Rubén Vedovaldi

YO Y EL OTRO*
Al otro, a Rubén Vedovaldi, es a quien le trabaja el nombre o su eco. Yo camino por la vieja casa y me doy a ver como crece el lapacho rosado que me regalaron como bonsái y puse en libertad en la tierra del lote. De Vedovaldi tengo noticias por el correo, por Internet, por teléfono, y leo sus versos publicados en tal libro, en tal periódico, en tal otra revista. Me gustan las tetitas de las quinceañeras en flor, las piernas de las locas perdidas, el cine de Polansky, las canciones de los Betales y Almendra, el olor de una tira de asado en la parrilla, y la voces de Gelman y Galeano; el otro comparte o no comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Nuestra relación no es hostil, yo sobrevivo, yo despierto del sueño, para que Vedovaldi pueda estrofar su obra más o menos literaria y eso más o menos me justifica.
Ha logrado ciertas páginas más o menos válidas, entre montañas de hojarasca prescindible, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo aprobado ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje y del siglo. Yo estoy destinado a perderme, y sólo algún instante de mí podrá trascender en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su viciada costumbre de juguetear con la lengua y el habla.
Heráclito entendió que todo cambia; la piedra antes no era piedra y después dejará de ser piedra; el río antes no era río y, si el planeta se calcina, dejará de ser río.
Yo he de quedar en Vedovaldi, no en mí (si es que alguien soy), aunque me reconozca menos en sus libros que en los de otras y otros o que en un solo salvaje de saxo.
Traté de liberarme de él, y pasé del delirio surrealista a la búsqueda de una síntesis, al ejercicio del estrato fónico y del significante, pero esos ejercicios y piruetas de estilo son de Vedovaldi ahora y tendré que idear otras para mi, para el estilo de mi muerte.
Mi vida es una estrella más o menos roja, más o menos difusa. Ni Dios ni el Diablo creen en mi. Todo lo pierdo en los basurales del mercado. Todo es del olvido o de la AFIP, o del otro.
Uno es descendiente de campesinos italianos, el otro se tiene que inventar su propia patria e historia.
Uno siembra y canta en el desierto, el otro recoge placer y dolor del cuerpo; desaciertos, desconciertos, melancolías y malentendidos. No sé cuál de los dos está más solo, más lejos.

Fernando Iwasaki

PETER PAN - De Ajuar Funerario -

CADA VEZ QUE hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.
A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Nanim Rekacz

Última voluntad

Cuando vengan a visitar mis restos, no me traigan flores, sino libros. Muchos libros. Libros con paisajes, con cuadros, con dibujos. Con cuentos maravillosos y novelas intrigantes. Déjenlos abiertos dentro del mausoleo y cuando los vean cerrados, cámbienlos. Será que ya los he mirado. Y si quieren quedarse un rato, léanme en voz alta.
Sé que podré soportar la soledad, pero no la ausencia de palabras...

Graciana Petrone - Rosario, Santa Fé

Supe encontrar una tarde un poema enterrado en e fondo de un espejo y con sorpresa descubrí que tan sólo hablabla de tu prisa. De tu deseo de no envejecer leyendo en el rincón más oscuro de la casa, mientras con placer matemático yo sirviera la cena y el parpadear de la luna acrencetase nuestro deseo de volar.

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Y qué de sus voces asegurándome amor al oído y de sus celos y su sabiduría, si de sólo imaginar el escombro que aprisionan sus pupilas un frío de sable me perfora las vértebras.
Curvas extrañas deliberando álabes, mármoles, tinieblas. Palmas tendidas al espanto.
¿Cómo no haber presentido el silencio que dejarían al cerrarse? Si el humo pues, la delgadez extrema de quienes no regalan misericordias ni auguran porvenires, han podido ganarles jamás, alguna que otra jugada.
Misticismo entonces sobre ellos. Y amor. Amor esparcido como sangre. Mensajes aterradores de quien nuca pudo más que estas visiones que emergen como ruinas.
Del color del barro apostado en las esquinas, al borde de las aceras o en los escaparates, una noche me topé con sus miradas.
¡Y sí que amé esos ojos por las tardes y en las noches! Esos que embebidos de secretos no hacían más que horadar caminos en perfecta paz con las ausencias y los dioses.
Como labios besaban levemente al abrirse... y al cerrar (mejor no recordarlo), demolían mi piel entre caricias y espasmos.

Joan Mateu, España


El hombre se dio de alta tres cuentas de correo Correo electrónico, participó en los chats más seductores, abrió una cuenta de jabber, una de messenger y una de Gtalk; se registró en todas las webs de envío de SMS y lanzó mensajes a todo el mundo. Participó en innumerables foros, contrató varios números de telefonía fija, compró una palm con acceso a Internet y se dio de alta en Skype, se inscribió en toda web social que encontró: Facebook, MySpace. Hi5, etc. Se hizo una web personal, se registró en YouTube, se apuntó a cuatro listas de correo, colaboró en un servidor de noticias y en proyectos colaborativos como Wikipedia, se instaló un MMORPG para jugar en comunidad a través de Internet, se hizo un blog... pero todo fue inútil. Siguió sintiéndose tan solo como antes.



HÉCTOR COBAS, Miramar, Argentina

DESPERTAR EN LA PLAYA

Despertó en la playa. Ladeó la cabeza de un lado al otro y se encontró solo. El murmullo de las olas llegó a sus oídos y sus ojos miraron la lejanía, contemplando el vacío del horizonte. En un instante tuvo el acertado sentimiento de que había sido abandonado y la experiencia súbita de la soledad absoluta, ante la pérdida de su entorno tan familiar hasta ese momento. El amo de siempre que había jugueteado con él innumerables veces y que tantos mimos le había ofrecido, ya no estaba a su lado; se había ido quien sabe adónde, para no regresar a buscarlo. Esa sensación de desconcierto duró algunos minutos y aunque no estaba en su esencia el contabilizar el tiempo y que tal vez, la naturaleza solamente los había dotado para merodear por el espacio, lo llevó de improviso a la experiencia, de que el sitio en que estaba, de un lugar apacible y placentero, el paisaje se le había tornado arisco, lejos de ser hospitalario y poco favorable en donde arraigarse. Se levantó, miró hacia todos lados y comenzó la ardua tarea de caminar lentamente por una de las calles centrales de la ciudad, que para él era solamente un sendero más y que no tenía un nombre, ni número, y que esa caminata tampoco significaba ahora un paseo como cuando salía a correr con su amo y recordaba el sonido con que lo llamaba y que aparentemente en el lenguaje humano significaba algo, pero que para él no era nada más que el eco de una vaga letanía, al cual respondía con gestos de obediencia y alegría con espectaculares saltos que realizaba, alrededor de piernas conocidas y de aquella mano que sujetaba una correa que terminaba en algo así como una cadena arrollada a su pescuezo. Siguió caminando, observando cada cosa que se interponía en su camino. De pronto se dio cuenta que tenía hambre y sed. ¡Qué fácil resultaba antes el tener esas sensaciones y lo rápido con qué le suministraban esos elementos cuando los necesitaba! ¿Cómo haría ahora? Miró a su alrededor y vio un charco con agua. Al principio dudó pero la sed era muy grande, así que se precipitó rápidamente en el charco, que a él le pareció un oasis y sorbió esa estancada agua con ganas, una y otra vez, hasta saciar la sequedad áspera de su garganta. También y un poco más adelante vio un bulto tirado en la calle, lo rompió y con sorpresa comprobó que contenía comida que alguien había escondido en esa bolsa. Engulló con rapidez esos restos hasta terminarlos. Los humanos dicen, que sólo ellos son capaces de rumiar cosas en su cerebro pero él evidentemente rompía con esa regla. Y se le ocurrió cavilar que aquello que le ocurría ¿no sería acaso el precio que había que pagar por no contar con un dueño que le proporcionara el alimento y cierta protección, a cambio de soportar sus cambios de humor y las quejas que a veces tenía que sufrir y por qué no algún castigo corporal, cuando algo que hacía no estaba dentro de sus planes? Se sintió anímicamente un poco mejor y se alegró de poder ir libremente por donde deseara, sin que lo condicionaran con la cadena y le indicaran con golpes de soga el camino a seguir. También sospechó que surgirían inconvenientes y nuevos peligros y que el mundo que ahora se abría ante sus ojos no sería un lecho de rosas, pero experimentar lo que era ser libre y sin ataduras, era eso lo que en estos momentos importaba. Y ese súbito despertar lo embargó de una inmensa alegría y husmeando ávidamente el sendero, se alejó calle abajo hacia otro destino para él desconocido.

EMILIO REY Rosario, Santa Fé

El rito de Ícaro
Era hora.
La luna realizaba su mejor esfuerzo por brillar más que nunca. El despejado cielo, violeta y ámbar, parecía expectante de la proeza que pronto se realizaría.
Ícaro miró a su padre, que experimentaba en su interior mezclas de ansiedad e incertidumbre. No sabía si su hijo estaba preparado.
—¿Estás seguro de que lo quieres hacer? —había cuestionado Dédalo muchas veces a su muchacho, ensimismado días y noches en su ambicioso proyecto.
-—¡Oh, padre! Estoy tan cerca de alcanzar las estrellas…
Desde la cúspide del dolmen, Ícaro extendió sus brazos hasta sentir sus propios huesos, mientras se desplegaban por primera vez las alas que con tanta emoción y paciencia había desarrollado durante semanas. Respiró profundo como si el aire inhalado lo tornase más ingrávido. Apuntó la mirada hacia la cima de la colina, cuya silueta se erguía a la distancia en la difusa luz de la noche. Era su meta y el joven alado dejó de un salto, su humanidad y alas en manos del vacío.
Dédalo, absorto e inmóvil, podía tan sólo mover sus ojos y seguir con ellos el aleteo frenético de su hijo, que de a ratos brillaba con el reflejo que sobre las alas le regalaba la luna.
Ícaro sentía correr por su sangre el vértigo que tanto había anhelado. Al principio su cuerpo vibraba descontrolado. Luego aprendió a estabilizarse.
Poco a poco empezó a animarse a girar, ascender, a hacer cabriolas. Finalmente, cuando aterrizó sobre la cima de la colina, una lágrima de satisfacción le rodó por su emplumado pecho.
Dédalo, henchido de orgullo, desplegó sus viejas alas y voló al encuentro
de su hijo, quien se había convertido en adulto.

EMILIO REY Rosario, Santa Fé

Nictálope
Desde los techos, desde la noche, todo es más claro y más fresco. Sus sentidos se exaltan y todo comienza, ahora.
Fibrosos los músculos que harán proezas. Una y otra vez, las acrobacias tan difíciles de repetir. Salto tras otro: aquí sobre las tejas, allá por las cornisas... Dueña de la gravedad, se ríe del vértigo. Es algo que ignora.
Un maullido, un llamado que araña el encanto del mero movimiento. Se escuchan otros y otros maullidos.
La noche está llena de ojos que ven lo que yo no veo. En la negra noche bien negra, ella ve mejor que antes, cuando yo la hubiera buscado, quizás, con la mirada. Pero sólo la oigo, o la huelo, o la intuyo. Ya no está donde recién estaba. Allá va, creo...
Más maullidos y pequeños cuerpos que brotan de otros mundos: chimeneas, paredes, canaletas. Espectros peludos de cuatro patas, con potentes miradas en el oscuro sólido de la oscuridad.
Mi mundo está aquí abajo, no es ese. Debajo de las azoteas, donde se acatan las reglas nocturnas del letargo. Allí está mi rincón y me espera. Cuando mañana yo haya descansado, ella se acurrucará recién entonces, en el suave almohadón (querido almohadón) que antes era mío.
Pasos sigilosos, lomos tensos.
Aullidos. Carreras frenéticas. Encuentros, gruñidos, encuentros, alaridos, encuentros, zarpazos. Desgarros de un silencio que no se impone.
Jugar a cazar, acechar y ser acechado. Contraer tendones y luego saltar en saltos imposibles, ensayando incansablemente el acto noctámbulo y felino. El rito ancestral está en marcha.
Yo ya casi duermo, a pesar del ruido y el retumbar sobre mi cabeza de los galopes en miniatura. Estoy acostumbrado a esto, aunque quisiera correr por los techos y callarlos, asustarlos. Ella y los demás saben que no iré, que no podría. Lo que sí haré será ladrarles, de tanto en tanto, entre sueño y sueño; para que recuerden que estoy aquí, debajo de ellos, vigilante.
Sí, eso es lo que haré.

Pascual Marrazzo

En la arena

Escribí en la arena para que se lean, en tus pechos para que se graben y en tus pies para que caminen, todos los te amo que tenía en mis labios.
En la arena blanda que guarda mi mente modelé tu imagen para retenerla y cuando la marea subió amenazante espumé mis manos, las convertí en puntillas para acariciarte.
Los pilares de tu indiferencia fueron escapando detrás de tu puerta, dejando el vacío con ese perfume que atrapó mi cuerpo… Sin poder besarnos.
Muchos días enteros sin poder tocarnos, pude conformarme con unas miradas, mas quiero que sepas, debo confesar, muchos días crueles… Sin poder amarte.

Eduardo Francisco Coiro

Cumpleaños



Ahí va el hombre caminando por su barrio con las manos en los bolsillos. La cabeza en nada o pensando en que se acerca la fecha inexorable de su cumpleaños.
Y no cualquier cumpleaños, sino uno con decimales, el número 50. Camina y camina sin destino fijo, es la terapia del caminante que aplica cuando las cosas lo abruman y estar adentro de su casa lo angustia.
El hombre vive con su madre y el gato en una humilde casa suburbana. A pesar de sus esfuerzos en algunos arreglos de mantenimiento, la casa no esta presentable para festejar allí su cumpleaños.
Su madre actualiza una sensación antigua que el hombre seguramente ha heredado: "mira esos sillones rotos y las paredes sin pintar"
-Somos los pobres de la familia. Se lamenta una y otra vez. Actualiza a sus casi 80 la sensación que vivió en su infancia, sin casa propia, sin padre y con parientes de buen pasar económico. Una desvalorización antigua que se proyecta como una sombra perenne cuando cada ocasión lo demanda.

Así va el hombre remontando sus pensamientos como si escalara montañas. Camina ahora bordeando las paredes del enorme hospital que ocupa un cuadrado de tres manzanas por tres.

Hasta que llega a la puerta y lee el pasacalle tendido por los aires y los afiches pegados por todas partes.
"El 27 de septiembre cumplimos 100 años" "venga a festejar en familia con nosotros esta fecha única para la institución de su barrio"
"con baile de disfraces y música hasta el amanecer" "Entrada: un alimento no perecedero para ser distribuido en los comedores populares". Estaba la lista de conjuntos que amenizaran el baile: y hay los de cumbia, y los de rock, y hasta Los Auténticos Decadentes dijeron que allí estarían.
El hombre se queda ahí parado asombrado, no sabe si reír o llorar:
Justo el día de su cumpleaños 50 el hospital de su barrio cumple 100, dos veces su edad y lo festeja... con música, baile y hasta con disfraces.

El hombre sigue caminando, aunque la idea ya esta germinando en su cabeza.
Es una audacia. El es un hombre mediocre, sin iniciativas, posiblemente sin ilusiones en la vida.
Y festejar su cumpleaños adentro del cumpleaños del hospital e invitar a sus pocos amigos allí "Y que vengan disfrazados" es una audacia suprema, que lo supera.
¿Pero por que no?
Por que no darse un ratito de alegría, confundirse en ese pequeño carnaval de disfraces, sólo avisar a último momento de que esta disfrazado y que quien quiera festejar con él y saludarlo que lo busque allí en ese festejo que no le pertenece, que él tomara como propio por unas horas, casi viendo desde un rinconcito. De última, cuantas historias ajenas que no nos pertenecen nos son arrojadas por la cabeza en el transcurso de una vida. Cuantas frases que no eran para uno fueron escuchadas y dolieron como suele doler la injusticia.

¿Por que no? dice el hombre, que ya camino mas de 20 cuadras y comienza a emprender el regreso a su casa. No lo piensa más. Entra a su casa, prende la computadora y redacta la invitación:

"Queridos amigos, el 27 de septiembre cumplo los cincuenta ( ¿ya tengo que empezar a escribirlo como los sincuenta? )
Pensé un modo original y espero que les guste: ese mismo día una institución barrial cumple 100 años y organiza un baile de disfraces, la entrada es llevar un alimento no perecedero, el lugar queda en la calle Boulevard De La Armonía Nº 1836 entre San Jorge y Querandíes. Temperley Oeste. -Allí mismo hay una playa de estacionamiento- La cosa arranca a las 21.00 hs pero yo estaré a las 22.00 cerca de la entrada, todavía no pensé en el disfraz, confirmen que pueden venir antes del viernes y les cuento cual será mi disfraz -se supone que no me van a reconocer si no les aviso¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

El hombre obedeció por una vez en la vida a la idea que le surgió como primer impulso.
Hacer un festejo , aun sea en un festejo de prestado, que la melancolía le haya permitido este año invitar amigos era de por si un gran paso. Pero esto le planteaba nuevos problemas, como el disfraz debería afrontar en menos de una semana.

También empezó a sentir alguna incomodidad por un detalle que omitió decir en la invitación.

Pues la institución que cumple 100 años el mismo día en que él cumple los 50. Es un Hospital Psiquiátrico.

-Será un día de locos¡¡¡¡.



MAGDALENA PIZZIO

mujer mujer

El carruaje se había detenido antes del recodo. Un robusto tronco impedía el paso en el camino y los pasajeros, somnolientos aún, no se percataron del propósito hasta que se abrieron las puertas.
Un gigantesco truhán, al frente de los forajidos, de espesos bigotes y barba oscura, con una pistola en cada mano, los apuntaba. El cochero, acostumbrado a los asaltos se había sometido sin vacilar, pues uno de sus principios elementales era sobrevivir. Entre injurias y lamentos, la pintoresca colección de viajeros, descendió y esperó con ansiedad.
-Las joyas y el dinero- ordenó con agria actitud uno de los bandidos. Pusieron todo en la bolsa que les tendía, entre débiles protestas. Casi escondida, atrás del grupo, la muchacha no tenía más riqueza que su virtud y un anillo con veneno.
El jefe, de un vistazo aprobó el botín, la observó y guiando su escuálido caballo, en una jerga desconocida para los suyos, le dijo:
-¿Es de esperar bella mujer que me hagáis el honor de venir conmigo? por voluntad vuestra y mía y del Señor que os puso en mi camino. Que queridas he tenido; también amantes, pero mujer mujer ninguna- Y mirándola fijamente calló.
Sus ojos se encontraron. Ella lo miró y miró en su dedo el anillo.
Que la fortuna, que las virtudes, el propósito de la vida decente y abnegada, tantas enseñanzas del internado, acumuladas para quebrar el espíritu libre y ahora…
Dio un paso adelante con determinación y mirando con desdén a los atribulados compañeros de aventura, se escuchó decir:
-Que si os bañáis de vez en cuando por mí está bien. ¿Cuánto me toca? Que mujer mujer debe tener fortuna.



**letra en bastardilla con acento castizo.

SILVIA PAVIA


BOSTEZO DE HIPOPÓTAMO


MAMÁ tomó la peor de las decisiones: me envió a un colegio religioso de monjas de semiclausura. En ese antro, debíamos lidiar con una superiora psicópata, que parecía considerar el género masculino como al mismo diablo.
Mis notas eran muy buenas pero yo no encajaba con las buenas alumnas. Me parecían sosas y  aburridas. En cambio, me identifiqué inmediatamente con las peores.  Nos sentábamos siempre en los últimos bancos y sabotéabamos la clase como podíamos, charlando, haciendo ruido con los bancos,  murmurando con la boca cerrada, fingiendo repentinos accesos de tos  que no lograban  alterar los nervios a toda prueba de nuestra  maestra, sin duda muy preparada para todo tipo de ataques, inclusive el nuclear.

La madre Superiora (en adelante La Monja, como le decíamos entre nosotras) me miraba como un insecto al que quisiera aplastar con el pie, cada vez que se cruzaba conmigo en aquellos corredores oscuros y lóbregos. Yo creía que tenía ciertos poderes, por medio de los cuales sabía cuáles eran mis más recónditos pensamientos y de ahí sus miradas cargadas de rencor y ansias de vengarse.
Una vez no pude reprimir un bostezo fenomenal, mientras ella nos daba una clase acerca del comportamiento correcto de una niña de colegio religioso.
Aunque yo estaba sentada en la última fila, me vio, nada escapaba a su mirada.  Su boca se transformó en una  sola línea, pero hasta para ella debía estar claro que bostezar durante sus discursos no constituía delito alguno. Por lo que me señaló con su  dedo justiciero y bramó, delante de toda la clase:
-         Señorita Peralta!!! Usted bosteza como un hipopótamo!

La cosa se empezó a poner peor cuando entramos en la adolescencia. En un alarde de progresismo, nos daban clases de educación sexual. Que se unían las células masculinas y femeninas, se formaba un huevo y ese huevo se transformaba en un hermoso bebé. Pero la pregunta del millón era cómo hacían las células masculinas para estar allí. Sería por ósmosis? Pasarían a través de la saliva, con un beso? Misterio y respuestas evasivas.  Sobre este punto fundamental, circulaban toda clase de versiones.
Una vez encontré a Andrea, una de mis mejores amigas, saltando sin parar durante el recreo. Le pregunté qué hacía y me respondió, sin dejar de saltar, que su primo le había dado un  beso en la mejilla y estaba segura que había quedado embarazada, por lo que esperaba que el bebé se muriera mientras ella saltaba y nadie se daría cuenta…
Aunque me pareció algo descabellado, no le respondí nada, porque yo sabía menos que ella. 

Finalmente descubrimos en qué consistía el tan mentado “acto” al que todos se referían pero nadie explicaba. Analía, la más fisgona de nuestro grupo,  vio  en un kiosko una revista pornográfica y la compró a escondidas. En ella, además de las consabidas fotos, había una carta escrita por una  chica a su madre, contándole con todo lujo de detalles su noche de bodas. Esa carta circuló por todo el curso, anulando todas las versiones  y fantasías sobre el hecho. A los doce años, fue como si un velo se hubiera corrido, mostrándonos con crudeza la verdad que nos habían ocultado tan tenazmente.  Todas nos prometimos que jamás haríamos algo tan asqueroso, aunque había algunas pioneras (entre las que yo no me encontraba), que comenzaban a sentir una secreta simpatía por un género tan poco agraciado y torpe como el masculino.

Cuando terminamos la secundaria,  el Colegio organizó en el teatro el acto de entrega de diplomas.  Ese día, yo estaba muy feliz, como si saliera de la cárcel, pensando que jamás volvería a ver la escuela ni  La Monja.  Aunque, fiel a mis principios de ignorar su existencia, hubiera deseado terminar el acto e irme sin mirarla siquiera,  mamá me obligó a ponerme en la cola para saludarla. Todas, muy conmovidas, contestaban a sus frases de despedida algo así como “lo mismo me pasa a mi, Madre” . Decidí hacer el gran sacrificio con altura y le dediqué mi mejor sonrisa cuando me tocó el turno, sin dejarme convencer por el barniz de amabilidad que mostraba en presencia de los padres.
-         Peralta! – me dijo con voz que sólo yo podía oír – Espero no volver a verte en mi vida!
Y por primera vez, en tantos años, me sentí feliz de poder decir  lo que decían  las demás!
-         Lo mismo me pasa a mí, Madre – contesté exactamente con la misma entonación que mis compañeras.

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Joan Mateu, España

El minuto

Era relojero, lo mismo que su padre y que su abuelo. Conocía la maquinaria de todo tipo de relojes y su experiencia, acumulada con el paso de los años, le permitía reparar cualquier avería con plenas garantías de éxito.

Estaba efectuando una reparación en un Plumkier Cronos Sportive, cuando vio que caía un minuto sobre la mesa con un "cloc" sordo. Se lo quedó mirando perplejo y sorprendido, pues nunca le había ocurrido algo semejante. Tomó el minuto con las pinzas y lo observó atentamente. Lo midió, lo pesó y le hizo una analítica constatando que se trataba de un minuto sano.

Preocupado al no entender porque un minuto sano salía del reloj, lo guardó delicadamente envuelto en una gamuza, decidiendo que era mejor esperar al día siguiente y, con el minuto descansado, ya vería que había que hacer.

No pasó muy buena noche debido al nerviosismo, así que, más temprano que de costumbre, se sentó delante de su mesa de trabajo y consultó con el minuto el motivo de su acto.

Quedó anonadado al saber que se trataba de una fuga. El minuto huía de un amor imposible con la aguja larga. La minutera le acariciaba cada hora, estando sesenta segundos con él y después le abandonaba. Al cabo de una hora volvía a su lado y se marchaba de nuevo dejándolo solo. Al cabo de tantos años de sufrir ese vaivén, ese "me acerco, pero te abandono", entendió que era un coqueteo y vio que su amor era imposible. Decidió huir en busca de algún reloj digital que le acogiera y no tuviera que sufrir nunca más las veleidades de otra minutera casquivana.

HÉCTOR COBAS, Argentina

EXPERIENCIAS SENSORIALES
El libro La Ciencia de la Lógica de Hegel, se deslizó suavemente sobre el muelle sofá que estaba a su lado. Tenía la vista cansada y sus párpados se cerraron por breves momentos para descansar un poco, luego de haber leído durante varias horas. Se paró y se asomó a una de las ventanas que daban frente a una playa con amarillas arenas cercada por grandes arbustos y que hacía un tiempo constituían su refugio del mundo. Respiró profundamente y trató de relajar su cuerpo todavía tenso de las largas horas que había insumido en la lectura de Hegel. Casi sin proponérselo una mirada sin límites trató de atrapar el mar, que tenía ante sí y que penetraba en su retina en forma de una imagen teñida de intenso azul y espumas aún amarillentas, que capturaban el mortecino sol del atardecer. Ello llamó poderosamente su atención, y su actitud varió, cuando comprobó la modificación que esa experiencia sensorial había provocado en su interior. Y ese fue el comienzo de su despertar, ahora compuesto de imágenes sonoras, de caricias imaginadas en su piel que envolvían las turbulentas aguas de las olas y esa enorme alegría de comprobar que ese instante descubierto en su conciencia estaba poblado de vida, donde danzaban un sinnúmero de sensaciones que como duendes iban devorando los conceptos abstractos de una lógica que trataba de descifrar al mundo, pero que se había olvidado de aquello más inmediato que nos regala la intuición sensible. Y advirtió en un momento la importancia de la luz que permitía ver los contornos sensibles de las cosas y que se adherían a las imágenes para poblar la interioridad de un cuerpo que las atrapaba y resplandecía de goce a sus suaves contactos. A partir de ese instante las observaciones del mundo fueron otras.

Pascual Marrazzo, Río Negro, Argentina

La fuerza de su sonrisa
En la tarde silenciosa de ayer, ella me volvió a mirar y se sonrió. Mi corazón salió de la turbulencia para refugiarse en una dulce emoción. Como una vena que deja de sangrar henchida de cansancio, se me aflojó el goteo del sufrimiento. Un racimo de recuerdos acudió como una brisa sanadora y cicatrizaron las grietas de mis heridas.
Hoy todo parece comenzar de nuevo. Es como si el abismo en el que viajaba me ofreciera un piso donde pararme. El desamparo empalidecido, dejó de estar al acecho y se refugió en la soledad que fue quedando atrás.
Ella me volvió a mirar y se sonrió, provocando el nacimiento de emociones ocultas. Nuevos descubrimientos que no provienen de la razón perforaron la esencia celeste del amor. Entraron con vehemencia íntima, con sabor agridulce bajo un idilio de sabanas e irónicamente me creó un rincón de pensamientos nuevos. No encontré la decepción, sólo nostalgias heridas y pinceladas de sombras.
Nuevamente me miró y se sonrió esgrimiendo dos pulseras de acero sin llaves. Como un fantasma extraviado tratando de no convertirme en un esclavo me descorché la cabeza, quise huir, pero mi cuerpo acalorado se dejó tomar.
Inesperadamente ella me volvió a sonreír. Ahora con sus labios húmedos pegados a mi boca intentamos renacer de una manera más sencilla, con el gusto añejo del roble, sin espuma.

