Pero no volvió.
Me quedé sin Amparo.
RIP
Loreto Silva, Chile
Estaba, como acostumbraba, mascullando mi resentimiento, ese que nació conmigo cuando me parieron. Me avisaron que morirías pronto y necesitabas pedirme perdón. Un destello de sonrisa triunfal cruzó mi rostro, esperé toda mi vida ese momento. Entré a tu habitación, vivías tan pobremente que me sorprendió. Siempre dijeron que eras rico y poderoso, mi odio se reavivó. Ahora que te tenía a mi merced tendrías que escuchar, cada palabra de mi discurso largamente meditado, te escupiría al rostro: el odio que recibí, la carencia de amor de madre, la envidia a mis hermanos cuando ella los acariciaba, te pasaría la cuenta de toda mi vida amargada de hija desamada e indeseada. A ella no la culpo, ¡pobrecita! bastante hizo con no abortarme y criarme a los catorce años, siendo yo la hija de un violador. Miré hacia tu cama, no vi a un hombre poderoso sino un bulto de huesos envuelto en pellejo, encogido por el dolor. Desestructurada e incapaz de insultar a un ser humano con esa implorante suplica de perdón, en las pupilas acuosas, atiné a preguntar. ―¿Le duele algo? Me respondiste con voz temblorosa.―La conciencia hija, me duele la conciencia.
Tolerancia Total//Loreto Silva-Chile

Y ese era su pero, a diferencia de los de su especie, su herencia genética debía tener alguna información confusa o errónea porque insistía en ponerla a hibernar todos los otoños cuando las hojas caían, bastaba este simple fenómeno para que el sueño la consumiese y se enroscase en su concha, guardara su cola, cerrara la puerta y a dormir se ha dicho.
Quizás qué habría sido de ella si el amoroso señor topo no hubiese asumida su cuidado, él vigilaba a su amiga cual centinela leal y con los dedos de sus manos peludas le sacudía la caparazón y la protegía de los extraños. Durante el invierno, cuando llovía él la llevaba rodando al lado más alto del jardín y si nevaba se preocupaba de ponerla al interior de su madriguera para que no se congelara.Ella, ajena a todos los cuidados que su situación requería, obedecía a su naturaleza diferente y dormía profundamente al interior de su caracola, tan profundo era su sueño que a veces el señor topo se asustaba de su letargo, pero había descubierto que bastaba con sacarla al aire primaveral para que la luminosidad de los más largos y cálidos días le avisara a este ser extraño que era hora de despertarse.
El había visitado la biblioteca para investigar todo lo referido a enfermedades sicosomáticas y mentales y hasta estudió un tratado sobre hibernación, pero nada le daba luces para entender por qué su adorada amiga Caracol se dormía al llegar el invierno. El terminó por considerarla un "caso", todo un "caso" y finalmente la aceptó, entendió que la vida junto a ella era de sólo primavera y verano porque en cuanto el otoño llegaba ella caía presa de su profundo sopor. Y nada importaba sus deseos y soledad. Así pues, se tornaba nuevamente en su cancerbero.
Así Fue//Samuel Lijovitzky-Nazareth illit, Israel.
Y estaba allí tendida
Sus ojos se abrían y cerraban
Respiración agitada
Suicidio//Andrés-Zamora, España
La Carrera- Ito Kasuro (Perú)

http://tierragramas.blogspot.com/2006/11/microcuentos.html
La Cena//Juan Yanes

Metamorfosis - Luciano Ribero, Córdoba, Argentina
Al frío no lo había notado, pero sucedida la secuencia de la metamorfosis supo que siempre estuvo allí, y que de haberse podido cubrir con algo nada hubiera cambiado. El frío fruto de la preocupación, el frío al escuchar el eterno llanto de la beba, el frío que le venía con el miedo. No, no era cuestión de abrigo.
Así, se dio prisa a poner en práctica su mejor solución. Volvió a cerrar los ojos, de nuevo el plato de vidrio, los mosaicos con florecitas y la silla de madera y la cama de dos plazas. Estaría cálida, hasta que se repita el rugido del estómago y todo se transforme otra vez.
Elisabet Cincotta - Juan de todos/de nadie, Berazategui, Baires, Argentina

