Susana Lizzi, Gualeguaychú, Entre Ríos.

Patito feo

- ¿Cómo te llamás m’hija?
- Luisa.
Luisa ojos bajos, cabeza gacha, corazón galopante.
Hubiera querido confesar su miedo, liberar la humedad de su mirada. Pero no. Levantó un poco la cara y miró de reojo a la mujer que se calzaba diestramente los guantes de látex.
-¿Qué edad tenés?
-Quince -mintió en un balbuceo casi agónico-. Quince– repitió.
Y se esforzó por comprender las frases que le susurraba la mujer tratando de tranquilizarla.
-¿Y quién te mandó acá, Luisa? –preguntó como distraídamente su interlocutora.
- Una...amiga mía- La voz apenas le obedecía. No podía apartar la mirada de esa boca casi grosera que se movía sin cesar detrás de una semisonrisa de grandes dientes, uno de ellos con metálico brillo.
-¿Cómo se llama tu amiga?
- Nélida. Nélida González.
- ¡Ah! Sí, Nélida- asintió con la cabeza en un reconocimiento mental-. Bueno, vení querida, acostate en la camilla que te voy a revisar. ¿Cuándo tuviste la última falta?
-¿Falta?
-Quiero decir, el “asunto”, ¿cuándo menstruaste por última vez? –Aclaró con afectada paciencia.
Luisa piernas flacas, cuerpo menudo. Sus pudores la apabullaban con un calor envolvente revelándole su indefensión.
Se desvistió tímida y se sentó en el borde, con vergüenza.
-Ponete de espaldas. Apoyá un pie acá y el otro acá, eso es, flojita, bien flojita- dedos conocedores palparon el vientre niño de Luisa niña-. ¡Casi dos meses, chiquita, eh! Si no lo hacemos enseguida puede ser peligroso. Vestite que ya está. Te habrá dicho Nélida que yo cobro barato…
Asintió con un leve movimiento de cabeza.
-Te coloco un “aparatito”, ¿entendés? Y vos te arreglás.
Luisa mira con ojos muy abiertos, sin entender.
-¿Cuándo vas a poder?
Luisa silencio.
-¿El martes a las ocho y cuarto te parece bien?
-Bueno.
Salió a la calle temblando, con ojos de animal asustado, buscando identificar sus sensaciones. Su mente parecía estar en blanco, pero su problema era un animal vivo que la apresaba con sus garras trastornándola. No lograba explicarse nada. Sin embargo sabía que una sola cosa la liberaría: volver atrás en el tiempo, y eso no se puede. Volver hasta esa noche cuando su amiga le decía:
- Luisa, este es tu traje ¿no es fabuloso? ¡Vas a ser una reina en la comparsa!
- Nunca voy a olvidar estos carnavales...
- ¡Vas a saber lo que es la alegría, el placer de que te aplaudan! Los muchachos te dicen piropos, la gente quiere fotografiarse con vos... ¡es tan maravilloso que te aturde!... Te va a gustar, Luisa.
- A mí lo único que me importa es Horacio. Por él salgo en la comparsa.
- Van bien las cosas entre ustedes, ¿no?
- Si, re-bien. Pero me preocupa que el tiempo pasa y tiene que irse a Buenos Aires.
- Bueno, pero puede volver...
- ¿Y si no vuelve?
- ¡Pavota! ¿Por qué no habría de volver?
Un viento fresco la trajo a la realidad y apuró el paso para llegar temprano. No podía esquivar el recuerdo del verano. Recordó la comparsa, (los pies me duelen), las luces de los flashes estallando en la calle (se hace de noche), la gente joven baila enfundada en trajes de colores rutilantes, (me incomodan los vecinos mirones), música y colorido en las carrozas, destellos de lentejuelas felices,(un charco de agua jabonosa), ritmo de locura carnavalesca,( no se sabe si es de verdad o de mentira esa alegría), y color, y turistas dispuestos a bailar y divertirse. (Y después...)
Era la última noche del desfile de comparsas en la ciudad “Capital del Carnaval” según aseguraban los afiches. Luisa nunca se había sentido tan bonita, maquillada dulcemente y con un tocado dorado adornando su cabecita, que arrojaba flecos danzantes en su frente tostada. La malla ceñía su talle realzando las formas incipientes. “No, mamá - pensó en ese momento- esta noche no soy el “patito feo”, como vos me llamás: esta noche soy reina. Una linda reina, como me dice Horacio”.
Horacio y sus manos blancas y suaves de “niño bien”, y sus cabellos sedosos cayendo en mechones brillantes sobre su rostro transpirado. Sedas, plumas, encajes. Luces, palmas y gritos. Algarabía.
Horacio y su idea de festejar solos.
Horacio dueño de su debut como mujer.