Pascual Marrazzo, Río Negro, Argentina

La Invitación

Él llegó y se sacó los zapatos para caminar libremente por el brillo del piso y las alfombras.
Ella lo invitó a cenar. Y él, mientras esperaba, armó un pájaro con una servilleta de papel.
El pájaro aleteó durante todo el tiempo pero no pudo volar. Apenado, lo guardó en el bolsillo.
Cuando se despidieron, ella le dio el primer beso y los zapatos recibieron unos pies ligeros y borrachos que corrieron al medio de la calle.
El hombre sacó el pájaro del bolsillo y acariciándole las alas lo echó a volar.

Cristina Villanueva


¿A quién le pregunto?

A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazarepifanías, agarrándose trocitos de sol oliendo a sol, o besando la roja ebullición de la  Santa Rita en el cielo de mi patio.Cazando con los ojos, o imaginando que lo veía, al  quetzal tan buscado entre lo àrboles altos del parque nacional.Mojada la memoria en la   lluvia que  borda un encaje   para la hoja verde.Ël se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios..Ahora no  puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie.¿Ysi la intemperie fuera esto:no poder compartir los recuerdos ?




Juan Carlos Motta Galé

Mi Alma


Cierto día, desperté desesperado; no sabía si había soñado o si lo vivía realmente.
Era un momento de total incertidumbre.
Lo real, era que había perdido mi Alma…
Me miré al espejo y observé mis acusadoras ojeras, mi pelo revuelto por la desesperación y una sensación de vacío hacía que mi estómago languideciese y no deseara llenarse con ningún alimento. Solo me reclamaba encontrase mi Alma.
Me lo pedían mis temblorosas manos.
Me lo demandaba mi corazón latiendo agitadamente y galopando en su búsqueda.
Comencé entonces hurgando en mi conciencia: No la encontré.
Traté de hallarla entre mis objetos más queridos; mis libros, mis fotos, mis escritos, sin resultado.
Viajé imaginariamente a los lugares que la suerte me deparó conocer, para ver si en alguno de ellos había quedado recalada.
En la bellas playas de Brasil. Tras las nieves chilenas. Perdida,
quizá embelesada por las guarañas paraguayas con sus noches calurosas y estrelladas.
¿En un café de París?¿Vagando por las callejuelas de Roma?
Extasiada tal vez por las coplas andaluzas…
¿No habría quedado tras la cuna de mi nieta, acunando su belleza en la Ciudad de México, luego de mi dolida partida de regreso a esta tierra .?
Fue inútil, mi Alma no se hallaba en ninguno de esos lugares.
Entonces…se iluminó mi Mente y recurrí a mis más recónditos recuerdos.
Y allí estaba, esperando que la fuera a rescatar:
En brazos de mi pasado, jugando con mi niñez.

FEDERICO LAURENZANA

Tribales

Entre figuras y personas caben líneas, rectas o curvas para representar o ser. Se pueden reemplazar la mayoría de las veces porque llegan a ser lo mismo; ser una figura de una persona mediante líneas rectas y curvas, o una persona con las suyas.
No cabrá mencionarte mi perdón cuando pude impedir una batalla entre tribus indias. Vos lo hubieras deseado aunque ya pronto te preguntes el por qué, el motivo de tan bélico desenlace. Y supondrás que pudo haber sido evitado.
Indios guerreros eran aconsejados por un brujo para asediar durante la noche sobre la meseta a los enemigos. Indios guerreros descansaban sobre los prados hasta oír los pasos de tantos hombres sobre ellos asediando durante la última noche que iban a ver.
Cuando todo era polvo, seca tierra sangre aire, nada se diferenciaba.
Entre figuras y personas cabían líneas, rectas o curvas para poder representar ambos bandos. Reemplazaba sus contornos empleando el pincel, haciendo tribales sobre un cuero añejo y próspero. Hacía un retrato de lo que no debía estar sucediendo, ocurriendo sobre el mísero lienzo.
Rectas que se entrechocaban de menor o mayor espesor contra los límites del cuero eran los problemas. Estas líneas debían morir, terminar sin poder escapar de su fatal desenlace, debían hacerse curvas (las menos de las veces). Curvas anudadas junto a la superioridad de los gritos de cuanta victoria se alcanzara, se desanudase prohibiendo la continuación de penurias. Llantos de segmentos, de trazos estirados para no ceder desfallecían cuando el polvo, seca tierra sangre aire, desaparecía.
Donde todo podía ser visto y diferenciado, se veían ambas tribus agonizando junto a los últimos golpes dados para sobrevivir.
Esperanzados no estaban. Ya los pocos que quedaban caían exhaustos mientras me acercaba. Advertía que de lejos mejor los percibía, o al menos de otra forma, por más que esta vez necesitara acercarme. No me sentía ni observado ni esperado, como si no residiera en ese mundo de matanzas, de tanta tinta envenenada. Sentía que hacía mal en aproximarme y oler furia, oler flechas, oler papel.
Nadie ni nada se había alterado mientras volvía a mi tronco, mi silla. La representación era tan exacta que cualquiera podría confundir la realidad con el dibujo, las tribus con los tribales. Hasta yo mismo.
Quieto, quedé admirado entre figuras, entre personas.
Reemplazaba las más de las veces con líneas rectas o curvas a la realidad o a los dibujos, al campo batallado o al cuero que como papel filoso perdurará estableciendo la inmortalidad de cada grito de muerte, de arte plástica.
No cabrá mencionarte mi perdón, es que no sé el motivo.

Nedda González Núñez

Siesta.


Me mimetizo y entrevero con las hojas de revés áspero. El entramado que las sostiene sombrea un contrapiso absurdo, rodeado por la nada. Mi piel se transmuta en savia y palo. No temo a la araña gigantesca que intenta acercarse a mí, tozuda y rápida.
Mis ojos se vuelven amarillos al ver que, del otro lado de la enramada, hay un domador de frac y bigotes retorcidos que hace restallar su látigo. Puedo sentir que de un zarpazo y un mordisco, lo dejaría reducido a un amasijo de carne lacerada y huesos rotos.
Entonces ondulo como la mismísima serpiente del paraíso. Taimada y cruel, atraigo a mis enemigos, y los acerco para dejar que se aniquilen mutuamente.
Después, ya vencidos mis demonios y temores, me lanzo al vacío. La manta extendida bajo el sol y tus brazos, me reciben ilesa.

Fabricio Simeón / Rosario, Santa Fé

Nudo desatavírgenes

Ella quiere otro animal. Uno que le haga menos daño, no como el perro salchicha que se balanceaba sobre su cabeza infinita y la arrojaba después contra cualquier vértice de cualquier pared. Tal vez ni tan doméstico ni tan salvaje, no como el hámster que comía sus crías sobre la madera del ropero nuevo interfiriendo todo pacto onírico.
Un animal es como un hombre desbaratado en la superficie de un no lugar, lo más inapropiado de la especie. La misma imagen acaecida, no saberse animal, no saberse hombre. Un animal es como un hombre que no se sabe.
Algo que difiera del estereotipo en toda supervivencia, lo más apto para su insociable transición. Quiere uno que sea la panacea del eslabón perdido, la efectual lumbre entre el australopithecus y el homo sapiens sapiens. No un conejo sumiso, no un camello sangrando agua por la giba desnuda del desierto corporal. No un gato disperso, no un canario que la despierte en su jaula miedosa.
Todo lo que había conocido era parte de un ecosistema postergado. La lesión medular, su instituto de mutabilidad, el ovillo del inframundo, sus decisiones perdurables en los manuscritos.
Y más que un deseo, parece ser el único movimiento laudable sobre el selvático tablero de humanidades desprovistas de extremos. Como torres sin dirección oblicua llegando al límite, al mismo borde de buda. Desatando la contractura en la nuca, el endurecimiento capital de los codos, una cadena de oración enmudecida. Desea porque carece, quiere porque supone tener. Desea querer o quiere desear. Sólo un animal se desea, se quiere.
Pero no quiere una serpiente desfigurada que optimice el pecado original, no quiere un oso que pueda ser representado como peluche para ubicar sobre la almohada cuando la cama esté hecha. No quiere un mono imitador de desalojos, cansado de producir esquemas incontenibles, harto de ser mono y no animal. No quiere una jirafa de baja estatura que pase por la puerta trasera de la casa sin patio o un elefante blanco trampeado en la esquina donde la intermitencia del semáforo es una constante proclive al último accidente, el que nunca se produjo.
La sumisión del instinto la había provocado hasta entramar la economía de sus dedos, el tacto del vientre, su roce almidonado. Era como querer lo que invade, lo que penetra detrás de las estanterías cuando del otro lado del vidrio sólo las uñas marcan la noción del pulso, lo que no se vuelve a ver.
Ella quiere otro animal. Uno que celebre los aniversarios del pecho como se celebra la muerte de un prócer, que pierda las alianzas del anular como se pierden las voces en la manada, que invierta el mismo tiempo en ella que han invertido las capas para suscitar un plegamiento de cápsulas. Uno que no se escape ni se quede, que no se pinte ni se destiña, que no sude ni se reseque. Uno que salga de la convención del ejemplar y entre al cuello por la nuez.
El leopardo lila irrumpe ahora el pacto de la vigilia. Nada en la textura de sus ojos despacio, acurrucado en las motas de lo invisible. Muerde la guarnición inconsistente de toda sobra, desprecia el silencio. Lame cada úlcera por la hendidura de otro pezón, vuelve a comer, pero ella quiere otro animal.

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Dispersión

"... nunca has visto un robot caminar para atrás, yo tenía otro concepto de vos..."
Luchi Camorra

-me das tu password?
-tengo el núcleo del techo fuera de la contraseña por sí las maquinas del ruido trazan la línea divisoria entre tu oligofrenia y mi taco aguja.
-Sólo quería incursionar tu lado entrañable, el más acongojado, el cursi.
-No entendiste qué eslabón se ha perdido desde el coincidente momento que pasaste junto al inodoro, vomitando el cuarto creciente, hasta este descenso de traqueas.
-Hace frío afuera y no estaría nada mal dormir con alguien.
-Se piensa en él como un electrón acomplejado bajo la estirpe anoréxica del nesquik caliente.
-Que estás leyendo?
-física cuántica, una nueva versión del mundo femenino o mecánica ondulatoria del pecho materno como materia, su dualidad onda-partícula. En definitiva tu percepción puede no ser la mía.
-Y por qué estás trabajando en una barra sirviendo tragos que seguramente no preparas con la misma intensidad con la que mueves las tetas?
-pues porque resulta ilógico resolver la ecuación desde la radiación térmica clásica que emana cualquier objeto en equilibrio, en realidad si se suman las frecuencias que los mismos emiten, todo da infinito, hasta el borde del vaso infectado, mamado en situación electromagnética, lo que está sitiado en el cuerpo del sorbete, lo que pasa de la mirada a la boca.
-Estás resfriada? pareciera que tus fosas nasales se precipitan ante la comunión que indica una respuesta, o será que mis preguntas son inapropiadas.
-Nada de lo que la ley de gravitación universal prescinda estaría fuera de mi, si la nariz y su respuesta fuesen menos unívocas y deterministas, la luz siempre entra, quieras o no siempre entra, un momentum por favor, me llama la encargada.
-Si no te hubieses acariciado tanto el pelo tal vez querría que algo se quede en mi, pero es sólo tu segundo nombre lo que me moviliza, ni siquiera el primero, es exactamente el segundo y lamento haberlo averiguado, me recuerda a una ex y este espejo siempre aparece en mi cuando la noche trasciende y algún nombre de mujer me consume como esta química oscura que está del otro lado de la madera gruesa.
-No te entiendo pero igual debo irme.
-No importa tanto si en definitiva apenas soy un cuerpo negro que absorber toda la energía que hay en mi como un objeto ideal que se superpone al mundo obtuso de las manos en estas palancas desbordantes que apenas palpan lo inevitable como resquicio o ponderación del vacío.
-Está bueno lo que dices! Aquí te dejo mi número.
-Es que no quisiera confundirte, a mi me gusta tu hermano y no tenía dinero para comprar un trago.

Fernando Gonzalez Carey / Gral Roca, Río Negro / ARGENTINA

HISTORIAS REALES DE ROCA

Estos textos no son ficcionales. Son historias mínimas de nuestra ciudad, que tienen ese sabor de la cotidianeidad y no hacen más que reflejar por qué carriles transita la vida, un día cualquiera. Y entonces sonreímos de nuestras limitaciones, del mundo chico en que vivimos.


La anciana distraída


La viejita ingresó sin mayores preámbulos en la óptica, con su bastón y enorme bolsón colgando de sus hombros. Buenos días, saludó, y quedó esperando que la atendieran. Alejandro salió de su cabina y se sorprendió de la jovialidad de la anciana, de sus ojos alegres, así que inmediatamente entró en sintonía con la nueva clienta.
Después de hablar del aire y del Sol, el óptico le preguntó qué la traía por el negocio. Ah, usted busca anteojos de uso permanente para ver de lejos, trajo la receta, muy bien, bueno aquí el médico le propone utilizar anteojos con un aumento importante, vaya mirando el mostrador para ver si encuentra algún armazón en particular, no, señor, no, yo quiero esos anteojos que no se salen y que se ponen dentro del ojo, ah, los lentes que llamamos de contacto, ésos, ésos.
Alejandro sonrió para sus adentros y espió a la anciana. Se la veía muy concentrada, independiente y le llamó la atención que viniera sola. ¿Viene sola, es que no la quieren acompañar? No, sí quieren pero yo no, porque después debo comprar lo que ellos deciden…
La hizo pasar a la sala de pruebas y la invitó a sentarse en el amplio sofá que allí tiene para los clientes. Bueno, cómo es su nombre, Elena, ah, Elena, le voy a explicar, esto tarda un par de días , yo los encargo y cuando llegan le aviso. Mientras tanto vamos controlando los papeles y fijando el precio. No hubo dificultades, Elena lo saludó cordialmente y se fue.
A la semana siguiente allí estaba la abuela, firme con su bastón y sus ojos alegres. Pasó a la sala, se sentó, probó sus nuevos lentes y escuchó atentamente las recomendaciones de Alejandro, quien con infinita paciencia le fue explicando cómo debía utilizarlos, el cuidado que debía tener y le dio precisas indicaciones para el mantenimiento. A todo prestaba atención la anciana.
Alejandro le recomendó especial cuidado por la limpieza diaria y le entregó una cajita de pastillas limpiadoras para eliminar los residuos de las proteínas que solían quedar adheridas en la lente. Debía disolverlas en solución fisiológica y dejarlas actuar toda la noche. Una pastilla es suficiente por vez, abuela, son potentes limpiadoras del material que le entrego. Nada más, y verá cómo mejora notablemente la visión con este procedimiento.
No se haga problemas, le contestó Elena, es muy fácil, cualquier cosa paso por aquí y le pregunto. Dijo esto, tomó su bastón y se encaminó hacia la puerta, contenta y orgullosa, sabedora de que ya no debía ostentar los horribles marcos con los gruesos vidrios que tantos años le cargaban. No desestimó una ojeada veloz al espejo de la óptica y sonrió agradecida.
Cuando ya casi tocaba la vereda, y sosteniendo la puerta, le dijo a Alejandro con la mejor de las inocencias, ah, señor, a las pastillas, ¿cada cuántas horas tengo que tomarlas?


fgcarey@speedy.com.ar
Este testimonio fue escuchado en una óptica local.

******************


El barquero


Me sorprendí cuando me dijo que no. Después, observando el Oeste, donde se calcaban las montañas en el lago, insistí.
- Tenga en cuenta que vengo de lejos y que la noche se arrima...
No dejaba de mirarme, pero por más que indagué sus intenciones en la mínimas marcas de su rostro, sólo encontré la misma negativa, pertinaz. Sin embargo, una fina línea floreció en la comisura de sus labios cuando metí la mano en mi bolsillo y le mostré el vintén oriental. Lo tomó con ceremonia infinita y entonces me ayudó a subir a la barca.
Mientras los remos marcaban el paso de ñires y cohiues que se acomodaban en la orilla, volví a sentir muy cerca de mí, adentro, a los costados y con el alma apretada al mismo pasajero solitario y temeroso que llevaba yo adentro. El barquero persistía en observarme.
- ¿De dónde viene? – me preguntó de repente.
- Pues caminaba por el bosque y me di cuenta bastante tarde de que no tenía tiempo de orillar el lago para regresar a casa.
- Parece asustado.
- Hay algo de eso –respondí sin resistencia.
El barquero tenía un rostro de nadie, pero invitaba a conversar. Hablaba con voz profunda.
- Hay en la vida sensaciones raras, que en el bosque se magnifican- deslicé cuando la proa buscaba la orilla opuesta.
- Es que las sombras de la vida surgen recién al atardecer. Fíjese en el pinar espeso que llega hasta la playa, cómo se abalanza sobre el espejo de agua y lo cubre. De día, es una fortaleza verde, que sostiene el cielo. Vamos construyendo temores en el camino de la vida y cuando éste se angosta, aquéllos recorren el mínimo espacio en loca carrera, mordiendo y acorralando.
Y entonces, mientras el barquero trabajaba su remo, de mi bolsillo fueron saliendo muy despacio las penas y las mentiras, las traiciones y desencantos, las soledades y miserias. Los iba liberando y arrojando al lago, en pequeños envoltorios que prontamente desaparecían. La conversación avanzaba sin miramientos. Hasta que aparecieron los recuerdos El barquero extrajo de la nada una bolsa grande de arpillera y la abrió en silencio, incrustando sus negros ojos en los míos. Resultó inútil resistirse. Allí debían ir las cosas nunca más vistas y queridas del pasado.
- Si Ud. quiere vivir, arrójelas y nunca más pida por ellas- y cerrando la bolsa con la nostalgia que pesaba como jamás imaginé, la tiré al lago. La estela de un pez muy grande se abrió surco desde la quilla de la barca y se alejó tumultuosamente.
Un silencio incómodo se apoderó de mí, pero cuando arribamos sentí el vacío que las penas habían dejado. Me alejé sin volver el rostro, convencido de que nada valió más que ese día.


**********************


Adulador



Una de las tácticas más comunes para obtener lo deseado es adular a quien detenta el poder de satisfacernos. Es una práctica universal que casi siempre tiene buen resultado. También es cierto que hay personas atentas a esta humana inclinación y pueden escapar de los resultados del halago interesado.
Esa mañana Mickey salió decididamente a comprar una camisa que ya había visto en una vidriera céntrica. Siempre que pasaba le echaba una ojeada, y repetidamente se decía ya voy a venir a comprarla…. Hasta que se decidió. Antes de ingresar al negocio, volvió a mirarla y admirarla. Se la imaginó con distintas combinaciones y aprobó su decisión. Una vez adentro, se acercó presurosamente el empleado, lo saludó y no le dio chances a Mickey de rumbear por otros rincones de las ofertas de la casa. No te dejan respirar, se dijo enfadado.
Qué anda buscando, por favor quiero ver esa camisa que está allí, sí, cómo no, ya se la alcanzo, qué día hoy, no, este calor no se va más, aquí tiene, sírvase pasar por el probador. Mickey se la puso, se miró diez veces en el espejo, pero no lo convencía, así que cometió el error de consultar la opinión del vendedor… pero si le queda perfecta la camisa, está hecha para usted, yo días pasados compré una también, pero mire que la veo que me tira un poco de aquí, no, no es eso, le falta un lavado y ya verá usted cómo todo se arregla y se acomoda, llévela con total confianza, quedará como un duque…
A Mickey no lo convencían así nomás, así que pidió ver otras camisas, revolvió la tienda y finalmente encontró lo que deseaba, se la probó frente al espejo y sonrió. Esta es, se dijo, y luego al empleado, ésta me gusta más, creo que me cae mejor, la siento más cómoda. La llevo. Y cuando el vendedor estaba envolviendo la prenda, muy satisfecho por la operación concretada con el cliente, le comentó en voz baja a Mickey como quien no quiere la cosa, hizo una buena compra, porque a decir verdad la otra le quedaba como la mona…

Fernando Gonzalez Carey / Gral Roca, Río Negro / ARGENTINA

HISTORIAS REALES DE ROCA

Estos textos no son ficcionales. Son historias mínimas de nuestra ciudad, que tienen ese sabor de la cotidianeidad y no hacen más que reflejar por qué carriles transita la vida, un día cualquiera. Y entonces sonreímos de nuestras limitaciones, del mundo chico en que vivimos.


La anciana distraída


La viejita ingresó sin mayores preámbulos en la óptica, con su bastón y enorme bolsón colgando de sus hombros. Buenos días, saludó, y quedó esperando que la atendieran. Alejandro salió de su cabina y se sorprendió de la jovialidad de la anciana, de sus ojos alegres, así que inmediatamente entró en sintonía con la nueva clienta.
Después de hablar del aire y del Sol, el óptico le preguntó qué la traía por el negocio. Ah, usted busca anteojos de uso permanente para ver de lejos, trajo la receta, muy bien, bueno aquí el médico le propone utilizar anteojos con un aumento importante, vaya mirando el mostrador para ver si encuentra algún armazón en particular, no, señor, no, yo quiero esos anteojos que no se salen y que se ponen dentro del ojo, ah, los lentes que llamamos de contacto, ésos, ésos.
Alejandro sonrió para sus adentros y espió a la anciana. Se la veía muy concentrada, independiente y le llamó la atención que viniera sola. ¿Viene sola, es que no la quieren acompañar? No, sí quieren pero yo no, porque después debo comprar lo que ellos deciden…
La hizo pasar a la sala de pruebas y la invitó a sentarse en el amplio sofá que allí tiene para los clientes. Bueno, cómo es su nombre, Elena, ah, Elena, le voy a explicar, esto tarda un par de días , yo los encargo y cuando llegan le aviso. Mientras tanto vamos controlando los papeles y fijando el precio. No hubo dificultades, Elena lo saludó cordialmente y se fue.
A la semana siguiente allí estaba la abuela, firme con su bastón y sus ojos alegres. Pasó a la sala, se sentó, probó sus nuevos lentes y escuchó atentamente las recomendaciones de Alejandro, quien con infinita paciencia le fue explicando cómo debía utilizarlos, el cuidado que debía tener y le dio precisas indicaciones para el mantenimiento. A todo prestaba atención la anciana.
Alejandro le recomendó especial cuidado por la limpieza diaria y le entregó una cajita de pastillas limpiadoras para eliminar los residuos de las proteínas que solían quedar adheridas en la lente. Debía disolverlas en solución fisiológica y dejarlas actuar toda la noche. Una pastilla es suficiente por vez, abuela, son potentes limpiadoras del material que le entrego. Nada más, y verá cómo mejora notablemente la visión con este procedimiento.
No se haga problemas, le contestó Elena, es muy fácil, cualquier cosa paso por aquí y le pregunto. Dijo esto, tomó su bastón y se encaminó hacia la puerta, contenta y orgullosa, sabedora de que ya no debía ostentar los horribles marcos con los gruesos vidrios que tantos años le cargaban. No desestimó una ojeada veloz al espejo de la óptica y sonrió agradecida.
Cuando ya casi tocaba la vereda, y sosteniendo la puerta, le dijo a Alejandro con la mejor de las inocencias, ah, señor, a las pastillas, ¿cada cuántas horas tengo que tomarlas?


fgcarey@speedy.com.ar
Este testimonio fue escuchado en una óptica local.

******************


El barquero


Me sorprendí cuando me dijo que no. Después, observando el Oeste, donde se calcaban las montañas en el lago, insistí.
- Tenga en cuenta que vengo de lejos y que la noche se arrima...
No dejaba de mirarme, pero por más que indagué sus intenciones en la mínimas marcas de su rostro, sólo encontré la misma negativa, pertinaz. Sin embargo, una fina línea floreció en la comisura de sus labios cuando metí la mano en mi bolsillo y le mostré el vintén oriental. Lo tomó con ceremonia infinita y entonces me ayudó a subir a la barca.
Mientras los remos marcaban el paso de ñires y cohiues que se acomodaban en la orilla, volví a sentir muy cerca de mí, adentro, a los costados y con el alma apretada al mismo pasajero solitario y temeroso que llevaba yo adentro. El barquero persistía en observarme.
- ¿De dónde viene? – me preguntó de repente.
- Pues caminaba por el bosque y me di cuenta bastante tarde de que no tenía tiempo de orillar el lago para regresar a casa.
- Parece asustado.
- Hay algo de eso –respondí sin resistencia.
El barquero tenía un rostro de nadie, pero invitaba a conversar. Hablaba con voz profunda.
- Hay en la vida sensaciones raras, que en el bosque se magnifican- deslicé cuando la proa buscaba la orilla opuesta.
- Es que las sombras de la vida surgen recién al atardecer. Fíjese en el pinar espeso que llega hasta la playa, cómo se abalanza sobre el espejo de agua y lo cubre. De día, es una fortaleza verde, que sostiene el cielo. Vamos construyendo temores en el camino de la vida y cuando éste se angosta, aquéllos recorren el mínimo espacio en loca carrera, mordiendo y acorralando.
Y entonces, mientras el barquero trabajaba su remo, de mi bolsillo fueron saliendo muy despacio las penas y las mentiras, las traiciones y desencantos, las soledades y miserias. Los iba liberando y arrojando al lago, en pequeños envoltorios que prontamente desaparecían. La conversación avanzaba sin miramientos. Hasta que aparecieron los recuerdos El barquero extrajo de la nada una bolsa grande de arpillera y la abrió en silencio, incrustando sus negros ojos en los míos. Resultó inútil resistirse. Allí debían ir las cosas nunca más vistas y queridas del pasado.
- Si Ud. quiere vivir, arrójelas y nunca más pida por ellas- y cerrando la bolsa con la nostalgia que pesaba como jamás imaginé, la tiré al lago. La estela de un pez muy grande se abrió surco desde la quilla de la barca y se alejó tumultuosamente.
Un silencio incómodo se apoderó de mí, pero cuando arribamos sentí el vacío que las penas habían dejado. Me alejé sin volver el rostro, convencido de que nada valió más que ese día.