Juan nació entre chapas y cartones. Chamuscó las hierbas con sus pies descalzos, roció el horizonte de soledad y hambre.
Vio los días sin sol y el oscurecer mendigo de pan.
Juan sueña que lo aman. Tiene tanta crudeza en las palmas que le es difícil abrazar.
Resiente su camino limpiando parabrisas para algún patrón. Pechito desnudo, tirita la garúa entre su piel. Arriesga la vida entre semáforos del malón ciudadano.
Juan, del hogar sin lumbre, del plato sin sopa, de la lágrima olvidada y la justicia que no ve.
Juan del mundo lloro tu risa... tu puteada me hace llorar.
La despedida - Lady López, México
Espantapájaros - José Perpiñal, Israel
Que nos esta pasando que no tenemos valores o principios para ofrecer, el amor no se compra pero se paga al mejor postor, la amistad se encuentra envuelta en papel moneda, los sentimientos se guardan en un gotero para darlo en su mínima dosis. Y la palabra ya no vale como una firma.
Educar o adiestrar, esa es la cuestión. ¿ La libertad te da derechos sin obligaciones y lo viejo se tira o se guarda donde no lo veas.
Como al abuelo que no lo mandaron al asilo porque no se pusieron de acuerdo quien pagaba la cuenta si el que se quedaba con la casa ó los hijos varones ó las hijas ó. ó. ó.
Al abuelo le preguntaron y él contesto lo que ustedes crean que es lo mejor para ustedes ?
Al final en el cuartito trasero para que no lo molesten los chicos y solo con mandarle comida y las pastillas dos veces por día es mas que suficiente.
Al final solo, con la mirada perdida en el horizonte pero sin ver, sacudido por el viento, sin amigos, ni los pájaros ni los perros se le arriman.
La pregunta ¿cuál es LA DIFERENCIA?
Primera Vez/ Ito Kasuro-Chile

Fotografía/ Luciano Ribero-Córdoba. Argentina

El parque, las hojas de primavera. Niños corriendo en el fondo como para ambientar el paisaje. Un Edén, barriletes. Sol radiante y vivo, el pasto verde. Movéme más para este lado, Ana. Pegó la nariz contra la foto. Casi podía oler el perfume francés que le regaló alguna vez a su mujer, escuchar el sonido del agua bailando en la fuente mientras reposaba sobre el mantel a cuadros. Las palomas picoteaban migajas de pan en el suelo. El pelo le flameó casi tanto como la bandera que sostenía San Martín. El viento le acariciaba el rostro.
Y miró delante, con su mujer entre los brazos. Una señora sacudía inútilmente a un viejo postrado en la cama, mientras observaba asustada su sonrisa congelada de oreja a oreja.
Que ni pintado-Juan Yanes- Canarias. España
Incapacitada- María Fischinger

Las facciones y tez de la pequeña le recordaban a los asaltantes que encontró en una esquina sentados en una camioneta verde. Volvía a revivir los maltratos, los golpes que con mucho esfuerzo bloqueaba para no hundirse en la desesperación. Una mano le apretaba la boca del estómago y sollozante comenzaba a temblar incontrolablemente.
Su madre y su hermana se habían turnado para cuidar a la pequeña, pero hacia unos días que tuvieron que reanudar su vida y ahora ella se encontraba sola con la recién nacida. Se repetía que la pequeña era inocente de toda culpa, que su corazoncito había palpitado dentro de su cuerpo.
Se prometió que mañana la atendería. Hoy como ayer no podía hacerlo. Cerró la puerta para no escuchar el llanto y se metió en ducha. Estuvo mucho tiempo como acostumbraba desde aquel día del asalto. Quería que el agua se llevara sus recuerdos.
LO MATÉ (CONFESIÓN)-Elba M. Bermúdez L.-Venezuela

Fueron años de tragedia.¡Lo tuve que matar!
¡Mírenlo! Tan bello que era y ahora está hecho un cadáver inútil que quizá nadie recogerá de la basura…a decir verdad, seguramente podría hacer feliz a alguien que se conformara con poco, yo ya le odio tanto que le condené a no vivir sin oportunidad o esperanza de otra vida, era él, o yo, la decisión se tomó
Inocencia Incomprendida- Samuel Lijovitzky- Nazareth illit,Israel

Levantó la vista. El sol bañó su rostro.
Sin saber que rumbo tomar siquiera sus pasos lo llevaron lentamente hacia la plaza.
Había niños jugando en los distintos juegos. Se sentó en un banco a observarlos.
Su mirada se centró primero en la cabeza de ellos, luego en sus rostros infantiles, inocentes, ajenos de toda maldad.
Quiso en ese momento recordar su infancia. Había algo dentro de su mente que le impedía hacerlo.
De repente y sin darse cuenta de lo que hacia se paró.
Caminó hacia ellos. Lo miraron con asombro. Tendió sus manos.
Acompasadamente se movían hacia un lado y hacia otro agitando sus cabecitas.
De sus gargantas surgían distintos tipos de sonidos estridentes mientras cantaban todos juntos:
Manuelita.,,,,,Manuelita....Manuelita a dónde vas, con su traje de malaquita y su paso.....
De repente dos fuertes manos sujetaron sus brazos y lo inmobilizaron.
Déjenme jugar, déjenme jugar con los chicos... por favor
Gritaba a brazo partido, mientras los hombres lo arrastraban y le colocaban la camisa de fuerza y lo introducían en la ambulancia.
Los niños observaban atónitos sin entender lo que estaba sucediendo.
Instantes después continuaban con sus juegos, sin prestar atención siquiera del vehículo que se perdía a la distancia rumbo al hospital psiquiátrico.