José María Marcos

Sal gruesa


El calor dilataba la tarde en la pampa húmeda.
—Se viene la tormenta —dijo la Tía Jorja, mientras tomábamos mate sentados en los sillones del jardín—, vamos a buscar la sal gruesa.
La imité cuando se incorporó, y caminamos hacia la casa. Ella conocía algunas cuestiones mejor que nadie y sabía escuchar ciertas voces acalladas.
—Soñé con un torbellino y con grandes destrozos —me explicó, al buscar en la alacena el manchado frasco naranja—. Aquí está —dijo cuando al fin tomó el pote que años más tarde alguien tiró en un descuido.
Fuimos hasta el fondo, acompañados por nuestro perro Batuque, y vi cómo formaba una cruz de sal en la tierra y murmuraba oraciones.
Traté de prestar atención a lo que decía, pero sólo oí sus palabras mezclarse y dialogar con el viento.
A la madrugada, me asomé por la ventana de mi habitación y pude contemplar el ardor contenido de la noche. Mis padres dormían. A lo lejos se veían refucilos, pero no llovía.
La Tía Jorja murió pocos años después, y desde entonces sospecho que, quizá, el pasado sea apenas una melancólica invención.
Hoy siento placer al visitar parajes deshabitados. Sin testigos, arrojo sal gruesa con esperanza.
A veces creo percibir a los dioses, en una brisa o en el movimiento de los árboles, y sonrío.
Todavía no logro descifrar sus señales. Pero confío en que la vieja sabiduría siempre está ahí para ser descubierta. Para revelarse. Al acecho.