**********************


Adulador



Una de las tácticas más comunes para obtener lo deseado es adular a quien detenta el poder de satisfacernos. Es una práctica universal que casi siempre tiene buen resultado. También es cierto que hay personas atentas a esta humana inclinación y pueden escapar de los resultados del halago interesado.
Esa mañana Mickey salió decididamente a comprar una camisa que ya había visto en una vidriera céntrica. Siempre que pasaba le echaba una ojeada, y repetidamente se decía ya voy a venir a comprarla…. Hasta que se decidió. Antes de ingresar al negocio, volvió a mirarla y admirarla. Se la imaginó con distintas combinaciones y aprobó su decisión. Una vez adentro, se acercó presurosamente el empleado, lo saludó y no le dio chances a Mickey de rumbear por otros rincones de las ofertas de la casa. No te dejan respirar, se dijo enfadado.
Qué anda buscando, por favor quiero ver esa camisa que está allí, sí, cómo no, ya se la alcanzo, qué día hoy, no, este calor no se va más, aquí tiene, sírvase pasar por el probador. Mickey se la puso, se miró diez veces en el espejo, pero no lo convencía, así que cometió el error de consultar la opinión del vendedor… pero si le queda perfecta la camisa, está hecha para usted, yo días pasados compré una también, pero mire que la veo que me tira un poco de aquí, no, no es eso, le falta un lavado y ya verá usted cómo todo se arregla y se acomoda, llévela con total confianza, quedará como un duque…
A Mickey no lo convencían así nomás, así que pidió ver otras camisas, revolvió la tienda y finalmente encontró lo que deseaba, se la probó frente al espejo y sonrió. Esta es, se dijo, y luego al empleado, ésta me gusta más, creo que me cae mejor, la siento más cómoda. La llevo. Y cuando el vendedor estaba envolviendo la prenda, muy satisfecho por la operación concretada con el cliente, le comentó en voz baja a Mickey como quien no quiere la cosa, hizo una buena compra, porque a decir verdad la otra le quedaba como la mona…

Fernando de Buenos Aires

Ocaso en Buenos Aires

"Llueve en Buenos Aires. Las imágenes se hacen borrosas a través del cristal y recuerdo días pasados, cuando esa misma lluvia caía sobre nosotros mientras caminábamos por las calles vacías, tomados de la mano, anticipando el ambiente cálido de nuestra habitación y los besos que nos íbamos a dar."
Encendió un cigarrillo y se quedó mirando por la ventana del Bar. A esa hora todavía estaba solitario y oscuro. La gente no empezaría a llegar hasta dentro de algunas horas y eso le daba tiempo para disfrutar de ese momento de tranquilidad y pensar sin interrupciones. El sol caía lentamente sobre la ciudad y las oscuras siluetas de las grúas del puerto se recortaban sobre un cielo anaranjado que con pereza infinita iba dando lugar a la noche. Siempre le había gustado ese momento del día; esa hora en que el suave amarillo de las luces de la calle comenzaba a mezclarse con los últimos vestigios de sol, como si dos realidades muy diferentes compartieran una existencia común. En esas horas él se desprendía del mundo y vivía su propia realidad interna, una realidad paralela hecha de recuerdos, delirios y pensamientos.
Miraba las luces rojas de los autos que se alejaban y pensaba en ella. Siempre lo hacía cuando se acercaba esa hora mágica y el recuerdo volvía a él fresco y nítido, como una flor de primavera. El recuerdo de todas aquellas cosas que tenían que ver con ella. Pensó en todas esas cosas que les quedaron por decirse; en todos esos lugares a dónde iban a ir algún día; en la cantidad de sueños que nunca se hicieron realidad.
Deseó poder volver atrás y tener la oportunidad de hablarle para contarle todo pero había dejado pasar mucho tiempo y ahora era tarde. Ella no le iba a escuchar.
Un viejito esperaba el colectivo en la vereda y recordó la cantidad de veces que ellos habían pasado por ese mismo lugar, tomados de la mano, hablando de cualquier cosa, cuando estaban juntos y el mundo era suyo.
Miles de pensamientos le llenaban la cabeza y una lágrima temerosa quería asomar a sus ojos. Apagó el cigarrillo y se quedó mirando hacia afuera, a la calle atestada de autos y gente. La noche se había adueñado de la ciudad y el paisaje había cambiado. Ya no era esa hora mágica que a él tanto le gustaba.
Era tarde y tenía que irse. El funeral comenzaba a las ocho y debía levantarse temprano.



(Relato publicado en Manos que Cuentan – Editorial Dunken – Abril de 2009)

ADELFA MARTÍN, GUADALAJARA, JALISCO, MEXICO

¡VAYA… TE MATÈ!

Me aferrè a ti, lo se y me siento mal por ello. Lo veo ahora, pero cuanta falta me hacías entonces y como me parecía imposible e intolerable, la sola idea de perderte.

Creo que cuando no somos felices buscamos a quien culpar, antes de mirar hacia adentro de nosotros, de analizar que somos consecuencia de nuestros actos, sentimientos, frustraciones y traumas.

Cada vez que levantabas tu mano hacia mi, yo sabía antes de que asestaras el golpe que iba a perdonarte…otra vez…Me sentía incapaz de negarme a tus lágrimas y ruegos; aunque me ofendían los ramos de flores, las invitaciones a comer, o los vestidos nuevos.

También me molestaba que me golpeabas donde sabias que nadie lo notaría…ni mi familia…y que eras capaz de sonreírles abierta y generosamente, mirándolos a los ojos, sin el menor asomo de arrepentimiento; todo lo contrario, sabiendo que podías reírte para tus adentros por su ignorancia de los hechos.

Ahora que te veo ante mi sin la vida que yo misma te he quitado, tengo tiempo de sentarme tranquilamente a reflexionar, a darme cuenta que si no me hubiera dejado contagiar a tal extremo por tu mente enferma, si hubiera tenido el amor propio y la autoestima suficientes para marcharme o para denunciarte, tu seguramente estarías vivo, yo no iría presa, y nuestros dos hijos no quedarían completamente desamparados.

Pero…si alguien en este momento me preguntara si me arrepiento de lo que hice, le respondería con total certeza y sin que me temblara la voz: NO.

Joan Mateu, España

La Planta Carnívora




Compré una planta carnívora, una Dionaea muscipula, la "atrapamoscas", por su originalidad y colores. Orión, el galgo, cuando la vio sobre la mesita del salón fue inmediatamente a curiosear, pero no le llamó mucho la atención hasta que vio que se comía una mosca. Asombrado levantó las orejas. A la segunda mosca se acercó más con la cola muy tiesa y a la tercera fue decididamente a investigar oliendo a la planta con curiosidad.

Ahora le queda únicamente una cicatriz en el morro y pocas ganas de oler plantas.

Pablo Costa, Argentina

La habitación


Moscas y más moscas. Asco. El olor a carne podrida inunda el cuarto, solo iluminado por una vela. Una puta vela. Miro a los costados y nos veo más que la lúgubre imagen entre penumbras, que le ganan terreno al tibio círculo de luz que emite la derretida imagen de cera negra.

Me acerco agazapado con la carne contraída, convertido en un pollo desplumado del miedo. Llego a la cama, escucho su respiración, aunque las sabanas cubren el cuerpo que se pudre en sus propias heces. Descorrer su la manta sería un golpe muy fuerte a mi valentía, creo que me desmayaría. No me atrevo a levantar las sábanas, que a pesar de la oscuridad muestran mugre.

Escucho el crujido de la pesada puerta, la que dejé entreabierta para ayudar a mi visión a alimentarse de unas gotas más de luz. Al girar veo a un niño, enano, deforme. Me mira con odio. Me reconozco en él. Cierra la puerta bruscamente. Escucho sus pasos, mientras intento reacomodar la vista a la nueva luminosidad.

Un profundo ardor carcome mis pantorrillas, al enfocarme en el suelo encuentro al niño de rodillas agarrado con toda su fuerza a mis piernas. Muerde como un perro rabioso. Veo la sangre viscosa y negra fluir. Me rindo, pienso en dejarme morir devorado por ese monstruo. No soporto más el ardor, un acto reflejo propina una fuerte patada en la mandíbula que atonta al niño. Trato de revisar lo profundo de mi herida.

Escucho un grito desgarrador. Las sábanas se levantan como un fantasma impulsado por un tornado. Un olor repugnante deja ver a un viejo raquítico, desnudo. Se ve sarnoso o leproso. Los ojos llenos de lagañas. Salta sobre mi cabeza. Clava sus largas uñas en mi cráneo. Se ayuda con los dientes. Pareciera que busca devorar mi cerebro. Como no lo logra entierra sus huesudos dedos en mis globos oculares, produciendo un profundo e inesperado dolor. Lo desplazo con una sola mano al salir del estado de sorpresa. Es liviano, frágil. Lo veo tirado en el piso. No se si está muerto. También me reconozco en ese anciano.

La vela está a punto de consumirse. Debo irme de esa habitación porque aun respiran y no soy un asesino. El niño se cuelga de las patas de la mesa, empieza a incorporarse. El viejo respira, pero no tiene mucha reacción. Me acerco a la puerta. Tropiezo y caigo sobre ella. Busco el picaporte entre la ya casi oscuridad de la diminuta llama de la vela.

Se escucha un estruendo cuando logro encontrarlo. La mesa se cae, la vela revive entre las inmundas sábanas. Las llamas invaden la mesa y el colchón. Salgo de la habitación. No me voy enseguida, me quedo escuchando los lamentos de los dos cuerpos que se calcinan lentamente. Me despido. No quiero volver a verlos. Río. Me alejo.

Camino sin mirar atrás, hasta que me detengo en un recuerdo. Giro y veo la casa arder en llamas y me siento satisfecho, ese camino ya no existe. Arde en esa casa. Pero nuevas sombras vendrán, nuevos pasados y nuevos futuros. Pueden ser espantosos, pero hay que eliminarlos antes de que nos devoren.

ANA MARÍA MANCEDA , Argentina

SOLEDAD.



Seguí a mi marido, muchas situaciones confusas me llevaron a extremar los celos.

Ahí, en el medio de la ruta estaba su coche. Bajé, solo se veía el rodar de los coirones empujados por el viento sobre los pastos secos y muy a lo lejos una casa de campo. Paisaje inhóspito, vacío. Entré al auto. Nadie, pero mi cuerpo lo sintió. El perfume a nardos de mi amiga ocupó para siempre cada espacio de mi soledad.

Mariana Spagnuolo

LO NOCTURNO DE LA NOCHE

No fue el hecho en si, tampoco el momento, ni la forma. No fueron sus ojos clavados como dagas en los míos, no, hubo algo más. No fue que era de noche tarde y la desesperación me perseguía entre los pasillos gigantes de la ciudad, ni que el alcohol irrumpía en mis venas con una fuerza inhumana dando vueltas al mundo como si jugara a la ruleta rusa conmigo. No fue tampoco el ardor en mi garganta por estar abriendo la segunda caja de cigarrillos en veinticuatro horas y que su saliva pareciera seda recubriendo mis cuerdas vocales, ni siquiera creo que haya sido el viento helado y cortante de invierno enrojeciendo mi piel. No pudo haber sido, ni por casualidad, la culpa o el miedo de estar haciendo lo que estaba haciendo, ni el retumbe del inconciente resonando en mis tímpanos. No fue eso, no fue en si nada de lo que sucedía, lo que me trastornaba por dentro sin dejar lugar a ningún otro tipo de pensamiento. Fue solo el hecho de sus manos congeladas a la par del viento arrancándome las ganas de cualquier otra cosa. Fue la liberación perfecta sujetada a lo prohibido y lo nunca antes hecho. Fue, quizás, no ver la gente con sus miradas aun más hirientes que la suya. Fue el crepúsculo de lo que nunca había entendido, ni querido entender. Fue en si, la aglomeración perfecta de la suma de las partes, la dosis anterior a la sobredosis, la ráfaga intensa que avecina la catástrofe. Fue la eternidad que se consume en tres segundos.

CARMEN CARRILLO, Veracruz, México

INDECISIÓN

Abrió los ojos y no logró identificar la calle donde se encontraba. Tenía el labio roto y le faltaban al menos tres dientes. ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Desde cuándo estaba tirado bajo la sombra de aquel árbol?
Se puso de pie como pudo y se percató de que no llevaba zapatos. En cuestión de segundos comenzó a sentirse un frío paralizante y una lluvia finísima le picoteó el rostro. La calle estaba completamente desierta. Hubiera jurado que el día anterior era primavera. O al menos eso recordaba.
Se miró de nuevo los pies y le sorprendió ver que ya no iba descalzo. Llevaba unas botas de cuero negro. No, al parecer eran de cuero azul. Se sintió agradecido de no sentir más la frialdad del suelo, pero el hecho alimentó su desconcierto.
Se enfiló hacia el final de la calle y dobló la esquina. Por extraño que parezca, al doblar la esquina no encontró nada. Nada de nada. Vacío. Algo parecido a la luz, pero sin volumen ni forma. Ahí lo que había era una blancura desmedida, dolorosa, como la de una hoja de papel perfectamente vacía.
Pensó que estaba volviéndose loco y volvió sobre sus pasos, pero cuando estuvo frente al árbol bajo cuya sobra había despertado, lo encontró sin una sola hoja.
Yo, desde luego, lo miraba desde mi rincón. Aunque no suelo ser compasivo, mirarlo tan aturdido me hizo sentir algo similar a la ternura. De todos modos lo dejé seguir. No es mi deber orientar a nadie.
Tardará un tiempo en darse cuenta de lo que pasa y cuando por fin despierte a la realidad, vivirá lo que los psiquiatras llaman etapa de negación, luego tratará de comprender porqué le pasa esto a él, a él que es tan bueno y no le hace mal a nadie.
Al final, cuando no encuentre a quién echarle la culpa de su desdicha, terminará por aceptar que cuando a uno le ha tocado en suerte ser el personaje de un escritor indeciso, no hay nada que pueda hacerse, sino actuar el papel que le toque y esperar a que ocurra un milagro.

ADELFA MARTÌN / México

RECOMENZAR

Era tarde, tal vez para mí que veía sin esperanza como se acercaba el viernes sin que se hubiera producido la magia que esperaba.

No quería caer en la tristeza; en la morriña por encontrarme sola, lejos de todos y de lo que hasta ese momento había significado algo en mi existencia.

¿Es el amor todo en la vida?, la pregunta aunque hecha en voz baja me hizo sentir pena de mi misma. Seguí caminando, bordeando la Laguna de Cajititlàn, sola a aquèlla hora de la tarde, deseando sentirme en sintonìa con los pescadores que a lo lejos tiraban sus redes sin muchas ilusiones quizás, pero disfrutando su duro trabajo en libertad.

¿No debía ser un poco más comprensiva, más cercana? Siempre habìa presumido diciendo que la tolerancia, como la comprensión y la empatìa, nos acercaban a los seres puros que llamamos irracionales, y ahora estaba contradiciéndome a mi misma al ser tan dura e intransigente con una persona que era tan importante en mi vida.

Al llegar a lo alto de la pequeña colina, desde donde divisaba el idílico paisaje en todo su esplendor, me invadió de pronto una inmensa alegrìa. El viernes era veinticuatro, el día de su cumpleaños. Que mejor momento para que nos sentáramos a conversar, a aclarar las cosas, a hablarnos sin dobleces, con la verdad en la mano.

Antes de retirarme, volví la mirada hacia la laguna, donde comenzaban a reflejarse los colores del atardecer… ¡esos mágicos atardeceres que me habían fascinado desde niña!

Al llegar a casa, me reencontré con el vestido blanco perfectamente colocado al borde de mi cama, como si no hubiera sido usado nunca...y a su lado, el ramo de azahar que olvidé tirar al final de aquèlla ceremonia, que me había hecho tanta ilusión…

Mario Capasso, Buenos Aires

DEL PENSAR Y EL ABRIR

La mujer piensa en el despertador que suena y abre los ojos. Piensa en el sol y abre la ventana. Piensa en la transpiración nocturna y abre la ducha. Piensa en el calor que hace y abre el frasco de perfume. Piensa en el café y abre el tarro. Piensa en un par de tostadas y abre la alacena. Piensa en el agua fresca y abre la heladera. Piensa en las noticias del día y abre el diario. Piensa en un cigarrillo y abre el atado. Piensa en el timbre que ha sonado y abre la puerta. Piensa en el hombre que ha entrado y abre las piernas.

SARA CORDOVA, Ecuador

¿Desde qué sitio escribes? ¿Desde qué sitio escribes? desde la sangre estallándote en las manos, desde qué arteria escribes, desde qué nervio pulsátil, desde qué hueso, desde qué desangre del cuerpo, desde qué hipovolemia, desde qué goteo, desde qué niñez incurable, desde qué estigma.
¿Lo haces desde la llaga de tu costado o desde el abismo de tus ojos?
Perdona la temeridad de la pregunta, pero no es curiosidad, es solamente volcarme en un credo; cómo es la tristeza desde allí, se llama tristeza o de tanto ha mudado el nombre y se ha vuelto innombrable, dolor extenso, dolor ahogado, dolor en todas y en ninguna parte.
¿Desde qué sitio escribes? desde el reptil de veneno del dolor, desde el hematoma negro que te circula durante el insomnio.
Perdona la temeridad de la pregunta, se me ocurre que la única manera de acercarse a ti, es de puntillas o mejor aún de rodillas, a pedirte perdón por ser tan humana, tan de verdad, tan necia, tan solamente viva.
¿Desde dónde escribes? de cara a la muerte, de cara a una visión fantasmal, a tu propia visión fantasmal, niño en cuerpo de hombre, hombre en miedo de niño.
¿Desde dónde escribes, desde qué habitación de trampas, desde qué anaquel de torturas, arrastrándote de sexo por sobre qué piedras?
Perdona por tratar de hallar una explicación para lo divino. Perdóname que camine, que hable, que te pretenda y que no sepa hacerlo en silencio, que a veces olvide que eres sagrado y que solo se te puede hablar desde la intimidad de la plegaria.
Desde dónde escribes, ¿desde qué espejo roto?

Joeblisouto - Perú

Ensueños

algo tenía que decir... estaba lleno de barro por todas partes y seguía lloviendo... traté de caminar cuando sentí la mirada de todo el pueblo. me sentí como un perro a punto de ser atropellado. bajé la mirada y seguí caminando cuando escuché pasos tras de mí... son ellos, pensaba y mis pasos eran mas y mas rápidos... ya estaba por salir del pueblo cuando escuché la voz de una mujer que en vez de hablar, gemía... detuve mis pasos y esperé, esperé un buen rato... ella me alcanzó y me dio un abrazo con todas sus fuerzas y luego me dijo algo que nunca olvidaré: ¡te estuve buscando toda mi vida!... sonreí. toda mi vida estuve solo y ahora se presentaba una mujer que ya me había cogido la mano y miraba hacia adelante, siempre adelante... volví a sonreír y me dejé llevar como su fuera una ola del mar... andamos solos y nos metimos de medio de toda la oscuridad de la noche. no había nadie siguiéndonos. me sentí afortunado. tenía por la primera vez, una mujer que ya empezaba a quitarse la ropa, abrazarme y besarme todo el cuerpo... me dejé ser y tuve una noche hermosa... sin saber como, había dormido toda la noche en un bosque. la mañana estaba a mis pies y los animalillos del bosque se apiñaban sobre una piedra muy grande. quise pararme, coger a la mujer, pero, nada, la mujer había desaparecido, como un sueño... estaba desnudo, con frío y lleno de amor y desconcierto. dónde estarás, pensaba. me vestí y empecé a caminar sin rumbo. llegué a un río y quise lavarme el cuerpo. me quité las ropas y cuando iba a bañarme vi sobre el reflejo del río, el rostro de la mujer... ¿adónde te han llevado?, le pregunté. ella sonrió y dijo que estaba dentro de mí... me toqué el pecho, nada... cerré los ojos y vi una pequeñaa lumbre que oscilaba... ¿es ella?, me preguntaba, pero no, no era ella, era la belleza hecha auna luminosidad... es ella, sentí... abrí los ojos y escuché por todas partes la risa de la mujer en medio del bosque y a la orilla de un río totalmente seco...

Jorge Luis Borges

EL PUÑAL

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre. En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres. A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

Ricardo Rubio, Buenos Aires

EQUÍVOCO


El ronco Juan se avergonzaba de ser pobre pero no de ser analfabeto. A través del vidrio le llegaban los fantasmas de la calle. “No son míos”, pensaba. Las cosas le pasaban a él pero el mundo era de los otros. Ansiaba las monedas que podrían brindarle la feliz antifaz que los demás tenían repartida en ropa, ruedas, jardines y mujeres con pestañas. Ignoraba la herencia, la cuna, la religión y el desfalco. Nada sabía de tramoyas ni de trueques ni de trampas. Sólo limpiaba el vidrio, átono y atónito, ante el tumulto que llenaba la calle, cuando dio al traste con los trastos y cayó sobre la alfombra costosa. Al escándalo acudió una sonrisa soberbia que lo miró con el desprecio absurdo de la distancia. Él lo vio verlo de ese modo, desde tan lejos, desde tan arriba. El trapo trenzado trepó a la garganta del jefe que, a pesar de sus gravosos gestos, respiraba como todos, gemía como todos y era capaz de expirar como cualquiera. Hundido a la altura de sus deseos echó mano a la ropa del caído, a las llaves de su coche, al reloj de su apariencia y a la tentación brillante de sus monedas. Subió al Audi sintiéndose otro y partió hacia las calles llevado por el disparate de su trastorno. Hundido en la butaca, colgado de la cuerda del nuevo reloj, bebió la copa del consuelo con un estupor heroico parecido al plante de un palomo en celo. Se detuvo en un burdel, faroleó ante la matrona y pagó por la mejor. La madama notó su impronta falaz, el burdo histrionismo inútil, la vana transformación de una máscara por otra más cara, la absurda ocupación de lo inalcanzable; pero las monedas pagaron la fingida simpatía ante el que fingía ser otro. Al rato, Juan salió escurrido, satisfecho, ancho, y regresó al edificio. Trepó la escalera y terminó con el vidrio. Todo se hizo azul al llegar los agentes, ansiosos por ordenar el desorden. Los hombres de ley lo miraron con hambre de justicia, con sed de sangre, con ambiciones de ascenso. Bajó la escalera, soltó el trapo y miró al jefe que aún se restregaba la garganta. Empotrado en la gatera de su destino, al ronco Juan lo único que lo avergonzaba era la pobreza.

Eugenio Mandrini, Buenos Aires

TANGO DEL LOBO

....
Primero faltó a la cita la niña de la caperuza roja.
Después, un eclipse oscureció la luna y debió morderse el aullido.
Por último, la manada lo declaró nada feroz, por esas gotas de soledad que le apagaban los ojos, y fue desalojado del bosque.
Hoy lame zapatos en la ciudad y en invierno busca el abrigo del sol como una abuela.

Jeroh Juan Montilla - Venezuela

EL GORDO



Desde este techo puedo espiar hacia todas partes, sobre todo el batir de las palomas en el campanario, sentir el fuelle de sus pechos. Las hay albas, grises, rojo ceniciento, negras. Nada las espanta, en esa iglesia parece no haber un rincón para el demonio. La vida es un solo relamer, dejar aquí y allá rastros de baba, siempre distanciado de mis alados anhelos gástricos. Maldición. No hay opción, el único modo es cruzar el ancho portón y alcanzar la escalera de la nave central, pero allí esta ese ángel impidiendo que ponga un pie, siempre flamígero, con esa cosa en alto como un palo de escoba. Esta mañana llegó una visita a la casa, al igual que otras veces traen un alboroto por delante, de inmediato me escape y vine al frescor de las tejas; por eso me creen arisco, loco, malagradecido, si supieran que me fastidian sus manoseos, preguntas, bendiciones y recompensas, me dan asco las golosinas. Gordo anda a buscarme esto, lleva a pasear a la beba. Gordo suelta ese libro y barre el corral de las gallinas. ¿Para que lees tanto? Y más necedades. A lo mejor bajo por la noche, después que se marchen con sus mimos a otra parte. Tengo hambre, habrá un poco de sobras, a veces me provoca comerme el rabo, sorprenderlo de una dentellada. A veces cuando me duermo el ángel permite que algún pichón gordo, entero y tibio se desprenda, y allí al pie del Cristo en la Columna, o del lado de afuera, a la pata de los rosales de la Casa Parroquial, el aleteo y el pataleo de la inocencia tiñe mis barbas y colmillos, justifica este instinto alborozado ante cualquier movimiento. Las ganas de saltar en medio del sueño, y de un zarpazo atrapar otra felicidad, lunar, felina y sanguinolenta. Otra vez me dormí y la condenada pesadilla con sus boberías. Dios, ya empezaron a llamarme, no dejan que concluya este párrafo. Cuanto odio el tarrito de leche y ese viejo pisándome la cola o la beba halándome las orejas, seguro que es lo de siempre, el agua de los pericos. Tendré que cerrar el libro y que esta bandada de palomas sigan impúdicas, a salvo.

Ronny Ransenberg - Argentina

PRIMERA VEZ

LA PRIMERA VEZ QUE ME ALEJE DE MI CASA, ME SENTI, COMO UNA DE ESAS
PAGINAS QUE LEIA O VEIA EN LAS PELICULAS DE PIRATAS.
UNA MEZCLA DE DE SANDOKAN O CAPITAN BLOOD, EN UN BUQUE CORSARIO.
LA BOLSA DE LOS MANDADOS, SE HABIA TRANSFORMADO EN UNA BANDERA
NEGRA CON SU CALAVERA, ATRAVESANDO LOS MARES, Y SUS CAÑONES
PARA AFUERA;;HASTA QUE LLEGUE...A LA PANADERIA DE LA ESQUINA DE LA
ESQUINA...FIN DE MI PRIMERA AVENTURA

Héctor Cobas, Miramar

MELODÍA DE SENSACIONES.

Las sensaciones me hunden en la tierra y desbordan en melodías de plenitud de vida!
Vista, tacto, gusto, olfato, oído, se juntan en una armoniosa danza
y me impulsan a relacionarme con el mundo que conforma mi contorno.
La mirada se posa en una rosa y rodea las formas inefables de sus pétalos,
la tomo entre mis palpitantes manos y la acaricio suavemente,
estallando en un cadencioso éxtasis cuando percibo el aroma afable de su perfume,
Y de lo más profundo del misterio del ser escucho el casi imperceptible aullido de un ulular cósmico
Que me dicta signos de un mundo que se ocultaba detrás de una rutina
Dominada de olvidos y de distracciones insensatas.

PORFIRIO MAMANI / PERÚ/ FRANCIA

De: El huerto y el Olvido

Yo no soy otro que yo mismo. No sé si este amanecer me pertenece. Sin cuidado abro la ventana para ver el tiempo que hace afuera. Apenas me siento vivir y continúo, paso a paso hacia donde debe ser posiblemente mi fin o mi destino. Hay un pensamiento que me viene, me posee y me devuelve a la real circunstancia de mis ojos. Palpo mi existencia. La amargura de los días no me cuenta cómo he de saltar, evitar los obstáculos que me esperan. ¿Qué piedra o árbol distinguiré como única señal para encontrarte? Esta sed de tiempo me devora. Estiro mis brazos para alcanzar la rama que me salve y nada. Un día me ausentaré para siempre. Correré hacia los prados, hacia las dunas, hacia los mares. Buscaré el silencio y no lo encontraré. Mirando el alba me perderé en el crepúsculo del tiempo. Me olvidarán las hojas y no me olvidarán las raíces de las hojas. Yo no espero nada, yo no espero a nadie.

Mónica Susawa

LAS MIL Y UNA NOCHES


Regreso al rato, o si no te llamo, o te mando un mail, dices mientras buscas tu ropa y me miras con nerviosismo. Lo que no sabes, amado tonto e inolvidable, es que a partir de ahora tu recuerdo y yo tendremos mil y una noches de lujuria desenfrenada.

Paola Cescón, Argentina

Escoba vieja /

Levanta de manera automática una punta de la alfombra y oculta debajo toda la basura que acumuló. Nota un montículo bastante prominente que podría revelar la mala costumbre. Cuando decide ir a buscar la pala pasa frente a un espejo y descubre otro montículo, también prominente, en su espalda. Olvida la pala. Es demasiado tarde para ciertas limpiezas.

