Rocío - Silvana Alvarez Martínez, Colonia, Uruguay

Era un domingo como tantos, retornábamos con Melina –mi perra- de nuestra caminata por la playa, ambas con el andar cansado y pausado. Felices, pues el caminar a la orilla del río es como una inyección de energía, mientras éste acaricia tus pies y más bello aún es ver como Mel disfruta corriendo, mordiendo, ladrándole a las olas.
Casi llegando a la esquina de casa, una pequeña de unos seis años, lloraba y se acercaba saltando en un pie. Apuramos el paso. Pregunté qué le pasaba: -me clavé algo- contestó entre sollozos sosteniendo su pie descalzo. La senté en el cordón de la vereda, le pedí que sujetara la correa de Melina. La espina estaba en el dedito gordo de su pie, lo tomé con firmeza mientras ella no dejaba de llorar y enjugarse las lágrimas con su manito. Preguntó: -¿es un clavo?- -No-, le contesté. -Es una espina grande, aguantá un poquito más ¡ya la tengo!- Pude extraer la causante de tanto llanto. ¡Ya está, mirala! Y como vieja que estoy… no pude dejar de decirle: esto te pasa por andar descalza! Me dio las gracias, pregunté su nombre: Rocío. A la mañana siguiente, camino a la playa, escuché un “¡hola!” una niñita sacudía la mano saludando. Su cabello bien peinado en una cola de caballo, de túnica blanca y una gran moña azul, me recordaron mis tiempos de escolar: era Rocío, esta vez con una amplia y bella sonrisa.