Si pudiera volver atrás ¿Qué haría?
Y ahora... ¿cómo la llamaría su madre?
Entró en su casa, consternada.
-¿Y vos dónde estabas? - preguntó su madre.
-En lo de Nélida.
-Ja. ¡Linda yunta!- masculló secando con el antebrazo su rostro sudado. De un manotazo apartó una mecha de pelo que le caía a los ojos y dio media vuelta para seguir lavando. Luisa se encerró en el baño, único lugar en la casa donde era posible estar sola.
- ¿Y si no vuelve?
- Pavota, ¿por qué no habría de volver?
Y no volvió.
Se miró en el espejito ovalado y triste que cuelga de la pared.
- ¿Vas a desocupar el baño o no? - le grita su madre.
- Voy...
- ¡Cabeza hueca!
Martes ocho y cuarto. Luisa sentada en un living extraño, espera. Siente olor a café con leche y tostadas. Sobre una mesita hay una foto de unos niños sonrientes. Alto, adornando un estante superior, un Cristo de madera tallada. Después fija la vista en sus pies apoyados en el suelo, bien juntitos.
-Acá estoy, mi querida. Pasá por aquí y acomodate como vos ya sabés, que en un segundito vuelvo.
Suerte que la mujer es tan amable ¿no?; sin embargo Luisa no se anima a decirle lo que siente, todo eso que se amontonó dentro de ella y que no sabe definir, pero que pesa como cien ladrillos de plomo; eso que hace días la persigue y la obliga a pensar y a llorar y a repetirse que quisiera que las cosas fueran de otra manera.
“Acomodate como vos ya sabés”. Permanece estúpidamente acostada, con las piernas separadas, alrededor de quince minutos. Tiembla convulsivamente.
-¿Tenés frío?
-No.
-Quedáte tranquila, tranquilita que todo va a salir bien.
Escucha el taparse y destaparse de un objeto de aluminio y el ruido de elementos sobre una bandeja de acero inoxidable. Dedos enguantados y expertos vuelven a examinarla y un objeto frío, metálico, se introduce en su bajo vientre.
-No te va a doler m’hija. Es una cosita de nada, en unos minutitos estamos listas - y como si le adivinara el pensamiento agregó - ¿Qué se le va a hacer? Antes que traer un hijo al mundo a sufrir y pasar privaciones... yo creo que lo mejor es evitarlo.
-Mis padres...
Luisa hizo un amago de confesión, pero la comadrona, que era ducha en estas lides, la atajó:
-Si no se enteran, mejor: te vas a ahorrar problemas, querida.
¿Por qué le diría “querida”? Preferiría que le dijera “cabeza hueca”, como le decía su madre, que al fin y al cabo tenía razón. La vio maniobrar con agujas y jeringas. Uno, dos, tres pinchazos. Miedo. Dolor. (Horacio).
-Nena, mañana tempranito te la sacás ¿sabés?, le pegás un tironcito y sale sola.
¿De qué habla?
-Cualquier cosa te venís para acá. Controlate la fiebre y que no haya demasiada hemorragia.
Cuando subió al colectivo parecía una sombra. Se veía mal y se sentía peor. Un repentino temblor le sacudía cada músculo del cuerpo. Sentía la lengua endurecida y la cara rígida. Un hormigueo le recorría la sangre. Debía ser efecto de la inyección. ¿A quién recurrir? ¿A quién decirle? ¿Cómo gritar su desgracia en un vehículo lleno de extraños?
Luisa pálida. Luisa asustada. Luisa patito feo otra vez.
Se queda de pie en medio de su mal iluminada habitación mirando las manchas de humedad. No llora. Se queda hundida en esa oscuridad mezcla de ignorancia e inocencia. Casi no entiende lo que ha hecho.
Luisa desamparadamente niña.
Esa noche palpa la humedad entre sus muslos. No duerme. Se toca. Mañana debe tironear esto...
Las horas se suceden. Da vueltas en la cama. Las sábanas son serpientes dolorosas, pero ellas no saben, no saben... Se prepara, no quiere manchar nada.
Las ocho.
Tiene miedo. ¡Está tan sola!
Un tironcito. Otro. Otro. Náuseas. No quiere pensar. (Horacio). Ya la tiene en la mano, temblorosa y tibia de sangre. La esconde y corre al baño. Algo caliente la acaricia desde adentro y cae al inodoro. Las ojeras la miran después desde el espejo. La desconocen. No saben por qué llora. ¿Por qué llora?
En un desfile febril ve de nuevo las luces. Los flashes. Escucha la música. Todo se borronea en lágrimas. Colorido. Brillo. Baile. Horacio. Ser reina, reina, reina, reina...
...Y una voz que todavía no alcanza a oír le dice que ese reinado será, para siempre, su cruz.