Helios Buira

EL TRASPLANTE *


Había sufrido una miocarditis fulminante.
Lo internaron. En estado grave.
Su única salvación, era un trasplante. Pero el donante, o los donantes, no aparecían.
Los medios masivos de información emprendieron la difusión de la noticia, a la vez que solicitaban la aparición de un donante para salvarle la vida al paciente, que en gravísimo estado, esperaba en un sanatorio el órgano que le permitiera continuar su vida.
Una vida de profesional destacado, que trabajaba todos los días en bien de la comunidad. Claro es, que se advertía que no debería tomarse como motivo discriminatorio para quienes también, como él, esperaban que un donador les permitiese la continuidad de la vida. Él, estaba primero en la lista de altísimo riesgo. Según informan los periodistas a través de los noticieros, son muchas las personas que se encuentran en situación de peligro por su vida y por ello, se realizan campañas para que los ciudadanos tomen conciencia de que donar órganos, salva vidas.
Mientras, él, empeoraba hora tras hora, hasta se llegó a decir que era cuestión de días la posibilidad de salvación, si no aparecía el ansiado donante.
Su esposa, había organizado con un sacerdote amigo de la familia una cadena de oración, pidiéndole a todos los santos que intercedieran ante el Señor para que ese órgano llegase pronto, lo más pronto posible, porque el desenlace final estaba ahí, muy cercano.
Los medios informativos se hicieron eco de la cruzada solidaria, imponiéndole a la noticia cierto dictado conmovedor y los oyentes y televidentes a su vez, comentaban en las calles, en los negocios, en los transportes públicos, que si no aparecía un donante ya, él moriría inexorablemente. Adherían, muchos, a la cadena de invocación. En las iglesias, como también en los templos de distintas religiones, se imploraba por él, para que el donante apareciese pronto. Lo más pronto posible.

Y fue una noche. Desde una provincia lejana, se informó que un órgano partía en un avión privado –un acto solidario de un miembro perteneciente a un Club de Pilotos- con dos médicos que habían participado con el grupo que realizó la ablación para que se pudiese efectuar el ansiado trasplante que ya tenía a casi todo el país en cadena oratoria.
Durante la madrugada él recibió el órgano que, de continuar todo de la manera que se deseaba, le permitiría seguir vivo en el planeta.
Los reporteros esperaban en la puerta del sanatorio para recibir información de cómo se encontraba, de cómo había salido la operación. El Médico Jefe, en una breve e improvisada conferencia de prensa, les comentó que todo había salido bien, sólo que se deberían esperar las horas necesarias para poder hacer un diagnóstico referente a la evolución del paciente, si no había rechazo, cuestiones que la medicina lleva en sí.
Por la mañana, cuando vieron salir a la esposa, luego de una noche de vigilia, los periodistas se abalanzaron micrófono en punta, para hacerle una y mil preguntas acerca de su esposo, de cómo se sentía ella, si estaba feliz, si tenía esperanza y un montón de interrogaciones que suelen hacer los movileros cuando de informar se trata.
Ella agradeció a Dios, a la vez que a la familia del donante. Lágrimas en sus ojos, seguramente de felicidad y también como descarga después de tanto sufrimiento hasta la llegada del órgano bienhechor.
A los pocos días, todo volvió a ser como siempre es en una ciudad cosmopolita, podría decirse, a la normalidad. La vida continúa, las cosas pasan.
Pero una vez que el profesional trasplantado se repuso, comenzó poco a poco a realizar rutinas de rehabilitación, a mejorar día a día, recordando cómo, antes, empeoraba de manera inversamente proporcional.
Al poco tiempo, accedió a que un medio informativo le hiciese un reportaje, queriendo él, contar acerca de su salud, sobre su mejoría y la felicidad que lo embargaba por estar vivo y agregó emocionado: -nuevamente.
Habló de sus días, de sus proyectos, de las ganas que eran una compañía importante sabiendo que había tiempo por venir.
El periodista le preguntó por sus hijos y él dijo que estaban felices, que los veía disfrutar, correr, saltar, jugar sin detenimiento y comentó que para dos niños de 12 y 9 años, era algo muy doloroso y traumático ver al padre en la situación que él había estado.
Y volvió a agradecer a Dios y a la familia del donante.

La noche en que llegó el órgano que salvaría la vida del destacado profesional, en un pueblito pequeño de una provincia argentina, dos niños, en llanto irreparable, le preguntaban a su madre el por qué de la muerte de su padre. La madre, no pudo responderles. Lo hizo una vecina, tratando de mitigar tanto dolor: -Piensen, que el corazón de papá, ahora late en otra persona, como si él estuviese vivo.
Sin consuelo, el mayor de los niños, dijo: -¿Y tenía que morir papá, para que otro viva?

* Tomado de un hecho real.

MONICA LOPEZ BORDÓN, España

EL TRIANGULO DE LA AVENTURA
Vuelvo a sentarme en mi mesa de escribir. En este refugio de madera, con la espalda erguida, con algo de pesadumbre y tristeza en los hombros callados que siempre usé como escudo, como defensa en la distancia y en la cercanía.
Mis manos se escurren por el lomo de un lápiz de colores en los costados y por esta hoja.; por esas pequeñas cosas que en algún momento duelen hasta la entraña.
En esta pléyade de pensamientos asimétricos aparece el diamante en forma de historia: una piedra preciosa, en bruto.
Me desahogo equivocando el orden de las letras: primero la hache y después la “a”. Estornudo. Abrocho la cremallera de la chaqueta y me deslizo. Uno tres aristas invertidas en el orden. Me invento un trapecio. Me olvido de qué dirán cuando lean mis versos. En la aventura se atisba el fulgor de una luz en el cielo, varias estrellas entrelazadas y nuestros cuerpos gozando en paraíso de nadie.




EL ÚLTIMO BAILE
Dijo que se iba. Que esta vez se marchaba a conquistar sus sueños.
Hicieron de aquellos días algo tan inolvidable que el tiempo, les permitía todo: un abrazo lunar y unas manos contorsionadas en el delirio de verse, de estar junto a la orilla del mar viendo, cómo sus pies, de pronto, eran blancos.
Pensaron en pretérito imperfecto una despedida dulce, bella como sus mejillas sonrosadas. Se echaron sobre los hombros el tul de la despedida abierta como flores de primavera. Lloraban mientras el amarillo amanecer se escurría ante sus ojos. Lloraban su último baile al compás deshojado de unas risas. En el margen derecho de la hoja pintaron un corazón. Quisieron escribir de su amor un sol y el cielo azul. Arrancaron un beso, una estrella y bailaron, entre luces, hasta el crepúsculo del adiós.




MI CASA ESTÁ EN EL SUR
Bésame el alma partida, te digo, mientras intento descifrar un pasado aislado y devorado en la herida del vacío. Bordes abiertos sin nombre en las orillas desorbitadas del deseo. Lo inolvidable me hace esperarte cuando te alejas y tu silueta se va desdibujando en el espacio. Balbuceando busco la palabra aguda en un sueño de multitudes. Pienso que quizás mi casa está en el sur como podría estar en el norte o en océano de cualquier punto cardinal del mapa. Deletreo sílabas al viento y los mitos me llevan a Grecia. Busco mi casa en el vértice discontinuo del trapecio, veo a Homero y a Ulises inventando alguna morada.

Dardo Sebastián Dorronzoro

Declaración Jurada

No es solamente la luna ni el rocío ni la luz celeste de los pájaros, puede también ser una alpargata vieja, toda agujereada., toda casi muerta después de andar fábricas, andamios o duros y calientes caminos de noviembre. No, no necesariamente todo lo poético debe ser bello.
Yo he visto horribles chicos grises como la tierra y comiendo tierra. Yo los he visto ahí, con sus andrajos y su mugre, reptando, y los he tocado, acariciado su piel y convertido en ángeles, en mariposas, en viento de septiembre. Porque todo antes de ser poesía debe pasar por mi corazón, darlo vuelta con el grito para arriba, colocarlo para el alba, cara al cielo. Todo debe pasar por mi sangre, por mis huesos, por mi respiración, por el corazón de mi sangre.
Pues yo soy un poeta que ama a los que no tienen amor ni pan, a los que se van sin haber llegado, a los que a veces sonríen, a los que a veces sueñan, a los que a veces les crece un fusil en las manos y salen a morir por la vida.
En suma: yo he sido, soy y seré un poeta revolucionario.
Sobre mi tumba verán florecer un puño.

Francisco Garzón Céspedes

EL FRANCOTIRADOR Y SUS DOS AMORES


El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores. Allá, tan lejos, tan cerca, su madre y la mujer que el francotirador amaba. Les esperaba la muerte. Los torturadores ya habían realizado los ritos previos a la ceremonia de indagación. Su madre y la mujer que él amaba irían muriendo pedazo menos, pedazo menos. A trozos. Y, aún peor, morirían en la vergüenza de suplicar. De humillarse. O de haber traicionado. El francotirador podía liberar a una de las dos mujeres. Matándola. Por toda posesión le quedaba una bala. No contaré yo cuál de los dos cuerpos de mujer estalló en pedazos. Yo lo seguiré contando hasta que alguien sea capaz de contar el final de esta historia. El francotirador tenía en el punto de mira el espacio entre sus dos amores…

Boris Sánchez Elchiver, Chile

TIMIDEZ


Es la tercera vez que voy a la misma librería. Ahí está como siempre ese maldito libro, desafiándome al final de la segunda estantería. Provocándome. Sería cuestión de estirar la mano, tomarlo, caminar con seguridad con él hasta la caja, cancelarlo, colocarlo en una bolsa y ya está. Pero ese título tan revelador e indiscreto: “Como vencer la timidez en diez días”. ¡Qué va pensar la cajera!...y además tan atractiva. Mejor me llevaré un libro sobre los orígenes de las araucarias, mañana.....quizás..tal vez... lo intentaré de nuevo.



ILUSIÓN OPTICA


Después de obtener el primer lugar en una carrera de motocicletas, ser el mejor samurai, haber conquistado la cima del Everest y ganado todas las batallas, Juan, aún no entiende, que tiene que apagar el computador y terminar de hacer el aseo en la oficina donde trabaja como Junior.

NORMA PADRA

EL ALMOHADÓN (cuento para niños)

El sultán vivía en un hermoso palacio, algunos lo llamaban “harén”, -nombre que designa al mismo tiempo al conjunto de mujeres hermosas que rodeaban a un personaje importante, así como el lugar en el que éstas residían-.
El lujo y la buena vida distinguían su dormitorio, lleno de alfombras persas, jarras de oro, perlas, perfumes, flores y sahumerios.
Allí, en medio del fastuoso colorido se situaba un importante almohadón de seda bordado con hilos de oro y plata. Él siempre lo miraba con cariño, pues lo había heredado de su abuelo.
El sultán pasaba días sin salir del dormitorio; muchas cosas mágicas sucedían.
Sabía que posando su cabeza en ese hermoso almohadón, soñaría con su princesa Justine.
Sus pensamientos volaban como entre sueños. Así acurrucado, obsesionado con aquella bella joven que iluminaba su alma.
Justine, era su sueño y su desvelo.
El sultán tuvo que partir para realizar un largo viaje.
Al llegar fatigado por el trajín del su paseo, ingresó a su dormitorio para poder descansar.
Abrió la puerta y su sorpresa fue tan grande, que cayó desmayado sobre las alfombras.
Vio el almohadón roído y deshilachado por el tiempo; había sido destruido.
El pobre casi enloqueció, nadie sabía el motivo. Todo allí se vistió de tristeza, y silencio.
Nadie sabía que aquel regalo que había recibido de su abuelo: ese almohadón bordado con finos cabellos de oro y plata, anidaba el espíritu de la bella princesa... y el sultán nunca más pudo no volver a soñar con ella.
Tuvo otros almohadones, tuvo otros sueños, pero ya nada fue igual para él.
Enfermó de tristeza y al poco tiempo encontró la muerte.
Aquel almohadón bordado lo estaba esperando posado en una pequeña y blanca nube que en el cielo flotaba.
Y allí lejos de toda riqueza mundana. el sueño se hizo realidad.
Justine y él serían felices en ese espacio de llamado “el país de los sueños eternos”.

Anónimo

LA CASA ENCANTADA

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor, y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
--Espéreme un momento --suplicó y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante a la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
--Dígame --dijo ella--, ¿se vende esta casa?
--Sí --respondió el hombre--, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
--Un fantasma --repitió la muchacha--. Santo Dios, ¿y quién es?
--Usted --dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

I.A. Ireland.

FINAL PARA UN CUENTO FANTÁSTICO

--¡Que extraño! --dijo la muchacha avanzando cautelosamente--. ¡Qué puerta más pesada! La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
--¡Dios mío! --dijo el hombre--. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
--A los dos no. A uno solo --dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.

MARIA ISABEL CANÉ

RAICES


Siempre decía: Tengo que cortar esas raíces, me afean todo. Hacía mucho tiempo que las había plantado, pero nunca dieron nada, a tal punto que ya no se acordaba de qué eran y eso que no estaban secas, simplemente no crecían. Distraída siempre en otras cosas al final nunca lo hizo, y así pasaron los días, los meses, los años… Cuando murió la enterraron en su propio jardín, muy cerca de las raíces, pero, qué enorme y deliciosa fue su sorpresa cuando despertando en esa vida que deviene después de la muerte se encontró rodeada de incontables rosas.

Martin Villanueva Watanabe, Perú

Mi amor a los trece

Los amigos van cambiando en relación a los años que el tiempo le va a uno cincelando en la mirada y en la paquidérmica forma de andar. Cuando era niño, mi mejor amigo se llamó Diego, morocho y rollizo, de cara atortugada y de piernas cortas, el que nunca me negó el mejor dulce ni, mucho menos, ir a su casa a jugar con su nueva consola. Cuando tuve trece, la amistad cambió de género y esta fue la empleada de mi amigo, Sonia. De senos prominentes, cabello asfaltado y siempre recién ondulado, de un aliento a sábana y con una mirada certera y profunda que en vez de acobardar a mis infantes deseos e instintos los despertaba. Fue ella quien me hizo descubrir que el amor se detiene a esa edad, a los trece, buscando pretextos perfectos, excusas extrañas volviéndome mentiroso de profesión por amor y ahorrador compulsivo para comprar mi primer ramo de rosas.

Me hice adulto por ella, ni caminando ni saltando por la autopista sino por la acera, como lo hacía mi abuelo quien sospechaba mi telúrico cambio; no saltaba ya por encima ni ladeando a la gente, más bien cediendo el paso almidonando con senil respeto la mirada; por ella me volví veinte años mayor, dibujándome el bigote que aún no ramificaba, guturando la carcajada y fumando el cigarro que nunca prendía.
Nunca sabré si se dio cuenta de que la mimaba con el tono de mi voz, de que la deseaba no con besos debajo de la cintura sino con esos besos sabuesos trepando hasta su enroscado cabello; que mis hombros buscaban chocarse con su cuerpo anhelando, palpitándome el corazón, sus manos duras y olorosas a pino acariciándome las mejillas. Solo recuerdo la vez que me hizo tocar su duro seno, de color de la vainilla y olorosa a lavanda, el pezón marrón y tenso circundado por su aureola; mis dos manos no alcanzaron a cubrirlos, palpándolas, las miré sin saber qué hacer, solo dejándome hervir por esa nueva sensación. Cuando quise besarlos empujado por un instinto inadvertido se tendió sobre si misma se cerró la nívea blusa y me llevó a la cocina, me sirvió una Sprite y siguió con su rutina.

Volví a la casa de mi amigo, pues ella era su sirvienta, después de una semana pues me di unos días para asimilar e interpretar qué pasó y por qué rayos no le arranqué el sostén, me abalancé sobre ella y le arranqué los besos que tanto deseaba. Bueno, volví no para hacer lo que debí de haber hecho, sino para tomarla de la mano y darle el ramo de flores que no sabría como explicar a mi amigo su porqué. Cuando golpié la manija con el acero de la puerta, me atendió, no Sonia, sino la mamá de Miguel Ángel, mi amigo, me dio un beso casi en la boca que ya no era de ella, y pregunté por la verdadera dueña de esa casa.

No quería jugar con su hijo, no quería pasar ni sentarme a conversar con ella y su esposo como siempre y mucho menos regresar más tarde a ver una película... no quería saber nada pues cuando pregunté por mi Sonia, ella ya no existía.

Se fue sin despedirse, aunque supe, unos años después, cuando regresé al barrio del Sendero, que preguntó por mi en el lapso de esa semana que desaparecí de su vida; supe que estuvo delante del intercomunicador del edificio donde vivía, pero nunca supieron, quienes la vieron, por qué nunca toco el número "2" de la familia Watanabe.

El amor se detuvo a los trece.

Hèctor “El Perro Vagabundo” Cediel

EL PODER DE LOS MILAGRO AMOROSOS
Te rescate de una jauría de pastores caníbales. Ya no son blancos los signos de los pétalos de tu rosa, ni es dulce el vino de la sangre que finge ser como el vino del rocío, que brota de tu cuerpo. Cantan tus caderas como las guadañas de las iglesias, donde las hostias saben y gritan como la grupa de la carne. Bebo el púrpura del licor celeste de las estrellas; el rocío de los lunares que nos fustigan como gaviotas apegadas al dolor; me ducho con el aire melancólico de los faroles, mientras el espíritu de las amantes se estremece, cuando sienten las desesperadas llamadas del falo o los golpes de los testículos, sobre las compuertas de los sustos, mientras se sofoca su ardor, con las desesperadas vibraciones del mástil de sus sueños jugosos. Dios es como el fulgor de un tormentoso mar ebrio, raptado por las miradas de algunas sirenas. Los ojos de mis sueños son azules, como la poesía que martilla mi desolación, como un violín ensangrentado por la tristeza de la pasión que lo toca. Canta desesperado un gallo, intentando despertar a la somnolienta aurora… huye mi melancolía impura como el dolor de la desesperanza, que intenta huir por el balcón o saltando por una ventana. Me seduce el viento sombrío de la muerte; el dorado alegre del órgano que quema mis entrañas, con el recuerdo de mi amada religiosa. Susurro ladridos dolientes y graves, como el delirio gregoriano de los que ascienden como el humo o el sonido flautín de las chicharras o mezzosoprano de los sapos… me demencia el barullo del aura que flota como una cascada, que baña con su luz espesa, la cueva de la fragante caverna. Brotan de los ojos que contemplo, un brezal de trompetas que se roban los tesoros de los airados lamentos. Me entristece el blanquecino viento de las notas escarlatas de los cuerpos, que leen en voz alta los signos dulces de nuestras manos. Te mojo y te baño, con la primavera serena de las aguas de la vida. Dejo en tus manos una paloma enferma, para que contemples el poder de los milagros amorosos y no pierdas la fe en los besos ni en las caricias.

Héctor Cobas, Miramar, Argentina

BORGES Y EL INFINITO


En estos tiempos actuales, solo lo fantástico tiene

Probabilidades de ser cierto


Pierre Teilhard de Chardin


Siento inquietud y zozobra. Tomo un libro de Borges y me interno en la lectura del Aleph. En esos momentos no quiero ser crítico literario, ni analizar las estructuras de ningún lenguaje. Me sumerjo en el cuento. Junto con Borges, me instalo en el decimonoveno escalón de la escalera del oscuro sótano de la casa de la calle Garay, que gracias al sano recuerdo de la imaginación aún no fue demolida. Se me asegura que allí hay un Aleph. Desconcertado le pregunto a Borges qué significa un Aleph. Sonriente y parsimonioso me contesta que “el Aleph es un punto en el espacio que contiene todos los puntos”. Venga, me dice, vamos a recorrerlo juntos. Sin muchos protocolos me comenta que ese punto representa el infinito de otros infinitos que guarda consigo en un instante. Describir con palabras esa experiencia implica expresar en el lenguaje corriente la representación de una sucesión indefinida que se despliega en un tiempo finito. Pero lo que se ve realmente en ese punto es la totalidad de todas las cosas y de acontecimientos que sucedieron, suceden y que sucederán reflejados como en un espejo en un solo instante que podríamos denominarlo místico. Temeroso traté de acomodar mi ojo en la dirección que Borges me indicaba. Pero enceguecido por la desbordante luz que venía de ese pequeño círculo que había en la escalera y que mi ojo dolorido trataba de rechazar, no podía percibir las formas que Borges me había descrito. Todo era luz resplandeciente no atenuada por la necesaria oscuridad que permite ver a las cosas en su verdadera dimensión sensible. Me esforcé pero reconozco que fracasé en la experiencia. Entonces Borges sonriente me dijo, que para percibir las formas es necesario atemperar la luz con el ensamble del decir poético y el pensamiento especular. Y recalcó que ningún mundo se nos da gratuitamente, el Aleph se construye con esfuerzo y dedicación ¡Lo demás deséchelo! Busque su Aleph a través de los laberintos que nos propone la existencia y allí encontrará el infinito y tal vez la eternidad. De repente suena un timbre y sobresaltado me despierto. La figura de Borges se esfuma tras el despertar del sueño. Y su evocación se dirige a un punto que tal vez algún día se me permita llamarlo mi Aleph.

Eduardo Mancilla, Rosario, Santa Fé, Argentina

Decolorado.

Se supone que hubo una vez, un señor cuyo nombre ya nadie recuerda, se disponía a emprender una acción que, repentinamente, había quedado en el olvido. Estaba inmóvil, sin saber si ir, regresar o permanecer. Eso si, se lo vio sonriente. Entonces, alguien que desconozco, cerró el libro de incertidumbres y la fotografía quedó sepia por siempre, y él, en total anonimato.

Rolando Revagliatti, Argentina

Cuento corto




En sus cuentos -me refiero a mi hija-, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le dije: ¿Por qué no hacés que siga vivo? Ella me explicó: No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato. Le sugerí: Seguí escribiéndolo mañana. Dijo: No; porque es un cuento corto.

Rolando Revagliatti, Argentina

Retazo



Nació por vía de cesárea Cristina, único descendiente que tuvieron sus padres. El nombre lo improvisaron de apuro, por así decir; lo extrajeron de una criteriosa galera, tras evaluar la armonía fonética junto al apellido. Aguardaban a Juan Ramón Ernesto e irrumpió Cristina. El desencanto se fue desplegando corrosivo en sus ánimos.

La niña, alumna aplicada, fantasiosa y fácilmente ridiculizable, encorvaba la espalda, fruncía los labios cuando se concentraba, bizqueaba a veces y, adolescente ya, padecía ataques de picazón, o lloraba.

En procura de reducir fatigosa gimnasia (contar paradas de colectivos, o perros, o automóviles con tales o cuales características), ritos incoercibles (sentarse durante unos instantes en determinado sillón, antes de tomar la merienda), sueños repetitivos (su madre obstinándose en ofrecerle muestras de comprensión y cariño), concurrió a un curso de control mental que promocionaban por radio. En esas estaba, cuando ella y el licenciado que dictaba el curso se enamoraron. Sin tropiezos accedieron al altar; y ahora, él la embarazó y la tiene ilusionada con que por fin nacerá Juan Ramón Ernesto, una generación después. Retazo de vida.

Migdalia Mansilla Rojas - Venezuela

El espejo


La habitación a media luz, un perchero clavado en la pared, un reloj cucú que cantaba a deshora, las horas, algunos libreros, un secreter.
En un marco de caoba guindaba un espejo. Pasaban los días y alguna cosa extraña estaba aconteciendo. Alguien se asomaba desde el espejo. A veces sólo se atisbaba a ver, un perfil; otras veces, medio cuerpo. En alguna ocasión los ojos escudriñaban el cuarto, como tratando de encontrar lo que no se ha perdido. En otras, la imagen corría de un lado a otro jugando a no encontrarse.

Un día después de eternos días, el espejo se estremeció, una mano salía de él lentamente, desperezándose, luego los brazos, las piernas tambaleantes. El cuerpo cayó al piso, era una mujer, se sacudió la falda, alisó los cabellos y comenzó a buscar un estuche de madera forrado en fieltro rojo. Movió los libros, abrió las gavetas. Nada. De pronto el cuerpo comenzó a desfallecer, el tiempo se acababa. La hora marcada estaba llegando.
Volvió su mirada ya lánguida al secreter y recordó, detrás de las cartas, al final, sí, al final estaba el estuche, cómo era posible que lo hubiera olvidado. Como pudo con las fuerzas perdidas logró abrirlo. Allí estaba, reluciente, palpitante, lo tomó con cuidado, abrió su blusa de encaje blanco, metió su mano en el pecho y se colocó el corazón.

Se abre la puerta de la habitación y un haz de luz intensa la ilumina.
_Querida mía, al fin te encuentro. Te esperábamos para cenar. Qué joven y hermosa te ves. Pareces otra.
Ella, sonriendo lo toma del brazo y le sigue hasta el comedor.

La habitación vuelve a las penumbras, el cucú anuncia la media noche.
Desde el espejo un rostro cansado y viejo se asoma, tratando de encontrar la máscara que se le perdió.


Migdalia B. Mansilla R.
Fecha: ¿la fecha? depende, del cristal con que se mire.
Fecha: Enero 29 de 2006

Norma Padra - Buenos Aires, Argentina

LA LOCA DEL MAR


Nadina, era muy curiosa... no sabía la que le esperaba... Nadina, Nadina Miramar era su nombre completo.
Como todos los años, Nadina salió de vacaciones para su casa en las playas de Miramar. Allí pasaba tres meses junto al mar que la había visto nacer, crecer, hasta irse, un día, con la intención de entrar al ruedo de la Gran Ciudad. Ya en ella, además de trabajar con ahínco para poder mantenerse, amante de la lectura como era, se esforzó en sus estudios logrando recibirse de profesora en Biología Marina.
El mar era su punto de partida y, también, el poderoso interrogante por los misterios allí escondidos.
Curiosa empedernida, siempre que podía buceaba con sus compañeros, o ¿por qué no?, sola.
Ganó becas para conocer los misterios de los mares del mundo, investigar, escribir sus hallazgos, para después darlos a conocer. Pero no todos, siempre guardaba para sí... algunas cosas...
Con el correr del tiempo fue escribiendo un libro que solo sería para ella, donde volcaba esas curiosidades que veía y recogía. No sabía que eso le costaría muy caro....
Con los años ese libro fue haciéndose cada vez mayor; eran muchas las cosas que encerraban sus páginas... sólo para ella, para poder atesorar sus momentos...
Y, sí, llegaron sus vacaciones, allí estaba ella, sola en la paya que la atraía como un imán. Sentada cómoda es su silla a la orilla del mar leía su libro, escribía más notas.
Sin darse cuenta de que una tormenta se acercaba repentinamente y, una ola inmensa la atrapó.
Gracias a su pericia como nadadora salvó su vida, pero el libro, se lo llevó el mar... No lo pudo asegurar contra su cuerpo...
Ese era el lugar donde debía estar el libro.
El mar había recuperado parte de sus secretos.
Dicen los que la conocieron, que con el correr de los años, un día vieron pasar a una anciana, con su mente ausente... caminando por la orilla del mar, con la vista perdida en el horizonte.
Todos la llamaban “La loca del Mar”.

SENEN RODRÍGUEZ PERINI / URUGUAY, ESPAÑA

Paleolítico

El enorme y peludo mamut dio un último resoplido intentando levantar la cabeza y terminó de morir cubierto de barro y sangre, su propia sangre brotando del cuero atravesado por incontables lanzas punta de piedra.
Logró matar a varios bípedos antes de caer, aplastándolos bajo sus patas, destrozándolos con los colmillos y quebrándolos con la trompa, pero ellos habían vencido al fin por número y por tàctica. La inmensa mole era demasiado lenta para esos animales organizados.
Seguros que la bestia estaba muerta, se escucharon sonidos guturales de satisfacción en los sobrevivientes.
El jefe se acercó a los caidos, los miro de cerca casi tocándoles la piel con su naríz, les abrió los ojos, con movimientos bruscos los empujó bucando se movieran, revisó los miembros quebrados y en algunos las vísceras tiradas en el suelo al explotar los cuerpos por el peso de las inmensas patas.
Juntaron los muertos y los cargaron sobre ramas largas para arrastrarlos a la caverna. Al llegar los enterrarían bajo el piso de sus propias estancias, para que estuviesen siempre con ellos.
Con piedras afiladas cortaron todo el cuero posible del monstruo aún caliente. Sería buena protección para el frío del invierno. Luego cortaron toda la carne que pudieron cargar en ese viaje.
El retorno a la cueva donde esperaban las hembras y los niños era muy largo y aunque volverían al día siguiente, ya sabían que el trabajo de las alimañas nocturnas les dejaría poco más que los huesos. Pero estos también les servirían para preparar armas y herramientas.
Antes de partir el jefe gesticuló levantando la lanza en señal de mando.
Ayudaron a caminar a los heridos. Comenzaron el retorno.
La tarde se volvía noche, el camino era largo y peligroso.

HERNAN BONGIORNO, BUENOS AIRES, ARGENTINA

CIRCULO PERFECTO

No se si fue que lo leí o es que alguien me lo dijo pero, de pronto, tuve en mi memoria la idea de que los orientales practicaban horas y horas el pintar un círculo perfecto sin ayuda alguna de instrumentos tales como compases, reglas o escuadras. Lo hacían tan solo armados de un pincel, tinta y lienzos. Para mí un círculo no tenia nada de particular, sin embargo, una vez enterado de este hobby japonés, mi idea de los círculos geométricamente perfectos cambio radicalmente.

Comencé con un lápiz. Uno común, de esos comprados en cualquier librería de barrio. Los primeros ensayos los hice en un cuaderno que tenía abandonado en un cajón. En ese cuaderno encontré anotaciones mías, párrafos sueltos, intentos de poesía, pero nada lo suficientemente bueno como para no intervenir, por lo tanto, todos esos escritos debieron empezar una convivencia forzada con mis círculos.
Los primeros, ahora que lo veo en perspectiva, tenían forma más bien de rombo. Me era imposible unir los dos extremos de tal forma que desde el punto céntrico, la distancia fuese la misma hacia cualquier dirección, pero a pesar de los mamarrachos que trazaba, poco a poco, algo en el acto de practicar, me fue otorgando una cierta serenidad que hasta el momento desconocía

Cada día laboral era un suplicio. Solo quería llegar a mi casa y continuar con la práctica. Por aquella etapa ya tenia otros cuadernos y fue cuando compre el décimo que me di cuenta que lo que realmente necesitaba era hacerlo tal cual lo hacían los japoneses. Tinta negra y un lienzo. Claro que así, el arte japonés era aun más difícil de dominar. A fuerza de limpiar el living de mi casa y de manchar una y otra vez accidentalmente a mi familia, fui aprendiendo a manejar la tinta color negro y mojar el pincel en su justa medida a la vez que relajando el brazo, obtenía un pulso cada vez mas exacto.

Cuando finalmente mi mujer y mi hijo de ocho años se fueron de mi casa junto con todas sus ropas, juguetes y demás cosas, pude comenzar a concentrarme mejor y cuanto más me concentraba, mas serenidad sentía. Todo empezaba por mi frente abierta, llena de una electricidad extraña que iba descendiendo hasta mi vientre y ahí me quedaba percibiendo algo indescriptible y mas se hacia carne en mi esta sensación, mas redondos salían los círculos y a mayor perfección, mayor serenidad.

Era ya imposible dejar de hacer lienzo tras lienzo y cuando los ahorros de la indemnización por mi despido laboral se agotaron, fueron las paredes blancas las que me sirvieron para continuar.

Sabía que pronto no habría más espacios en blanco y fue sobre la puerta del baño que finalmente alcance el círculo perfecto. No lo medí, ni lo contemple demasiado. Solo supe que fue perfectamente concéntrico, por la plenitud alcanzada.

Salí así como estaba (descalzo y en calzoncillos) al balcón y el viento que soplo, también soplo dentro mío. El azul de cielo era aun más azul. Podía sentir las nubes en mi panza moverse. Podía verlo todo unido. Podía estar lleno de todo y vacío a la vez.
Me senté contra la pared en esa postura de meditación que tanto había visto en revistas y cerré los ojos. El infinito se hizo presente. Pude verme a mi mismo sentado mientras comenzaba a subir y verme cada vez mas pequeño, al igual que las casas y edificios hasta que todo solo fueron puntos de colores, pero yo, lejos de estar perdido, sabia exactamente donde ir y hacia allí fui.

HERNAN BONGIORNO, BUENOS AIRES, ARGENTINA

SENTIR QUE TE VAS

Te siento nadando en la cama con las sabanas revueltas como olas de mar, aferrada a la almohada como si fuese tu única ancla.

Y te puedo sentir vacía y filosa, atravesada por ese abismo que ni las constelaciones pueden llenar porque tu infinito es más caprichoso que el universo mismo y nada parece satisfacerte, nada parece alcanzarte.

Sentirte rígida esta noche es saber que te vas a quebrar, aunque te levantes a fumar, camines por el living y murmures tus mantras, no creo que nada te haga parar.

Te siento la euforia, como si en tu plexo se anidara el ojo de un huracán, haciendo pausas y silencios para vestirte creyendo que no me despertas.

Te siento irte lenta, rascando tu memoria para saber donde encontrar lo que imaginaste un momento atrás que podías ir a buscar.

Cerras la puerta, te vas.


HUGO ALBERTO PATUTO, Pergamino, Argentina


JAURÍA

Desde la ventana pudo reconstruir la maquinaria de la lluvia. Las primeras gotas habían teñido el patio con el anuncio que, minutos después, volvería convertido en truenos y ráfagas. Miró detenidamente sus manos: poca luz, el balanceo de las hojas, el estigma de saber que estaba sola.Si la lluvia se poblaba de animales era porque la imaginación sostenía en vilo esa carga de miedo, a tal punto que las voces familiares parecían extrañas y las campanadas del reloj de pared traían un escozor profundo. Entre las apariciones había elefantes, tigres y caballos. Conseguiría por medio de un sórdido ritual domesticarse para ellos.En la penumbra olvidó el rouge y el extracto. Los vértices de las paredes y el techo adquirieron una comba que la hizo carraspear. No dormiría hasta las dos de la mañana. Caminó a oscuras. Llenó el vaso de agua y de golpe sintió, frente al espejo, que su edad había concentrado la ira y el desprecio de las tías. Pero el entorno de las facciones cedía como por efecto de una lava interior.Las huellas en el barro tenían el valor de reproducir el andar de viejos amantes; hasta que su enamorado iba tocando cada ventana, dispuesto a terminar con las dependencias de la casa. Para no enloquecer, ella musitaba conjuros.Dicen que abandonó el pueblo seguida por una jauría.

Juan José Mestre, Argentina

LA IRA

No se aguantó más. Decidió vomitarle todo lo que tenía acumulado en las entrañas durante todos estos años. Sintió cómo el odio, la sed de venganza, el deseo primario de matar la lujuriosa fantasía de torturar hasta el final, de despellejar cada centímetro de su piel, de arrancarle las uñas lenta, muy lentamente, de aguardar sus sollozos después a cada aullido con la parsimoniosa flema que sólo se permite un dios griego. Estuvo así durante horas; al acecho, sintiéndose cada vez más pequeño; un globo que se desinfla con el paso del tiempo –pringoso, pueril, ignoto, casi una alimaña que en cualquier momento aplastaría un zapato anónimo, sin saberlo siquiera.
Cuando finalmente vio que entraba a la casa, la única frase que pudo pronunciar fue un simple y repetido latiguillo: ¨ Querida, ¿te fue bien en el club?¨

GABRIELA AGILDA, ARGENTINA

PROHIBIDA



Oculta, fragmentada a mi antojo, con los puños repletos de caprichos rotos. Agazapada, disfrazada de humo, me retuerzo en tu mirada ausente y deseada. Me invento suspiro a suspiro, y te espero. Vuelvo al punto de partida. Camuflada. Una vez más, herida. Nadie me ve porque soy nadie. Agotada, arrastro mi grillete de oro mudo. Harta...Harta de envenenar momentos para que no nazcan de ellos sueños muertos. Oculta, sin pasado ni credo. Anónima. Habito en ti, y sólo tu amor fecunda mi letargo En mi celda te pienso, confinada en mi infierno. En él atesoro mi nada y tu todo. Allí, mi desnudez ciega implora tu presencia, pero no llegas. Sólo tú sabes quién soy. Un destello de tu voz me lo dijo aquella vez, cuando me susurraste en tu desesperado y único beso imaginario el nombre de los tres arcángeles. Descifrando enigmas, acuno desde entonces mi verano, pero sueño en él el hielo de tu invierno. Pronuncia mi nombre sólo una vez para que el hechizo de tiempos viejos se vuelva polvo en mi aliento.
Oculta, condenada a callar, sentenciada a maquillar secretos detrás de velos rasgados y mugrientos. Atravieso por las noches el desierto para aturdir con mi silencio la monotonía de seguir creyendo. A lo lejos, dolores verdaderos te arrancan de mi vientre sediento. Mientras el recuerdo de tu sonrisa me mantiene despierta, mi universo diminuto palpita y acaricio mi desgarro de barrotes idénticos. Pero cuando me duermo… rasguño el ahogo traicionero en mi garganta de seda y huelo en mi piel el llanto de tu promesa. Sé que sangro tu verdad, pero no me conozco. Dime esta noche quién soy: la muerte vendrá por mí, y no puedo decirle que mi nombre simplemente es...ella.

Manuel Cubero, España

LA IMAGEN DE DIOS


Cuando oyó a su profesor decir que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, aquel joven estudiante entró en una profunda crisis de identidad antes de comenzar a perder la fe.
Manolo Cubero, España

Magdalena Márquez

FELIZ CUMPLEAÑOS

Feliz cumpleaños, le dijo su marido mientras le daba el beso de costumbre al irse a trabajar. Feliz cumpleaños, le repitieron sus hijos alegremente entre galleta y galleta a la vez que cogían la mochila para salir corriendo al colegio. Feliz cumpleaños, feliz cumpleaños, oyó la misma frase una y otra vez en la boca sonriente de sus compañeros, en las voces alegres a través del teléfono que no paraba de sonar.

La frase retumbaba en sus oídos, en su cabeza. A media mañana abandonó la oficina, no contestó la última llamada y apagó el móvil. ¿Por qué iba a ser éste un cumpleaños feliz? ¿De qué iban a servir tantos deseos de dicha? De hecho le sonaban vanos, sin significado. Eran esas palabras que se dicen sin pensar, que hay que repetir en estos casos. ¿Qué sabía ninguno de ellos de su felicidad? ¿Conocían acaso lo vacía que se encontraba? La típica crisis de los cuarenta hubiese pensado alguno de ellos si se lo hubiese contado, o se habrían preguntado qué quiere esta mujer triunfadora en su trabajo, con una vida como la de todos ellos, un marido ni mejor ni peor que el del resto de las mujeres y con unos hijos que no daban más problemas que la mayoría.

Caminaba en la fría mañana con la única compañía de sus oscuros pensamientos. La ilusión había dejado de ser su fiel compañera, sus pensamientos otrora optimistas no la ayudaban a salir del túnel en el que había entrado sin darse cuenta. Sabía que ese no era el camino, era plenamente consciente de ir en contra de sus principios, pero la apatía, el cansancio le caía como una losa. El aire le cortaba la cara, agradecía la temperatura glaciar que la mantenía despierta. Se miró en el escaparate de una inmobiliaria, no le gustó lo que vio, su cara sin maquillar, su pelo descuidado, el rictus de tristeza que le enmarcaba los labios. Se sentó en un banco del solitario paseo, encendió un cigarrillo, lo fumó despacio, sintiendo como el humo, amante cruel y placentero se deslizaba por su garganta. No sabe cuanto tiempo estuvo así, sin pensar en nada y sintiendo pena de sí misma, tal vez hasta que el final del cigarro le quemó los dedos y la hizo dar un respingo.

Volvió a la realidad, al paseo, a las mujeres que caminaban veloces a la compra o a esos otros viandantes que entraban en las cajas de ahorros para hacer alguna gestión. Miró a su alrededor, como despertando de un sueño. Respiró hondo, conectó el móvil y marcó un número, tras una breve conversación también ella se dirigió con paso rápido hacia un establecimiento próximo, peluquería y masaje era su próxima estación, su propio regalo de cumpleaños. No, no se trataba de ponerse más guapa, tenía que ver con el principio del camino para disfrutar de un feliz cumpleaños venidero.

Roberto Silva - Uruguay / Argentina

El horno


La nueva situación me sorprendió. Inseguro mire a mis contrincantes. Pequeñas gotas de agua brotaban en mi calva, que por suerte, estaba cubierta por un esponjoso sombrero de fieltro. A mi derecha un negro con grandes y carnosos labios que intentaban cubrirle la nariz. Enfrente, alguien con aspecto de cornalito, si, de cornalito, pequeño, brillante por la grasa que salía por todos sus poros y con sus ojos tapados por lentes de vidrios increíblemente gruesos. A mi izquierda el hombre del habano. Solo eso podía decir, su rostro no tenia detalles, parecía una rodilla con boca y en ella el habano largando humo en forma constante. En el centro de la mesa verde, una pila de billetes, en mi mano, solamente un par de cuatros iluminados por la única luz de la habitación. Ya no tenia dinero en mis bolsillos y por eso, sin mirarlo, le dije al cornalito: -Hacéme un vale por 1000 y con eso voy jugado - . Sonrió mientras sacaba del bolsillo de su saco blanco el talonario, llenó un pagaré y me lo dió a firmar. Lo puse en el centro de la mesa. El negro tiro sus cartas, el cornalito tomo un sorbo de su vaso de tequila y también se descartó. El del habano dijo: - Quiero ver – mientras arrimaba diez billetes a la pila. Y por eso, San Pedro, estoy acá, ¿puedo pasar? Mirá, dijo el santo, me caes simpático, salvo la timba y algún golpe a tu mujer no tenés culpas mayores, pero, es orden de arriba te aclaro, los pelotudos, directo al horno. ¡Que pase el que sigue!

Luciano S. Doti, Argentina

La conversión

Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.

www.letrasdehorror.blogspot.com

PEDRO JESÚS DOMÍNGUEZ, CHIHUAHUA, MEXICO

“De médicos poetas y locos...”


Que golpee y golpee
hasta que nadie
pueda ya hacerse el sordo

que golpe y golpe
hasta que el poeta
sepa
o por lo menos crea
que es a él
a quien llaman.


“Arte Poético”
De Mario Benedetti.




Un buen día acogiéndonos al dicho popular que a todos nos señala, de médicos, locos y poetas, pues según el dicho, algo de esto todos tenemos, aun sea un poco, se encontraron dos hombres, uno de ellos padecía ese día un alto grado de medico y el otro se encontraba en su estadía de sentirse loco, este ultimo fingió tan bien su demencia que el otro verdaderamente se sintió medico y este dio tal tratamiento al hombre que sentía ser loco que falleció de sentimiento, y el que sintiéndose doctor al recobrar su personalidad, murió de tristeza, luego llego el poeta, digo otro hombre que disfrutaba ese momento el sentirse poeta, vio los dos cuerpos, les compuso y dedico un poema a cada uno de ellos, con ese espíritu que solo los poetas poseen y que son capaces con su poesía de realizar el milagro de la resurrección espiritual, pues terminando sus versos hechos poesía, los dos cuerpos cobraron vida, lo abrazaron y desde ese momento, prefirieron sentirse cada día mas poetas que cualquier otra cosa.



cuentos de petuz, diciembre 1989.

Álex E. Peñaloza Campos, Uruguay - Venezuela

Mina
El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.

Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia

¿Acaso fue un sueño?

Acaso vamos de la noche al día, cual péndulo que columpia nuestras vidas o, como el cazador que al voleo tira la honda para atrapar la pieza.
Acaso, extenuados buscando el cruce de caminos que el destino trazó con una línea invisible para que la viéramos solo hasta ahora.

Acaso arrebatando trozos al tiempo en medio del huracán enceguecido sobre nuestros cuerpos abatidos esperando al mensajero.

Acaso la "Vida" que llegó para suplicar piedad a Cronos para que la deje manipular el reloj y lograr que los días y las noches sean eterno claro oscuro sensual que cubra con un velo todos los parapetos encontrados al paso.

Acaso entrecerrar los ojos y mirar en un atardecer la cópula mágica del Sol sobre la mar, allá en la línea del horizonte.

Acaso viviendo estos delirios en extremo desvarío, tal vez encuentre las sendas que me acerquen a ese faro…

Acaso jamás o, ¿Acaso por siempre?

¡Me rebelo!

Todo mi ser gime.

Mis sentidos desbocados no pueden estar en sumisión eterna. Mi mente razona con ardor que ha llegado la hora de la asonada. Todos mis deseos en posición de avanzada armados hasta los dientes pujan por dar la pelea y romper las barricadas.

¡Basta ya!

Siempre negándome todos los gustos, siempre guardando mi puesto de jefe de ruta. El Capitán no debe abandonar la nave sino de último, cuando haya protegido a todos. Pero "esos" están a salvo, ahora la que importa soy yo, ser desnudo, temblando, exigiendo, hambriento, plañendo con todas las ansiedades. Desgarrando mi piel…

Hembra completa, sensual, definitivamente a la intemperie…

¡Llegó la hora!

Es la vida eterna o la muerte simplemente…
..................

Y oí que una multitud reía a carcajadas. El viento me acariciaba. Me lamía excitado meciendo a su paso en un delicioso zarandeo las hojas de las palmeras.

Sentía que mi cuerpo se excitaba… Tendida sobre la arena me había quedado dormida. Desperté cuando ya era casi oscuro. Unas pequeñas gotas de agua cayeron sobre mi cuerpo, abrí un poco los ojos y me vi desnuda. Sí, estaba completamente desnuda. Solo me cubría un poco los senos mi larga cabellera enmarañada, como si la pelea con el tiempo hubiese sido cierta. No podía dilucidar qué era real y qué era sueño.

Sentí por todo mi cuerpo y en mis labios las huellas de un fogoso encuentro. De pronto volteé la cabeza y, allí,a mi lado, reclinado sobre un brazo estaba él, ese que se había deslizado en sueños haciéndome gemir versos. Lo reconocí al instante. Me sonreía, me acarició el rostro. Alisaba mis cabellos, se inclinó lentamente, tomó mis labios…. Y…. definitivamente desperté… mi cama tenía el olor de la sal de mar y las huellas de un visitante.

Ojalá la próxima vez pueda embrujarlo para poder atarlo por siempre a mi cuerpo, a mi vida.

¡Hacerlo mío totalmente!

Mercedes Sáenz / Tigre, Buenos Aires, Argentina

ES QUE AÚN QUIERO DECIRTE, INDIO


He dormido bajo tu mismo brazo, quebrado alguna vez y torcido. Las manos de llagas secas y en tus ojos huellas milenarias.
Te han dicho de todo, lo aprendido en facultades, en organizaciones en tu defensa. Te han escrito bellos y verdaderos poemas. Te han puesto orgullo, el que surge de defender tu memoria, intentando ponerte de pie, queriendo no olvidar tu valentía.´
Autores de importancia te estudiaron, planifican aún cómo devolverte la dignidad en este mundo.


Aún quiero decirte que dormí bajo tu brazo, con el telar de tus manos bajo el cielo negro y antes de cerrarse tus ojos estaban llenos de estrellas que les soplaste a los míos.
Aún quiero decirte hombre anciano, que esa fue la primera comunión que tomé en la vida. Silenciosamente, sin que nuestros cuerpos se tocaran.
Aprendí mientras dormía algunos cantos de tu tierra sin saber siquiera que significan, mientras la tierra madre nos acunaba cómo hace millones de años, pero sin guerras.
Me iré cuándo amanezca, hombre indio, cómo una hija de los vientos del sur, con la mitad del alma y ese silencio todo.


Mercedes Sáenz / Tigre / Buenos Aires, Argentina

EL DESAMPARO


Aturde muda su fuerza de arrancar toda el alma. Es una línea quebrada, un silencio de músicos, tosco cómo un ebrio de agua. Una cuerda que estrangula hasta el desconcierto dónde no se puede definir el dolor. Perdura en una pregunta larga del deseo muerto.
Y dónde el niño de la panza hambre. Y dónde la madre sin su niño y qué del desaparecido y del de dos ruedas por pies. Y qué del que no puede, y qué del frío que es más, y qué de no cantar en abecedario. Y qué del verde que se quema. Y del agua que no es lluvia. Y qué de mi cuándo encuentro el desamparo cubriendo el mundo un domingo con mal tiempo.
No se dice el desamparo. El de uno es nada, ni ay se dice.

Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina

CONFORMISMO

Se levantaba sin pensar. Besaba a su marido al despedirlo, como siempre. Iba a la oficina sin cuestionarse porqué. Sonreía por compromiso, al volver pasaba por el mercado, todos los días. Cenaba sola mirando el mismo programa de entretenimientos.
El llegaba cuando ella ya estaba dormida.

Los sábados salían con los matrimonios de siempre, al lugar de siempre, regresaban en silencio, como siempre.
Los domingos pasaban informes, silenciosos. Hasta el gato se aburría.
Pasaron viente años idénticos.
Una mañana la atropelló una moto al salir del mercado.

La sepultaron en el cementerio de su ciudad.
En poco tiempo comenzaron a olvidarla.

Ana Callegaris, Santa Fé, Argentina

OLOR A TANGO

Deambulé zombie entre espirales de humo en el centro de la calzada. Era noche y apenas llovía, como dice el tango. Levité con liviandad casi sin pisar el suelo mojado. Me mirabas pasivo desde la vereda norte, con un vaso de Old Smuggler en la mano. Miré hacia el sur y seguí girando.
Por la mañana todo había pasado: la calle era aplastada por mil vehículos rumbo al trabajo, el cielo blanco por las nubes y el semáforo de la esquina gritaba un verde esmeralda.
Ya no te extraño.

ANA CALLEGARIS, SANTA FE, ARGENTINA

Ojos claros


Compraba un bolso azul cuando pasaste. Charlabas y fumabas a la par de un amigo hacia el norte. Me abstraje con tu mirar, perdido en el horizonte con ese dejo de nostalgia tuyo.

La peatonal estaba vasta de gente pero aparentabas flotar sobre ellos, como levitando en esa brisa fresca de septiembre, con tus ojos color mar urgando el infinito y mi mirada clavada en ti.

No existo en tu mundo, no existo en tu vida. No existo en ti.

Sin embargo, todavía te deseo.

TODO FRUTO TIENE SU SECRETO, Norma Padra, Buenos Aires, Argentina

Transito por los caminos misteriosos de la frugalidad y la sensualidad mientras estoy frente a un fruto, un simple higo, simiente, comienzo de vida, placer de néctar pálido, dulce, brilloso, carnoso, juego con todos los sentidos, con los ojos, el olfato; lo degusto, toco su aspereza externa, y la vellosidad interna y rosada.

Hasta puedo escuchar su lamento al separarlo con mis labios.

Y me lleva el recuerdo al jardín de mi abuelo, a sus higueras, a mi infancia, a esas tardes en que él, tomaba con sus manos esos frutos, y los dejaba en mis manos.

Mi abuelo tenía la misma dulzura que esas tardes en el jardín, rodeados de aromas de flores, placeres y sabiduría.

Siempre contaba historias que había aprendido en su tierra natal. Lleno de nostalgia, él y yo comíamos esos higos en pétalos, maduros, compartiendo secretos, sólo los dos en el jardín de la infancia.

Pepón Lapidario

Punto de vista

Cuando caí en la cuenta de que nadie podía verme ni oírme el corazón me dio un vuelco. Intenté en vano tocar a los viandantes, descubriendo que atravesaba gente, muros, todo. Aterrado, pensé que había muerto de un infarto repentino, y que me había visto condenado a vagar por el mundo como un espectro errante... Pronto me di cuenta de que la verdad era mucho menos terrible: no era yo el muerto sino todos vosotros, pobres fantasmas insustanciales.

Tres mini mini mini

LA ÚLTIMA CENA

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.

Ángel García Galiano


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Del tiempo a tres voces


Antes de morir, papá me regaló su reloj. Pasaron los años, y ahora mi hijo ve la hora de su abuelo.

Nelson Gomez León


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En contra de toda expectativa

Y en contra de todo pronóstico, contradiciendo todas las expectativas, el hombre que acababa de perder una pierna se puso a saltar en una pata, de pura alegría.

Dagoberto Espinoza

Álex E. Peñaloza Campos

Mina

El estallido atronador lo dejó completamente sordo. De pronto sintió el frío y agreste suelo a sus espaldas. Vio algunas figuras humanas corriendo apresuradas, unas tratando de ocultarse, otras que se le acercaban diligentes. Buscó sus sentidos y percibió que, aparte de la sordera que lentamente se iba diluyendo, todo estaba bien. Sentía su cabeza, sus manos, sus pies y sus dedos: Sentía todos sus dedos. Si, los sentía. Se felicitó por su buena suerte; después de todo había salido bien parado de la explosión.
-¡Una mina! ¡Pisó una mina! – gritó un soldado.
Fue a levantarse pero no lo logró. Cuando quiso ponerse en pie notó con horror que la mina le había volado un pie y hecho trizas el otro. Entonces se desmayó.




Amor al primer mordisco - Norbert Fernández Lauretta, San Luis, Argentina

Dice Elsa Schiaparelli que “un buen cocinero es como una hechicera que sirve felicidad”.
Cocinar es magia, y, además, arte. Desconocerlo es fracasar en el intento. Debe emprenderse con abandono o no emprenderse en absoluto. Es como hacer el amor.

Véanlo así: Una buena comida requiere cómo mínimo una hora de cocción. De ahí en más, depende de los recursos y del apetito que se tenga. De lo contrario no sirve, no se digiere bien, uno se enferma y siente acidez. Se acabó el amor…

… el amor de gozar inteligentemente –como enseñara Epicuro- del placer sensual, exquisito, de la buena mesa; que es una manera de cultivar el espíritu, de practicar la virtud.
A veces es recomendable cierto ayuno previo, o un par de días a dieta.

Para mí lo mejor es cocinar sin recetas. Ser creativo y generoso con los condimentos.
Mostrarse calmo, sereno, tierno; intenso a veces, por momentos irracional, algo salvaje, primitivo. Siempre amable.
Cocinar a fuego lento y progresivo, hasta la ebullición y el climax.

¡Buen apetito! Y recordar el proverbio alemán que dice “después de comer bien todo parece distinto”. ¡Siempre es aconsejable una buena sobremesa!
Su comensal, agradecida.

Prejuicio final - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA

Nada de lo que puede lastimarte, se te enfrenta a simple vista. Un veneno, una araña, las más ínfima de las cepas bacterianas, o el tercer aviso de ejecución de la hipoteca de tu departamento. Nada de esto puede tocarse; ni los banqueros, ni los gobiernos, ni los infiernos. No podés saber de antemano si la crema está agria o la carne rancia. Te despedirá un telegrama. Te quemará el cortocircuito de una lámpara. Nunca sabrás de dónde salió la bala o quién empuñó el cuchillo que se clavará en tu espalda.Por eso, quedate tranquilo: podés jugar sin miedo, podés comer sin asco, entrá y salí de donde quieras, cuando quieras y cómo quieras; porque no es posible que la fatalidad se te acerque, ni un milímetro de más, ni una fracción de segundo antes, del instante sagrado de tu muerte.


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DESCARTABLE - Sebastian Barrasa (el Zaiper) / BUENOS AIRES, ARGENTINA



…y entonces entra a su cuarto y encuentra una mujer en su cama. Ella lo saluda y él se pregunta qué hace una mujer ahí, acostada. Se plantea cuán poca importancia le ha de estar dando a sus relaciones, que olvidó por completo a la persona con quién seguramente acaba de pasar algo. Éste es su cuarto y esa es su cama, y en su cama reposa una mujer desnuda… o tal vez desnuda, ya que la cubre su frazada de pelusa azul; y él la mira como sugiriéndole que baje la frazada para comprobar que realmente no tiene ropa porque entonces debe haber pasado algo entre ellos: es imposible pensar que estuvo con una mujer desnuda, en su cama y sin haber tenido sexo (y del bueno)… aunque en realidad no puede determinar si ya estuvo con ella o si iría a estar con ella.Pero lo verdaderamente intolerable es que no lo recuerde, que ni siquiera recuerde quién es esa mujer, ni cuándo entró con ella a esta casa que ahora descubre que no es la suya y que éste no es su cuarto y que él, ni siquiera es él…



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Ricardo Ríos Cichero - Fray Bentos, Uruguay


Tarde era ya cuando se fueron todos. El último fue Esteban, el peón de los Jiménez. Montó el tordillo que tenía atado en el matorral de ligustros al lado del rancho. Levantó la mano mientras el animal resoplaba y sacudía la cabeza con ruido a freno y bozal, hizo girar a la bestia retumbando el patio y, al tranco, se fue haciendo negro en lo negro del campo.

Juan quedó parado en el patio.
Quieto quedó.
Mirando hacia lo oscuro pero sin querer ver nada.
Tenía la sensación de que no había pasado aquello y que su mujer estaba durmiendo allí adentro con la panza grande, llena del hijo que esperaban. Casi estaba convencido de que el doctor no había venido, ni la partera con su pelo blanco y las manos como pasas. Ya no recordaba ni los gritos de su mujer, ni las órdenes del doctor... “deme eso, alcánceme aquello... ¡tenga de acá!"... ¡Vamos, vamos!” Casi seguro estaba de que a la mañana se iba a levantar, prepararía el mate y, sentado en la cama, en un “mano a mano” adormilado, ella le iba a hablar hasta por los codos del hijo que venía. Casi adivinaba ahora lo que sería ese rancho con un gurí gateando por todos lados; con gurí riendo, llorando, comiendo o simplemente durmiendo, despatarrado en el catre grande. Casi se veía caminando entre el monte, con el gurí prendido de su mano o corriendo adelante, queriendo agarrar un pájaro con las manitos gordas. Casi lo veía del otro lado del corral... “¡dale viejo, abrí la cimbra que yo te aguanto estos novillos!...” Casi, casi lo veía ahora sujetando su mano... “tranquilo papá, yo estoy a su lado; descanse, nomás...”


Allí estaba parado, con la imaginación confundiéndosele con los deseos.
Allí estaba, quieto en cuerpo y alma como esperando un despertar nuevo, distinto y bueno.
Allí estaba, con el olor a flores en la ropa, el frío de la muerta en las manos y el negror de la noche en la mente.
Y allí estaba, con el vacío que deja un suspiro. Ese vacío manso, ni malo ni bueno, en esa marcha sin detenerse, sin mirar atrás y sin ver hacia delante.
Rato estuvo así. Hasta que se le erizó la piel con el aire húmedo de rocío.
Y, lentamente, comprendió que todo había realmente pasado. Los gritos, el doctor, la partera, el olor a flores y el peón de los Jiménez; todo había pasado y todo estaba terminando allí, en la quietud que ahora estaba él.


Entonces volvió al rancho.
Se paró en la puerta.
La salita estaba igual que siempre; las vecinas habían dejado todo arreglado y barrido. Sólo un detalle desentonaba.
Se agachó, levantó el clavel, sin gajo y pisoteado, lo anidó en la mano grande y lo miró largo rato. Después fue hasta la cocina, buscó el tarro de la basura y dejó caer la flor entre papeles, tierra y puchos de cigarros.


Después fue despacio hasta el dormitorio.
Se sentó en la cama.
Se dejó caer hacia atrás.
Y se quedó, como dormido.

El capricho de Lucía - Vicente Vasquez

EL CAPRICHO DE LUCÍA

Lucía, termina de ducharse. Se encamina al tocador y en el espejo observa su cuerpo desnudo. Lo ve despacio. Su mirada lo recorre de arriba para abajo y de abajo para arriba; se detiene en los puntos más relevantes, los que pudieran ser de interés colectivo y los observa con detenimiento.

Se da por satisfecha.

No tiene un cuerpo como para aparecer en la Playboy, pero es aceptable. Se aplica desodorante en las partes que cree convenientes y se perfuma.

Siempre se ha preguntado, qué pasaría si saliera a la calle desnuda. Primero, tendría que tener el valor para hacerlo. Pero, suponiendo que lo tuviera, causaría un escándalo. Y se pone a soñar despierta: Cuellos tiesos y miradas forzadas, de maridos que son arrastrados por esposas celosas; rostros risueños de hombres solos; rechinar de llantas al aplicar los frenos... y algún ruido estridente provocado por el choque de dos o más vehículos; gritos femeninos, niños de mirada curiosa remolcados por madres escandalizadas; insultos, silbidos; un grupo de fisgones siguiéndola.

En resumen, un alboroto.

Por último el sonido de una sirena y la presencia de la policía. Luego, la comisaría, la prensa y quién sabe que cosas más.

Pero eso sí, sería emocionante. La idea la divierte. Pero no ha tenido la osadía de vivir tal experiencia.

Está frente al espejo y vuelve a admirar su cuerpo. No tiene celulitis ni cicatrices que esconder. Los senos mantienen su firmeza.

Hoy no pasará por el problema de todos los días: decidir que ropa va a usar. Saldrá desnuda. Una sonrisa se dibuja en su rostro, goza el hecho por anticipado.
En el exterior se escuchan los ruidos característicos de la gente.
Toma valor, respira hondo, abre la puerta y sale.

No pasó nada.

En el campo nudista su presencia, pasó inadvertida.««

Triste escena, Julia del Prado - Perú

Poco más de 30 años en este matrimonio y Blas persigue a su mujer por toda la casa, ella corre y se mete al dormitorio que fue de los hijos. Blas furioso atraviesa paredes y la provoca, diciéndole: -Mujerzuela. Teresa contesta:- Mujerzuela será la la mujer de la esquina, esa de la avenida Arequipa. No jodas. El sigue bajándole la moral, con insultos. No es la primera vez que ocurre una escena así, en las últimas semanas de este año se ha repetido.Teresa llora, se desespera. El se va a su dormitorio, al dormitorio matrimonial. Ella lo sigue alterada, siguen las agresiones e Inés coloca una de las almohadas sobre el rostro de Blas. El permanece impávido. No dice nada. Retira la almohada Teresa. Se siente resquebrajada. Vuelve al dormitorio de los hijos, deja la puerta entreabierta y guarda dos cuchillos en el cajón de ropa vieja.

Madera - Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina

Madera Pobre de él. Que maldad pudo haber hecho para terminar ahí? En esa esquina del centro, abajo de un edificio gris que estaba rodeado de miles de edificios grises. ¿Qué esperaba él de su vida cuando recién germinaba? Si ya veía a su alrededor el cemento mientras crecía. Tal vez no es su culpa. Tal vez fue el viento o algún pájaro, o algún hombre. No lo sé. Yo sé que piensa, sus hermanos están libres en el bosque, en la selva. Aunque él creció seguro de que nada le iba a pasar. Si el encargado del edificio le acercaba un vaso de agua de vez en cuando y hasta sacaba a patadas y escobazos a los perros que lo molestaban. Trató de crecer un poco para ver el sol, pero nadie lo dejaba. Ni bien se estiraba un poquito, alguien lo cortaba. Y así fue su vida. Vio morir al encargado, a los perros y a la gente que vivió en aquel edifico gris. Y sigue ahí parado, esperando que algún día muera también aquel edificio gris, ese que no lo deja ver el sol.

Rocío - Silvana Alvarez Martínez, Colonia, Uruguay

Era un domingo como tantos, retornábamos con Melina –mi perra- de nuestra caminata por la playa, ambas con el andar cansado y pausado. Felices, pues el caminar a la orilla del río es como una inyección de energía, mientras éste acaricia tus pies y más bello aún es ver como Mel disfruta corriendo, mordiendo, ladrándole a las olas.
Casi llegando a la esquina de casa, una pequeña de unos seis años, lloraba y se acercaba saltando en un pie. Apuramos el paso. Pregunté qué le pasaba: -me clavé algo- contestó entre sollozos sosteniendo su pie descalzo. La senté en el cordón de la vereda, le pedí que sujetara la correa de Melina. La espina estaba en el dedito gordo de su pie, lo tomé con firmeza mientras ella no dejaba de llorar y enjugarse las lágrimas con su manito. Preguntó: -¿es un clavo?- -No-, le contesté. -Es una espina grande, aguantá un poquito más ¡ya la tengo!- Pude extraer la causante de tanto llanto. ¡Ya está, mirala! Y como vieja que estoy… no pude dejar de decirle: esto te pasa por andar descalza! Me dio las gracias, pregunté su nombre: Rocío. A la mañana siguiente, camino a la playa, escuché un “¡hola!” una niñita sacudía la mano saludando. Su cabello bien peinado en una cola de caballo, de túnica blanca y una gran moña azul, me recordaron mis tiempos de escolar: era Rocío, esta vez con una amplia y bella sonrisa.

Incursión - María Pía Poretti - Mendoza, Argentina

Caminando muy despacio, se acerca cautelosa y analítica sobre el costado de la superficie lisa y blanca. Al fin llega.


Ella no escucha el grito de miedo originado en alguna parte. Indiferente, se detiene y observa la extensión bajo sus pies, brillante y cerrada, que conserva un determinado volumen de agua. ¡El lago tan ansiado! . . . Eso le dijeron. Ella lo consigue ahora.


Puede ser muy ágil con sus pies. Escalar para ella no es difícil. Con un solo movimiento puede atravesar un buen trecho de ese camino, sobre el cual no resbala y anda con comodidad. El borde –comprueba- es angosto.


Gira hacia el otro extremo y hay un abismo, logra ver el terreno, allá, bien al fondo. Desde arriba, donde está ella, lo ve de un color distinto. Más acá se ve la pared por donde ha subido recién. Vuelve la espalda, y reconocedora, pone su atención sobre el agua estancada, silenciosa y quieta. No le interesa el ruido, voces y el moverse de rápidos cuerpos que buscan algo. Ella está absorta, mirando el espejo transparente. Quisiera acercarse y se mueve prudentemente. Hoy es un día de sorpresas. Hay que cuidarse. No es cuestión de entretenerse por nada.


Así, tan calculadora, no ve venir el objeto flexible sobre su cuerpo.


Hecha un ovillo, con sus piernas encogidas, sobre el pavimento blando y lustroso, no se mueve.


La echamos sobre el agua, donde durante escasos segundos flota lentamente. Luego un sonido y una violenta cascada que mueve el agua estrepitosa, que desaparece en un agujero escondido en el fondo del lago.


Todo vuelve a la normalidad.


Más calmada, Marta, escoba en mano, limpia el escenario de los hechos.


Al fin nos libramos de la araña del inodoro.

SOY INCONFUNDIBLE, Ana Lucía Montoya Rendón, Colombia.



Nada la puede abatir, ni el más recio vendaval, ni las más oscuras dudas, ni los crudos y descarnados comentarios.

Ella, construida sobre bases firmes no necesita más que el pensamiento, ese es su punto de apoyo básico, la viga maestra donde se apuntala el edificio.

No reconoce el ayer, ni el mañana, para ella solo existe el eterno ahora. No calla por más que los labios le sean arrancados, siempre tendrá una forma especial de decir:

“Aquí estoy, mírame, soy yo, tu me reconoces aún en medio de la oscuridad, sin siquiera hablar, presientes la línea que deja mi huella, la hueles y también la hoyas, soy sinceramente tuya, yo soy quien entiende tus desvaríos y también tus euforias.

“Soy la Lunita llena que se cuela por tu ventana para soplarte ensueños. Mírame fijamente, reconóceme, porque puedo ser esa lluvia de estrellas fugaces o la cola de un cometa que hace siglos pasó y que aún te recuerda”.

“Soy el Sol, que a las primeras horas del día, cuando se despide de sus amigas, Alba, Alborada y Aurora, quien te busca y te acaricia con lengua fogosa para que despiertes feliz”.

“Eso y mucho más soy y puedo llegar a ser porque yo soy la mejor de todas las hembras que has conocido, que conoces y que conocerás.

“Soy yo. ¡La Amistad!”.


Boceto - Ana Lucía Montoya Rondón, Colombia

Dibujo con mis dedos tu silueta para grabar en mi memoria cada trazo…

Estoy temblando. Es fascinante. Me enfrento a uno de los bocetos más bellos que haya hecho.

Recorro tu frente suavemente, con mi diestro y tembloroso dedo índice, hago trazos tenues antes que se esfume la visión. Por ósmosis empieza la transmisión de una nueva energía. Me complazco largo tiempo en ella. Quiero hurgar en tus pensamientos, en tus ideas, en tus sueños. No los resisto. Son un arsenal de fuego. Me caldean. Se afincan en mí como dagas al rojo vivo.

Respiro. Suspiro. Exhalo aire ardiente.

Mis dedos inquietos por beberte, hacen trazos sobre tus cejas, ojos y el contorno de tu rostro. Bella, cerrada y bien cuidada barba. Hombre... Ese hombre, este hombre... mi sensualidad de nuevo. Siguen estos dedos hurgando cada espacio. Van hacia el nacimiento de tu nariz. Encuentro una terca depresión entre las pobladísimas cejas. Me quedo buen rato tratando de encontrar el tercer ojo. Mi dedo alisa amorosamente una y otra vez, buscando la fuente de luz que ilumina tu mente. Placida me voy sumergiendo en dulce letargo. Sueño que soy la emperatriz moradora de esos reinos, que sentada en el centro, domina y es querida, que puedo meterme y vivir como si fuera uno contigo.

Despierto del ensueño.

Sigo dibujando. ¡Ah! Tu boca... Tu bigote acaricia mi mano. Una vez y muchas más. El dorso de mi mano sobre él. Plenitud del goce. Pero la sensación que tu boca me produce no se compara con nada que antes hubiese sentido. Fue ahí donde encontré lo que buscaba. Dedos locos. Sintieron mucho ardor. Siguieron cuidadosos hacia las comisuras. Suave, suave… Mi boca no aguantó la espera. Tomó delicadamente tus carnosos labios. Fusión. Remolinos. Niebla. Viaje. Tu hermosa cabeza entre mis manos. Tus ojos cerrados. Respiración lenta. Solaz. Arrobamiento. Silencios...

¡No más! ¡No aguanto más!

Arduo y tentador trabajo, o ¿Tentador modelo? Qué delicia dibujar seres de luz o Quijotes.

Quijotes buscando Dulcineas. Dulcineas queriendo ser las damas de los sueños de augustos y afiebrados caballeros de mágicas figuras.

Boceto terminado.

Dibujo al carbón sobre lienzo. Figura de ángel de luz. Otro de mis sueños. Firmado en la mañana del 23 de abril, conmemoración del Día del Idioma.


Rutina de Viaje, Fernán S. Banda, Santiago, Chile

RUTINA DE VIAJE

He desarrollado una rutina ganadora. Todos los días me subo en la misma estación, a la misma hora, en el mismo vagón y por la misma puerta. Así he maximizado la probabilidad de encontrar a la mujer de mis sueños. En mis sueños ella no sigue estúpidas rutinas.

Luis Felipe Belloso, España

Nacieron enamorados, pero una jugada del destino los separó, y los condeno a vivir siempre separados. Pero era tal el amor que se tenían, que el siempre la perseguía, la iluminaba, e influía en sus estados de animo... Cuando se veían, aunque fuera de muy lejos, ella desprendía una luz.. hipnotizante, casi cegadora.
Muchos han sido los que de ella se han enamorado, yo creo que todos, cuando menos una vez en la vida. Yo me confieso enamorado de ella, de su brillo, de su misterio, y que cuando más cerca esta de su amor, más atraído por ella me siento.
Me han dicho, que cada cierto tiempo, ambos se esconden, nos privan de su luz, y desatan toda la pasión de su amor..., luego se vuelven a separar, pero la fuerza de esa maldición, se rompe una y otra vez, saben que jamás podrán estar juntos para siempre, Y sufren... pero no por eso, dejan que esa pasión y ese amor desaparezca...
Y siguen persiguiéndose como dos locos enamorados, y ella se deja querer, y muestra sus sonrisas... y en su cara oculta, aquella que nadie ve, lleva tatuado, el amor que le robaron al nacer.
Y el, con el fuego de la ira, castiga a quien de ella se enamora, y la sigue iluminando, y cada vez mas hermosa, la sigue buscando, cada año, cada mes, cada día.... cada hora.

El tunche - Julia del Prado, Perú

El tunche visitó la casa de Serena, abrió la cerradura con una tarjeta de esas que se usan para llamar por teléfono. Entró a su dormitorio, ella no estaba, así que sólo pasó, trató de no dejar huellas. Y en esa su fugacidad al salir, silbó: Fi fi fi fi finnnnn, finnnnn.

Julia del Prado (Perú)


El Tunche es un personaje que nunca se ha visto pero que existe. No tiene representació n visual, pero se le imagina como un pájaro nocturno. Su silbido es dulce y melancólico; si silba corto es un alma en pena que te acompaña; si largo, es un espíritu maligno que te acecha y presagia desgracias y muerte. Parte del folclore de la selva peruana, el Tunche es una presencia temida y respetada

GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA, Juanca Vecchi, Olavarría, Buenos Aires, Argentina


Se sufría el sol del mediodía y el verano tenía olor a pollo olvidado en el horno.

La sombra tambaleante se desprendió del hombre y siguió caminando hacia adelante, indiferente al asombro de los transeúntes; a medida que se alejaba del ancho y transpirado cuerpo, perdía su humana oscuridad.

—¡Dale, che! ¡Apurate que tengo mucha sed! —gritó el hombre, pero la sombra mantuvo su paso lento y zigzagueante— ¡Y decile a José que la anote, eh!

El hombre la siguió con la mirada hasta que ella traspasó la acostumbrada puerta de la cantina; entonces ancló su pesado cuerpo al oportuno banco de la plaza.

Desparramado se quedó el hombre, experimentado catador de la piedad humana; esperando el regreso de la sombra y otra copa de vino.

Desde la acera de enfrente - Migdalia Mansilla, Venezuela

Cada tarde al llegar el ocaso, se sentaba a la puerta de su casa, en el porche. Cogía el atajo de cigarrillos, lo miraba largamente, como haciendo un exorcismo , como jurándose era el último que se fumaba antes de dejarlo definitivamente.Cada día, en esa hora nona impredecible de colores que llenaba el espacio de sombras primeras, se acurrucaba en el umbral del tiempo de los sueños.Miles de imágenes se atropellaban en su mente, el olvido se le llenaba de memorias que pujaban por reventar el cuenco de las vivencias.Los hijos crecieron , tomaron sus caminos.El marido, se encandiló con una muchacha y la dejó con las marcas de los años grabadas en su piel.El silencio se hacía cada tarde, cada ocaso, y, cada crepúsculo de colores nuevos le llenaba las pupilas de recuerdos viejos.La soledad se convirtió en su compañera, confidente y verdugo de su vida.Desde la acera de enfrente, un hombre se paseaba cada día al terminar la tarde, oteaba horizontes, arañaba el tiempo y perseguía mariposas que se le escapaban de las manos abiertas.Cada anochecer el hombre miraba hacia la acera de enfrente encontrando una sombra que se alargaba sentada en la mecedora que se balanceaba entre los pilares del corredor que hacía de entrada a la casa que siempre estaba en silencio.Cada día paseaba , se detenía , la observaba y se decía "cuántas soledades en dos aceras paralelas que nunca se encuentran"Y así pasaron los días, los años y un día ya no hubo mujer en la mecedora, ésta, sola se mecía como empujada por un fantasma que cada tarde allí se sentaba.
Y al pasar el tiempo corto de la eternidad de la tierra, una sombra se lograba ver cada anochecer en la acera de enfrente, desplazándose de un lado a otro… otro fantasma vaga ahora, después de su muerte, sin encontrarse.

Vuelo nocturno - Maria Pia Poretti, Mendoza, Argentina

Mientras volaba sentía sobre su cuerpo cómo corría el viento cálido nocturno. Todo a su alrededor era oscuro, negro y sólo lo guiaba una luz brillante. Ella lo atraía para sí, lo atrapaba. A él le gustaba esa sensación que lo enceguecía. Se veía, a su vez, urgido por irse, quería escapar y dar la espalda a los rayos luminosos que lo requerían. Era una situación apremiante. Y él no deseaba apartarse de ella. Era un enamorado de esa encandilante fluidez, que en medio del telón negro, parecía un faro para un argonauta. Tratando de decirse así mismo "no", revoloteaba con suma rapidez proyectando espirales, círculos y tirabuzones aéreos. ¡Era toda una maravilla!
Sin sospecharlo siquiera, absorbiendo todo eso, agradable y lumínico, no trazó bien sus cartas de navegación espacial. Sin desearlo, entró en un pozo cilíndrico, invisible, silencioso y quieto, y sólo se percató de ello cuando toda su masa aerodinámica sintió una pared dura, transparente y muy fría, sobre la cual, aterrado y repetitivo, chocó varias veces. Su obstáculo era perseverante; no se apartaría del camino de ese intruso volador. Permaneció allí, callado e inmóvil.
Él, en su afán por escapar, no pensó en la salida: subir hacia la oscuridad del cielo, ese escenario nocturno, que se posaba sobre él como esperándolo.
Estaba demasiado enceguecido como para esquivar situaciones peligrosas. Intentó la suerte descendiendo por el tubo, y algo menos duro lo frenó. Algo líquido y casi pegajoso para él y más frío aún. Tuvo la ventaja de ser liviano, poco denso y flotó. Estaba muy aturdido. Logró moverse sin sentido determinado. Probó el líquido que le pareció algo dulce, pero no podía comprender qué era. Agua no, la conocía bien, sin embargo ella estaba incluida, le era familiar el gusto.

Trató en vano de zafarse de esa extraña red. El líquido untuoso prácticamente lo inmovilizó. Se sentía asqueado por ese sabor dulce que le quemaba las entrañas. ¡Pobre volador!, ya nada lo sacaría de esa situación. Rápidamente comenzó a pensar en sus compañeros, en su familia y en todos los vuelos que había realizado esquivando, en su corta vida cualquier problema aéreo.
"Pero esto". . . – pensó- "esto es muy extraño". . .
Y a medida que pasaba el tiempo se fue debilitando más y más. "Todavía soy joven –se dijo a sí mismo- ¿por qué esto, ahora cuando más esperan de mí?"
Al rato, una mano fría y lisa, como una especie de pala, se acercó suave, pero firmemente hacia el pobre intruso. Lo tomó decidida y la víctima se dejó llevar sin vida. Lo dejó tranquila sobre un plato.
Y alguien, dejando la cucharita dijo:
- ¡Ah!, por fin saqué el bicho, ahora me tomo el jugo de frutas.

Mera sugestiónMera sugestión - Fernando Sorrentino, Buenos Aires, Argentina

Mis amigos dicen que yo soy muy sugestionable. Creo que tienen razón. Como argumento, aducen un pequeño episodio que me ocurrió el jueves pasado.
Esa mañana yo estaba leyendo una novela de terror, y, aunque era pleno día, me sugestioné. La sugestión me infundió la idea de que en la cocina había un feroz asesino; y este feroz asesino, esgrimiendo un enorme puñal, aguardaba que yo entrase en la cocina para abalanzarse sobre mí y clavarme el cuchillo en la espalda. De modo que, pese a que yo estaba sentado frente a la puerta de la cocina y a que nadie podría haber entrado en ella sin que yo lo hubiera visto y a que, excepto aquella puerta, la cocina carecía de otro acceso; pese a todos estos hechos, yo, sin embargo, estaba enteramente convencido de que el asesino acechaba tras la puerta cerrada.
De manera que yo me hallaba sugestionado y no me atrevía a entrar en la cocina. Esto me preocupaba, pues se acercaba la hora del almuerzo y sería imprescindible que yo entrase en la cocina.
Entonces sonó el timbre.
--¡Entre! --grité sin levantarme--. Está sin llave.
Entró el portero del edificio, con dos o tres cartas.
--Se me durmió la pierna --dije--. ¿No podría ir a la cocina y traerme un vaso de agua?
El portero dijo "Cómo no", abrió la puerta de la cocina y entró. Oí un grito de dolor y el ruido de un cuerpo que, al caer, arrastraba tras sí platos o botellas. Entonces salté de mi silla y corrí a la cocina. El portero, con medio cuerpo sobre la mesa y un enorme puñal clavado en la espalda, yacía muerto. Ahora, ya tranquilizado, pude comprobar que, desde luego, en la cocina no había ningún asesino. Se trataba, como es lógico, de un caso de mera sugestión.


De El regreso. Y otros cuentos inquietantes (2005).

Buenos Aires, Editorial Estrada, 2005, 80 págs.

SIN PENA NI GLORIA - Juan Carlos Vecchi - Olavarria, Buenos Aires, Argentina

Rompió el espejo el viernes a la noche, medianochando un desgraciado pronóstico popular.
Volvió el sábado sin novedades por los cuatro cardinales de la vida.
Cuando se hizo domingo, lo velaron sin pena ni gloria; salvo Gloria Pérez, el último de sus amores, quien dejó en la sala cuatro o cinco lágrimas y un ramo de flores insatisfechas.
El lunes lo enterraron unos pocos, los mismos pocos que el martes lo pasaron a olvido.
¡A la miercole! ¿No eran siete los años de desgracia cuando uno rompe un espejo?

Cuando la lluvia Magdalena Márquez - España

Hoy me he despertado temprano y llovía. Me gusta ver llover tras los cristales y seguir las gotas con los dedos como sigues las lágrimas en un rostro querido. Pero esta mañana no me he acercado a la ventana, he dado media vuelta en la cama y he cerrado los ojos para oír a la lluvia caer.

Estoy sola, aún es muy temprano, el sueño aprisiona mis ojos, invade mi cuerpo. No quiero dormir, me asusta que la lluvia se detenga, no volver a oír su repiqueteo en los cristales, no verla deslizarse perezosamente, con la misma desgana que me estiro debajo de las sábanas antes de incorporarme para iniciar el rito acostumbrado. Primero a la cocina, a preparar el café bien cargado que me permita empezar a funcionar, mientras se calienta, al baño a lavarme los dientes, a mojarme la cara frente a ese espejo que se empeña en regalarme cada día una nueva arruga. Hoy no estoy para hacerle caso.

Llueve, es una lluvia suave, melancólica, que me trae recuerdos… no, que me regala sueños. Sueños de otros días lluviosos no vividos; de paseos compartidos mojándome, mojándonos; de chapoteos en los charcos y de risas, y de caras extrañadas de la gente que pasa a nuestro lado, y más risas. Esta pertinaz lluvia quiere traer nostálgicos recuerdos, quiere asentar en mí la melancolía de los tiempos pasados sin darse cuenta que el pasado no existe. Cojo el tazón humeante de café y voy de nuevo hacia el baño, pasando por delante del despacho. Sin quererlo miro el escritorio, el libro que quedó anoche abierto, el cuadernillo con las anotaciones, los bolígrafos de colores con los que garabateo según leo, el portatil… el portatil. Y otra vez viene a mi cabeza la conversación de anoche, y la despedida de esas que no me gustan y que por eso nunca haces pero que fue tan triste como si estuviese escrita, y tu canción, aquella que nunca te dejo terminar “All my bags are packed, I'm ready to go I'm standing here outside your door I hate to wake you up to say goodbye. So kiss me and smile for me, tell me that you'll wait for me, hold me like you'll never let me go. I'm leavin' on a jet plane, I don't know when I'll be back again. Oh, babe, I hate to go.” Y para qué voy a encender el ordenador, seguiré estando sola, y le doy al botón sin pensar, y sigo tocando las teclas mecánicamente porque aún no me he tomado el café que se está enfriando en una esquina de la mesa. Y los mensajes saltan a la pantalla, breves, noctámbulos, casi desde la escalerilla de ese avión que te aleja de mí.

Llueve, y las gotas resbalan plácidamente por el cristal como si fueran lágrimas de alegría en un rostro amado, y no las seco, las sigo con los dedos. Y apuro el café que se ha quedado frío. Y me dirijo al baño a encararme al espejo que me regala una nueva arruga. Y le acepto el regalo agradecida porque es un nuevo signo de vida. Y dibujo esas marcas con los dedos como si fueran surcos dejados por esa lluvia que no me trae recuerdos del pasado. Porque el ayer no existe simplemente porque no estabas tú.

Regreso al pasado - Agustina Aleman - Buenos Aires, Argentina


Sabe que la ingesta de una sola pastilla le permitirá regresar al pasado.
La causa sigue su curso inexorablemente, el gran robo a la caja de caudales debe ser esclarecido.
Confiado bebe, cree que de aquella época no hay sobrevivientes .
No dejó pistas.
El inspector mira los expedientes, desea cerrar el caso.
Un cabello de mujer permite realizar la prueba genética, aún conserva el perfume, le resulta conocido, vuelve a ensobrarlo.
Afuera un hombre avejentado, sonríe.
Busca entre sus ropas una dirección, camina libremente.
La casa se conserva idéntica, pareciera que los años no han pasado.
Detiene su marcha, detrás de la enredadera, ella despide a una joven muchacha, ambas tienen el cabello ensortijado, las ama de lejos, añorando el pasado en familia. .
Una patrulla pide que exhiba los documentos, en la última hoja un mechón de dorados cabellos aprisionados como los recuerdos.
El ADN indica compatibilidad en las hebras de pelo.
Medios nacionales dan la noticia, regresó al pasado, pederá la libertad para siempre.
Solo en su celda llora por el amor perdido, los años no pasan en vano, siempre se vuelve al lugar del delito.
Otro caso resuelto, risas y llantos, acompañan el momento.

LA PERDIDA, SAMUEL "LITO" LIJOVITZKY - Israel

Arrugaba entre sus manos la carta que minutos antes había retirado del correo.
Abrió el sobre con mucha ansiedad. Leyó lo escrito. Se le nublaron los ojos por las lágrimas.
La gente pasaba apurada a su lado, sin tener en cuenta su estado emocional.
Tenía dos palabras grabadas en su retina: LO SIENTO.
No podía creer que se haya ido de su vida. Sin el su vida ya no era la misma.
Sentía pena y angustia. Una y otra vez se lo repetía a si misma: "no es cierto, no puede ser, el va estar allí esperándome cuando regrese a casa"
Preparó la maleta, reservó un pasaje para el próximo vuelo, se dirigió hacia el aeropuerto.
Horas después abría la puerta de su casa, todo estaba sumido en un profundo silencio.
Sin pasos, sin ruidos, sin nada.
Recorrió todas las habitaciones buscándolo en vano.
Al no encontrarlo, cayó abatida sobre el sofá.
Sobre la mesa pequeña había un retrato, allí estaba su foto. Las lágrimas le brotaron al instante, apretó muy fuerte contra su pecho el marco.
Pobre Bobby, pensó, dieciséis años juntos.
Su más fiel compañero.
Lo había recibido de regalo del que fuera su esposo, en el día de su cumpleaños.
Lo crió. Lo cuidó con mucho esmero. Hoy ya no está junto a ella. A él también lo perdió.
El veterinario no le había dado ninguna esperanza de poder salvarlo de la enfermedad que lo acuciaba.
En ese momento, escuchó el timbre de la puerta de calle.
Al abrir vio a dos niños que llevaban en sus manos dos cachorros de color café
- Señora, nos quiere comprar usted uno?

Rondando la quebrada, Stella Maris Taboro


Justo cuando la luna y el sol estaban en conjunción, recorrió como un sagaz tigre que recorre la selva al pucará , que devoró parte de la ladera para brotar en vergeles y alimentos determinados por la altura en sus infinitos modos.
La pacha mama resurgía en el viento de las quenas que asombraban a las escasas aves besando el cielo. Quizás bajaban a los escalones de la fortaleza, la magia embrujada de la chicha ensangrentada por el conquistador.
Tal vez desde el Río Grande llegaban las llamas y se echaban, adorando al sol esquivo de la Puna , junto a los parapetos donde un coya prestaba al paisaje el colorido de su poncho . No recordaba la primera vez que estuvo allí , ni siquiera titilaban dentro de ella los recuerdos placenteros del pasado, con aquel sol cobrizo y el viento marcando con fuerza a los nativos que nacían para adorar al inti y morir en el vientre de la pacha mama dentro de un hueco vientre de alfarería .
Los hilos de agua que bajaban cansados y débiles ,cantaban leyendas milenarias y supersticiones con letras de rituales ancestrales Casi un sincretismo perfecto ,casi sobrenatural , ribeteados por los antiguos andenes de cultivo en esas alturas, que sólo mascando coca soportaban .
Justo alli cuando la luna y el sol en conjunción estaba, se retiró muy lejos el alma de aquella vajilla rota que vio romper el sueño de una cultura milenaria ,esa cultura que quiso recorrerla una vez más en el viento de la puna que descendía por el pucará de Tilcara .

MARÍA LUZ… LUZ MARINA, Norma Padra, Buenos Aires, Argentina


En la castigada ciudad de Puerto Príncipe, María Luz y uno de los tantos guardacostas, formaban una linda y feliz pareja hasta que un día él partió, hacia el país de las almas perdidas.
La tristeza invadió el corazón de ella, que fue encerrándose en un cono de pena al que nadie podía ingresar.
La veían solitaria y agobiada deambulando por la orilla del mar a la hora en que sol entrega su energía, y también por las noches cuando la oscuridad la obligaba a iluminar su paso con un humilde farol cuya luz concluyó por atraer a las mariposas que se convirtieron en su única compañía.
Una mañana la vieron bordando esas maravillas aladas con la espuma que el mar dejaba en la orilla. Terminada la obra, se vistió con su níveo tejido y así fue cobrando vida su nuevo y mágico aspecto.
Aquella tarde todos asistieron al misterio de cómo era llevada por los aires al compás del aleteo de sus compañeras y, desde ese momento, el viento suave jugaba con ella mientras la rodeaban miles de mariposas blancas. Hasta que hubo una tormenta muy fuerte y María Luz fue arrastrada por ráfagas huracanadas que la llevaron lejos.
En lo alto del cielo se la vio flotar.
Hoy descansa su cuerpo en un campo cerca del mar donde crecen flores multicolores y nacen mariposas todos los días.
Cuenta la leyenda que los pescadores, en las noches de luna llena, la ven volar con su vestido de mariposas y luciérnagas.
Su imagen se multiplica por miles al reflejarse en las ondas marinas y se diría que, mientras ellos pescan, ella los acompaña, iluminándolos.

Distancia, Gabriela Agilda, Buenos Aires, Argentina

Estiro mis brazos para recuperarte, pero el océano me devora. Dime qué hago aquí, si mi cuerpo me cuenta centímetro a centímetro la huella de tus manos sobre mi espuma. Sé que estuve allí. Sé que anclé en ti. En otro plano. Tal vez en otra vida. En tu tierra lejana. El testimonio de tu recuerdo es la fuente de mi historia. Tu placer está sellado en mis rincones más celosos. Está escrito en mis páginas más íntimas. El mío, anida en las tuyas. Lo sé. Lo sabes. Los dos sabemos. Dime si no, cómo puede mi esencia de mujer embriagarse con sólo nombrarte. ¿Es acaso mi noción de ti lo que me gobierna? Me resisto a creerlo. Me resisto a sofocar tu susurro gitano cuando desnuda mi cuello y me posee. ¿Es sólo mi noción de ti? No, amor…Sé que mis partículas estuvieron entre tus dedos en otra era. Mi deseo ancestral delata tus caricias en extinción. Y estás ahí, en mí, como aquella vez, como desde entonces.
Dime por qué canto canciones mudas. Porque eran tu arrullo mientras me amabas. ¿Será tu tradición oral la que quiso divulgarme? Para volver a amarme, para recuperarme en otro tiempo, para acunarme en brazos eternos que ya no me dejarán ir. Dime cómo mi nombre desnudo suspira el tuyo y se pierde. Dime cómo mis manos dibujan tu rostro sin haberlo visto, como mi vientre rememora espasmódicamente tu arte rupestre sin haberlo gozado. Dime cómo. Dime. Todo está escrito. Nárrame entera. Tu cronología estalla en mi pecho. Quiero revivir. Tu archivo secreto atesora mis crónicas. Necesito recrearme. Como desde entonces. Como cada vez.
¿Cómo modelo mi pasado en tu presente? Dime cómo. Quiero caminar tus añoranzas. Quiero aturdirme con tu canto contemporáneo; quiero inventar mi reflejo en tus ojos incrédulos. Sin tiempo, sin espacio, sin apuro. Necesito posarme en tu aliento, para corporizarme, para que me recorras y me resucites encendida en tu deseo, entre las sábanas de nuestro encuentro interrumpido por la línea del tiempo. Necesito ser. Ahora. Dime cómo. Si tú estás allí y yo aquí. Necesito renacer. Fecúndame con tu ilusión. Puedes lograrlo. Escribe mi historia futura. Sabes cómo hacerlo. Hazlo. Hazme.

EL PREDADOR - Fernán S. R. Banda, Santiago, Chile


Era bien entrada la noche. Escondido entre los densos arbustos se recostó extenuado. La luz de la luna atravesaba apenas el entramado de aquella espesura. Durmió inquieto, como adivinando una presencia perturbadora. Despertó con el leve crujido de una rama al quebrarse. En la penumbra se escuchaban ruidos feroces pero lejanos. Permaneció quieto aguzando el oído, escuchó con claridad el susurro de algo escurriéndose entre el follaje. Con los ojos entrecerrados vio acercarse como una sombra brutal la sanguinaria fiera, era negra, imponente, sigilosa. Por instinto supo que no debía moverse, ni siquiera respirar, hacerle creer que estaba muerto. La fétida cercanía tenia olor a sudor, a baba caliente, a sangre seca. Intuyó en esa sensación un residuo del terror de la ultima víctima. La inmovilidad era una tortura, le dolían los músculos agarrotados por la tensión. Con ansiedad contenida sintió la húmeda nariz recorriendo su piel, olfateando su cabeza, buscando con lentitud el cuello. En ese momento casi pudo respirar el vaho de aquel aliento feroz. Vio como replegaba los labios disponiéndose a morder, en la penumbra los colmillos resplandecieron con destellos filosos. Entonces, con un movimiento rápido, preciso, giró la cabeza abriendo sus fauces, y la atrapó.

Silencios - Gabriela Agilda, Argentina

Las palabras del sacerdote sonaban a lo lejos. Diego quería concentrarse en la ceremonia, pero no podía. Estaba convencido de que su pequeño hijo padecía el mismo extraño mal que había sumido a su mujer en el silencio más absoluto desde hacía un tiempo. En ese preciso instante estaba observando con angustiosa resignación cómo los otros niños lloraban luego de que el sacerdote les mojara la cabeza sobre la pila bautismal, mientras su hijo no emitía sonido.
A poco de confirmar el embarazo, su mujer había enmudecido de un momento para otro. En un principio Diego lo había atribuido a la emoción que la gran noticia le producía, pero ella nunca recuperó el habla. Ninguna de las especialidades médicas que consultaron había podido dar un diagnóstico. Hasta la alegría que el dolor del parto le produjo había sido silenciosa. Ella lloraba lágrimas mudas. Por momentos, a pesar de la presencia del bebé, el silencio en la casa era ensordecedor. Diego había llegado a sentir que él tampoco tenía necesidad de hablar.
La ceremonia finalizó. Su mejor amigo estaba orgulloso de ser el padrino del niño y ambos se emocionaron en un abrazo fraterno. Los invitados se sumaron a los saludos. “¡Qué caprichosa es la naturaleza!”, comentó uno de ellos. “Este bebé se parece más a su padrino que a su padre…” Las risas de los presentes ahogaron las miradas de los dos hombres. A partir de ese momento, Diego y su amigo también se quedaron mudos para siempre.

La loca - Carlos Adalberto Fernández, Buenos Aires, Argentina

Estás loca, Ana. Desvariás, Delirás. Ya no te puedo cuidar. Estosseñores de blanco se van a ocupar de todo. No llores, nos veremostodos los domingos. Chau.Ana siguió con la mirada a Juan, luego a la ambulancia que se lollevaba. Reprimió un sollozo, y siguió limpiando la casa.

La lujuria consumista, Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina

Dos gotas de arte pinceladas en lagrimas. Expresión artística del sentimiento, como este párrafo que ha sido escrito desde el alma.
Sensación de miseria eufórica plasmada en un papel, legado de quien nunca morirá, ya que su obra trascenderá los pasos del tiempo. El recuerdo vivo de quien quiso sacar la sangre fuera de las venas.
Cada sueño es sinónimo de obra, cuando se expresa. Guiones relatados por la imaginación del artista.
La tendencia social consiste en encerrar a las personas en bloques de hielo para congelarlas y así anularlas. La maquina esta en funcionamiento. Cada engranaje esta maldito, ruedan aceitados por sangre, necesita consumir mas y más y más.
La humanidad esta en su pico máximo de subdesarrollo mental, la estética y la apariencia ganaron la batalla de la integridad. La mortadela fue sustituida de las góndolas por la rucula y los bares por gimnasios, donde orgías de maricones miran sus carnes frente a un espejo, mientras huesudas anoréxicas y señoras entradas en carnes, preparándose para la temporada primavera/verano, saltan al ritmo de sonidos de resortes. Pum-pum, pum-pum, un, do´, pum-pum, la cola parada, pum-pum tre´,cua´, pum-pum, eeeessso chicas pum-pum, chingui-chingui, mantengoooo...
Es terrible y preocupante. Terrible por la catástrofe de supervivencia a futuro de la especie, preocupante porque el monstruo crece, ha roto las barreras de contención. El consumo sobre la creación, los rebaños sobre la riqueza propia de cada individuo.
Mientras el artista sigue marginado, el arte no vale. Lo que vale es el nombre del autor que la maquinaria quiere vender. Y se vende por dinero!!! Sujetos a modas y tendencias
Sin embargo sigue creando, ignorado, para si mismo. A nadie le interesa, aunque tal vez cuando este muerto se lo recuerde mediante su obra con nostalgia.

Ni imagen ni semejanza - Rubén Valle - Mendoza, Argentina

Al unicornio de humo lo hicimos con las manos. Una vez que el abuelo empezó a hacer anillos con su habano, los tres tomamos por asalto esas densas nubes de juguete y armamos al unicornio según la imagen que nos hicimos de él a través de los cuentos de la abuela. El resultado fue un extraño trozo de humo que ningún bestiario en sus cabales hubiera admitido. Era el animal más humano del mundo. Se parecía a un pez con la cara de mi madre pero nada que ver.

Negativo de mí, Rubén Valle, Mendoza, Argentina

Aunque me digan que estoy loco, la muerte, la sangre, las heridas, no son iguales en todos lados. Algo creo saber del tema. Llevo veinte años llegando con mi cámara en ese justo instante en que los cuerpos aún supuran sus malogrados 21 gramos. Lo hice en Chile, en Bolivia y ahora en el DF mexicano. Todas esas caras que no se verán publicadas anidan en mi cabeza simulando una exposición a la que sólo yo tengo acceso. No es nada fácil. Yo no duermo y mi mujer tampoco. Grito por las noches, repito sus nombres, les hago respiración boca a boca, les tomo el pulso. Hasta rezo por ellos. De día soy otro. De día, los cazo con mi lente como un sicario que cuida cada detalle; no me importa si tengo que acomodarles un brazo o una pierna para que luzcan mejor en la foto. Ellos son mi alimento. Con ellos pago la cuota del colegio de mis hijos y el geriátrico de mi padre. Antes que lo pregunten, lo digo: no siento culpa ni pena. Para eso están mis pesadillas. En ellas pongo las cosas en su lugar. Allí a los únicos que no toco es a mis muertos. Allí mi corazón es un cuadro mal colgado y sólo ellos, si quieren, pueden ponerlo en su justo lugar.

La espera - Senén Rodríguez Perini, Barcelona, España

Lentamente fueron llegando a la capilla. El tiempo gris, lluvioso, acompañaba los acontecimientos – como siempre pasa – hacíendo todo mas difícil. Tantos días de frío y humedad congelaban los mármoles del cementerio. Juan los estaba esperando pacientemente desde hacía varias horas, con su mejor traje, camisa de estreno, corbata al tono, impecables zapatos clásicos perfectamente lustrados y cuidadosamente peinado para la ocasión. Cuando llegaron no tuvo reclamos para nadie, no se molestó por la espera, le sobraba paciencia. Él estaba en el cajón.

El vigilante dormido - Pablo Costa, Buenos Aires, Argentina

Tenia que salir del cráter. Solo gas en el aire. El piso de metal era frío, como nieve estando descalzo. Me quedaban poco minutos de vida. Prefería morir antes que seguir padeciendo tanto dolor.
No se como llegué hasta aquí, viajé durante días, tal vez minutos...no lo se. Recuerdo haber estado en un camino, cuando sin pensarlo seguí avanzando hacia el horizonte infinito. Me dejé guiar por un pájaro que parecía una señal, el batir constante de sus alas, no parecía cansarse.
¿qué buscaba? no lo recuerdo.

Algunas veces exploramos nuestra conciencia y nos perdemos en ella, sin saber que es nuestra, sin saber que somos los únicos habitantes de nuestras mentes. Si existe un lugar privado, solitario y desconocido es la propia conciencia. Esta ahí, sólo hay que saber descifrarla. Limitarse está en cada uno, perderse también.

Por eso me dejé morir ahogado en mi propia ignorancia.

El Derrumbe-Elisabet Cincotta/Argentina




Muere ante los ojos el antiguo edificio, sus cimientos se desgranan por el tiempo. Ruidosamente se repliegan las paredes, cada caño se retuerce. Muere como con rabia, con crueldad muere. Vestigios acumulados de historias en sus destruidos muros sobresalen como puntas hirientes. Imposible no mirarlo, es el tiempo que ha pasado, es el fin de algunas glorias.

Me siento en la vereda de enfrente, lo observo con mi copa de vino entre las manos. Brindo por él, por su victoria... ¿yo me habré salvado?

La víctima-Loreto Silva/Chile



Desde que llegamos a la caja del supermercado se escuchan tus gritos, ahora reclamas por las bebidas, antes fue porque eran papas fritas de caja. No me importa que chilles y saques los productos del carro.


Cabizbaja y silenciosa, los recupero y se los pongo en la mano a la cajera, quien nerviosa y desconcertada los registra en la máquina. El atún habría pasado sin drama, pero compre del bueno y caro ¡lo devolviste! Nuevamente, reptando bajo tus gritos destemplados, tomo los tarros y los entrego a la cajera. Si levantara los ojos vería en su mirada profunda lástima por mí y, quizás también rabia por dejarme sojuzgar. Sigues zahiriéndome, más ahora, que viste las pantuflas que adquirí.

Ya completé la compra, pero todavía vociferas, así que, silenciosamente agrego chocolates y dulces. Por fin callas y lívido sacas la tarjeta de crédito y pagas la cuenta.

Siento como nos miran, ya sin disimulo, se lo que piensan: “Pobre tipa, ojerosa, avejentada, gorda, desaliñada, humillada y sometida por este abusador, ¡desgraciado! yo jamás soportaría que me tratasen así”.

Pero ellos no saben que tú, bien vestido, de mal genio, con tus gritos y desaires vives sometido a mí. Que soy, en definitiva, la que toma las decisiones en esta relación, que si no miré a la cajera fue para que no viese mi risa burlona. ¡Porque me río de ti!


Mi madre me lo enseñó desde pequeña, “mantén siempre endeudado a tu marido, así nunca tendrá para gastar en otra”.

Alicia Abatilli-Río de Escamas/Córdoba-Argentina


A veces creo que el dolor va haciendo crecer en algunas personas algo así como pequeñas escamas, cada vez más duras para ser penetradas.

Nada los conmueve. Los otros tendrían que saber muy bien dónde pegar para lograrlo, pero ellos se encargan que nadie lo descubra.

Cada vez que evidencian que alguien "duele", cierran esas escamas- coraza a voluntad, como para no contagiarse, para no ser vulnerables quizás.

Llegará algún día que de tanto amontonar dolor, las defensas colapsarán y ahí sí veremos cómo se van desgranando en lágrimas, hasta convertirse en un río de escamas.


DEL CUERPO Y LA MEMORIA - Eva Durán, Alemania

La noche me cubre y tú me entregas en la boca todo cuanto cabe entre tus manos. La vida es una en nosotros, en esa caricia en la cual confundo tus manos con mi boca, donde no se sí es tuya o mía esa lengua, de quién esa piel, y de dónde entonces esa mano que hace suyo un seno que está no sé dónde, porque no sé quién está arriba o abajo, ni quién cuándo o por qué, de quién ese ser que se adentra y se derrama, en el grito que hiere cuando llegas. Y respiro para atarte a ti, mi esposo, ropa henchida en el piso, silencio y cuerpo que ignoro, que abrazo, sin razones para negarme a tu cuerpo, sus tentáculos de fuego, sus cavidades de hiel. A salvo de la ciudad y sus mentiras. Los dos tan hundidos, tan perdidos y felices. Serpientes que se tragan en el beso, del beso que bebe, de dientes que se afilan en tus dientes. Enloquecida, desmadejada, abierta, hago mía cada parte de ti y de todo lo mío que tú eres, simultáneamente, deseando que quepas todo entero. Princesa en este breve y tan tuyo espacio, escenario de una historia tan pequeña. Hacia ti me extiendo, para consumir en tus nalgas el último rescoldo de la niña que nunca más volverá a ser entre tus brazos. De cuerpo a cuerpo, golpea, golpea, golpea. Senos que queman que anhelan estar en tu boca. Boca que marca y sangra. Todo ocurre para siempre en el instante. Vente ahora adentro, ahora que te amo, que soy sorda, insomne y maleable, atrapada entre tu cuerpo y la ventana, amante en el alma y en la piel. Amanece y el sueño se ha ido de mi rostro, abrazo tu espalda, feliz y extenuada, en el dulce miedo de saber que nada existe. Llega a mí la realidad, ese mundo que me arrastra hacia mi mundo. Palpo mi cuerpo para saber que sigue ahí, quiero más pero no hay caso, es hora de empezar otra vez, de tomar café cargado mientras tú mi amado extraño vas y vienes por las blancas paredes. Solo que no sabes que esta vez me quedare contigo para siempre, un segundo después del primer beso, de dejar atrás nuestra húmeda, profunda y definitiva primera noche en la oscuridad.

http://laciudaddelaspalabras.blogspot.com/

Las palabras - Anaís, Las Palmas de Gran Canaria, España


Las palabras se tensan, se adelgazan, forman una pequeña línea que, a veces, se nos esconden. Viven en el viento, en la luz, en la brisa, en la espuma, cualquier rincón es bueno para ellas. Se desparraman en un torbellino sin fin que, casi, no podemos controlar y se agolpan, como olas, a la espera del papel en blanco .Son hermosas, contrahechas, antitéticas, palabras al fin, que nos llenan la vida a corazón abierto.
© AIHG

En el piso, brotado salpicado - Andrés Villela Elizondo, México

En el piso, brotado, salpicado, termino con una apariencia de un sueño que no he de morder, y es un placer estético el no pensarte, porque ayer que no llovía, como lo días en que no hay lluvia me distraje con una historia de una virgen que no quería ver la imagen de las finitas mujeres satisfechas por la mañana, que por ser matinales se sonrojan, que por ser sonrojadas como duraznos perduran en mi lengua inequívoca que palidece en...el piso, brotado, salpicado, termino por seguir al ego y me quedo en la presunción y es que cuando soy mas farsante, es que puedo contar una historia, como ayer que no llovía, como lo días en que no hay lluvia pude ver que en la esquina del universo, estaban el alter ego, el yo y el superyo, y ahí en esa esquina, no pude más que resoplar una alarido para la disfunción mental, borre el pasado y la historia farsante quedo en el piso, brotado, salpicado…

Ancianos - Gaviota Romero - España / Suecia

Dedicado a nuestra querida gente mayor


10-05-1999

Hoy día, en un mundo carente de amor y de respeto al prójimo.
Se ven a las personas ancianas como un estorbo, una carga difícil de llevar.



A estos ancianos los abandonan en gasolinera, cuando llega el tiempo de las vacaciones u hospitales, alegando enfermedades que en la mayoría de las veces sólo es consecuencia de la propia vejez, y carencia de amor.



En lo mejor de los casos los dejan en residencia para la tercera edad; suena mucho mejor para algunas conciencias.




Todos debemos pensar, que si no morimos de joven, tarde o temprano nos hacemos viejos.




Mi madre me contó cuando niña un relato, que me hizo impacto en aquel momento, y siempre sigue emocionándome cuando se lo cuento a mis hijos.



Andaban por el camino polvoriento, padre e hijo, hacia un calor sofocante.



El padre arrastraba los pies, le costaba trabajo andar.



De vez en cuando miraba a su hijo con ojos tristes pero, el joven no se percataba de la tristeza que embargaba a su padre.




El anciano miraba sus manos ya no eran fuertes y firmes ahora estaban deformadas, y apenas tenía fuerzas en ellas.



¡Cuántas veces había levantado del suelo a su hijo! Cortando durante semanas los troncos que los calentarían en el largo y frío invierno.



Todas las mañanas madrugaba, para llevar las hortalizas al mercado del pueblo; sus manos entonces fuertes guiaban diestramente las riendas de los caballos.



Respirando profundamente, dijo con voz queda, ¿cómo podía una persona cambiar tanto con el paso de los años? Nunca obtuvo respuesta a su pregunta.



Sentía sus piernas pesadas pero, no obstante, siguió caminando hasta que sus piernas empezaron a temblarles.



Le pide a su hijo, que por favor hagan un alto en el camino, pues se siente agotado, así, que se sienta en una piedra, que hay en un lado del camino; saca un pañuelo, se limpia el sudor que baña su arrugada frente; y mirando al suelo comienza a llorar amargamente.



Su hijo, sorprendido le pregunta: -¿padre por qué lloras?



El padre con la voz entrecortada por los sollozos, responde:



-Hijo mío, hace muchos años atrás mi padre se sentó en esta misma piedra, cuando yo lo llevaba al asilo donde tú, hoy me llevas.



Él hijo con la voz temblorosa le dice abrazándolo... - ¡vamos padre, levántese! Regresemos a casa. El padre sorprendido pregunta, -¿no vamos al... asilo?



No padre, no quiero que el día de mañana mi hijo, llegara hacerme algo tan terrible, como yo pensaba hacer.



Cuando te haces viejo.



El tiempo, como el agua, que río abajo va



¡Nunca volverá a su origen materno!



El ayer recuerdo, siempre joven y bello.



¿Por qué no duró?



¡Sólo fue un momento!


¿Por qué nos parece el pasado mejor,

el presente aburrido, y futuro tan incierto?



Todo quedó atrás, se lo llevó el viento.



¿Qué pasa en mi piel?



¿Qué siente mis huesos?



¡Qué largo es el tiempo,

cuando te haces viejo!

La caja china - Juan Yanes, España


Colecciona literatura fractal, siempre ha sido un poco excéntrico. Pesca lagartijas por el rabo para que se muerdan la cola. Le gustan los textos que contienen referencias al propio texto, que se miran el ombligo. Textos autorreferenciales, espejos que multiplican las imágenes. Le gusta la narración tautológica, la escritura de la propia escritura, el escritor que escribe viéndose a sí mismo escribir sobre lo que escribe. El escriba Salvador Elizondo. La rosa es la rosa es la rosa es Gertrude Stein. Le gustan los ciclos, las repeticiones, esa recurrencia exasperante. Le gusta Escher. Pero un día, recibe un juego de cajas chinas. Abre el paquete y ve una caja de madera natural muy oscura, ébano seguramente. La toma en las manos, la mira. Está adornada con taraceas de marfil que hacen una especie de dibujo geométrico concéntrico. Cuando la abre no encuentra dentro otra caja que tenga otra y luego otra y otra, como esas historias que tienen dentro otras historias. Sólo encuentra un sobre cerrado con lacre. Una lágrima de lacre rojo. La rompe. Abre el sobre, pensando que será una felicitación o el agradecimiento por algo que no consigue recordar, pero no. Dentro del sobre hay una tarjeta. La lee en voz alta: «Esto no es un juego de palabras, dice. Está usted dentro de una caja china. La que tiene en las manos es la última».

Mulata de tal - Julia del Prado, Perú

Desde esa luna llena sale la mulata de tal, la marimba la recibe, estira su cuello, mueve su vientre, mira a la gente. Y luego corre al encuentro de Miguel Angel Asturias.

Y me dejó ... Carlos Adalberto Fernández - Buenos Aires, Argentina

Mañaña. Mañana, tené paciencia.
Me lo dijo el jueves. Lo recuerdo clarito porque el día anterior había sido miércoles.
"Prometo leerte mañana a la noche", me dijo.
Mojé la pluma en mis venas sangrantes, volqué palabras quemantes, hice de la vida un cuento.
Y entramos en mi tumba a esperarla, mi cuento y yo.
"Buscándose", se llamaba.
Buscando qué, si ni me muevo desde ese jueves
El sicomoro ya está crecido, sus raíces penetran el polvo que fue carne mía, comen mis huesos nutren mi memoria.
Pero no volvió.
Me quedé sin Amparo.

RIP

Loreto Silva, Chile


Estaba, como acostumbraba, mascullando mi resentimiento, ese que nació conmigo cuando me parieron. Me avisaron que morirías pronto y necesitabas pedirme perdón. Un destello de sonrisa triunfal cruzó mi rostro, esperé toda mi vida ese momento. Entré a tu habitación, vivías tan pobremente que me sorprendió. Siempre dijeron que eras rico y poderoso, mi odio se reavivó. Ahora que te tenía a mi merced tendrías que escuchar, cada palabra de mi discurso largamente meditado, te escupiría al rostro: el odio que recibí, la carencia de amor de madre, la envidia a mis hermanos cuando ella los acariciaba, te pasaría la cuenta de toda mi vida amargada de hija desamada e indeseada. A ella no la culpo, ¡pobrecita! bastante hizo con no abortarme y criarme a los catorce años, siendo yo la hija de un violador. Miré hacia tu cama, no vi a un hombre poderoso sino un bulto de huesos envuelto en pellejo, encogido por el dolor. Desestructurada e incapaz de insultar a un ser humano con esa implorante suplica de perdón, en las pupilas acuosas, atiné a preguntar. ―¿Le duele algo? Me respondiste con voz temblorosa.―La conciencia hija, me duele la conciencia.

Tolerancia Total//Loreto Silva-Chile



La señora Caracol era diferente a los de su especie, esto causaba escozor entre los miembros de su comunidad sobre todo entre las otras caracolas, como era simpática los machos le tenían cierto aprecio, pero ellos no lo reconocían delante de sus esposas, a los jóvenes les parecía valiente ella hacia lo que quería sin molestarse en dar explicaciones y la admiraban por ello; a los niños les parecía muy entretenida, claro, excepto cuando dormía.

Y ese era su pero, a diferencia de los de su especie, su herencia genética debía tener alguna información confusa o errónea porque insistía en ponerla a hibernar todos los otoños cuando las hojas caían, bastaba este simple fenómeno para que el sueño la consumiese y se enroscase en su concha, guardara su cola, cerrara la puerta y a dormir se ha dicho.

Quizás qué habría sido de ella si el amoroso señor topo no hubiese asumida su cuidado, él vigilaba a su amiga cual centinela leal y con los dedos de sus manos peludas le sacudía la caparazón y la protegía de los extraños. Durante el invierno, cuando llovía él la llevaba rodando al lado más alto del jardín y si nevaba se preocupaba de ponerla al interior de su madriguera para que no se congelara.Ella, ajena a todos los cuidados que su situación requería, obedecía a su naturaleza diferente y dormía profundamente al interior de su caracola, tan profundo era su sueño que a veces el señor topo se asustaba de su letargo, pero había descubierto que bastaba con sacarla al aire primaveral para que la luminosidad de los más largos y cálidos días le avisara a este ser extraño que era hora de despertarse.

El había visitado la biblioteca para investigar todo lo referido a enfermedades sicosomáticas y mentales y hasta estudió un tratado sobre hibernación, pero nada le daba luces para entender por qué su adorada amiga Caracol se dormía al llegar el invierno. El terminó por considerarla un "caso", todo un "caso" y finalmente la aceptó, entendió que la vida junto a ella era de sólo primavera y verano porque en cuanto el otoño llegaba ella caía presa de su profundo sopor. Y nada importaba sus deseos y soledad. Así pues, se tornaba nuevamente en su cancerbero.

Así Fue//Samuel Lijovitzky-Nazareth illit, Israel.


Y estaba allí tendida

La espalda tensa.

Gruesas gotas de transpiración cayendo desde su nuca.

Bajaban y se perdían en la humedad de la sabana


Jadeos

Sus ojos se abrían y cerraban

Apretaba las manos. Sus uñas hundidas en sus palmas


Jadeos

Respiración agitada

Temor

Dolor

Recuerdos

Todo su cuerpo vibraba


Jadeos....jadeos y más jadeos.


Abrió la boca

Surgió el grito ahogado

desde el fondo de su garganta

Sus ojos se abrieron inconmesurablemente

El liquido fluyó

Relajó su cuerpo...

Su hijo tan ansiado

Había ya nacido.

Suicidio//Andrés-Zamora, España


Iba, como siempre, ausente; pero el roce burdo de una piel en la mía me raptó del desenlace que ya soñaba feliz.
Eran diez mil arrugas en mi mano, eran cinco antiguos dedos, era una mano vieja que en mi mano joven se apoyaba.
La mano vieja y palpitante suplicaba de la mía vida que perdía.

Yo,receloso, aparté la mano y aquel cuerpo que sujetaba la mano comenzó a temblar hasta que cayó sin fuerza, como una mancha, sobre el asfalto negro.

Miré al monstruo que yacía y cargado de ira, loco, pisoteé unay otra vez sobre el asfalto negro aquella mancha vuelta negra.


Diréis: ¿fue un crimen? No, mis queridos hermanos.
Fue un suicidio.

La Carrera- Ito Kasuro (Perú)



Ella me tomó de la mano y me arrastró con su huida. Me hizo girar por calles, pasajes y avenidas. Me hizo chocar con personas sin siquiera mirar atrás. Corrimos sin decir una palabra. Fue hermoso. Romántico. Pero me agotó con su energía. Entonces, en el callejón más oscuro del lugar, se detuvo para besarme y decirme emocionada: “Es la primera vez que robo” Y recordé por qué corríamos.

http://tierragramas.blogspot.com/2006/11/microcuentos.html

La Cena//Juan Yanes




Salían a cenar. Salían a cenar con relativa frecuencia y cada uno de ellos llevaba a su pareja. Bebían, recordaban cosas comunes, criticaban a los ausentes y hacían una breve incursión en la política para pellizcar al gobierno. Al cabo de unas semanas volvían a verse para cenar juntos, beber, recordar cosas comunes, poner de chupa de dómine a los ausentes, hablar mal de los políticos y quedar para la próxima cena donde beberían, recordarían cosas comunes, despotricarían de los ausentes y hablarían, de pasada, de las políticas neoliberales del gobierno. Hasta que un día se reunieron todos los ausentes vilipendiados, se tomaron unas copas, pusieron a parir a los que se reunían a cenar y los criticaban, censuraron moderadamente al gobierno y quedaron para salir otro día a tomarse unas copas... Hasta que el gobierno se enteró.

Metamorfosis - Luciano Ribero, Córdoba, Argentina

Siendo algo totalmente inevitable, vino a ser testigo de una tragedia que parecía flagelarle los ojos; y es que creyó cruel e injusta esa transformación de su silla en un almohadón roto, sus platos de vidrio en hojas de diario y la cama en una pila de cartones sobre el suelo, y en éste, los mosaicos que se vieron sustituidos por tierra.

Al frío no lo había notado, pero sucedida la secuencia de la metamorfosis supo que siempre estuvo allí, y que de haberse podido cubrir con algo nada hubiera cambiado. El frío fruto de la preocupación, el frío al escuchar el eterno llanto de la beba, el frío que le venía con el miedo. No, no era cuestión de abrigo.

Así, se dio prisa a poner en práctica su mejor solución. Volvió a cerrar los ojos, de nuevo el plato de vidrio, los mosaicos con florecitas y la silla de madera y la cama de dos plazas. Estaría cálida, hasta que se repita el rugido del estómago y todo se transforme otra vez.

Elisabet Cincotta - Juan de todos/de nadie, Berazategui, Baires, Argentina




Juan nació entre chapas y cartones. Chamuscó las hierbas con sus pies descalzos, roció el horizonte de soledad y hambre.
Vio los días sin sol y el oscurecer mendigo de pan.

Juan sueña que lo aman. Tiene tanta crudeza en las palmas que le es difícil abrazar.
Resiente su camino limpiando parabrisas para algún patrón. Pechito desnudo, tirita la garúa entre su piel. Arriesga la vida entre semáforos del malón ciudadano.

Juan, del hogar sin lumbre, del plato sin sopa, de la lágrima olvidada y la justicia que no ve.
Juan del mundo lloro tu risa... tu puteada me hace llorar.


La despedida - Lady López, México

Era viernes. Llevabas un pantalón de mezclilla vieja, la camisa de algodón a cuadros que te regalé y los cabellos sucios y revueltos. Habías llorado y yo no sabía porqué. Fumabas dejando una estela gris como constancia de tu desesperación. La música quedó atrás. Quise descansar mi cabeza en tu hombro pero separaste tu mundo del mío. Recuerdo la violencia de tus palabras, las manos encrespadas, la sequedad de tus labios cuando quise darte un beso. Te miré a los ojos y respondiste con el silencio más absoluto. Esa noche el árbol se despobló de sus hojas, los astros apagaron su luz en el leve rocío que nos envolvía. Oscureció para los dos. Te sentaste a la orilla de la ausencia y te despediste de mí. Llegó el final. Comprendí que todo terminaba: la vida en común, los amigos, la casa, los hijos. Esa sombra que se interpuso entre nosotros arrebató mi felicidad. Rompiste el pacto al amarlo. Sacaste del bolsillo el dictamen médico. Cuatro letras devastadoras. En la sentencia llevabas el pecado. Las hojas secaron tu cuerpo, eras naturaleza muerta.



Espantapájaros - José Perpiñal, Israel

Parado, solo, con ropas raídas por el tiempo, la mirada perdida en el horizonte pero sin ver, mojado por la lluvia y sacudido por el viento, solo sin amigos ni los perros ni los pájaros se quieren arrimar, solo.
Que nos esta pasando que no tenemos valores o principios para ofrecer, el amor no se compra pero se paga al mejor postor, la amistad se encuentra envuelta en papel moneda, los sentimientos se guardan en un gotero para darlo en su mínima dosis. Y la palabra ya no vale como una firma.
Educar o adiestrar, esa es la cuestión. ¿ La libertad te da derechos sin obligaciones y lo viejo se tira o se guarda donde no lo veas.
Como al abuelo que no lo mandaron al asilo porque no se pusieron de acuerdo quien pagaba la cuenta si el que se quedaba con la casa ó los hijos varones ó las hijas ó. ó. ó.
Al abuelo le preguntaron y él contesto lo que ustedes crean que es lo mejor para ustedes ?
Al final en el cuartito trasero para que no lo molesten los chicos y solo con mandarle comida y las pastillas dos veces por día es mas que suficiente.
Al final solo, con la mirada perdida en el horizonte pero sin ver, sacudido por el viento, sin amigos, ni los pájaros ni los perros se le arriman.
La pregunta ¿cuál es LA DIFERENCIA?

Primera Vez/ Ito Kasuro-Chile


Me acarició la cara tiernamente. De sus ojos brotaban goterones negros, como pequeñas cascadas de carbón. Su pecho agitado subía y bajaba espasmódicamente, al ritmo de sus sollozos. La luz del poste nos iluminaba mientras yo la tranquilizaba. Mientras le decía que esas cosas pasaban. Que no tenía que sentirse culpable. Pero ella no paraba de llorar. Entonces la tomé de un brazo, la abrigué del frío de la madrugada y nos pusimos en marcha otra vez. Así dejamos atrás ese bizarro charco de vómito. El resultado de la primera borrachera de su vida.

Fotografía/ Luciano Ribero-Córdoba. Argentina


Quiso tomar la foto de la mesita de luz, esa donde estaban él y su esposa, en el parque, sonrientes. Cerró los ojos con fuerza, intentó alzar la mano. Movéte, carajo, movéte. Contorsionó los dedos como lombrices rabiosas y la hizo temblar levemente. ¡Ana, vení, me cago en Dio’! ¡Vieja inútil, ponéme de costado, ponéme de costado te digo! Ahora tenía la imagen enfrente.


El parque, las hojas de primavera. Niños corriendo en el fondo como para ambientar el paisaje. Un Edén, barriletes. Sol radiante y vivo, el pasto verde. Movéme más para este lado, Ana. Pegó la nariz contra la foto. Casi podía oler el perfume francés que le regaló alguna vez a su mujer, escuchar el sonido del agua bailando en la fuente mientras reposaba sobre el mantel a cuadros. Las palomas picoteaban migajas de pan en el suelo. El pelo le flameó casi tanto como la bandera que sostenía San Martín. El viento le acariciaba el rostro.



Y miró delante, con su mujer entre los brazos. Una señora sacudía inútilmente a un viejo postrado en la cama, mientras observaba asustada su sonrisa congelada de oreja a oreja.

Que ni pintado-Juan Yanes- Canarias. España



Pintaba cuadros. Pero cuadros sin tela, sin marco, sin dibujo alguno. Cuadros sin colores ni formas. Pintaba la esencia última de las cosas, decía y prescindía de los atributos accidentales.


Estaba muy cotizado, lo vendía todo, hasta su alma, que también era una esencia pura, apostilló con cierta envidia un pintor conceptualista que todavía no se había desprendido de la tela, ni vendido un cuadro.




de Bajo mínimos

http://mquinadecoserpalabras.blogspot.com/

Incapacitada- María Fischinger


Era sangre de su sangre y carne de su carne, tan pequeña, tan dependiente para satisfacer sus propias necesidades y ella estaba completamente incapacitada para darle los cuidados necesarios.
Las facciones y tez de la pequeña le recordaban a los asaltantes que encontró en una esquina sentados en una camioneta verde. Volvía a revivir los maltratos, los golpes que con mucho esfuerzo bloqueaba para no hundirse en la desesperación. Una mano le apretaba la boca del estómago y sollozante comenzaba a temblar incontrolablemente.
Su madre y su hermana se habían turnado para cuidar a la pequeña, pero hacia unos días que tuvieron que reanudar su vida y ahora ella se encontraba sola con la recién nacida. Se repetía que la pequeña era inocente de toda culpa, que su corazoncito había palpitado dentro de su cuerpo.
Se prometió que mañana la atendería. Hoy como ayer no podía hacerlo. Cerró la puerta para no escuchar el llanto y se metió en ducha. Estuvo mucho tiempo como acostumbraba desde aquel día del asalto. Quería que el agua se llevara sus recuerdos.

Tomó unas pastillas para ayudarla a dormir a pesar lloriqueo. La precaución ya no era necesaria, el llanto cesó para siempre.

LO MATÉ (CONFESIÓN)-Elba M. Bermúdez L.-Venezuela


Perdonarme:
Fueron años de tragedia.¡Lo tuve que matar!
Se me iba la vida esperando que funcionara.Cuando empezamos nuestra vida, pensé que había encontrado una aliadoQue me facilitaría la vida, que me haría sentir feliz a la hora de una reunión familiar;o por las noches, cuando quería calmar mi sed.Pero desde un principio fue un fracaso, nunca fue lo que esperaba…y con el tiempo fue de mal en peor.Me dejé deslumbrar por lo que decían los demás de el ¡todos lo admiraban!Por eso cambié al que fue antes mi compañero…Dios sabe cuánto pesar sentí el día definitivo de la separación, el pobre.Le arrojé a otra vida que quizás no merecía, supe que una desconocida le acogió en su hogar. Me alegré por él ya que yo había escogido a este otro llena de ilusión.La verdad en el fondo, la culpa, por dejarlo, me atormentaba, quizás por esa manía de aferrarnos al ayer o a lo que hemos vivido, he sabido que aún es útil en complacer a su nueva compañera. Pensar que él siempre fue estupendo conmigo y con todos los que me visitaban. No como este otro, que nunca me complació ni en los inicios.Y es que es un fraude, esperé que me dispensara con amor el remedio que calmaría mi sed, pero sólo podía saciarla atendiéndome yo misma. Y me cansé, dejé de quererlo y comencé a añorar el pasado y a mi ex compañero de antes y desear que el intruso desapareciera sin dejar rastro.Últimamente era más inútil que nunca y por eso empecé a planear como deshacerme de él, que me destruía todo, nada conservaba, todo se dañaba dentro de él y por ende me dañaba a mí. ¡Cuánto he perdido!¡Cuánto llegué a odiarlo! a veces soñaba que me desprendía de él por cualquier otro, el que fuera, cualquiera seria mejor que ese cercenador que todo lo pudría. Mira que lo consideré, era un asco.
¡Mírenlo! Tan bello que era y ahora está hecho un cadáver inútil que quizá nadie recogerá de la basura…a decir verdad, seguramente podría hacer feliz a alguien que se conformara con poco, yo ya le odio tanto que le condené a no vivir sin oportunidad o esperanza de otra vida, era él, o yo, la decisión se tomó
Soy yo!
COMPRÉ OTRO REFRIGERADOR!

Inocencia Incomprendida- Samuel Lijovitzky- Nazareth illit,Israel



Encontró la puerta abierta. Espió hacia afuera. Al ver que no habia nadie, salió sin mirar atrás.
Levantó la vista. El sol bañó su rostro.
Sin saber que rumbo tomar siquiera sus pasos lo llevaron lentamente hacia la plaza.
Había niños jugando en los distintos juegos. Se sentó en un banco a observarlos.
Su mirada se centró primero en la cabeza de ellos, luego en sus rostros infantiles, inocentes, ajenos de toda maldad.
Quiso en ese momento recordar su infancia. Había algo dentro de su mente que le impedía hacerlo.
De repente y sin darse cuenta de lo que hacia se paró.
Caminó hacia ellos. Lo miraron con asombro. Tendió sus manos.
Acompasadamente se movían hacia un lado y hacia otro agitando sus cabecitas.
De sus gargantas surgían distintos tipos de sonidos estridentes mientras cantaban todos juntos:
Manuelita.,,,,,Manuelita....Manuelita a dónde vas, con su traje de malaquita y su paso.....
De repente dos fuertes manos sujetaron sus brazos y lo inmobilizaron.
Déjenme jugar, déjenme jugar con los chicos... por favor
Gritaba a brazo partido, mientras los hombres lo arrastraban y le colocaban la camisa de fuerza y lo introducían en la ambulancia.
Los niños observaban atónitos sin entender lo que estaba sucediendo.
Instantes después continuaban con sus juegos, sin prestar atención siquiera del vehículo que se perdía a la distancia rumbo al hospital psiquiátrico.

El Malo-Jesús Alejandro Godoy-Argentina



Había un hombre que era malo.
No era malo por que no compartía sus cosas.
Era malo por que todos decían que no compartía lo mejor que tenía.
Era malo por que a todos les había dado sus posesiones, pero no la voluntad de obtenerlas.
Era malo por que a todos les había otorgado su tiempo, pero no las vivencias que se encerraba en él.
Era malo, por que a todos les había regalado el arte que hacía con sus manos, pero no les había dado el don que poseía.
Era malo por que les había otorgado los castillos que había construido piedra por piedra, pero no, el conocimiento para erigirlos.
Era malo por que les había regalado varias fotografías donde se lo veía en todas las partes del mundo por donde había viajado, pero no les había dado la pasión por hacer cosas.
Era malo, por que les había mostrado a uno y a varios maestros sabios, pero no les había dado la comprensión para llegar a sus palabras.
Era malo, por que les había regalado sus inventos, pero no la curiosidad para generar nuevos sueños.
Era malo, por que les había regalado la forma de morir en paz, pero no les había explicado como hacerlo.
Un día conocí a un hombre que era malo.
En su tumba dejé una rosa y hablé con él.
Y supe por qué era malo.
Por que en silencio y luego de visitarlo miles de veces, me había regalado el secreto de la inmortalidad; pero no me había dado, la forma de llegar a ella.

La Mascota-Carlos Adalberto Fernández, Argentina

Cruzando casualmente la vidriera, sus miradas se encontraron.
Fue un flechazo.
El perro se aproximó, agitando caderas y cola, como un rito africano.
El hombre hizo el cuchi-cuchi de siempre con el que creía imitar a un bebé.
Siguieron un rato.Ya estaba decidido.

Entró al negocio.
Cuando el empleado se acercó, le dijo:
-Una pregunta, ¿A cuánto está el humano?

Perfecto Crimen-Liliana Varela. Argentina



Hoy lo haré... estoy decidida.
Tomo el cuchillo y lo afilo bien. Nadie notará que lo he hecho yo, nadie sabrá que yo he penetrado ese blando cuerpo con el filo tajante de este instrumento.

Nadie me descubrirá.

Allí está, ni se ha percatado de mi presencia. No lloraré: lo juro; demasiado me ha hecho sufrir ya. Años y años de sufrimiento acabaran en unos segundos.

Me he instruido en el arte del asesinato sin pruebas, en las técnicas orientales de la disociación mente- cuerpo.
Estoy con el control absoluto de mis dominios corporales y mentales.

Aquí va… sin salpicar una gota de su esencia vital, continuo inmaculada…. Jajajaja!!!! Es mi gloria …. ¡¡Lo he logrado!!...Dos, tres tajadas, bravo!!! Es mi Cenit!!!!...


¡¡Maldita cebolla… está vez he podido contigo!!

Quiero respuestas - Patricia Ortiz, Buenos Aires, Argentina

Llegué dispuesta a enfrentarte, a mirarte de lleno a los ojos. Te busqué en silencio. Un rayo de sol asomó tímido entre las abigarradas nubes cargadas de grises. Te busqué entre las flores mustias, tras las lágrimas, en el eco del trinar de aquéllos pájaros. No aparecías. Te busqué – te invoqué- en la despedida, mientras gruesos terrones caían a paladas, condenando a otra de tus víctimas la más cruda oscuridad. No apareciste, perra. Sabías que tenía preguntas para hacerte, pero vos no estabas - ni estás- dispuesta a contestar a mis porqués.
Cuando crucé la gran puerta y volví al caos de la ciudad, mostraste la cola, te reíste de mi inocencia, de mi lentitud. ¡Claro! El sonido de la sirena de una ambulancia me trajo a la realidad. Es por aquí que estás, entre nosotros, a la vuelta de cada esquina, acechando. En el cementerio sólo quedan vestigios de tus presas. Tus trofeos.
Sigo atragantada con preguntas para vos. Te aseguro que nos vamos a cruzar, antes de que decidas que definitivamente ha llegado mi hora. Quiero respuestas.










Libertad - Liliana Varela

El cordón umbilical fue cortado al nacer transformándome en un ser libre , por eso no entiendo por qué no puedo gozar esa libertad .

Me encuentro preso en una cárcel fría, pequeña. No sé si mi delito merecía esto; igualmente el castigo es inhumano.

Ni puedo comer esas comidas que me dejan en la puerta ¿porqué me tratan como un perro?

El carcelero es cruel conmigo, ni me habla, sólo me mira fríamente.

Allí viene; voy a rogarle que me deje ser libre, salir…



-YA te dije Matías que hasta que no limpies tu pieza no salís a jugar.

Plaza de Cuadernos - Gonzalo Torres, Chile.


Estuve en la plaza de hojas de cuaderno, estaban escritas como árboles que se enredaban en los cordones de mis zapatos y se pegaban como chicle a mis suelas.

Estuve en la plaza de hojas de cuaderno como un msm natural abejas y moscas con alas versos y niños sonriendo con sus rostros bellas sonrisas también estaban los viejos boludos y las señoras torcuatas y nadie era idiota si no que se miraban como que si lo fueran…

Estuve en la plaza de hojas de cuaderno y millones de soles de prosa y limones pepones en un museo imaginario y llueve y las gotas son una gran banda blue que golpea los techos de esta tarde triste…podría ser peor.

Carlos Adalberto Fernández - Buenos Aires, Argentina.



I

¡Vuelo! ¡Vuelo!
El aire le golpeaba el rostro, mientras el pavimento se acercaba vertiginosamente. Justo antes de chocarlo, se acordó. ¡Puta, me olvidé de bajar el tren de aterrizaje!




II

¡Cortala de una vez! ¡Cortala! El verdugo dejó caer la guillotina sobre madame Pompadour.


TESTIGOS - ISSA MARTINEZ LLONGUERAS


Ya es brisa ofreciendo sus pezones de espuma, jadeo de ola que se despliega en la playa, grano de sal entre las dunas de arena…
Nadie asalta ya, con violencias ni mentiras, el profundo misterio de su sexo, no más surcos morados ni costras en los labios…
A su sonrisa no le faltan ya dientes ni zurce nadie su dignidad a puntapiés.
Es cierto, la carne es débil: así lo confirmaron las rocas que recibieron el impacto de su cuerpo.